Por lo que sabía, él también había nacido en su casa. Y desde que tenía memoria, no podía evitar relacionar un nacimiento con una muerte; para ser más exactos, con la pérdida de la madre del recién nacido en cuestión.
Resultaba casi ridículo, pues su mente estaba acostumbrada a evaluar todo con una lógica impecable y le dejaba claro que era muy poco probable que cada mujer estuviera destinada a perecer durante el nacimiento de su hijo. Pero para ser justos, siempre había ese riesgo.
Recordaba bien que desde pequeño no podía evitar despedirse con un largo abrazo de esas madres, la última había sido su prima mayor Eloise Greengrass, que un año atras trajo sin problemas a dos sanos niños al mundo. Aunque antes de sobrevivir a eso, recibió un abrazo que se sentía como una despedida de parte de Frederick.
A Ophelia no había podido abrazarla, y fue porque realmente no quería decirle adiós.
No podía decir que tuvieran una relación como la que El Profeta y las revistas se esforzaban por fingir, pues en ese tiempo de guerra inexplicablemente la gente del mundo mágico pedía a gritos más notas ridículas y cotilleos que las crónicas de los enfrentamientos entre magos, mortífagos y muggles. Pero era cierto que desde que ella descubrió que esperaba un hijo, los ceños fruncidos y las puertas cerradas con fuerza habían disminuido notablemente.
Por eso apretaba sus manos mientras miraba fijamente la puerta detrás de la cual se habían llevado a Ophelia. La madre de su esposa y una sanadora habían venido para ayudar, dentro estaban tres elfos también. Frederick no estaba seguro cómo y para qué tantas manos eran necesarias, pero al menos hacían mucho más que él.
Ni siquiera lo dejaron abandonar su lugar en el sillón de tres piezas cuando vio a otro Sanador vestido con la característica túnica de San Mungo, que entraba a toda prisa a la habitación sin llamar primero. Attycus Mulciber había sujetado al chico por la manga e inclinándose un poco, susurró: “No quieres entrar ahí, son cosas de mujeres” Frederick estaba a punto de decir algo cuando un “Ya saldrán” de su padre Patrick Parkinson lo calló en seco.
Sus palabras no lograban tranquilizar a Frederick.
Después de lo que parecieron siglos, Adeleide Mulciber abrió la puerta y con pasos seguros, salió de la habitación acunando algo entre sus brazos. Seguramente captó la mirada preocupada del joven, pues se apresuró a esbozar una pequeña mueca, casi una sonrisa. “Ophelia está bien. Dormirá un buen rato”. Luego la mujer se acercó y dejó el pequeño bulto contra el pecho de Parkinson, que de inmediato acomodó sus brazos alrededor de la diminuta figura. “Es una niña, pero seguramente después te dará un varón, si es lo que querías. Ambos son jóvenes”.
— No me importa — dijo con toda seguridad, desviando su atención de todos los presentes y sonriéndole al diminuto rostro frente a él. Su hija. No estaba seguro si sería un buen padre para ella, pero se lo prometió en silencio mientras tomaba su mano entre sus dedos. Había valido la pena la angustiosa espera pero no se imaginaba pasar por la misma sensación de pánico dos veces en su vida —. Me basta con ella. Es absolutamente perfecta.