Al que nuca me animé a hablarle.
A él, a vos, al chico de bonitos ojos con el que me crucé la primera vez que te vi. Al que desde ese día no pude dejar de mirar, ni tuve el valor de hablarle.
A vos.
Que nuestras miradas se han cruzado miles de millones de veces, manteniéndose fijas una sobre la otra, separándonos metros de distancia.
A vos.
Que mis ojos te hablaban y los tuyos les respondían, que nuestras bocas jamás alcanzaron a decirse un “hola”, ni nuestras voces a conocerse de cerca.
A vos.
Que me sonreías desde lejos, que me hacías feliz sin haber concretado nunca. Que nuestras historias jamás fueron contadas en primera persona.
A vos.
Que nuestros labios jamás se juntaron y el brillo de nuestros ojos nunca se hizo uno.
A vos.
Que no sé cómo llamarte, porque un platónico es demasiado imposible para todo lo que pudimos llegar a ser. Pero no fuimos.
A vos.
Con el que tuve la oportunidad de ser todo, pero la timidez nos hizo ser nada.
A vos, a nuestra historia.
Nuestra, de los dos, la que voy a guardar siempre en el corazón, la que voy a contarle a unos pocos que de verdad merezcan oírla, la que probablemente sea contada con una petaca en una mano y un cigarro en otra.
Te escribo a vos. Con la esperanza de que algún día volvamos a cruzarnos, esta vez haciendo las cosas bien. Queriendo mostrarte esto algún día y sonreír porque, en ese entonces, habremos sido algo. Pero ¿Que más esperar? Si no es todo es nada. Y ahí está, nunca fue, es, ni será.
A vos, del que me despido, demasiado agradecida por las alegrías, los enojos, los celos y el cariño que sentí por alguien sin haber hablado. Totalmente agradecida por haber conocido partes de mí que antes de vos, ni sabía que existían.
A vos, al que nunca me animé a hablarle.





















