Yo no soy eso
A menudo nos identificamos con los contenidos de nuestra mente, pero eso es una locura. Yo no soy lo que pienso, yo no soy lo que imagino, ni tan solo soy responsable de ello. Soy responsable, eso sí, de lo que hago con ello, de cómo me relaciono con ello o como lo utilizo, pero no de pensarlo o imaginarlo, como no soy responsable, por ejemplo, de mi color de ojos.
En realidad, nadie dice lo que pienso, las imágenes que imagino nadie las ha creado, nadie las ha diseñado, nadie las ha imaginado. Mi responsabilidad es hacerles o no hacerles caso, alimentarlas o desecharlas, callarlas o comunicarlas, creerlas u olvidarlas, contrastarlas, quizá, como un periodista contrasta una noticia antes de darla por cierta.
Del mismo modo, tampoco soy responsable de mis impulsos y emociones. Un deseo, sea atroz o sea sublime, no es responsabilidad de nadie. La mayoría son meros correlatos de nuestra biología. No somos más responsables de nuestros deseos que del tiempo atmosférico. Pero si lo somos de lo que hacemos con ellos.
No soy más responsable de mis sentimientos que de los de cualquier otra persona. No soy responsable de mi odio, ni de mi miedo, ni tan solo de mi pereza. Por supuesto, no soy responsable de mi amor, tan poco mérito hay en sentir amor como en la indiferencia.
No soy responsable de mi ansiedad o de mi angustia, no soy responsable de mi depresión, ni de mi vergüenza, ni de mi sentimiento de culpa. Pero soy responsable de lo que hago con ello, de cómo me relaciono con ello.
Y ninguna de estas cosas hablan realmente de mí, de quién soy yo en realidad. Yo no soy eso. Yo soy el que se relaciona con eso.















