Hay que aprender a vivir de esos pequeños instantes en los que el mundo, por un descuido del destino, deja de pesar. Atesorarlos sin hacer preguntas, como quien guarda entre las manos una brasa diminuta para alumbrar el invierno que tarde o temprano volverá. Porque la felicidad, a veces, no llega para quedarse: solo pasa a recordarnos que incluso la luz sabe el camino de regreso.














