He pasado la mayoría de mis noches tratando de convencerme de que no soy el monstruo que figuraste cuando necesitabas un culpable para irte… Por eso, al partir, arañaste mi rostro, aquel que al ser visto era etiquetado de maldad. Avergonzada, me oculté en mi hogar, del cual fui despojada por quienes lo habitaban: «Aquí no entra la maldad & nosotros no te conocemos». En mitad de la noche, no había más remedio que refugiarme en la oscuridad. Tenía frío; no hubo más opción que adentrarme en una cueva que solo contenía calidez e, irónicamente, una laguna donde a cada despertar observaba el reflejo de mi faz herida, a veces sangrante. Limpiaba mis heridas pensando: «Pronto sanarán, pronto se borrarán». Pero no lo hacían... Primero olvidé su aspecto puro; después acepté que nunca lo tuvo &, finalmente, no pude contar cuántos inviernos pasaron, pues apenas se sentía helar más me adentraba en la soledad. Hasta que el Eco comenzó a hablar:
—¿Quién fui? —Lo desconozco. —¿Quién soy? —Muéstrate. —¿Por qué habito en una cueva? —No lo sé… —¿¡Quién soy!? —¡Muéstrate! —¿¡Por qué habito en una cueva!? —…
& caminé al exterior. Hacía tanto tiempo que vivía en penumbras que olvidé lo que era el sol; sus destellos me abrazaron e, inevitablemente, sonreí. —Eres tú —me dijo el Astro. & caminé. Un olor me guió a una casa con tazas en la mesa; pasé tanto tiempo sin degustar nada que, inevitablemente, volví a sonreír. —Eres tú —& todos tomaron asiento. Seguí caminando porque disfrutaba hacerlo, e ignoré el momento en que ya estaba sonriendo. —Eres tú. —Sí —respondí—. Yo soy.













