Era predecible. Reincidía siempre en sus mismos pasos, y retrocedía sobre ellos, una y otra vez, repetitivo en su monotonía. Tal vez, ésta no era su innata naturaleza, sino una viva proyección de sus inseguridades y temores recónditos, de una timidez acarreada desde su infancia, como el peso de una condena. Tantas oportunidades, tantas posibilidades, repentinamente y sin necesidad de deseos intermediarios, habían cruzado su camino. Y todas ellas, extendidas ante él, dispersas sobre su existencia cuales cartas de un mazo sobre la mesa, las había desaprovechado, porque bajo su perspectiva, nunca parecía ser el momento indicado; su lista de excusas para la cobardía e indecisión, infinita. Tal vez, sólo tal vez, esa había sido la perfecta justificación para tal rechazo sin meditación alguna. Tras tanto tiempo de haber permanecido escondido del sol, oculto en su ilusión de control y comodidad, y apenas asomando el rostro entre velos, una negativa de su parte era tan compresible como esperada. Y en silencio—indescifrable preludio para muchos, predilecto encasillaba cada uno de sus comienzos, para cada uno de sus finales, para todas sus primeras veces—admiró sus contornos y sus facciones, con suma dedicación, casi dulcemente. “No te atrevas a decirme que estás decepcionado.” Porque no lo creería, aunque fuera verdad. Porque no valdría la pena la decepción, ¿o sí?
“Habrías sido el primer beso de mi noche.” El único y el último, también. (¿Era eso lo que querías oír de mí?) De sólo haber sido—de nunca haber rechazado la oportunidad de degustar y probar, únicamente con sus propios labios, el sabor del beso de un extraño—quizá todo habría sido distinto, desde un principio. (Ésta era su tragedia: contemplaba el fruto prohibido del eterno conocimiento, y presenciaba, como un mediocre, mero espectador sin voz, la interminable función del marchitamiento.) Todo era importante para él. Todo pesaba demasiado en su consciencia, en su corazón, en sus hombros. Todo, absoluta y completamente todo, requería algo de él. “Procura cierta sobriedad, para nuestra próxima vez, en ese entonces.” No concedió ningún segundo pensamiento, ni mucho menos perdió un instante de su tiempo; aceptó, tal y como le era presentada, la ocasión propicia para fomentar aún más, la más viva de sus supersticiones. Y extendió la palma de su diestra ante él, casi como acto automático, cual grácil caricia que apenas rozó la piel ajena. Paulatinamente, sin premura alguna, tan tenue como siempre, le sonrió perezoso, somnoliento quizá, pues pese a que desconocía qué hora marcaba el reloj, reconocía que en ese preciso momento, y de no haber sido todo resultado del azar, estaría encerrado en las cuatro paredes de su habitación, profundamente dormido a la espera del amanecer de un nuevo día. “Peco de curioso, debo confesar.” La curiosidad mató al gato, decían las líneas del célebre dicho, mas la comparación era adecuada en su actual situación. “Depende.” De todo y nada a la vez. Sin embargo, para él, una razón siempre existía detrás de cada acción humana. Un impulso, una necesidad primordial que satisfacer, una sed que saciar. “¿Acaso tú quieres que exista un porqué?” Descendió, entonces, la vista hacia las delgadas líneas, cruzadas, todas trazadas inexactas sobre la palma de su mano—ahora, en su pleno poder—en constante encuentro y desencuentro. “¿Qué predices para mí?” (Dime algo que seduzca mi intriga, incluso si es sólo una mentira.)
En la distancia se puede aún escuchar los altavoces resonar, impredecible la tonada que acompaña sus sutiles movimientos y el escenario que los envuelve prevalece en el tiempo como el mayor de los intocables. Se olvidó de dónde se encontraba situado, se perdió en las infinidades masculinas que lo poseen con toda inocencia y a las que él mismo se arrojó en cuanto acortó las distancias. Puede escuchar el volumen de su voz volverse cada vez más ausente, decae a la par que los latidos del corazón se alzan con vigor y se culpa, se culpa de la elección de opciones que efectuó en los minutos perdidos. Se maldice entre pensamientos cuando se percata que comienza a ser víctima, una vez más, de impulsos y de emociones que pocas veces lo han llevado por buen camino. Anhela el poder separarse, el dejar una burla que acabe con aquel juego que nunca se dio cuenta iniciar, mas se ve inmóvil y cautivo en su propio movimiento. Puede visualizar destellos de su vida transitar en sus pensamientos, la soledad reflejada en cada conquista y la pobreza de sus acciones para mantenerse en calidez. “¿Decepcionado?” y rompe el silencio con la auténtica curiosidad que la palabra le otorga, su ceja enarcada acompasando su expresión. ¿Decepcionado de ti o de mi mismo? "¿Qué es exactamente lo que quieres escuchar, entonces? Quizá estoy agradecido” agradecido de no haber dado el mal paso desde un inicio, agradecido de haberse detenido a observar qué había más allá de la tentación, agradecido, pero a la vez terriblemente jodido.
Quietud era demasiado pedir, la yema de su pulgar pareció encontrar entretenimiento deslizándose por el centro de toda tentación. Los labios que él se había negado a probar, los labios que ahora parecían alejarse cada vez más, a pesar que las distancias continuaban acortándose entre los dos. “Qué alivio” fue un susurro, egoísta la elección de palabras cuando él se había entretenido cumpliendo cada reto otorgado. Tampoco comprendía de dónde nacía esa preocupación que ahora se precipitaba a hacer aparición en su pecho, pero acaso tenía tiempo como para detenerse a analizar el flujo de palabras que intercambiaba con el mayor. Esta noche podía culpar al alcohol, atrapando su propio labio inferior, se excusó una y otra vez por su excesiva racionalización. Qué dirían sus progenitores al verlo caer con facilidad al mínimo presentimiento de afecto, qué pensarían de saber que la fortaleza que tanto pretendía mantener, no era más que una máscara de papel y fácil de desgarrar. “Cuenta con ello, con una próxima vez” mas no garantizó la sobriedad, era el cansancio de brindar promesas vacías e incapaces de cumplir, qué podía saber él de sus hábitos más oscuros. El tabaco como el alcohol eran consumidos en cualquier período de tiempo, y las magulladuras en su piel que aparecían de vez en cuando era el trato reiterado del amor que se creía merecedor. Sus labios fueron el reflejo de la expresión ajena, conmovido, prestándose a devolver la débil sonrisa que protagonizaba las facciones contrarias y negó, moviendo su cabeza, como si aquel movimiento pudiese evaporar las emociones que palpitaban en su pecho. “Y qué es lo que te da más curiosidad, piensa que tienes hasta medianoche para preguntar lo que quieras... con alcohol en mi cuerpo me vuelvo más honesto” y no mentía, mañana no sería otro, mas se volvería más precavido y probablemente arrepentido de su propio estado de sobriedad. La yema de su índice comenzó el caminar más reconocido en la palma del mayor, dibujando a través del recorrido cada línea visible, lento y con la suavidad que el momento le permitía. “Depende de qué, confieso que no me conformo con respuestas tan vagas. Convénceme” exigió prácticamente, volviendo su atención al futuro que tenía bajo su poder y las palabras que probablemente debía soltar. No lo pensó, nunca lo hacía, y aquel día parecía no ser la excepción. ¿Quería que existiera un por qué? Sí, debía admitir. “Que te arrepientes” la predicción escapó de su lengua, tan filosa como segura “te arrepientes tanto como yo de haber dicho que no” y no sabía a dónde quería llegar con exactitud, mas quería escuchar de aquella voz tenue que no era el único volviéndose loco por la carencia de contacto. Dime lo que sientes, aunque no pueda complacerte.