Hoy pude ver porque me fui.
Las razones se me estamparon en la cara.
El dolor físico y espiritual me acompaña en el sentimiento, en la certeza.
Y lejos de sentirme bien por tomar la decisión correcta, lejos de aplaudir mi responsabilidad y mi recado, una vez más me entristezco de todo.
Tal vez, en esta ocasión, mi tristeza tenga un tinte diferente, sí: es un sabor resignado que la verdad sin idealización me trae, es el presente de la persona el que hoy me recuerda mi pasado verdadero, el porqué de mi acción, el porqué de mi huída.
Como en toda huida, luego de llegar a territorio seguro aparecen las dudas, las preguntas. Es en el refugio donde uno comienza a preguntarse si era tan malo el mundo de afuera, empieza a dudar si la memoria le falla.
Pero los hechos y sus palabras vienen a mostrarme lo que mi ausencia de confianza no pudo: yo no estaba equivocada, gritan entre líneas cada una de esas palabras escritas, desde su teclado, que legitiman el odio o contradicen todos mis valores y principios, una vez más.
Entonces mi fantasía y el tipo de tristeza que quisiera sentir porque perdí a alguien bueno se esfuman, porque ya no puedo engañarme sobre su persona. Es solo en estos días donde realmente miro dentro mío en los que puedo pensar, solo considerar llena de miedo, en que realmente fue otro autoengaño.
Pero al final, todo es tan ambivalente en el querer que cuando todo se esfuma solo queda descubierta la verdad más difícil de aceptar.
No sé si algún día seré capaz de aceptarla, no sé si me atreveré a llamar las cosas por su nombre, solo ponerle nombre me bloquea, me paraliza.
Siento tantas cosas a la vez que por momentos solo quiero gritar, correr, hundirme en la cama buscando un solo sollozo que cure el alma en el que no creo, pero vos sí. ¿Rezas por mí todavía? Ojalá no, ojalá sí, porque aunque pienses en mí lo haces de la manera más extraña y contradictoria de lo que represento como persona, de quien soy.
¿Alguna vez
me viste
de verdad?
¿Por qué vos podías hacer la vista a un lado y yo no? Creo saber la respuesta. Sé la respuesta. A vos no te interpela lo suficiente mi bronca y hartazgo, no sabés lo que es, no te interesa escuchar, escucharme.
Y yo si lo hice, tus palabras "inocentes", tus hechos seguros y determinantes, tu fila de números, estadísticas y datos interminables sacados no sé de qué entidad super oficial avalada por todos los que importan.
Yo sí los escuche, a todos y cada uno.
Lo sé, lo recuerdo bien porque se clavaron como dagas en mi memoria y en mi pecho, fueron golpes que acepté en silencio y mirando al piso, callada, mientras vos seguías hablando.
Pero mis datos son relatos de vida, son las historias de terror que conocí y escuché de cada mujer que se cruzó en mi vida. Incluso vos me contaste algunas de las que se esconden por lo bajo y relucen solo en la voz bajita de cada familia.
Son las malas palabras, lo que no se cuenta, lo que no se dice. Es todo aquello para lo que hay que tener cierta edad para escuchar, comprender, digerir; aunque la mayoría lo experimentará a corta edad, antes de siquiera poder entenderlo. Es también lo que te va a cambiar la mirada para siempre.
Pero hay miradas en diferentes direcciones, y algunas verdades que aparecen tan certeras como el color ROJO solo serán vistas por quienes estén dispuestas a ver.
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Tal vez mis manos no sueltan este escrito como tampoco quisieron soltarte a vos. A veces estas mismas manos quisieron empujarte para siempre, pero siempre prefirieron abrazarte hasta el final, aferrarse.
Y estoy segura que empiezo a desvariar cuando incluso yo me cansé de mí, pero lamentablemente soy la única con la que hablo de esto.
Un día esto terminará, lo sé, el día que te olvide.
Eso cerrará la historia, sin ninguna palabra de más, porque no las habrá.
Porque en las verdaderas despedidas, nadie pronuncia un adiós.













