Hacía más de doce años que no escuchaba esa voz metálica y monótona, con una pizca de angustia y aburrimiento que salía del megáfono diciendo: “Compro mesa, silla, heladera, compro vajilla, compro nuevos, usados, compro madera, chapa...”. Tenía olvidada la existencia de esa voz, de ese canto triste que me generaba un poco de espanto en las tardes de calor a la hora de la siesta, sin embargo tenía presente que había otras voces que sonaban en el barrio cuando yo era pequeña, el que vendía helados y pasaba con una campanilla diciendo “Lloren chicos lloren”; el sodero, que alargaba la palabra para hacerse notar presente cuando llegaba al hall de mi casa; el afilador, con un silbido que rompía los tímpanos; la avioneta que pasaba promocionando “Las Heras 788, Fábrica de calzado para damas, abierto todo el día” sumado al sonido que hacia el cacharro volador. Pero ninguno me generaba lo que la voz que salía por el megáfono, que hoy vuelvo a escuchar y me trae escalofrío.
El espanto respecto de la voz de la camioneta Ford 100, a la que se le descascaraba la pintura y sonaba a batería de ollas viejas, tenía razones sucedidas en mi infancia. Alguna vez mi madre nos había dicho a mi hermano y a mi, “O se portan bien o paro al viejo barbudo de la camioneta y le digo que se los lleve gratis”. Si, gratis encima. Nos hacia creer que no le importaba ni que le diesen plata. Mi hermano con tres años y medio no entendía nada, pero yo con seis, tenía miedo, y a su vez me sentía responsable por él.
El barbudo de la camioneta vieja era el chofer, un tipo que según decía Elsa, la tía gorda y canosa, por unas monedas se llevaba de tu casa todo aquello que ya no querías seguir acumulando, y lo subía a su chatarra de cuatro ruedas. Sólo una vez habíamos visto la cara del chofer. Jugábamos con mis primas y mi hermano en la vereda de la casa de la abuela Antonia, que vivía a la vuelta de nuestra casa. Jugábamos a la mancha, corríamos y gritábamos, para que mi hermano no nos tocara con las manos sucias de barro, los vestidos impecables que nos ponían, con volados en las mangas y moños en la espalda encima del culo (Como si el culo fuese el regalo). Diana, Malena, Paula, yo, y Miguelito que nos perseguía. Diana y Malena eran hermanas, rubias de ojos claros, Diana tenía rulos y Malena pelo lacio, se llevaban un año de diferencia, Diana era como yo, y Malena un año más chica. Ellas eran las hijas de tía Elsa. Tía Elsa era gorda, pero las chicas eran dos palos de escoba como su padre Carlitos, que sufría de todos los males del mundo, diabetes, colesterol, presión alta, no le faltaba nada, o eso decía la tía y entonces lo tenía siempre a dieta. No lo dejaba comer nada, y se comía todo ella. Carlitos era el hermano de mi mamá. Paula, la otra prima, era hija única de mi tía Gloria, también hermana de mi mamá. Mi tía Gloria era profesora de inglés, había quedado viuda muy joven de un viejo que tenía mucha plata. Se creía muy refinada, siempre mezclaba palabras en inglés en medio de las frases, y nadie la entendía. Ella se hacia la que le había salido sin querer, y aclaraba el significado de lo que había querido decir. Paula, era callada, introvertida, la teníamos que obligar a jugar, porque la tía no la dejaba para que no se manchara las prendas que la había comprado en Miami, en alguno de los dos viajes que hacia al año. Cuando pasaban un par de horas Paula se desinhibía, pero todas las semanas costaba lo mismo. Miguelito mi hermano, era el más pequeño de todos, en esta época que cuento lo de la mancha, él tendría cuatro años y era un terremoto. Tenía el pelo lleno de rulos dorados y los dientes le habían salido todos torcidos, pero mi mamá decía que en cualquier momento se le iban a caer así que no había que hacerse problema. Él estaba siempre feliz, contando algún chiste de jaimito que le contaba el abuelo Pepe, o levantando las polleras de las primas y riéndose de la picardía.
Mientras íbamos de aquí para allá en la vereda, chillando como locos, escuchamos venir esa voz metálica, en conjunto con el sonar de la camioneta toda enclenque que en el medio de la hora de la siesta, salvo por nuestras vocecitas agudas ese ruido parecía el de una nave espacial aterrizando en tierra. Miguelito me agarró la mano, las chicas se abrazaron y Paula se tapó los oídos con los dedos porque le molestaba el ruido en los dientes. A mi orden de “A la guarida” nos escondimos en el jardín delantero de la casa de la abuela, entre unos arbustos donde teníamos armada una especie de rancho. Desde la trinchera espiamos como a una velocidad mínima y a ritmo pesado, como si una rueda le pidiese permiso a otra rueda, pasaba la Ford 100, y el barbudo que tenía una barba larga y un tanto canosa, una gorra roja desteñida y percudida, fruncía la frente como forzando la vista. Le hablaba con su boca bien cerca a un control por el que después llegaría su voz al megáfono que estaba sobre el techo de la cabina de la camioneta. Tenía puesta una musculosa blanca de morley, y se notaba que estaba sufriendo calor porque su piel se veía brillar de sudor.
Esa noche cuando me fui a dormir, después de rezar un padre nuestro, y dos Ave María, mi madre estaba por apagar la luz del velador giratorio con dibujos de animales que yacía en mi mesa de luz. Ese velador hacia las formas de los animales proyectadas en la pared, y a mi me encantaba mirarlos antes de dormir e imaginarme que estaba en la selva. Esa noche le pedí a mi mamá que no apagara la luz, que quería dormir con el velador encendido. Mi madre que notó algo raro en mi conducta me preguntó cuál era la razón y le dije que habíamos visto al viejo de la ford. Cometí un grave error, porque eso ayudó a confirmar su teoría de que el viejo podría llevarnos, y durante años fue la amenaza fija de nuestra madre.
Fue pasando el tiempo, y entre que nos volvimos más grandes y el barrio se fue poniendo cada vez más peligroso, fuimos dejando de jugar en la calle. Mi prima Paula se fue a hacer el secundario en Estados Unidos, y Diana y Malena entraron pupilas en un colegio de monjas de la Capital. Miguelito era el único que seguía andando más en la calle porque era varón. Andaba en bici con un grupo de chicos del colegio. Mi mamá no me dejaba andar mucho sola por la calle, porque yo ya había desarrollado, y tenía tetas y culo. Ella decía que tenía el cuerpo de una mujer pero no podía pensar como tal todavía. Una tarde que me quedé en casa de mi abuela Antonia y estaba muy aburrida, en plena edad del pavo, no sabía que hacer. Todos los juegos me parecían aburridos, y la abuela para que no la molestara más haciendo preguntas del estilo cómo había sido su primer beso y si se había casado virgen, me dio dinero y me mandó al kiosco de revista a comprar alguna de chimentos.
Era un día de semana de otoño. En la manzana frente a la casa de la abuela había una escuela y se escuchaban los ruidos de los chicos del turno tarde corriendo en el recreo. Yo crucé la calle y fui caminando junto al paredón de la escuela. No había nadie porque era la hora de la siesta. Sólo se escuchaban los chicos hasta que sonó el timbre del fin de recreo y todo quedó en silencio de nuevo. Venía caminando distraída contando las baldosas. De pronto me chistan desde una camioneta Ford 100 que estaba estacionada. Era el viejo barbudo. El mismo viejo, sólo que ahora estaba pelado, la barba la tenía más larga y completamente blanca. No llevaba gorra roja, pero si la camiseta de morley. Me chistó con el vidrio bajo, y de pronto abrió la puerta. Me dijo: -Nena, ¿no querés ver como me hago la paja? ¡Mira que lindo!.- El tipo tenía el pantalón de jean celeste clarito bajo, a la altura de las rodilla, un calzón blanco, y en su mano derecha manipulaba su miembro peludo y parado. Lo recuerdo como una salchicha con arrugas. No me asusté ni hice ningún tipo de alarma. Me había detenido en la vereda casi contra la pared cuando me había chistado. Debe haber pasado todo en menos de un minuto y lo recuerdo como un momento eterno, detenido en el tiempo de mi vida. Lo mire con un poco de pena, que mientras pasaban los segundos se convirtieron en asco. En mi mano tenía enrollado el billete de cinco pesos verde que me había dado la abuela Antonia. De pronto sentí que mi mano estaba sudando y el billete se retorcía humedecido. El viento se agitó, y las hojas que estaban secas y caídas sobre la vereda hicieron un remolino a mi alrededor. ¿Qué era hacerse la paja? ¿Porqué este viejo barbudo estaba en su camioneta ofreciéndome mirarlo? No tenía certezas sobre la propuesta, nunca había escuchado esa expresión, pero si sentía que no debía ser nada correcto. El perro del vecino de enfrente empezó a ladrarme desde la terraza. El viejo sacudía su salchicha como estirándola y notaba que se pasaba la lengua por las labios, en un movimiento rarísimo como de lamerse comida que le había quedado. Tenía colgada una cinta roja en el espejo retrovisor, y una estampita de San Cayetano. Pensé que Antonia se iba a preocupar si seguía demorándome, y también que si alguien me veía ahí parada me retarían. Muy amablemente como una señorita de mi casa le dije: No, gracias, tengo cosas mejores que hacer”, y seguí caminando, ahora a un ritmo más veloz. Llegué al kiosco de diario un poco agitada, aunque me concentré enseguida en mi tarea. Observé las opciones de tapas de revista que había. Susana Gimenez declarando “Humberto me quiso agredir, y yo me defendí”, en otra Thalia con la espalda descubierta: “No me gusta que me comparen con Natalia Oreiro”. Después estaban las de política el clan Macri y decía algo de “la familia”. Terminé comprando una revista gente que tenia a Julio Iglesias bautizando a su hijo en la tapa junto a su mujer. Antonia era fan de él, creía que iba a ponerse contenta. Volví a casa de la abuela, dando la vuelta por la otra manzana para no volver a cruzarme con la ford 100. No me crucé a nadie en el camino. Conté quinientos setenta y ocho pasos hasta el zaguán de la casa. Al llegar me senté junto a la abuela en la silla hamaca con revista en mano y sin decir nada pasé la tarde intentando leer, pero de rato en rato se me venía la imagen del viejo barbudo manoseándose. No se lo conté a nadie hasta que mi primer novio de los catorce años me explico lo que significaba hacerse la paja y me pidió que se la haga.
Sigo viviendo en la misma ciudad que cada vez me da menos ganas de caminar y me hace sentir que vivo encerrada en el dos ambientes que comparto con mi actual novio, donde me siento enjaulada. Estoy sentada en mi balcón leyendo la revista Rolling Stones, escucho la voz del camioncito pasar “Compro mesa, silla, heladera, compro vajilla, compro nuevos, usados...”. Sé que no es la misma Ford 100, pero todas suenan igual por el filtro del megáfono, me da piel de gallina y se me acelera el corazón como de espanto.