Una de las cosas que más me costaron cuando me inicié en la crítica musical fue la de abordar géneros con fuertes abstracciones. Para alguien formado en el rock, por ejemplo, no es difícil establecer las características más claras de un disco o un artista del estilo, como la instrumentación o su estética, y siempre tiene a mano una tradición en la cual bucear al momento de buscar comparaciones útiles. Las letras también ayudan al momento de racionalizar un discurso musical. Si una frase del disco apunta a una dirección concreta, se transforma en una buena pista al momento de encontrar la salida del laberinto. Eso, siempre y cuando pisemos terreno conocido.
Los desafíos empiezan cuando la superficie nos resulta completamente ajena. Cuando no encontramos objetos sobre los cuales agarrarnos, llámese tradición, letra o estética. Y allí es donde empieza lo bueno, al menos para quienes amamos escribir sobre música: el desconcierto como posibilidad de explorar y explotar nuestro estilo, haciendo uso de todo lo que esté a nuestro alcance: la sonoridad de las palabras, los recursos literarios, los apuntes de Sociología que leímos en la universidad o el flash poético que nos dejó una canción, un concierto o una pista de baile. Ese momento epifánico en el que vivimos un presente dorado, con la certeza o al menos la sospecha de que ese instante mágico puede tener un correlato escrito, de que es permeable a cierta narrativa.
La música como algo más que música. Una deconstrucción del sonido, un viaje por la acústica, con una mirada fuertemente personal. Esa fue una de las primeras sensaciones que me quedaron después de leer a Simon Reynolds, uno de los críticos musicales más autorizados y relevantes de la actualidad, quien lleva cerca de 30 años desarrollando el oficio con una originalidad extrema.
Allí donde algunos sólo vieron una escena pasatista, él le encontró su ADN político; donde unos vieron ruido, él oyó la más maravillosa música; donde unos vieron revolución, él descubrió su amigable y conveniente alianza con el capitalismo. Muchos, muchos años antes de que Residente expresara que Adidas no lo usa. Muchos años antes del compromiso social expresado con selfies.
Un ejemplo claro es el libro que viene a presentar esta tarde a la Feria del Libro, Como un golpe de rayo, en el que disecciona el glam hasta su grado cero para ver qué dice del rock y de nosotros mismos un género que sólo puede ser considerado superficial si se lo mira de forma superficial. Y en ese recorrido fascinante, al escéptico no le queda más remedio que reconocer sus ficciones maravillosas. Nombres sobran: David Bowie, Marc Bolan, Alice Cooper, Bryan Ferry, entre muchos otros, son puestos bajo el microscopio como un biólogo que descubre una nueva forma de vida.
El libro también aborda una tensión clásica dentro del rock, la puja entre arte y espectáculo, que en el glam adquiere un pico de complejidad y que, al igual que ocurre con muchas otras facetas del rock, encuentra un paralelismo o caso protocolar con los Beatles. Más concretamente, en las figuras de John Lennon y Paul McCartney, donde uno –Lennon– se cansa tempranamente del artificio de la industria y comienza a coquetear con el arte contemporáneo, mientras el otro –McCartney–, aun con todos sus intereses por la música de vanguardia, nunca pierde de vista el concepto de diversión y sus shows en vivo siguen ese patrón hasta nuestros días.
Con respecto a su obra, a Reynolds se le remarca, y con total justicia, haber tomado prestadas ideas de otras disciplinas y otros autores, como Roland Barthes o Julia Kristeva, pero es igual de importante su búsqueda perpetua del goce, el poder erótico de la música: contagiar, a través de la escritura, el placer de la experiencia de escuchar, una actitud que se revaloriza en estos tiempos de estímulos externos permanentes. Sin esa incitación hedonista, sus artículos periodísticos y sus ensayos deberían ubicarse en ese estante llamado Estudios Culturales, que podrán resultar muy útiles a los sociólogos del futuro, pero que difícilmente seduzcan a un adolescente que acaba de descubrir a Joy Division.
Como los grandes pensadores de su tiempo, Simon Reynolds no se casa con sus propias ideas: las cuestiona, las problematiza, las trae de vuelta al presente para ver si todavía pueden mantener su propio peso. Si un género musical o una escena que defendió se trivializa, entonces hacia allá va de nuevo, pero con una perspectiva radicalmente diferente. Lo demostró con el noise o ciertas variantes de la música electrónica.
Su compromiso con la crítica musical tiene mucho para decirnos e interpelarnos. En épocas en que los medios relegan las reseñas a espacios cada vez más pequeños, su escritura se vuelve un acto profundamente político, en el sentido de establecer una ideología que choca de frente con los mandatos periodísticos de hoy. Reynolds exige mucho de tu parte: tiempo, atención, noción histórica, YouTube en una pestaña para ver y escuchar de lo que está hablando.
Frente a una polarización que no escapa al arte y las humanidades, en la que priman las creencias personales por encima de la argumentación seria, en la que un oyente rechaza algo simplemente porque escapa a su zona de confort, en la que una notificación nos desvía la atención y en la que muchos críticos ya no critican para no ofender a músicos ni ser víctima de haters, es un privilegio enorme la visita de Simon Reynolds a un evento como la Feria del Libro y el Conocimiento.
Sin más para agregar, los dejo con un verdadero crítico de música, oficio en vías de extinción que sin embargo se rehúsa a desaparecer. Estoy convencido que autores como Reynolds tienen mucho que ver con esta silenciosa resistencia.