Taza y cafetera
Y entonces así, de pronto, tu taza favorita ya no embona con tu cafetera.
Más o menos así el amor.
Entonces, cambias de taza o adaptas la cafetera.
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@juguitodechale13
Taza y cafetera
Y entonces así, de pronto, tu taza favorita ya no embona con tu cafetera.
Más o menos así el amor.
Entonces, cambias de taza o adaptas la cafetera.
¿Un café?
Catalina y Fernando estaban sentados tomando un café, un jueves por la tarde. Estaban en pleno mes de mayo y el clima era bastante caluroso, sin embargo, en la terraza de la cafetería el airecito lo atenuaba. La mesa era pequeña y redonda, de color entre negro y marrón obscuro. Arriba de ella se encontraba una bebida sumamente azucarada, la de él, por supuesto; y una refrescante y no muy dulce, justo como ella las prefiere. Sus sillas se encontraban juntas, ya que él no resistió estar lejos de ella, o por lo menos fue lo que dijo antes de moverlas y plantarle un bonito y muy tierno beso.
Catalina llevaba un atuendo bastante casual: blusa negra, pantalones de mezclilla, tennis y unos lentes que abarcaban casi la mitad de su rostro; de los cuales, por supuesto Fernando se burló todo el día. Él, por otra parte, llevaba una linda camisa azul claro y unos Converse sucios. Su cabello lucía despeinado, pero combinaba muy bien con su estilo. Fer, tenía una forma muy peculiar, pero sobre todo atractiva, de ser. Estaban tomados de la mano, sin necesidad de decir nada. Sólo disfrutaban del calor, de los sonidos de la ciudad y de su compañía. Ella pensaba en lo cómoda que se sentía a su lado y él en lo chistosa que se veía cuando sonreía. Estuvieron callados por varios minutos. De pronto, él hizo una pregunta que rompió con el silencio en el cual estaban inmersos.
- ¿Por qué esto no funcionó hace cinco años?, dijo Fernando con una sonrisa un tanto desorientada.
- Éramos muy diferentes- respondió Catalina con una risita nerviosa. – Hemos crecido, ya no somos los escuincles babosos de antes.
Fernando soltó una carcajada que retumbó en todo el lugar. Todos los voltearon a ver con una mirada de complicidad. A leguas se notaba que se traían cachetando las banquetas el uno al otro. Ella se mordió el labio y él continuo riendo.
- Ya se nos quitó lo escuincles, pero no lo babosos.Respondió Fer.
Catalina estuvo a punto de escupir su bebida mientras reía como hace meses no lo hacía. Lo volteó a ver con desaprobación mientras negaba con la cabeza. Ella sabía lo divertido que era pasar tiempo con él.
- Se te ha quitado lo menso. Dijo Catalina guiñándole un ojo.
- Pues a ti se te ha quitado lo payasa. Fue la atinada contestación de Fernando.
- Estás muy guapo, admitió ella.
- Tú estás hermosa, dijo él mientras se acercaba a besarle la mejilla.
Pasaron varias horas platicando y bromeando. A ella le dolían los cachetes de tanto sonreír y a él el abdomen de tanto reírse. No dejaban de mirarse. Se les hizo tarde en aquel café cerca de la avenida, donde todos podían admirar a la amorosa pareja de la mesa en la terraza. Al terminar sus bebidas ella recogió la mesa y le extendió su mano para emprender el camino.
Como todo buen caballero, Fernando la dejó en su casa, no sin antes comérsela a besos en la puerta. La tomó de ambas mejillas y la abrazó. Por un momento fueron solo ellos, solo un par de enamorados entrelazados como si nada más importara. Se les fue el tiempo justo así.
- ¿Quieres pasar?, preguntó Catalina con una mirada picara.
- Me encantaría, pero tengo que irme- respondió él.
Se despidieron con un último beso, muy dulce, con sabor a “ya te quiero volver a ver”. Ella no cerró la puerta hasta que él iba a media calle. Entró a casas y de inmediato leyó un mensaje: “ya te extraño”.
Después de varios años de salir al cine, viajar a muchos pueblitos y comer en mil y un lugares bonitos, feos y unos de plano de mala muerte, y tomarse una cantidad casi increíble de fotos juntos y bebidas alcoholicas, Fer y Catalina tienen sus cepillos de dientes juntos, la casa que ella siempre quiso y la mesa de centro en la sala que él toda la vida deseó.
...nos queríamos en una dialéctica de imán y limadura, de ataque y defensa, de pelota y pared.
Julio Cortázar
I broke my leg and started painting. I couldn`t leave one of my favourite characters aside.
Destino cabrón
El destino es muy cabrón. Sobre todo cuando a los veintidos años te cambia la vida. A una corta edad me volví una chavita básica, un poco a causa del entorno y mucho a causa de mis padres. Al tener ellos una relación disfuncional -lo que no era un secreto para nadie- pero buscando siempre mantener las apariencias, aprendí a hacer lo mismo. Duckface en la foto de instagram, peda en el antro de moda en Polanco, desayunito en el restaurantcito vegano coqueto con el novio "ahora sí es el amor de mi vida" en turno y grupito de amigos pa' salir. Sentía que tenía la vida arreglada, y en veinte minutos todo se fué a la mierda. Bueno, sí y no. Un sábado él -novio hijo de puta 100% del agrado de mis papás- me dejó. Y lo curioso es que no lloré por nuestra relación; lloré por la vida que se me iba. Lloré porque yo no sabía cómo iba a fingir que todo seguía perfecto. Entonces me volví la típica morra que dice cosas como "me amo, güey", "lo máximo en mi vida soy yo" y esas mamadas... me volví vegetariana, runner, pintora chafa, escritora de novelas, bulímica, yogui y fotógrama amateur. Fuchi. Pero seguía sintiéndome igual, me daba la impresión de que la vida se me iba mientras intentaba hacer felices a todos y finguir que yo estaba bien. Obvio me volví bien rara, una mezcla entre buchona- pero sin varo ni bubis-, mujer despechada tipo Lupita Dalessio y cristiana optimista (sin creer en Dios). Como consecuencia natural me quedé con dos amigos y me volví la black sheep de la familia. Con veintidos años, cero esperanzas y con objetivos más chafas que la segunda temporada de La Casa de las Flores, volví a empezar. Y suena a puro mame, pero aunque no sabía lo que quería, sí estaba segura de lo que no quería. Ahora tengo veinticuatro y medio, me rompí la pierna en año nuevo y soy doblemente impopular, pero ahora sé que no debes tener la vida resuelta. Que todo pasa y que el mundo sigue. Que no somos perfectos, ni deberíamos buscar serlo. Que que hueva cumplir con estándares sociales que además los establece gente tan disfuncional como mis papás , que no hay que depender de nadie y vale la pena soltar. Son las cinco y media de la mañana, y está bien escribir, porque no somos un personaje, somos individuos, con permiso de cagarla, de no sentirse bien, pero con la responsabilidad de levantarse.