La motita
“Vieja y con reumas, son chingaderas”, gritaba doña Julia a los cuatro vientos cada que le aquejaba el dolor en manos y brazos, y en otras partes del cuerpo, pero luego se acordaba que la razón de su mal se debía a años de labores forzadas para sus hijos, y se le olvidaba un poco, pero no dejaba de seguir buscando algún remedio.
Probó de todo cuanto le recomendaron y gastó miles de pesos en doctores y medicinas, hasta que un día le regalaron un antídoto a base de hueso de aguacate, alcohol y marihuana. Era una mezcla color verde pardo con la que se frotaba pacientemente las partes adoloridas hasta sentir alivio. El regalo se lo mandó una prima de Sinaloa, en donde era más fácil conseguir la famosa hierba.
Al principio, como cualquier madre de familia, le escandalizaba la idea de conseguir marihuana y llevarla a su casa, pero después de sentir como menguaba el dolor, decidió preparar el antídoto por su cuenta, no dudando en pedirle un poco de hierba a un vecino que sabía que fumaba. Lo buscó y con lo que le regaló preparó cinco litros de la mezcla que se aplicaba cada vez que le dolían las reumas, y santo remedio.
Poco después, doña Julia y su familia se fueron a vivir a Navojoa. Por supuesto que lo primero que metió en su maleta fue su medicina. Unas aplicaciones y estaba lista para volver a sus quehaceres domésticos: planchar, lavar, hacer tortillas de harina, barrer, y todo lo que hubiera que hacer para darle gusto a los suyos, hasta que el día menos pensado, se le terminó el preparado.
Al paso de las horas, el dolor y la inflamación regresaron. Necesitaba a como diera lugar conseguir marihuana, pero ahí no conocía a nadie que le pudiera regalar o vender algo. El dolor no cesaba hasta que no aguantó más y salió a conseguir. Le preguntó al primer sospechoso de fumar que se encontró dónde podía conseguirla, y fue a dónde le dijeron. Era en un callejón a orillas de la ciudad. Tocó la puerta en el número 57 y, con la voz quebrada, pidió 500 pesos de la mejor marihuana que hubiera. Estaba viviendo unos minutos de tensión que le parecieron hora, pero al recibir el paquete, sintió alivio. Salió casi corriendo del callejón, y, al estarse subiendo al carro, le cayeron los de la policía judicial. De inmediato le encontraron el enervante. Ella se soltó llorando, y les dijo que necesitaba la hierba porque estaba enferma, pero esto no fue suficiente para que la dejaran ir, y se la llevaron detenida.
Al otro día los periódicos locales daban la noticia de que la habían agarrado: “Detienen a anciana mafufa”. La pobre se quiso morir, más que de dolor, de vergüenza porque le dijeron “mafufa y anciana”.
Junto con las noticias, llegaron sus hijos acompañados de un licenciado, alegando que la señora no la fumaba, que solo era para las reumas. Todos los ahí presentes soltaron la risa. El juez dijo que se podía ir después de pagar una multa, pero que no la fueran a volver a agarrar con las manos en la masa, porque iría a la cárcel.
Al llegar a su casa, los vecinos le hacían burla, pero ella solo pensaba que lo mejor sería sembrar su propia motita para que no le faltara.














