Había algo que no podía negar, que le gustaba demasiado, y le ponía a mil: La experiencia. Aldus era un hombre que sabe lo que hace, dónde y cómo tocar. Que aunque su gordo trasero sea prominente y no de adorno, él lo maneja con la maestría de alguien que sabe jugar. Y juega demasiado bien, adictivamente bien. Era eso lo que tenía sus pies en puntitas, temblando mientras dedos sabios trabajaban su entrada, manipulaban sus glúteos y hacía que deseara salvajemente que ese hombre hundiera su jodida cara allí o lo follara como bestia.
Aldus Kier en su mente era un semental en la cama y quería montarlo hasta dejarlo seco.
Se aferra a la pared como si fuera su sostén. Su boca blasfema demasiadas cosas no aptas para las paredes educativas que estaban escuchándole. Le incita, le provoca, empina su trasero para que tenga la mejor vista y pueda darse el lujo que merece. Además no puede negar, ni queriendo, que no ha buscado este encuentro. ¿Por qué sino había ido sin ropa interior y se quedó con él hasta el final? El hombre sabe jugar perfectamente sus cartas…
—JODER —Chilla cuando la boca se hunde, la lengua se pierde en su trasero y el temblor que domina su cuerpo se descontrola. Incluso lleva una mano a los cabellos ajenos y entierra más entre sus gordas nalgas ese rostro masculino y rudo que minutos antes sermoneaba y ahora solo sabía lamer, comer y chupar. Y que bien sabe hacerlo—. Dame la mejor comida de culo que has dado, cabrón—ordena, entre autoritario y rogándole mientras a la par que los movimientos del hombre acompaña subir y bajar su trasero por toda la extensión de su rostro. Quiere todo lo que puede y va a darle.
No necesita distancia para fijarse en que está temblando, puede sentir la presión de sus glúteos al tensarse así como la inquietud que de pronto aborda al hombre. Lo tenía bastante bien escondido, aunque no iba a negar que por mucho que se escondiera antes, los ojos del director estuvieron siempre puestos en los apretados pantalones que usaba cada día. Y que ahora, en esa noche íntima pero aun así peligrosa, estaba saciándose la curiosidad acumulada.
Aldus para de mover su lengua para inclinar la cabeza y dejar que su barbilla velluda raspe por entre su raja. Solo hace que se le antoje más, pero no por mucho. No cuando tiene su polla colgando erecta y húmeda por la saliva y su presemen. Que ese antojo no puede reprimirlo, no como habría hecho con otro muchacho, pues con Blythe no tiene un límite marcado, no tiene una dirección más que adelante.
Así mismo lo afirma, lo posee, sujeta sus caderas y su culo para dejarlo en posición y seguir, hundir más el rostro para besar y chupar su hoyo. Sabe que no es el primero, quizás ni el primero de esa semana, solo puede intuirlo por la suavidad de su piel sin rastro de vello. Ese hoyo ha tenido visitantes y quiere unirse a la lista. Es más, quiere encabezarla. Aldus hunde sus dedos para partirle el culo y escupe nuevamente. — Ábrelo para mí, rey. — manda para tener libertad y espacio de usar más manos. Pues con dos dedos, índice y medio, le da pequeños azotes al agujero para después insertar uno de estos.
Se desliza perfectamente.
La forma en que le aprieta el dedo hace que su polla explote de envidia y celos. Lo empuja hasta la mitad para unir su lengua y lamer justo el anillo de su entrada. Una lamida corta detrás de otra y se aparta. Gruñe satisfecho, presiona su labio superior contra la nariz y así descubre que tiene plasmado el aroma a macho de Blythe.
Sin aguardar por nada más, suma su dedo corazón para introducir ambos al interior del hombre. Los empuja muy al fondo antes de sacarlos. El dedo índice resbala fuera de su agujero, para lo que incluye el anular, y de esa forma comienza al follar al varón a dos dedos. En ese momento cree notar un reflejo de luz por el rabillo del ojo, pero no le presta atención, debe ser la luz de los faroles reflejada, pero no le interesa.
Dentro suyo abre los dedos haciendo trampa, pues desea dejarlo listo para recibirlo, puesto que la noche es joven pero sus ganas por tomarlo no. Apenas aguanta unos segundos más cuando saca los dedos y se levanta, de pie pegando su pecho a la espalda del profesor. — Si un cabrón quieres, un cabrón te va a partir, putito. — susurra a su oído en lo que su mano zurda se cuela bajo el brazo de él para pellizcarle una de las tetillas. Con la otra mano lo toma firme desde la nuca para apartarlo de la pared y en dos pasos llevarlo contra el escritorio. Lo empuja sobre este para tener ese culo a su alcance.
Se tienta y no sabe responder de otra manera sino dejándose llevar.
Un sonido seco y agudo invade el salón, la palmada fuerte que le dejó sobre el glúteo. — Mierda, qué culo. — apretujó sus glúteos con fuerza, pero en ese momento reparó en un pequeño detalle que podía estropearlo todo. — ¿Traes preservativos contigo? — hay urgencia en su voz, que no es una petición sino un mandato. — ¡Pronto! No me quedaré sin cogerte, Blythe. — da un paso más hacia él y apoya su verga justo entre los glúteos ajenos, para deslizarla de abajo hacia arriba, usando su raja y lo gordas de sus nalgas para masturbarse, una fugaz consolación antes del festín.