Yo seguiré por acá ✌️ mí indie es @amorescandaloso, no entro desde principio de año pero ahí andaré también tal vez (?)
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@katzelias
Yo seguiré por acá ✌️ mí indie es @amorescandaloso, no entro desde principio de año pero ahí andaré también tal vez (?)
There exists, I grant you, a clinical depression, upon which certain remedies occasionally have effect; but there exists another kind, a melancholy underlying our very outbursts of gaiety and accompanying us everywhere, without leaving us alone for a single moment. And there is nothing that can rid us of this lethal omnipresence: the self forever confronting itself.
Aveux et Anathemes, Emil Cioran
corasv:
Tampoco le resulta conocida su cara, pero lo que menos le apetecía era compañía, ya fuera de alguien conocido como si no. Pero había algo que le atraía del recién aparecido… Su cilindro. Necesitaba, ansiaba, desesperaba por un poco de nicotina en sus pulmones. El nerviosismo y estrés provocaban en la italiana la ansiedad por consumir aquel vicio que mataría poco a pocos sus pulmones. Por suerte no solía fumar demasiado, pero estos días con tanto que pasaba en sus vidas, no podía evitarlo. “Yo tampoco. Y si te pido una calada me vas a mandar a la mierda porque probablemente yo lo haría en tu lugar, ¿a que sí?”
—Uh... —y la mira un momento, en lo que habla, como analizando, ¿notará que es marihuana y no tabaco? —No pasa nada —contesta, encogiendo un hombro con sencillez, y extiende el brazo para acercarle el porro, primero fijándose si sigue prendido. Y hablando de nicotina, busca los cigarrillos en el camperón con la mano desocupada porque, bueno, ya que estamos... No fuma mucho tabaco, la verdad es que casi nada, y normalmente compra el que es para armar, pero esta vez no tenían.
priisoncrs:
ni bien las palabras salen de su boca, se arrepiente. maldita costumbre de decir lo primero que se le viene a la cabeza, siempre causándole problemas. ‘no quise decir eso’ niega enseguida, lo más cercano a una disculpa que su orgullo le permite expresar. ‘esta gente no contrataría jamás a alguien como yo. me extrañó que no me prohibieran la entrada al verme con esta pinta’ explicó después antes de beber de su cerveza.
Elías alza una ceja. —Suerte que tampoco te postularías a trabajar con ellos, ¿no? —Suelta, y luego sorbe por la nariz. Imita el gesto, él también toma de su cerveza. Tampoco es que se la vea tan freak, cree. Ni un expansor gigante en la boca ni escarificaciones ni lentillas a lo Manson, pero bueno, vaya, ni si quiera eso hace falta a veces para que te miren de arriba abajo. Él lo sabe, como depende de la ropa o el peinado o la sonrisa en el rostro. Y tranquilamente esta familia puede tener en sus integrantes a quienes critican a quien sea que no esté en sus términos económicos, sociales... quién sabe. Pero bueno, a Elías ninguna de estas cosas le parecen raras también porque viene de otro lugar, de una ciudad grande en Inglaterra y, sabe, las realidades cambian totalmente. —Yo no conozco a esta familia —dice, y encoge un hombro. Por supuesto que sabe el apellido, después de todo West Ham no es muy grande, pero ¿quiénes son las caras que lo portan? Ni idea. —Sabes, en realidad te saludaba —empieza, se atreve (pensaba simplemente no explicarse y seguir con lo suyo, tomando en silencio): —porque tú me hiciste un tatuaje. Hace, bueno, un tiempo —y se apoya la mano en el pecho. —, pero me tuviste bastante paciencia. Y casi no sangré.
‘no me creerías si te dijera cuánto te he extrañado’ expresa, prácticamente abrazándose al cuerpo ajeno. ‘dime que me trajiste un regalito de bienvenida. lo necesito más que nunca’ / @katzelias
Ah, Dios mío. Elías parpadea un par de veces, luego le da una débil palmada en la espalda y se aleja, procurando ser tan delicado como le es posible y, así, piensa, evitar incomodarla a ella. No es personal, para nada, Emerson le agrada, la quiere, claro que sí, es una amiga, pero le resulta inevitable. No es que no le guste que lo toquen, pero casi. No se acostumbra, cree que jamás se acostumbrará a que las distancias se acorten, ni momentaneamente, con nadie en esta Tierra. A la segunda frase no la ignora con la misma gracia que a la primera, le sonríe levemente y mete la mano izquierda, de dedos eternamente fríos, en el interior del camperón. Palpa el porro en la ziploc con suavidad. A ella la mira y después sorbe por la nariz. —, estaba por salir a fumar... — por supuesto. Y confiesa: —No aguanto esta música. ¿Vamos?
a face that aches a heart that breaks and here i am shouldn’t breathe i shouldn’t breathe speak to me speak to me speak to me
wrldburn:
“¿eh?” repitió, sin reconocer al grupo mencionado. no había tenido demasiado acceso a la música al crecer, descubriendo a la mayoría de sus artistas favoritos al llegar a estados unidos “no tengo idea de quiénes hablas” agregó, mirando al contrario con pura confusión en su rostro “pero este lugar necesita mejor música. ¿sabes cómo eliminar a un dj? ha llegado mi hora de actuar”
—Uhm... Seguro los escuchaste en la radio, seguro. —Dice. Ante lo siguiente, una risa entredientes. Al paso en que vamos, y contando como lo dan, el disc jockey debe estar ahogado en alcohol. No debe ser muy difícil. — Siempre está la posibilidad de pedírselo. O engatusarlo, claro. —Ahora, que no le pida que actúe... Elías no es bueno ni actuando, ni simulando. Carisma no tiene, primero que nada. Pero el chico sí, quién sabe. Al menos se lo nota más ameno.
buffy-brown:
“Aún así pareces ser alguien que se interesa por la filosofía.” Y si no se trata de interés entonces es otra cosa, sea como sea el desenlace termina siendo el mismo, sabe de lo que está hablando y tiene una opinión al respecto. Como quien no quiere la cosa el muchacho comienza a contarle acerca de otro mundo desconocido para ella, las fiestas electrónicas. Ha visto alguna que otra información en internet pero nunca puso especial atención en saber de qué van, qué se hace allí o cómo se supone que se baila ese tipo de música, ¿o no se baila? ¡No tiene idea! Como muchos otros asuntos en su vida tiene un agujero negro al respecto, una pequeña noción pero nunca demasiada, todo consecuencia de la sobre protección de su madre y su empeño en no permitirle conocer nuevas experiencias. “Raves.” Repite, queriendo practicar a decirlo, no es difícil pero de haber entendido mal de seguro él le corregiría. Se queda pensando al respecto, de pronto tiene muchas dudas y quiere hacerlas todas a la vez, sabe que eso abrumaría a su receptor, por ende busca las que considera más esenciales para poner primero en lista. “¿Qué se hace en ese tipo de fiestas? ¿Son muy distintas a esta? ¿Son distintas incluso de las fiestas normales?” Cada pregunta brota de sus labios de manera natural y fluida, también de forma bastante rápida pero esta vez no puede evitarlo, cuando el interés al respecto crece también lo hace la necesidad de saber detalles. Todo lo desconocido le atrae, todo lo que su madre pueda prohibirle suscita otro tipo de emoción en su pecho, emoción que va ligada a una rebeldía que nunca ha podido exteriorizar. Toda su aura cambia cuando vuelven al tema de la excursión. ¿Linda? Sabe que Elías es alguien de pocas palabras y eso no le molesta, ella suele hablar en demasía cuando se siente cómoda y así se equilibran, pero esta vez no está convencida, no cree que sea una palabra que pueda englobar el concepto de una semana entera fuera. No hay detalles, ni experiencias que le esté contando, incluso su rostro parece quedar algo pálido con la pregunta, o tal vez sea el efecto de traer los recuerdos de lo sucedido. No quiere ser paranoica, en verdad no quiere, además nadie en West Ham le prestaría atención a sus teorías y ella mima no tendría el valor suficiente de decirlas en voz alta o de exponer la verdad de aquellos excursionistas. “Claro, imagino que si.” Intenta fingir que le ha creído y que todo eso tiene sentido, no duda que las últimas palabras sean ciertas pero… mierda, ¿por qué no le cuenta? ¿por qué no es honesto? “¿En la excursión fueron a esas fiestas… raves?” Continúa, esta vez un poco menos incisiva, yendo poco a poco, probando los límites del muchacho para crear excusas o historias. “Solo en mi cuarto o en la ducha.” Dice con una pequeña sonrisa, es demasiado tímida y no se sentiría a gusto si lo hace en una pista, de seguro imaginaría que todos se están burlando o todos la están viendo. “No podría frente a una audiencia tan grande.”
Ante las preguntas, no puede evitar que escape una risa entre dientes. —Sí, hay un DJ que pasa música en una bandeja, que es... bueno, hay gente que usa computadoras, o si no usan vinilos, que así es a la vieja escuela, digamos, y usan la bandeja para crear efectos, y los vinilos, eh, aprenden en qué parte está el loop que quieren hacer, y mueven con los dedos el vinilo siempre en esa parte que quieren, sea de voz, o de bajo, de lo que sea. — Se humedece los labios, busca la botella de cerveza y la descubre vacía. —Hay un DJ que se llama Aphex Twin y hace cosas increíbles. —Luego, una pausa, agrega, como advertencia: —Los vídeos son bastante desagradables, pero sus álbumes están buenos. —Encoge los hombros. —Y sí es distinto porque, bueno, yo tampoco puedo hablar de la experiencia estadounidense... pero en Inglaterra, en toda Europa la electrónica es su propia tribu urbana, algo así. —Después sorbe por la nariz. Sí. Están los gabbers, por ejemplo, y todos usan el pelo rarísimo. —Las raves no son en discotecas, suelen ser organizadas por gente así, sin seguridad ni permiso. Pasas por contraseña, o porque te invitan. Pero llegan a convocar mucha gente. —La mira entonces: —Se puede disfrutar aunque no estés drogado, a diferencia de lo que te puedan hacer creer... La música es buena por sí sola. —Claro que no es quien para hablar de sobriedad, pero es un hecho. Y ahora que lo piensa, hay que tener temple para aguantar el sonido repetitivo de ciertas ramificaciones del techno en un estado de plena consciencia. —Hay pasos, sí, se baila mucho con las manos y los brazos, pero uno los mezcla, o baila como quiera. —Cree que ocupó totalmente la cantidad de palabras que se permite emitir al día. Sí, mierda. Ahora de repente tiene ganas de ir a una rave, pero no ahora, si no en dos mil quince. Pero es su cerebro que recuerda los momentos de miseria anteriores y le parecen los mejores de la existencia entera... La verdad es que no estaba bien, tampoco, y el subyugo de esa casa estaba presente en todo sentido -ahora es una pesadilla que lo atormenta, sí, pero está a un océano de distancia-, pero estaba en el antes y no en el después. Una risa entre dientes. —Ah, no. Tampoco hubiera estado mal —En los dos meses de ausencia, de estancamiento, de quiebre, intentó dejarse grabado lo último de vida, de normalidad, pero su memoria es horrible ¿y en ese estado? Por favor, ni hablemos. Hoy, la verdad, todo es una nebulosa. Hasta como pasó cada uno de esos días. Si es sincero, el mayor recordatorio son los huesos de la espina dorsal, que resaltan afilados después del hambre. Qué horrible fue. Por Dios, sí, qué horrible fue. Pero bueno. Le sacó el jugo a ciertas cosas. Cierra los ojos un momento, luego asiente con la cabeza. Sí, puede imaginarla ahí, con el cepillo del pelo cantando... cantando qué cosa, no sabe. ¿Su madre le pondrá restricciones en eso? Oh, Queen no, porque son homosexuales. Ah, vamos Elías, tampoco te creas que la vida es un sueño húmedo de Brian De Palma. — ¿Qué música escuchas?
welcome
bcllchantx:
Mordió con ligereza su labio al notar como otro de los chicos engullía otro vaso de champagne de una de las tantas botellas que los generosos anfitriones habían sido tan amables de proporcionar para la fiesta de bienvenida, pensando en que definitivamente aquello no acabaría bien. Había pasado tanto tiempo entre las fiestas de los jóvenes de west ham, que quien mejor que la de cabellos rosados para saber que los pesares del corazón y el alcohol, no solían hacerles muy bien, pero ¿qué más podían hacer? ¿en verdad sería tan desastroso si les contaran la verdad? ¿tenían que mantenerse callados? — Yo… espero no sonar descortés, pero la verdad es que no me hace muy bien, la última vez que lo intente termine muy mareada y con demasiada tos. — Confesó con sinceridad total con una sonrisita apenas visible sobre sus carmesís, no se trataba de que no apreciara el negocio en el que el contrario se encontraba, sin embargo, ya suficiente tenía con todas las píldoras que sus médicos de cabecera solían recetarle. — Pero me alegra que estés por aquí, después de todo, una fiesta no es una fiesta sin ti, ¿verdad Elías? — Comentó intentando sonar un poco más alegre al mismo tiempo que sus orbes azulados finalmente se posaban sobre el contrario, intentando no demostrar en su totalidad la preocupación detrás de sus palabras, después de todo aquella era la primera vez que veía al chico después de semanas y aunque tal vez no se trataran de los mejores amigos, no podía esconder la tranquilidad que le causaba el verlo ahí, un poco como antes de su excursión, sano y a salvo.
—Ah. —Contesta. —Qué feo—y recuerda la vez en que uno de sus amigos fumó y le agarró un ataque de pánico bastante preocupante. Decía que sentía que se le cerraba la garganta, cosa que probablemente fuera cierta, y entre todos temieron un ataque cardíaco. Al final no, por suerte, pero fue un momento de mierda. Estaban sin auto, en una parte no muy linda de la ciudad. Le sonríe de vuelta, aunque con efecto tardío. A lo que sigue, una mueca. Duda que las intenciones pudieran llegar a algo más que un chiste, pero está convencidísimo de que lo está diciendo en serio. Justo él. Se humedece los labios secos. Tiene la boca pastosa. Effy para Katz es todo un tema. Por supuesto que no duda que posiblemente no sea así todo el tiempo, o que sea una decisión a consciencia, pero jamás ha sabido comportarse con la gente que esgrime la dulzura con orgullo, sin pudores. Él es sensible, sí, siente todo, y la realidad es que eso jamás se aleja de su existencia, es su perro lazarillo (las emociones no se apagan. Para eso debe morir el ser, y el ser no muere hasta que no respire-)... Pero a ella se la ve feliz así y... bueno, parece que le sirve, no va a decir feliz. ¿Qué es eso de ser feliz? Maldita sea, que son momentos, puntitos brillantes -los más brillantes, los que dan la esperanza de que no importa el panorama, siempre volverán- en nimias líneas de tiempo (pero cuánto alberga esa diminuta línea de años, no muchos más que cien, ciento cinco, cómo decir que son pequeñas, si con el tiempo de vida del hombre se miden todas las demás experiencias de la Tierra). Se mira las zapatillas. Están sucias. Ah, bueno, tampoco va a sufrir por esto. Las cosas las va a seguir haciendo igual: se dejará estar como le sale que es de esta forma errante y listo. En la vida todos hacen lo que pueden, aunque sea mínimo, y ya... y la compasión es lo elemental... Y blah, blah, blah. Es increíble, de verdad no hay escape a los pensamientos. La cabeza no se le calla. No existe el escape a nada. Ni si quiera el escape a la vida duró más que dos meses. Sólo existe un trote donde quizá uno piensa que está pudiendo y de repente mira al frente y uh, ahí está todo, cara a cara, mirando a los ojos. ¿Cuánto puede enfrentarse el humano a lo que odia, a lo que reprime? Todo lo que dure su vida. Eternamente: ha sucedido de forma intermitente para cada ser vivo desde el principio de la vida hasta cuando sea que venga el fin, que podría, según ve, ser hoy mismo. Que podría ya haber pasado. Él pensó que el mundo había cesado de existir y, vamos, fue así. Dejaron de existir todos. Cierra los ojos. Por Dios. Dejaron de existir todos. Recordó cuando soñaba con dejar de existir él, y lo pedía y lo pedía, y nunca llegaba. Y ahí llegó. Más o menos. Sin su familia y sus amigos, ¿qué tan seguro podía estar Elías de su propia existencia? (Vamos, los recuerdos, los otros, son mentiras. Uno los idealiza, los magnifica, los minimiza, los desprecia... se van amoldando a la etapa) Ah, por favor, pero sí que le hizo plantearse cosas estar encerrado en ese perímetro riguroso... Aunque fueran sólo ilusiones. Elías bien estuvo ahí, consigo. Quizá si esa situación se hubiera alargado para siempre, como pensó y como aparentaría que iba a ser, quizá podría habérsele terminado por olvidar su nombre, su vida, su todo... Porque uno se reinventa los recuerdos, pero no por eso dejan de tener peso. ¿Querría volver, entonces? No. Además, ahora ya está aquí. Por suerte, ¿no? (¿Serán reales, ellos, todos?) — ¿Cómo está tu familia?
E L I A S
No habrían transcurrido una hora desde que sus ágiles dedos mensajearon al proveedor, era una fuente confiable y segura, casi se le había vuelto costumbre recurrir al castaño cuando necesitaba suplir su abastecimiento cannábico. Si bien la población juvenil parecía festejar a su alrededor, Nahla no se sentía contagiada por el espíritu, sus hombros estaban tensos y el tener que estar rodeada de contemporáneos ebrios y molestos no ayudaban a su comodidad, si cerraba los ojos se imaginaba hundida en el plácido colchón rodeada de sus mascotas. Sentada en un peldaño de la escalera del patio trasero, la sombra del foco de luz llamó su atención y no tardó en alzar el mentón, contemplando los ojos ajenos con cierta gracia, recorriendo con ellos la extensión del brazo del muchacho, vacío. “Con lo que te pagan…Podrías comprar un reloj, ¿no?” Se burló, Nahla era paciente, pero también era atenta, Elías había llegado tarde según lo pactado internáuticamente. “Me aburro, muuucho.” Musitó, haciendo énfasis.
Elías subía y bajaba el cierre de la rompevientos con violenta ansiedad cuando recibió el mensaje de Nahla. No suele agendar los teléfonos de los clientes -ni los llama así-, y se guía por las fotos o los dígitos, pero sí lo hace con los que son concurrentes. También, aunque no son más que un par, con los que le caen bien. Igualmente es lo mismo, a la foto y a la información del contacto la pueden ver todos, son impersonales a más no poder: el cielo por la noche y un punto respectivamente. Resulta obvio, por supuesto que Elías no tendría configurada una selfie ni una foto con familiares ni mucho menos pondría una letra de canción ni una fecha ni nada en el estado. ¿Paranoico? Seguramente. A veces piensa que se le terminó de joder la cabeza, pero tampoco le encuentra el sentido a abrirse a la exposición extenuante del Internet, de las redes, del otro. En Instagram sí aparece su cara, de todos modos, tampoco es un marginado, si bien la cuenta está en privado y la mayoría de las fotos archivadas. Mira el mensaje de Nahla, abre su foto de perfil, luego la cierra, después contesta otro mensaje, de uno de sus amigos de Birmingham, luego le responde a ella y una vez que va a buscar otra botella, decide tomar un poco antes de ir a esperarla en donde acordaron. Nahla le parece simpática, aunque a Elías no le desagrada exactamente nadie, quizá porque mantener sentimientos tan fuertes evoca un esfuerzo cerebral que no está dispuesto a emplear en más que la universidad, faceta que además le saca el tiempo suficiente como para impedir preocuparse por banalidades tales. Después de un par de tragos se levanta y se lleva la botella consigo. Afuera reconoce un par de rostros, todos sonrosados, y luego a la figura de la castaña. Antes de saludarla, ella habla. —Uhm... Hola para ti también —contesta, aunque sin malicia. Luego se sienta en el peldaño de arriba. En el que está sentada Nahla deja la botella—. ¿Quieres? —Pregunta, señalando la botella. Después se mira la muñeca. Las venas irrumpen la piel de manera escandalosa. —Quizá podría comprarme uno... —musita, aunque más para sí mismo que para ella. Luego saca la diminuta Ziploc -donde originalmente guardaba el piercing de la ceja que al final nunca se pudo poner porque lo perdió en algún lugar de la habitación-, saca lo acordado y se lo acerca con discreción y naturalidad ya instauradas, si bien está consciente de que nadie debe estar mirando. Luego de lo que resta saca otro poco. En el bolsillo interno del camperón agarra el picador de metal y ahí empieza a actuar. — ¿Sí? —Y las manos hacen girar el picador, provocando su ruido distintivo. —Quizá en un rato la cosa se ponga mejor. —Mira a la gente. No sabe. Todos se ven más o menos miserables. Sí, y él tampoco se siente muy bien. Apoya el picador sobre el muslo izquierdo, saca las sedas y comienza a armarlo la dedicación y la suavidad son su marca. Le gustan mucho sus plantas y la verdad es que tras tantos y tantos años cultivando está orgulloso de lo ricas que son, ¿cómo no va a tratar el asunto así de seriamente? Claro que puede ser monotemático, y con razón, pero se lo pasa por los huevos. Humedece el porro levemente con la lengua y lo cierra, se lo acomoda sobre la oreja, agarra luego la cerveza y toma un trago. — ¿Cómo andan tus animales? —Pregunta estúpida, quizá, pero bueno. Él en casa tiene a los tres gatos de su abuela y también tiene un armario lleno de pelos blancos, anaranjados y negros. A veces duermen en la cama con él o se le suben cuando está en la computadora. Son el maldito fondo de pantalla de su celular, vamos.
I seem to lose the power of speech, You’re slipping slowly from my reach. You grow me like an evergreen, You never see the lonely me at all
Elevó su mirada en dirección a la silueta que recién apareció frente a ella. “¿El hecho de haberme alejado de la fiesta, sentándome fuera de la casa a solas, no te hizo entender que no quería compañía?” No quería sonar muy ruda, pero su humor inestable le impedía procesar las palabras adecuadas, y como siempre la sinceridad exhalaba cada uno de sus poros. @amvstarters
La mira, frunciendo el entrecejo. Uy, uy, uy. Indiferentemente si han estado varados dos meses en un mundo alterno o no, la gente no pareciera muy en su eje. ¿No les da un poco de pudor cruzarse con la persona equivocada y terminar con la nariz rota? Porque así suele ser, perro que ladra no muerde. Y si muerde, se lo sacrifica. —Te confundes. No te conozco. —Y se prende el porro. Ha estado saliendo de tanto en tanto a inhalar dos, tres secas, a tomar aire y luego adentro otra vez. Baja las escalinatas y aleja el humo, lo manda más rápido hacia arriba con un movimiento de la mano.
nolwcnn:
‘‘Vino blanco’‘ mueca aparece en su rostro, pues hubiese preferido el tinto. Observa lo que le ofrece el contrario y sin responderle con palabras, da unos pasos más hacia su amigo y le quita, sin brusquedad, la botella para luego inclinársela para darle un buen trago. ‘’Gracias’’ dice pero no le regresa su pertenencia, de hecho la sujeta como si en cualquier momento alguien pudiese arrebatársela. ‘’Por esto mismo, eres mi salvación de esta noche’’ porque no quería moverse de donde estaba para buscar más alcohol, no quería encontrarse con sus padres y fingir con ellos, no cuando una cara de querer sollozar se abría terreno en sus facciones cada vez que estaba con ellos; los había extrañado realmente.
Ante el gracias, un gesto con la mano. Luego se sienta al lado. A pesar de todo y los intentos, el cerebro le sigue andando a una velocidad imperiosa. Se acostumbra. Al alcohol, a las pastillas, al porro, es así. Al dolor también se acostumbra uno, hasta pareciera que llega al punto de resignación total, y justo ahí, cada vez, hace entrada la esperanza, el instinto de supervivencia, de ganarle a la propia cabeza. Y se repite. El Samsara, ¿no? Si se unió a la excursión es porque sintió el ímpetu de revivir, como le pasa unas cuantas veces a lo largo de los años, esa intención de salirse un poco de la tumba donde descansa cada día, amistado ya con las lombrices y las larvas y la oscuridad y el olor a tierra húmeda, asfixiante. Un paseo afuera y luego vuelve caminando el recorrido que conoce tan bien, más que a sí mismo, o quizá igual, porque ya no sabe cuál es la diferencia. Entorna los ojos, después desvía la vista a Etiénne. —Yo creo que hablar de esto va a ser imposible. —Empieza, la obvia teoría que estuvo repasando a lo largo de la tarde, acostado en el patio con los ojos puestos en el cielo y la rompevientos llena de pasto. La abuela mantiene el jardín en un estado envidiable. Igualmente, aunque estuviera seco y la tierra rajada, probablemente también se acostaría ahí a mirar el infinito. —Es... —Y lo vuelve a mirar, buscando el entendimiento en los ojos ajenos. La mirada de las propias orbes entre asustadas e incrédulas dicen todo. Se siente, sin embargo, aliviado de poder contar con decírselo a alguien. Etiénne le infunda una confianza y una tranquilidad increíbles, más que nada contando quién es Elías. Sobretodo por las semejanzas, por la capacidad de estar los dos en silencio, el hecho de juntarse y estar ahí sin más que la compañía. —Yo no lo entiendo. Bueno, nadie... —Una pausa. Piensa en el chico Jacob y el corazón le late en la cabeza. ¿Cómo explicas eso? En fin. — ¿Tu familia qué tal, todo en orden ahí? —Pregunta. Él se alivió de ver a la abuela, sobretodo porque creyó que nunca iba a hacerlo. Ahora, piensa, le ha hecho un escaneo tal a su rostro y sus gestos que podría ubicar cada poro en su lugar.
buffy-brown:
“¿Y de qué lado estaría yo exactamente? ¿Del Yin o del Yang?” No es como si esperara que el hombre tuviese una respuesta para su pregunta, más bien lo invita a un pequeño debate al respecto. Si el yin se ve asociado a la oscuridad y el yang a la luz, teniendo en cuenta de que se refieren a dos situaciones completamente distintas (por un lado las fiestas y por el otro la biblioteca) entonces cada una debe quedar encartada en uno de los conceptos, llegando así a la incertidumbre de no estar segura de qué lado quedaría la posición en la cual se ha parado anteriormente. “¿Tú asistes a muchas?” Curiosea pues algo le dice que ellos mismos, como personas, en esencias, pensamientos y actitudes, podrían representar sin problema al dualismo del que antes hablaban. Por ejemplo: Elías tiene una botella en mano, toma alcohol del pico y se ve relajado, sin demasiadas aparentes preocupaciones, ella por el contrario se sienta tensa en la silla ubicada en un rincón de la casa, dibuja porque no sabe que otra cosa hacer y se esconde de cualquier tipo de novedad que se le pueda presentar ante sus ojos. Sin embargo, ambos se llevan bien, comparten pasiones (el dibujo, el pintar) y pueden mantener una charla interesante. En definitiva, dos perfectas fuerzas opuestas y complementarias. Escucha las palabras que el chico deja salir, recuerda entonces que a él no lo vió en mucho tiempo y la duda que estuvo merodeando constantemente decide salir a la luz buscando respuesta. “¿Tú te fuiste también, verdad? A la excursión, digo.” Sabe que es un atrevimiento, sabe que tal vez tiene que quedarse al margen de todo lo sucedido… lo sabe pero de todas formas dejó salir a la interrogante. Ella se quedó en el pueblo, no se fue pues su madre decidió que era demasiado peligroso como para que una chica tan joven se embarcara en tal aventura. Deseó poder estar ahí con todos los demás, con las personas de su edad y odió a su madre toda la semana en la cual no estuvieron. Ahora no está tan segura de si fueron locuras de su progenitora o en verdad quienes decidieron irse estuvieron en peligro, a fin de cuentas no es muy normal que falte uno de ellos, ¿verdad? “Podría aferrarme a tus palabras pero soy la primera que decide criticar mis dibujos, mi peor enemiga.” No es que lo haga de forma adrede, que se odie o que considere que no tiene talento en absoluto. Es una vocecilla en su mente la que decide atormentarla, a veces de forma más alta, a veces de ninguna forma en lo absoluto. Escucha el cambio de música también y observa a las personas que se ponen a bailar, risueñas, divertidas, mientras tanto existen otros (quienes no se unen a la danza) que continúan con sus malas caras. “¿No eres de los que bailan?” Pregunta pues no recuerda haberlo visto preso de las notas musicales, pero tampoco tiene pinta de alguien que se deje llevar por el ritmo.
—No lo sé... tampoco sé mucho de taoísmo. Creo que todo conforma parte del mismo mundo, y que cada experiencia tiene algo para dar. —Supone, sí. Lo sabe. No siempre son cosas buenas (qué es lo bueno), pero calcula que todo eso depende mucho del lado en que uno se pare. Elías no quiere pararse en ningún lugar. Si fuera por él, viviría adentro de la crisálida, pero nunca llega a construirla del todo y ahí viene otra suposición, que en realidad si fuera por él saldría para siempre de ese capullo a medio armar. Todo depende tanto del momento que ya ni si quiera podría decir de sí mismo que es algo o alguien más que un ser haciendo lo mejor que puede, que no es mucho, pero es todo lo que hay. Y a ella tampoco va a decirle que salga y se divierta o que se encierre y nunca más mire el sol, sobretodo porque él, él hace todos los días las mismas cosas y no tiene plan alguno en cambiarlas. Siempre son agentes externos los que lo obligan.— No. Hace unos años sí. Iba a, eh, a raves, que son, uh, fiestas electrónicas.— Fiestas electrónicas bastante europeas, aunque no tiene idea de dónde habrá salido el ambiente, supone que no de Inglaterra. Todo sonaba inorgánico, metálico y oscuro como suelen ser las cosas en Inglaterra cuando uno la ve de adentro y no sólo piensa en Led Zeppelin o Los Beatles. Le gustaba eso. Quizá porque él se siente así. Y era divertido, si uno tenía el dato de las que eran buenas en serio se la pasaba bien, mucho mejor que en esas en discotecas... él claramente iba a las otras, en casas abandonadas, en terrenos baldíos, donde la gente se juntaba a pasar música por bandejas hasta que llegaba la policía. Los tory. Un buen pretexto en masa para tomar ketamina y demás. Duró poco, igualmente, la cantidad de tiempo que estuvo con Ann, quien no lo arrastraba porque él iba con gusto con tal de estar con ella, pero bueno, más o menos. Puede entender, sin embargo, y le encuentra el brillo sobretodo a como algunas personas buscan saciar el deseo de sentirse vivo saliendo. —Sí. Estuvo, uhm, linda. —Contesta. La excursión le gustó, sí. La disfrutó y había un par de amigos. Además, cambiar de aires aunque sea un rato puede ser divertido. Claro que, bueno, es difícil verlo cuando al final la experiencia fue tan positiva como un miembro amputado. Por Dios. Se le revuelve el estómago. Ni si quiera Lynch lo podría haber imaginado en Twin Peaks. Le da otro trago a la cerveza. Es un trago nervioso, y pestañea un par de veces. Debe tener los ojos rojos. —Pero tenía ganas de volver a mi cama. —Y no sabes cuánto. Le sonríe débilmente, después se lleva la botella al pico y se la termina. La deja en el suelo, donde se mueve un momento en que parece que se caerá. No lo hace. Qué bruto. —Ah, sí. —Se humedece los labios. —Claro, pero no dejes que los demás se den cuenta. O bueno, qué sé yo. —Después sigue la mirada de Buffy con la suya. La gente que está bailando parece un mismo monstruo uniforme, una suerte de Ciempiés Humano, un amasijo de pesadilla. —Más o menos. ¿Tú? —Contesta. —Soy más de mover la cabeza violentamente, de arriba abajo. — Y encoge los hombros.