Debo admitir.
Y debo admitir que me sigues está noche.
A la sombra de los coches, con el contorno de la luna.
Debo admitir que esperas mis pasos y mis jugadas de manos.
Debo decir que estás en un buen reproche, esperando tu movimiento al filo de la noche.
Y harás tú jugada de luz, deslumbrando mi mente y con ello ganes al ajedrez como las veces que te vi crecer.
Ahora que mis sueños son escritos con tus moldes, que manejas las pesadillas hacia el borde y despierto de golpe.
Dime cariño mío, ¿donde dejaste nuestro bote?
Aquel donde besábamos las ideas con el aire al rose y con el tacto de nuestro sudor a galope.
¿Dónde quedó nuestro coche de ternura?
Que viajaba entre los valles abruptos de la inocencia y que nos mirábamos con delicadeza como el día que mis yemas tocaron la silueta de tu rostro.
Dónde mi poesía por ti hablaba y hasta en ritmos sonaba con tal de verte animada, aún que sea un poco.
Para quitarte la desesperación de la cara.
Debo admitir que fuiste buen rival.
Valiente, no lo puedo negar.
Audaz, si te sonroja que te haga llorar.
Soberbia como el maestro de este cuento.
Cortante como el filo de aspas de mi corazón palpitante.
Pero fuiste un poco yo.
Y eso nadie puede contarlo.
Debo admitirlo, fuiste una cobarde.
Jugadora de las mejores cartas y bromista de la mejor índole.
Aprendiste de un cobarde.
Veamos cómo me destrozas cuando vuelva a encontrarte
Jershi.

















