Bajo la piel, las palabras se hacen líquidas mi lengua sabe aún el pulso que tuviste, esa respiración rota contra mi cuello, ese idioma oscuro que inventamos para decir sin decir: aquí, más hondo, aquí, donde la noche pierde su nombre. Y no era solo noche: era un mapa que dibujábamos a ciegas con los dedos, un territorio sin fronteras donde cada gemido era una coordenada y cada pausa, un abismo compartido.
Porque en la boca guardamos el sabor de los sitios donde el tiempo se olvida de ser tiempo, donde el cuerpo es la única gramática y todo verbo se vuelve caricia hasta arder.













