—Gustar de los clichés o ser uno no nos quita la gracia, ni a nosotros ni al objeto. —Nuria entrará en varios y está bien consciente de ello. Si el resto conociera cómo es enamorada probablemente le hablarían de otra forma y la tratarían como a una ingenua y es que, fuera de toda maldad, vive por y para el cliché del romanticismo. No espera la perfección pero sí algo que se asemeje a todos los hombres que ha leído en su vida y, segura de haberlo encontrado en su momento, sólo así puede descansar en paz. —A mí me gusta Salvador Dalí. —Le sonríe. —Es muy filosófico, digno de ser estudiado… mucho psicoanálisis, quizá, pero yo personalmente no le veo nada de malo a ello. —Encogiendo los hombros después, ¡qué aburrida que es!, decide sonreír y mirar hacia otro lado, oyendo. —Qué poca confianza—ríe. —, ¡ya existe el tratamiento láser! —Bromea, más que nada. — ¿Cuánto llevas ya tatuando…? ¿Primero estudiaste o primero tatuaste? —Se cruza de brazos y entrecierra un ojo para enfocarlo mejor, viéndolo con total atención. Se fija en el pelo (piensa que le gusta su corte) y luego otra vez pasa la vista por el vestuario pensando, de nuevo, que le gusta el trajecito. Ante lo siguiente descruza los brazos, una mirada. —Me encantaría. No estoy en el periódico ni mucho menos, pero quizá algún día, si te interesa, podemos hablar de algo… existe la filosofía del arte— a varios autores de su estima les gustaba desarrollarla—, quizá si me instruyo podemos discutirla. —Una pausa luego, se atreve a agregar: —Pero yo no escribo novelas ni tampoco poemas, sólo trabajos académico… o algo parecido. —O —Carcajea. —Lo intento. —Y no puede evitar hablar y hablar: —No quiero hacerle eso a tu madre, enséñame a pronunciarlo. Prometo que aprendo rápido. —Cosa cierta, sin embargo la lingüística extranjera le es de total ignorancia. Lo siguiente que dice le roba una sonrisa. Lo único que tiene en común con la mujer es que ambas adoran cocinar. —Nunca he oído de Montpelier pero sí de Nueva York… ¿de la ciudad o del campo? Porque si hablas de la ciudad, y no es por defenestrar al campo, debe ser de lo más increíble. —Pero no tienen playa calurosa, lo único en contra. —Bueno, aquí es donde siempre quise estudiar. Era mi universidad, no otra. —Fue la única solicitud que mandó muy a pesar de los gritos y pataleos de la familia que le decían una y otra vez que se fijara bien lo que hacía. A Nuria le dio lo mismo. —Así que me vine. Y empaqué mal, muy mal. Pensaba que el invierno de Miami —remeras y pantalones sueltos—sería una primavera en Vermont y no es tan así… pero a cosas más importantes, ¿tú me mostrarías tu arte? Ahora, digo, ¿tienes una foto de lo que haces?
Una vez más se encuentra concordando con ella, “Dalí fue un hombre interesante, con una mente única por supuesto,” aporta, recordando lo que sabe sobre el surrealista español. Sus obras eran de las que siempre llamaban la atención de un pequeño Ha-neul en los viajes a museos y libros de arte en la escuela, podía mirarlos cien veces y encontrar algo nuevo; eso le gustaba. Ríe junto a ella, “Bueno, ese es el punto. Cuando empecé a tatuar mis conocimientos en el arte se limitaban a lo aprendido en las clases del colegio, así que no los culpo por no confiar en mí,” explica honesto, recordando aquellos tiempos con nostalgia pero sobretodo agradecimiento por todas las oportunidades y conocimientos que le fueron otorgados en el estudio de tatuajes. Inevitablemente su mirada se dirige a la tinta en su propio brazo, descubierto al haber subido la manda de su camisa hace unas horas; siempre tendría un recuerdo de aquellas personas a donde quiera que fuese. Vuelve su mirada a la contraria, “Me parece una buena idea. O puedo instruirme yo en tu área,” agrega no queriendo ser una molestia o que solo se centren en sus intereses.
“Descuida, ella entenderá si no lo haces a propósito.” Es verdad, está seguro que su progenitora es la persona más comprensiva del mundo mientras no le quitaran sílabas haciendo que cambiará por completo el significado lo entendía, siendo ella misma una persona bilingüe. Procede entonces a explicar rápidamente, y lo mejor que puede, la pronunciación, cuidando su dicción al crear el sonido de su nombre: hhaan-uwl.
“La ciudad. Y eso es parte de lo increíble del lugar.” defiende divertido, aunque sus palabras guardan cierta verdad de acuerdo a sus preferencias de clima. “¡Oh, no!” exclama ante la tragedia contraria, soltando una leve risa por su puesto sin la intención de ofender. “¿Ahora?” sus ojos se abren en una mezcla de sorpresa y pánico, pero de inmediato recuerda lo cómodo que le ha hecho sentir durante su conversación, y aunque aún no se siente listo para enseñarle algo que sea muy personal, se le ocurre que puede mostrarle algo de su trabajo. “Tengo una cuenta de instagram con los tatuajes que he hecho, ¿quieres verla?” sugiere, tomando su móvil del bolsillo de su pantalón.