Te contuviste demasiado,
creyendo que ser adulto era sencillo y que ya no debías llorar.
Pensando que sentirte mal era algo absurdo porque no tenías razones suficientes para deprimirte.
Solo negaste que te dolía;
la vida te dolía demasiado pero te quedaste en silencio,
sentado en ese rincón oscuro, escuchando a tu cabeza repetir una y otra vez lo fracasado que sos.
Ocultando tus cortes,
las veces que vomitaste en el baño con los ojos llenos de lágrimas.
Te quedaste en silencio,
sintiendo como te derrumbabas, sin saber cómo pedir ayuda.
Salteándote comidas cuando nadie te veía; midiendo tus muslos, tus brazos, observando todo lo que odias de vos frente al espejo.
Llorando por las noches, para que nadie vea lo roto que estas,
para que nadie note las ganas que tenés de abandonar todo.
No haces nada porque sentís que no vale la pena,
que no vales la pena.
Te dejas llevar por el profundo vacío que hay en tu interior.
No comprendes por qué después de tantos años no cambió el sentimiento de desesperanza
y te persigue, todavía te persigue.
No vas a poder salir de eso, no hay salida,
solo un oscuro rincón en el que te atormentas.











