Te estoy escribiendo esto directamente a ti. Trazo cada línea de las letras pensando en la forma de tus ojos almendrados y en la miel de tu color; en las líneas de expresión que delatan extraordinariamente que mi edad no es la misma que la tuya. Las cejas pobladas, depiladas y cuidadas con mucho esmero, sin ningún vello que haya quedado fuera de la simetría de tu belleza adulta. Los labios —benditos sean esos labios—, rellenos, rojos e hinchados por el mal del frío. El invierno aún no llega, pero comienza a hacer estragos en las partes de tu cuerpo que admiro y que hoy parecen tener el doble de edad.
No quiero que pienses que me estoy burlando del correr de la vida; más bien tómalo como una admiración hacia la misma. Los recuerdos me abundan de vez en cuando, cuando las noches son solitarias y miro mi reflejo en el espejo, porque… bueno, lastimosamente tengo mucho de ti en mí. No tengo esos labios, claro; los míos son un poco más finos y no se me marca tanto el arco de Cupido como a ti, pero los pómulos son los mismos y, en carácter, ni hablar.
A veces te detesto tanto, porque yo era una antes de conocerte, y luego, cuando pasaste por mí, dejaste cosas que no debiste haber dejado. Detesto tanto madrugar, detesto tanto a la gente lenta, y me aferro al presente porque siento que enloquezco cada vez que te recuerdo caminando por los pasillos, riéndote a carcajadas por cómo tiraste mi cabello, empujándome y gritando malas palabras, odiándome, quitándome del medio, golpeándome la mejilla y luego bajándome los pantalones. Recuerdo todo aquello que hoy me produce un sabor tan amargo en la boca… porque busco, busco horriblemente amor en otras personas, que me amen de verdad, que no seas tú quien me atormente por siempre, que el amor se pinte de otro color que no sea tu verde militar.
Tengo casi treinta, ya no más dieciséis. No busco reemplazarte, pero estás muerta y seguís atormentándome la vida. No vives, no reís, no sos feliz y, aun así, yo tampoco.
Pero no voy a darte el crédito por eso. Yo no soy feliz por otras cosas, pero el amor humano, romántico, que debí conocer en mi adolescencia y que debía ser un detonador de los próximos amores en mi vida, fue arruinado por tu presencia demoníaca. Y créeme que intento quitarme los pedacitos de ti que me han quedado incrustados en la piel, pero es tan difícil caminar con estigmas, con el castigo divino que me ha tocado llevar.
Mamá a veces me dice que ya las cosas no son como antes, que hay un mundo maravilloso para mí afuera. Sin embargo, odiándome por haberte permitido ser parte de mi vida, camino sobre tus pasos y, cada tanto, sin quererlo, me topo de frente con tu reflejo, que me proyecta a mí.
Estás muerta. Te maté. Realmente lo hice. Tenía el cuchillo y ejerciste la presión. Me llamabas sicofante; me reía, odiándote por esa palabra tan horrible. Yo te bauticé con otros mil nombres más que no vienen al caso nombrar, pero odiaba que me llamaras así, hasta que, de grande, comprendí la forma tan maquiavélica con la que te burlabas.
Debí tomar más cartas en el asunto, empujarte con más fuerza contra la puerta y ejercer más presión cuando, llorando, me pedías que por favor me detuviera. Debí… rasgar mis muñecas más fuerte, quebrarme en dos y verte derrumbar, abrir la puerta del auto y dejarme marchar.
Debí denunciarte, victimizarme, empujarte a la decadencia constante que ahora, ¡maldita sea!, que ahora me habita a mí.
Pero fui mínimamente humana y te cuidé de mí misma el día que decidí tomar conciencia de lo mala que estaba siendo contigo. Me arrepiento de todo lo malo que te hice, y hasta hoy escucho las palabras de mi psiquiatra aconsejando un tratado de paz.
Lo siento, lo lamento, me arrepiento. Sí, fui ese sicofante y, aunque hoy ya no sea la misma de antes, todavía tengo pedacitos de fragmentos que se asemejan a mi hogar, a mi destrucción, a mi caos, que una vez llamaste amor.