Te quería para mí, pero no soportaba la idea de no mirarte libre. Porque no pensaba perder esa mirada atrevida, esa sonrisa osada ni tus palabras rebeldes.
Quería que solo fuéramos nuestros, pero me excitaba saberte celoso, que perdías la cabeza cada que te decía que no.
Encontré una clase de placer en ser toda tuya solo una noche a la semana, y no pertenecerte el resto de los días.
Me gustaba pensar que llegabas a imaginar hasta el color de las bragas que usaba a diario, pero que simplemente, no te atrevías a preguntar.
Y quise parar el juego, porque estaba a punto de perderlo todo pero recordé cómo y porqué empezó. La conexión y la complicidad. La cura y el gozo. El silencio y la fragilidad.
Entonces entendí que, si nos pertenecemos, pero justo como nos merecemos: independientes e incorrectos, llenos de dulzura, ternura y cariño, dispuestos a convertir todo en una furia que solo compartiremos debajo de las sábanas.

















