Maldito cerebro, que idealiza escenarios ficticios y fataliza otros, reales pero poco probables.
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Maldito cerebro, que idealiza escenarios ficticios y fataliza otros, reales pero poco probables.
Mi cuerpo tiene una discapacidad motriz desde nacimiento, pero cuando escribo un poema o texto mi mente, mi imaginación y mis emociones no tienen fronteras. A través de las letras, las imágenes, los sonidos, los olores y de la música, yo vuelo.
Escrito por: M. Y. Gonzalez
Lloro en silencio para no interrumpir la melodía del mundo con mi tristeza .
—Alexa Saga.
Y fue así que vino a mi memoria cuando fuiste mi gata y ronroneabas en mi pecho, amasabas mi alma y maullabas entre mis brazos... Hasta que un día saliste por la ventana y nunca más volví a ver tus patitas, nunca más tus garritas se enterraron en mi piel. Nunca más volví a sorprendeme con alguno de tus cabellos, de tu melena felina, pegados a mi ropa, nunca más tu aroma viajo conmigo. Y así cómo un día fuiste mi gata, hoy me trago la incertidumbre de saber que quizás hoy estarás maullando, ronroneando en la casa de alguien más, en los brazos de alguien más...
-Germán Miranda. (Caricias Felinas)
La mayor parte del tiempo me siento no deseada de todas las formas posibles y existentes
Saqué mi móvil del bolsillo y nos tomé una foto en aquel instante, una en la que se nos viera bien a los dos juntos. Una foto cualquiera, la última, aunque sin saber que lo sería.
Se volvió mi fotografía favorita de la galería; tanto, que incluso a día de hoy, a veces la observo como si no hubiera pasado realmente el tiempo.
En ella te ves realmente lindo —aunque siempre lo fuiste—, pero tengo que admitir que sales especialmente bien. Se dibuja una sonrisa en tus labios, una sonrisa dulce, cariñosa, algo juguetona, pero sobre todo sincera, que era lo que más me gustaba de ti.
Recuerdo que me dijiste que no te gustaba sonreír en las fotografías, pero que aquella vez era una ocasión especial, y que no sonreías a la cámara, sino que me sonreías a mí.
Como si fuera un regalo; algo que realmente terminó siéndolo. Y lo aprecio de verdad.
Paso un dedo por tus mejillas como si realmente pudiera acariciarte en persona, como si sintieras mi suave roce en la realidad. Y aunque sé de sobra que no es así, me gusta imaginar que sí.
Me detengo por unos segundos en tu mirada, en aquellos ojitos color avellana que no podía dejar de mirar desde que te conocí. Es impresionante cómo una simple mirada puede reflejar tanto, y cómo una cámara de tan mala calidad como la de mi móvil puede captarlo tan claramente.
En esa fotografía aún conservas el brillo en los ojos, esa chispa de inocencia, reflejo de tu alma y de tu corazón. Están un poco achinados por la risa, pero se puede ver a la perfección todo el amor que había detrás de ellos.
Ambos pegados, juntos, fundidos en un abrazo que no captó la lente, pero que en el recuerdo permanece, como si hubiera sido ayer cuando tomé la foto.
A veces me pregunto qué durará más: si la propia fotografía guardada en mi galería sin llegar a perderla, o el recuerdo de aquella noche grabado en mi memoria sin llegar tampoco a olvidarlo.
Espero de todo corazón que sean ambas, y que nunca me falle ni el almacenamiento del móvil ni los recuerdos guardados en mi cabeza. Hay tantas cosas que olvidé de nosotros, que quiero mantener esto como sea posible.
No tengo copia de seguridad hecha, y poco a poco los recuerdos se van borrando de mi memoria por culpa de la edad y del tiempo.
Pero no puedo olvidar, ni olvidarte.
—“No sonrío a la cámara, solo sonrío para ti.”
Quizás mañana vaya a la copistería y saque una copia en papel para no perderla. Y quizás escriba este texto para no olvidarte cuando pase aún más el tiempo, y poder seguir volviendo a aquella noche.
Tengo atravesado un «te extraño» que no diré por temor a no encontrar respuesta.