No quiero poseerte, quiero que me elijas… como quien vuelve por voluntad y no por costumbre. Que seas mía no en cadenas, sino en esa curva de tu sonrisa
cuando mi nombre te cruza la boca y se queda. Y yo, tuyo, en lo que callo, en ese silencio donde te nombro
sin ruido pero con todo. Libres, sí… pero con esta forma dulce de prisión que es el deseo cuando decide quedarse. Porque lo que ata, asfixia. Y lo que no sostiene, se pierde. Pero lo nuestro tiembla justo en medio, en ese punto exacto donde nadie obliga y nadie huye. Ahí te quiero: con tu fuerza intacta,
sosteniendo el mundo si hace falta, y yo… siendo el lugar al que regresas cuando todo pesa. Mía la sed,
tuya el agua. Tuya la llama, mío el incendio. Y entre todo eso, ni promesas rotas, ni heridas por fuerza,
porque nada fue impuesto… y aun así, todo arde.
















