“Estás enfadada porque las cosas no se han dado entre nosotros, tal y como queríamos y lo entiendo. Por favor, sólo mírame”. Recibió aquella bofetada que dejó un ardor en su piel, pero no desistió y la sujetó fuertemente por la cintura por una última vez. “Jamás he jugado contigo, para mí significas mucho y mis sentimientos por ti siempre han sido reales, lamento que no hayan sido suficientes, pero siempre fueron genuinos, te lo juro por mi madre”. Alegó y buscó su mirar tierno y lleno de tristeza. “Pero hoy, hoy será la última vez que me permita hacer esto”. Se deslizó hasta los labios de la rubia, tomándola con tanta dulzura y fragilidad, como si se tratara del cristal más delicado en el mundo, le alivió las penas, esperando con todas sus fuerzas que su tacto fuera suave, pero sobretodo el que ella necesitara para aliviar aquellos pensamientos que la torturaban y la mantenían en aquella desesperación. “Sólo concédeme esto, ya no habrá otra vez, sólo hoy. No te resistas a mí”.
“No sé si creerte, pero la verdad es que me importa muy poco lo que estás diciendo justo ahora”. Se dejó hacer y manejar por el contrario, sus piernas flaquearon al instante en que las manos de Aarón se posaron en su cintura, con esa posesión que sólo él sabía plantar. Y aunque sabía que estaba firmando su entrada directa al infierno, también era consciente que sería su derrota fatídica y ya no habría retorno. “Tú no tienes límites, cariño... La adrenalina y la aventura es parte de ti, no la puedes dejar tan sencillo”. Lo besó, lo besó con facilidad, con cariño y con un poco de desenfrene, tirándose en la cama que sus cuerpos hallaron tan rápidamente, que pudieron fundirse en uno solo, como la primera vez.
















