Brindábamos incrédulos con botellas de vino una tarde de invierno, rezando que cruzaríamos América hasta llegar a la Patagonia, aún no teniendo claro si la libertad nos llevaría tan lejos.
Pero metimos todo en cajas, y recogimos nuestra vida, y empaquetamos seis meses en una mochila para cruzar el gran charco y caminar hacia donde nuestro dedo cayera en el mapa, y la gran incógnita de América se convirtió en algo más que una bandera de barras y estrellas.
Primero toda la épica de Kerouac cobró sentido y todas las carreteras empezaron a tener un nombre y un recuerdo que tan sólo era nuestro. Atravesamos tierras de color rojo que estallaban en nuestro retrovisor como una estela de polvo y algunos indios nos contaron secretos en cuevas y algunos vaqueros nos enseñaron a bailar en fiestas de salón. Texas jamás nos volverá a parecer tan grande, ni Utah tan hermoso. Cuando llegamos al Pacífico, fue como ver el mar con los ojos de una niña, otra vez por primera vez, y la primera parte de nuestra película finalizaba en donde empiezan todas las grandes historias, en un Hollywood de calles sucias y desoladas.
Y poco después nos dejamos el alma en México rodeada de colores, guardada a buen resguardo junto a un bote de arena colorada, porque sabemos que volveremos a buscarla en algún momento. No hemos vuelto a sentir de la misma manera, pues ese país vestido de gala nos dejó atrapados a las puertas de una iglesia en la que los muertos se abrían paso entre el humo de las velas; nos dejó desnudos, llenos de ansias de saber más, de comer más, de vivir todo, de no irnos jamás.
Nos fuimos cabizbajos, por inercia, hacia adelante, en la ruta y en el calendario, y divisamos volcanes de puro fuego rojo que tronaban en la distancia de la noche. Fue en la ruda Guatemala donde navegamos por primera vez lagos que se antojaban bravos, en los que se hablaban idiomas extraños y niñas traviesas con cajas de fruta nos contaban secretos al oído en la borda de un barco sin nombre.
Cuando llegamos a la cintura de América, por fin, descansamos. Y nos bañamos desnudos bajo las estrellas en playas que eran nuestras, y bailamos toda la noche entre palmeras, hasta que el cielo se convirtió en un espejo rosado de sal y orillas tranquilas. Y nos amamos en islas en las que había volcanes y jungla, y aquella pequeña moto. Al despedirnos, nos llevamos banderas, por si alguna vez nos quedamos sin patria y tenemos que gritar consignas al aire que nos recuerden que en Nicaragua dejamos enterrado para siempre un poquito de nuestro deseo.
Y llegamos al Ecuador, que también era el de nuestro calendario, para vivir todos los sonidos extraños de la Amazonia y subir todas las cordilleras al son de cumbia. Descubrimos que la vida a 4000 metros de altura es parecida, pero cuesta un poco más respirarla, y que las culturas persisten a pesar de las balas.
En Perú vimos todas las cosas de las que ya nos habían hablado los libros y que jamás pensamos que seguirían allí para asombrarnos de la misma mágica manera, y nos costó dejarlo a nuestras espaldas, pues siempre hay lugares que atrapan y que da lástima abandonar.
Pero continuamos caminando a la altura de las nubes, cruzando lagos tan grandes que parecían océanos, y cuando las cosas se tornaron irremediablemente grises, Bolivia quiso atragantarnos de sorpresas. Y nos regaló un jeep y una aventura de desiertos imposibles de sal y crepúsculos rosados a 5000 metros de altura, volcanes sin nombre y vías de tren que tan sólo circulaban hacia delante. Y flamencos, y lagunas cristalinas, y cactus centenarios, y más flamencos.
Y entonces cruzamos a Chile y vimos las mejores estrellas del Mundo en el desierto más árido del planeta, y por primera vez en mi vida pude ver una galaxia entera por el agujero de un visor. Las nebulosas me parecieron telas de araña espaciales y una vez más me regocijé en lo pequeñita que es nuestra existencia y lo grandiosa que es nuestra libertad.
Y para cuando llegamos de nuevo al borde del eterno, inabarcable, inacabable Pacífico, nos esperaba en su orilla un Paraíso hecho de madera de colores, mirando incansable hacia el océano. Un lugar donde una vez tuve que haber nacido, quizás en otra vida, pues todas las esquinas llevaban mi nombre garabateado y me llamaban con curiosidad.
Y SÍ, finalmente, después de muchos kilómetros de llanura, con Gauchito Gil protegiéndonos en cada curva desde sus casitas coloradas, y caballos salvajes galopando su libertad en nuestras ventanas, pisamos la Patagonia, donde el sol que amanecía por las mañanas era mi media naranja prendida de furioso fuego rojizo. Y todo fueron horizontes inmensos de belleza, incapaces de caber en una postal o en un párrafo. Y para qué, total, esos horizontes ya son míos para siempre.
Bajar la ruta 40 fue como llegar al borde de una montaña rusa, donde más allá tan sólo nos esperaba el verdadero Fin del Mundo, apostado, impasible, al final de la Isla grande de la Tierra del Fuego. Navegamos el estrecho de Magallanes dejando atrás el glaciar más bello del planeta, y el lugar donde Butch Cassidy y Sundance Kid se escondieron de la ley. Así nos sentíamos los dos, un poco forajidos, tan lejos de casa y asustados por que el final del viaje nos atrapara en un lugar tan recóndito.
Y cuando divisamos la silueta del pequeño faro que vigila el canal de Beagle volvimos a brindar, incrédulos de nuevo, no siendo capaces de asimilar que nos habíamos devorado sin saber muy bien cómo, el gran continente Americano. Y todo había dejado de ser un secreto para nosotros para convertirse en un tesoro guardado en seis libretas cargadas de recuerdos.
Descendimos de nuestra vorágine de carreteras y camas extrañas y animales salvajes y atardeceres rosas para llegar a la península del Valdés, donde nos hicimos mayores y las ballenas nos hicieron sentir pequeños otra vez.
Y al final nos aguardaba Buenos Aires. Lleno de amigos, asados, conversaciones que sonaban a canción y calles que ya olían a hogar. Qué final tan hermoso.
Creo que se me perdió algo en la cordillera de los Andes para siempre. Quizás un poco de mi juventud y también otro poco de mi miedo.
Y ya no sé por dónde empezar a extrañar.