El dolor que se siente hoy es enorme.
Es como si el estómago se retorciera por dentro, como si el cuerpo quedara paralizado.
Un miedo profundo, una adrenalina constante que no cesa, como aquel mismo día,
como estos dos años de estrés continuo,
y desde 1995, cuando decidí venir a vivir mi vida aquí —cerca de mi familia, cerca de donde soñé tener mi hogar—.
La vida se me partió en pedazos muchas veces.
Y esta vez comprendí quiénes son realmente los amigos, la familia, las personas.
El ser humano.
El salvajismo humano crea esta realidad.
La brutalidad y la ignorancia, la falta de empatía por ser judíos viviendo en nuestra tierra.
Parecen lobos hambrientos, aun con el pedazo en la boca, disfrutando de nuestro sufrimiento,
observando desde lejos, opinando con migajas de historia,
sin saber, sin escuchar.
Te tratan de “judía”, te estereotipan de “extremista”.
No entienden por qué tomas partido en tu propia historia.
“¿Por qué tomar partido?”, te preguntan.
Te piden que no discutas, que no hables de ese tema.
Aplauden sin dudar cuando es contra ti.
La falta de lectura, o la lectura superficial de un conflicto que siempre viví de cerca,
no puede anular mi posición.
Mi lugar está acá.
Acá, donde no todo lo pude hacer, pero donde soñé vivir.
Acá enterré a mi padre.
Acá conocí el dolor más hondo, la soledad, el delirio.
Y también la belleza infinita, la libertad y la decencia.
Este es, sin duda, mi lugar.
Y el lugar de nuestro pueblo.
Nadie podrá cambiar eso.
La fuerza para seguir la encuentro en mi sentido de justicia,
en creer en la verdad,
en la hermosura de este pueblo al que tengo el honor de pertenecer.
Vivimos con el dolor que no se va,
vivimos con trauma,
y con media sonrisa.
Pero seguimos.
🧡 🎗️











