Cuando Loan llegó, alrededor de treinta minutos después del hecho, Numair estaba cubierto de sangre y fumándose el quinto (y ultimo) cigarrillo consecutivo de la caja. Con sangre en el rostro y las manos, observaba a su hermano inerte en el asfalto intentando ignorar todos los sonidos que la noche traía consigo; el ulular del viento, el canto de algunos búhos, y el insoportable chillido de lo que parecía ser un ejército de grillos. Para su suerte, el motor de la motocicleta de Brizzi se encargó de acallar todo aquel caos por un momento, aunque no duró mucho.
—Mother of Christ! —no había tiempo para simular la alteración. Loan se quitó el casco y no lo acomodo en el manivela, lo tiró y cayó por casualidad en donde debía —¿Qué demonios ha pasado? —. Se acercó a pasos agigantados al cuerpo de Cuthbert y de cuclillas, con aquella expresión de confusión y urgencia, acomodó dos dedos en su cuello y tomó sus signos vitales.
Sin levantarse, miro al calebita por encima de su hombro, como si en su silencio exigiera una explicación. Era la primera vez que lo veía tan calmado, no obstante, no había nada de tranquilidad en el ambiente. Podía adivinar que Numair había estado llorando, sus ojos hinchados, su nariz roja, era evidente que, a pesar de mostrarse tan sereno, no todo estaba tan bien como aparentaba.
—¿Qué ha pasado aquí, Numair? —repitió la pregunta, marcando cada palabra. Se puso de pie y camino hacia donde él se encontraba. Allí olía a gato encerrado.
A Numair le costó alrededor de quince segundos, una larga calada y un suspiro, poder verlo a los ojos. A Loan, por otro lado, solo le bastó ver su mirada para saber la respuesta a su pregunta.
—Dios Santo —susurró, y Numair creyó que no estaba del todo consiente de lo irónico de su comentario, pero se atrevió a resoplar. A Dios le importaba una mierda lo que sucedía bajo sus narices, y de santo no tenia nada.
En un acto casi automático, Brizzi se llevó una mano a su barba y la peino hacia abajo, volteando a ver lo que el calebita había hecho.
Loan era el único que sabía del trato, Numair había ido a contarle la noche que recibió la llamada, pero jamás había creído que fuera capaz de hacerlo. Siempre había creído que Numair era muchas cosas, malas y buenas, pero estaba muy lejos de aquello. No era un traidor, y siempre, a pesar de sus errores, había tenido a su familia encima de todo.
Había huido, desde luego, pero había regresado en cuanto cobró el valor para hacerlo.
Suspiró. Como siempre, se había equivocado, y ahora tenía el cadáver del hijo menor de Bartholomew Lyon, su gran amigo de la adolescencia, frente a sus pies, con una bala en el pecho que había salido del cañón del arma de su hermano.
Y él creía que tenía problemas familiares.
—Bien —ironizó, quitándose los guantes de cuero y guardándolos en el bolsillo de su chaqueta. Si estaba ahí era porque lo necesitaba. —¿Y ahora qué?
—No lo sé —Susurró el rubio. Loan asintió apretando los labios. “Bravo”. Al menos estaba siendo honesto. —Me ha mandado un texto —explicó evitando decir su nombre. —Intenté llamarlo, pero es imposible… Numero bloqueado o algo de eso —continuó. No sabía mucho de tecnología, pero estaba seguro de eso. —Dijo que contactaría conmigo a las 3 de la madrugada.
—A las 3 de la madrugada —repitió Loan. —Que mono, el bastardo tiene sentido del humor.
—No tienes idea —comentó el calebita, tirando la colilla a un lado.
Miró el reloj en su muñeca y, a continuación, avanzó hacia donde descansaba su hermano. Se había calmado a base de nicotina, ya no temblaba y aunque aún sentía la angustia arañándole el pecho, había logrado calmar las lágrimas. Sin embargo, Cuddy seguía en la carretera como un animal atropellado y abandonado y las sangres seguían en sus manos.
—Ayúdame con él, Loan —murmuró. —Por favor.
—Oli... Tenemos que ir a la mansión —Dana apoyó sus manos en la mesa frente a ella y hundió sus hombros, como si abruptamente un peso cayera sobre ella.
—¿Qué, tan pronto y ya quieres ir a mi habitación? —una media sonrisa se dibujó en los labios de Oliphant. —A ghra mo chroi.
—No. Oliphant —la voz de la mujer fue más cortante. Cuando se giró a verlo, sus ojos estaban empañados. Sólo recordaba una vez anterior en la que había visto aquella expresión en su rostro. Diez años atrás. —Tienes que regresar a casa.
—¿Por qué? —el hombre arrugó ligeramente su entrecejo, notando la expresión en el rostro de su ex esposa. Algo no andaba bien.
—Porque sé cómo se siente cuando un Lyon muere. Uno pequeño.
En el camino de regreso, era un milagro que la camioneta no diera un vuelco entre las montañas y les arrojara sobre las rocas. Las ruedas desprendían pedruscos del suelo y levantaban una nube de humo que les seguía como una sombra pegada a sus talones.
De una frenada, se detuvo atravesado en la entrada de la mansión, las ruedas delanteras trepando los dos primeros escalones, considerando seriamente cruzar las puertas con su vehículo.
—Oliphant... —Dana pretendió tocar su hombro para detenerlo, necesitaba respirar. Pero antes de que siquiera alcanzara a rosarlo con la punta de sus dedos, Oliphant había bajado de un salto y corría dentro de la mansión, gritando a por Caladh, su hermano.
Mitch no soltó palabra, sino que bajó en su usual mutis y siguió a Oliphant dentro de la mansión, desenfundando su arma sólo por si acaso.
—Ven aquí cariño —sin otra opción, Dana estiró una mano hacia Aayan, pretendiendo que se pasara hacia el frente de la camioneta con ella, pero el pequeño en cambio trepó hacia su regazo y se refugió en sus brazos como si se tratara de su madre. Era tan pequeño, tan inocente, como su Oona. Sin poder evitarlo, la mujer dejó escapar un sollozo y lo abrazó con fuerza.
—¡CALADH! —una a una, Oliphant empujaba las puertas. Había un sepulcral silencio en la mansión, quieta como la muerte misma. Nadie respondía a sus palabras y aquello sólo empeoraba sus miedos.
—No creo que... —pretendió señalar Mitch, pero un rugido animal del Lyon le silenció, haciendo que empalideciera.
No era la reacción de un humano, era la de un animal salvaje oculto tras aquellos ojos claros.
—¡Caladh! —finalmente empujó la puerta de la habitación de Cuddy, y allí estaba, en su cama, tal como si estuviera durmiendo. —¿Qué le sucede? —preguntó, como si ya no supiera la respuesta, su voz se quebró antes de que acabara de hablar. Sus ojos pasaron de su hermano pequeño a Numair, como esperando que le diera una respuesta reconfortante, un "todo está bien, Cuddy se encuentra bien". Lo creería si salía de sus labios.
—¿Cuddy? —dio un paso al frente y entonces el respaldo de la cama dejó de bloquear su vista, mostrando la herida en el pecho de su hermano. Aquello se sintió como si el disparo acabara de impactar contra el suyo.
Llevó las manos a su cabeza y soltó un quejido, incapaz de decir más. Balbuceó algunas palabras en gaélico, pero ninguna tenía sentido siquiera para quien lo hablara. Lo único que se distinguía era una sola palabra: Cuddy.
Se arrodilló junto a la cama de su hermano pequeño y apoyó las manos en su pecho.
—¿Por qué no despierta? —lo sacudió —Sé que duele, pero tienes que luchar Cuddy —allí, con sus ojos cerrados, se parecía aún más al adolescente que había visto antes de entrar a prisión —Ma 's e do thoil e… —se volvió a mirar a Numair, ignorando sus manos manchadas de sangre.
Mitch mantuvo su distancia, sus ojos se posaron en la herida en el pecho del menor de los hermanos, una herida de bala mortal. No importaba cuanto le pidiera Oliphant, este no iba a despertarse. Su mente, ajena al dolor y la pena que le resultaban confusos y temibles, en cambio comenzó a analizar aquel detalle. Pasó su mirada hacia el otro hermano Lyon, la funda de su arma desabotonada, las gotas de sangre en su pecho, y luego el rostro del hombre. Allí mantuvo su mirada, intentando discernir que era aquello en el rostro de Numair que no llegaba a comprender. Oliphant no parecía notarlo, estaba ciego en su pena, incluso ella podía notar eso. Amaba a sus hermanos, era quizá lo único que le quedaba por amar en ese mundo. Creería que el cielo era rojo si Numair le afirmaba que lo era.
—No pudimos hacer nada —era la voz de Loan desde el pasillo, haciéndose paso a la habitación esquivando a Mitch y echándole una mirada de apoyo y complicidad disfrazada de pésame a Numair. Cruzó las manos a la altura de su pecho y sus ojos viajaron a Oliphant durante un momento, sintiéndose un intruso, fuera de lugar. No debería estar ahí.
Numair se removió en el asiento e hizo una mueca que bien podría ser de dolor y desprecio. Entonces, como si intentara ocultarla en un acto inconsciente, se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos en un masaje perezoso que tenía como fin despejar su cabeza, acallar la voz de Oliphant y olvidar que Mitch estaba allí, mirándolo casi sin pestañear.
—Lo siento mucho —volvió a hablar Brizzi. —Era un buen muchacho.
Numair no había mediado palabra, no realmente. Desde que Loan había llegado luego de haberle enviado un mensaje de texto en el medio de la carretera, habían cargado el cuerpo de Cuddy y conducido hacia la mansión sin mediar palabra. Numair en la Ford, Loan en su motocicleta.
Tenía mil cosas para decir pero ninguna le pareció oportuna, creía que el silencio era lo más justo. No tenía derecho a justificar lo que había hecho, y aunque no aprobaba que Brizzi lo haya excusado con aquella mentira, Numair no pudo modular palabra. No obstante, inspiro con fuerza y tomo coraje para ver a su hermano mayor. Aún seguía arrodillado a un lado de la cama.
—He’s coming, Oliphant —le dijo mientras soltaba el aire, causando que su voz sonara como un quejido. Estaba intentando con todas sus fuerzas enfocar su mente en lo que debía, ignorando su corazón. —The demon who took Thomas, he’s coming.
—Iré a por Dana y el niño —anunció Mitch, aceptando la excusa para salir de allí. Si un demonio estaba en camino, corrían peligro sentados fuera de la mansión como blancos de tiro.
Oliphant ignoró la partida de la rubia, seguía sin soltar a Cuddy. No sentía que fuera capaz de hacerlo por la brevedad. Si lo dejaba iba a morir, eso le decía su mente, ignorando el hecho de que ya no había nada que hacer por él, tal como Loan y su sentido común le recordaban.
—¿Sabes que a Oona se la llevaron? Como a Thomas... —hizo una pequeña mueca para contener el nudo en su garganta. —Le dispararon justo aquí —señaló la herida de Cuddy. —Yo le decía "lo sé cariño, sé que duele", y ella lloraba y se quejaba del dolor... —peinó hacia atrás el cabello despeinado de su hermano pequeño, dejando algunas manchas de sangre. —Quedó atrapada en el fuego cruzado, no fueron los demonios quienes le mataron, fueron cazadores de Betel. Y cuando ella murió en mis brazos, maté a cada uno de ellos. Excepto uno, que escapó antes de que lo alcanzara —guardó silencio un momento, como si recordara toda la secuencia de imágenes pasando por su mente. —Lo encontré en un bar un par de semanas después, y lo golpeé hasta que su cráneo se partió y sus sesos quedaron repartidos en el suelo. Es por eso que me enviaron a prisión. No podían probar que asesiné a sus soldados pero sí que asesiné a ese solo —habían intentado más de una vez silenciarle en prisión, acabar con lo que claramente era un perro de ataque descarriado, pero no lo habían conseguido. —Oona era como Cuddy, siempre quería probar que ya no era pequeña. Pero sí lo eran —volvió su mirada a Numair. —Ellos eran los pequeños, no se supone que mueran, es nuestro sitio Caladh.
—¡Oliphant! ¡Numair! —la voz de Dana se escuchó desde la sala de estar. —¡El demonio está a punto de llegar! —ella era una druida, podía sentir algo infernal como un demonio en los alrededores, rompía con el equilibrio de la naturaleza.
El llamado de la mujer de algún modo hizo que Oli volviera en sí, volviendo su mirada hacia la puerta. Un sonido más similar al gruñido de un tigre que al de un humano ronroneó en su garganta, como un motor arrancando.
—¿Fue él? ¿Quién hizo esto? —su voz ya no era suave y penosa, de hecho auguraba una catástrofe. Tenía aquel tono ligeramente juguetón tan característico en Oliphant cuando realmente deseaba aplastar el rostro de alguien contra el asfalto.
—Siento lo de Oona —murmuró Numair en un tono de voz tan latoso que llegó a no sonar sincero, aunque realmente lo fuese. Lo había supuesto en un principio, pero no había tenido las agallas para preguntarle. Pensó que sería como picar una vieja herida que nunca sanaría. Así no eran ellos, los Lyon no hablaban de las cosas. Al menos no de las cosas que dolían. —Siento toda esta mierda, Oli…
Numair estaba a punto de continuar hablando cuando Dana volvió a hablar desde las escaleras. Tomó aire con dificultad y cerró los ojos en un intento de conseguir las fuerzas que le faltaba para centrar su mente. Que el demonio se presentara en su casa no le generaba más tranquilidad ni se sentía más seguro, sino más bien todo lo contrario – todo allí era un perfecto talón de Aquiles para Numair. Desde su hermano de pie frente a él, hasta la estúpida alfombra en la sala, la cual su madre había elegido cuando Cuddy había nacido, cerca del año nuevo del 81. Viserys sabía lo que hacía, había sido un error subestimarlo. Era un demonio después de todo, era retorcido e inteligente, había logrado que matase a su propio hermano y con ello romper muchas personas. Era un alivio pensar que aquella noche resultaría en su muerte, porque no podría soportar vivir con aquella carga.
Le dedicó una última mirada a Oliphant y sin decir nada, se encaminó al primer piso, bajando las escaleras de dos en dos. Tocó su cuchillo mientras lo hacía, y le dedicó una mirada a Dana que, más de dar las bienvenidas, era una especie de disculpa. Ella no tenía que estar ahí, tampoco el niño que estaba a su lado estudiando la situación.
—Loan —llamó Numair, acercándose a Brizzi a grandes pasos, portando de repente una cara de desconcierto. Su entrecejo arrugado y sus ojos azules bien abiertos. —¿Y Creasy? —cuestionó. —¿Dónde está Creasy?
—No lo sé, no la he visto.
—Oliphant, ¿dónde está Creasy? —se volteó a ver a su hermano, quien bajaba el ultimo escalón de la escalera.
Sin esperar una respuesta, el calebita observó la sala sin ser capaz de esconder su repentina desesperación. Avanzó a la cocina con la mente centrada en el peor escenario posible pero al encontrarse con nada, volvió con los demás y se pasó una mano por la barba intentando encontrar la calma. No había muchas cosas en el mundo que lo asustasen, pero no quería encontrarse con todas ellas en una sola noche.
Se sintió mareado de repente, cuando luego de un sonido sordo, casi imperceptible para el resto, una figura apareció detrás de Dana y el niño. No por lo repentino, ni lo antinatural, sino porque le resulto familiar.
Enseguida, antes de que cualquiera pudiera dar alerta o si quiera actuar, el hombre colocó un brazo en el cuello de la druida y presionó lo que parecía ser una navaja contra su cuello. En un abrir y cerrar de ojos, el niño se encontraba en los brazos de un segundo sujeto, que sin nada de esfuerzo le tapó la boca y contuvo sus pataletas por querer escapar. Entonces, el primer hombre les miro sonriendo con aquella mirada oscura que, por primera vez en mucho tiempo logró poner nervioso a Numair. No porque fuera un demonio, sino porque quien estaba allí era la viva imagen de su padre.
—Do you like my new meat suit? —la sonrisa en sus labios se amplió y el agarre que le proporcionaba a Dana aumentó.
—¡Voy a matarte! —rugió Oliphant. No podía evitarlo, la ira se había comenzado a apilar dentro de él y estaba casi en pleno berserker, ciego a cualquier razón.
—¡Oliphant no! —fue Mitch la primera en reaccionar, y sin dudarlo hizo lo único que podía hacer para controlar a Oli en una situación como aquella. Lo golpeó en algún punto sensible en su espalda, haciéndole caer de rodillas y le envolvió con una llave alrededor de su cuello.
No tenía mucha oportunidad contra él si perdía el control, podía partirla como una ramita con su fuerza.
—Si atacas van a matar a Dana y al niño ¿Me escuchas? —farfulló sin aflojar la fuerza alrededor de su cuello. —Van a matarlos y será tu culpa.
El hombre pareció querer rebelarse contra el agarre pero ya fuera la fuerza bruta o las palabras llegaron a él, apenas conteniéndole en su sitio, hirviendo lentamente en su odio. No sólo era el ver a Dana y aquel cuchillo apuntando a su garganta, tampoco el niño que había comenzado a llorar, asustado por la violencia de la situación. Lo peor de todo aquello era mirar hacia su padre, o más bien la imagen de él. Aquello era llevar todo simplemente un paso demasiado lejos. Aquel demonio le había quitado a su hermano, ahora jugaba con el recuerdo de su padre.
Dana encontró los ojos de Oliphant y negó con la cabeza, pidiéndole que se quedara en su sitio. No sentía ninguna clase de lealtad por la noble causa Lyon, no tenía por qué. No quería ser otra mártir para agregar a la infinita lista, quería vivir.
Esa certeza en sus ojos fue lo que acabó de detener a Oliphant, no calmarlo, pero sí evitar que hiciera algo estúpido como normalmente haría, sólo porque Dana lo pedía.
—Déjalos ir —ordenó Loan. Tenía un arma apuntándole a Viserys. Un arma que no serviría para matarlo, desde luego, pero si para causarle un poco de dolor. —Ellos no tienen nada que ver, déjalos ir.
Numair había bajado la mano al mango de su cuchillo y estaba estudiando el escenario. Tenía a Oliphant y a Mitch a su derecha. Detrás de él, a unos pocos pasos, se encontraba Loan, y justo delante, el niño le miraba aterrado, con una enorme mano tapándole la boca.
Había evitado mirar a Dana por el simple hecho de que mirarla implicaba ver a su padre, y ver a su padre significaba volverse todo lo que no tenía que ser en ese preciso momento. Era real, estaba ahí… Se veía exactamente igual a su padre y lo que era peor, vestía la ropa con la que lo había asesinado frente a sus ojos.
Numair trago saliva espesamente sintiendo la boca seca, invadido por un pánico ensordecedor que le impedía pensar con claridad, pero alzando las manos en señal de que no intentaría nada estúpido, dio un paso hacia adelante.
Ignorando la petición de Brizzi, Viserys volvió a hablar.
—¿Has hecho lo que te pedí? —le preguntó.
Numair simplemente le observó en respuesta. No era capaz de admitirlo, no frente a Oliphant luego de que Loan se encargara de mentir por él. No después de tan poco tiempo… Había pasado tan solo hora y media desde la última vez que había oído la voz de su hermano y todavía no podía creer que había sido capaz de meterle una bala en el corazón.
—Good boy —le felicito en un susurro, aflojando el agarre de Dana en una especie de recompensa. El niño, no obstante, aún seguía atrapado entre los brazos del otro demonio, acrecentando los nervios de todos. —¿Dónde está?
—¿Dónde… está… Thomas? —masticando las palabras, Numair dio un paso más.
—He dicho que yo hago las preguntas —repitió el demonio. —No estás en posición de demandar nada, Caladh. Tengo ventaja, tengo mucha ventaja sobre ti, sobre todos ustedes… —sonrió como si ocultara un secreto. —No es una decisión sabía hacerme enojar. Ha sido un día tedioso, quiero terminar con esto e irme a casa así que dime donde está tu hermano.
Hubo un momento de silencio en donde Numair se encargó de observar a su enemigo. Con la rabia y la tristeza a flor de piel, sabía que cuando el momento llegara, lo aceptaría. Se pondría de rodillas, estiraría el cuello y sonreiría porque, después de todo, se lo merecía. Se merecía el infierno y la tortura eterna.
—Está arriba —dijo. Su voz, ronca y firme, fue un susurro en el aire.
Como si aquellas dos palabras fueran mágicas, Dana y el niño se libraron del amarre. La mujer tomó al niño y se alejó de la línea de fuego, refugiándolo en sus brazos, intentando calmar su llanto. Numair volteó a ver a Loan durante un momento, inquisitivo, y cuando este asintió con la cabeza, pudo relajarse un poco. No obstante, sus músculos volvieron a tensarse cuando sus ojos encontraron a Oliphant, que, aún en el suelo, intentaba dar sentido a lo que había oído, lo que había escuchado, pero no podía entender, no quería entender. Sus ojos estaban fijos en Numair con una expresión confundida mientras que la de su hermano se contraía en una de congoja.
Ladeó el rostro y apretó los labios, negando con la cabeza en disculpa.
—Tienes lo que querías, sólo danos el niño —sorpresivamente fue la voz de Mitch la que se hizo oír. Apenas se oía como un eco dentro de la mente de Oliphant, mezclada de forma inconfundible con el llanto de Aayan.
—Mitch —Dana le llamó, dejando una mano en su hombro. —Déjalo ir. Esta no es tu lucha.
—No puedo —negó Mitch con la cabeza.
Si lo soltaba no sabía lo que iba a suceder, haría que lo mataran, se matarían el uno al otro, serían asesinados, como fuera aquello no podía acabar bien.
—Déjalo ir —Dana se inclinó junto a Oliphant y susurró algo en su oído antes de apartarse, tirando de Mitch con ella. No iba a dejar que se convirtiera en otra víctima.
Tan pronto se apartaron, Oliphant hombre se puso de pie, tal cual una máquina automática. Lo que fuera que Dana le había dicho había surgido efecto, al menos había evitado que cargara contra cualquiera de los dos frente a él como un toro enfurecido.
No volvió a mirar a Numair, sin embargo, sus ojos estaban fijos en Viserys, empañados por el esfuerzo de mantener la vista enfocada en aquella versión retorcida de su padre.
Estaba de pie, sí, pero sentía que apenas podía estarlo. Sin los impulsos que lo cegaran y enfurecieran, sentía que las fuerzas le fallaban, todo aquello era una gran y terrible pesadilla. Jamás habría pensado desear regresar a su tiempo en prisión, cuando al menos su familia estaba a salvo. Entera.
—¿Dónde está el niño? —la voz de Loan volvió a oírse, haciendo eco en la habitación, resaltando por encima del llanto de Aayan que, poco a poco, se apaciguaba.
—Te lo diré cuando tenga a tu hermano —prometió el demonio.
—¿Cómo sé que no estas mintiendo? —interrogó Numair.
Viserys sonrió. Una sonrisa guasona llena de arrogancia.
—Has perdido la cabeza antes de tiempo, Caladh —observó. —Tienes esa mirada en el rostro… Es fascinante como una persona puede corromperse. Solo se necesita el toque justo en el lugar adecuado —estudió su expresión con curiosidad y luego chasqueó la lengua. —No lo sabes —dijo al fin. —Pero te daré mi palabra de todos modos, si es que de algo te sirve. Les diré la ubicación del mocoso a tus amiguitos aquí, ellos podrán ir a buscarlo.
Emprendió camino hacia las escaleras y, a paso lento, empezó a subir escalón por escalón, observando cada cuadro en la pared, cada memoria. Numair le seguía detrás, portando la típica mirada de un depredador a punto de atacar su presa.
—No creo que tu muerte le afecte tanto como la de su madre —opinó. —Me he tomado las molestias de contarle un poco de su historia familiar. Me sorprendió saber su ignorancia al respecto, ¿cómo es que no le habías dicho nada? Debería darte vergüenza.
El rubio frunció el ceño. Por un momento, había tenido un deja vu. Su adolescencia, los retos casi semanales por su falta de responsabilidad, la voz de su padre… Tuvo que bajar las manos para ver la sangre de Cuddy para volver a la realidad, fue entonces que se percató de que Oliphant le seguía.
Cuando llegaron al segundo piso, el demonio caminó hacia la habitación como si ya hubiera estado allí antes.
Esbozo una enorme sonrisa al ver al pequeño de los Lyon tendido en la cama. Tenía las manos sobre el pecho y una enorme mancha de sangre que ocupaba casi toda su camisa.
—Creí que ibas a cortarle la cabeza.
Una punzada en la boca del estómago le impidió a Numair soltar la primera maldición que se coció en su lengua, pero no tuvo problemas en volver a tomar el mango de su cuchillo. Por el rabillo del ojo, observó a su hermano y en cuanto el demonio se acercó a la cama, desvainó la hoja y la colocó en su cuello. Recibió un siseó en respuesta, se podía oír como la carne se quemaba.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó el calebita entre dientes. Viserys alzó la vista y quiso reír cuando se percató de la trampa pintada en el techo. Tenía que haberlo previsto. —Un regalo de Bethlehem, tal vez hayas oído hablar de ella. Me lo dio en mi último año en Betel luego de una exitosa caza que llevamos a cabo con un subgrupo de cazadores que habíamos creado yo y algunos de mis hermanos. Fue una buena caza, una importante. Se habló de ella durante el resto del año y Beth me premió con esto… Está hecho con su sangre —el filo se hundió ligeramente en el cuello del demonio y una sonrisa sádica estiro los labios de Numair. Lo estaba disfrutando, tal vez más de lo que debía. —¿Sabes lo que eso significa? —preguntó. No obstante, el demonio mantuvo el silencio, con los ojos cerrados y la boca apretada. Pero incluso de aquella manera se podía sentir como se burlaba de ellos, como si aún estuviera dos pasos más adelante. —¡¿Sabes lo que eso significa?! —su gritó rompió abruptamente el silencio.
Observó a su hermano por encima del hombro y luego volvió la vista a su presa.
Cuando Oliphant miró a Numair, ya no era Oliphant. Sus ojos estaban enrojecidos, y no había allí el respeto que siempre había tenido hacia su hermano, como si de alguna manera hubiera sido él el mayor.
—Significa que mueres —desde debajo de la manga de Oli se deslizó un cuchillo y cerró su puño alrededor del mango. Sin siquiera parpadear lo clavó al menos tres veces en el costado del demonio.
No iba a matarlo, pero se daría el gusto. En alguien necesitaba descargar todo lo acumulado dentro de él, y prefería realmente que fuera Viserys.
Dejó caer el cuchillo a un costado y se dejó caer también en la silla donde anteriormente había estado sentado Numair. Había sangre en sus manos, pero esta no le afectaba en lo más mínimo. Tomó un cigarrillo de la mesa de noche de Cuddy y lo encendió, dando una calada sin decir nada. No volvió a alzar su mirada para ver a Caladh, siquiera para corroborar que el trabajo estuviera hecho.
El quejido que había soltado Viserys no había sido más que una actuación. Se pusó a reir al cabo de unos segundos y desvió la vista a Oliphant, siseando ante la presión del filo de la hoja del cuchillo de Numair clavándose más en su garganta.
—You filthy son of a whore —murmuro entre dientes. —What happened to your child... Oona, was it? Such a tragedy. She was a beautiful child, indeed. Fierce like a lion and brave just like her mom. She could have been a great hunter, dangerous and well known for it. Such a shame they killed her —la sonrisa se amplio cuando por fin encontró los ojos del calebita. —I would have loved to be me the one that killed her. Kids are so much fun to kill! They scream, and cry, and piss themselves... They get so scared. Because... —tragó saliva con dificultad. —Because they don't know what's happening, Oliphant. You know that, do you? Was she scared and confused? Did you tell her where she was going when she finally kick the bucket, while she was crying on your lap? Did you tell her she was going to hell? Did you…
—Shut up! —ordenó Numair.
—She is still confused and scared... —insistió el demonio. Era un susurro burlón bailando en la habitación, incitándolos a perder el control y, sin lugar a dudas, teniendo éxito. Las manos de Numair estaban temblando ligeramente y su mente luchaba por concentrarse en el objetivo.
—She screams your name, Oliphant —habló por encima de la voz de Caladh. — She cries for you every time we drag a hot knife into her skin, every time we have fun with her she cries for her daddy to come and help her.
Para Oliphant, escuchar hablar de su pequeña de alguien que vestía el rostro de su padre era más que un insulto, era algo que no podía ser tolerado. Sabía que intentaba meterse bajo su piel, sacar a flote su ira, conseguir que hiciera algo estúpido e impulsivo. Su padre mismo le habría aconsejado actuar con racionalidad, no dejar que el demonio consiguiera lo que buscaba, pero Oliphant jamás había aprendido las enseñanzas de su padre, era un hijo de su madre, mucha emoción, poca razón, le cegaba, lo ahogaba. Dana alguna vez le había dicho que era su amor lo que había matado a su madre, no la falta de él, las emociones eran demasiadas y simplemente no había sido capaz de soportarlas, y sería aquello mismo lo que le mataría algún día. No sería asesinado por una bala ni un puñal, no caería a manos de ningún demonio que no fuera propio. Estaba escrito en su destino. Del fuego había nacido, y el mismo fuego que corría por sus venas lo consumiría un día. No podía escapar tal destino, y tampoco podía hacerlo en ese momento.
Saltó de su asiento, como si una fuerza más allá de él lo empujara sobre sus pies, tomó la chaqueta de su hermano y tiró de él hacia atrás, arrancando el cuchillo de sus manos. Numair podría haber estado esperando el ataque, no era idiota ni débil, pero poco había que hacer una vez que el tigre dentro de él se apoderaba de Olyphant, era después de todo el más fuerte, aunque desgraciadamente aquello no viniera acompañado de la sabiduría o la inteligencia necesaria.
Con la velocidad del mismo animal dejó caer el puñal, abriendo un corte en la mejilla del demonio y luego en la otra, imitando una sonrisa de Glasgow, acto siguiente clavó el filo de la hoja en su pierna y allí lo sostuvo.
—¿¡Dónde está Thomas!? —gritó y su voz se escuchó como un rugido. —No creas que tu imagen va a protegerte —torció el arma para que la hoja se abriera paso en la carne que lo retenía.
—Drop the knife —la voz de una mujer se oyó detrás de él. Una voz tan familiar como la propia, pero tan distante al mismo tiempo que resulto casi desconocida ante los hermanos.
Numair estaba de pie, con los hombros caídos y una expresión con la cual le preguntaba al cielo que tan mala podría llegar a volverse esa noche en los próximos cinco minutos.
Había visto el tatuaje de protección quemado en el pecho de la mujer en el momento que había entrado a la habitación, y había sabido desde entonces lo que estaba sucediendo; todo se repetía, tal y como el día en que vio morir a su padre frente a sus ojos. Los detalles, aunque diferían, parecían estar allí con el único fin de atormentarlo y devolverlo a aquel día.
Creasy golpeó la parte trasera de las rodillas del calebita y este calló al suelo, justo al lado de la cama de Cuddy.
Cerró los ojos para no verlo.
—Hello, darling —le saludó a Viserys, quien no pudo mediar palabra. Estaba intentando con todas sus fuerzas recobrar la compostura. Aquella hoja quemaba como el ácido. —Oliphant, drop the knife. NOW!
Amenazarlo con su propia vida era inútil. Amenazarlo con la vida de su hermano, sin embargo, parecía la salida más viable. No obstante, al no recibir una respuesta inmediata, el seguro del arma resonó y el cañón presionó contra el cabello rubio de Numair, quien continuó con los ojos cerrados.
—Te diré donde esta—farfulló Viserys. —Yo conservo mis tratos —observando a Oliphant sin pestañear, hundió la mano en su bolsillo con cautela, y la alzó en el aire, como prometiendo que no haría nada estúpido. Entre sus dedos había un pañuelo de tela con sangre que le fue entregado al mayor de los Lyon. —There. Con una bruja encontraran la ubicación.
La mirada de Oliphant se dirigió hacia Creasy. Ver aquella falsa imagen de su padre no había sido remotamente tan terrible como verla a ella. Porque ella estaba viva, era real, podía morir y estaba allí dentro. Aún así, cuando la amenaza pesó en los labios de la mujer, su mano aferrando la cuchilla tembló con la duda. Sus ojos barrieron desde la mujer, al cañón del arma y finalmente a su hermano.
Caladh había matado a Cuddy, ya no había amor fraternal en el capaz de negar lo que había sido afirmado por sus propios labios. Si la sangre en sus venas fuera más fría, habría matado a Viserys sin pensarlo dos veces, y enfrentado las consecuencias, era la forma de proseguir, sangre por sangre. Y el pensamiento cruzó su mente, estaba allí en sus ojos, la traición haciéndole agonizar. No estaba realmente seguro a quién estaba tentado en asesinar si Viserys, o su hermano. Caín lo había hecho con Abel.
Se vio reflejado en los ojos de Caladh y fue claro que este comprendía su lucha interna. Pero algo llegó a él, algo en la mirada de su hermano activó el recuerdo, no era siquiera un recuerdo enternecedor o bello como uno podría esperar de un recuerdo de la infancia. Un niño más grande había empujado a Caladh y lo había lastimado, simples celos porque había aprendido la tarea en manos con más rapidez. En la caída, este se había golpeado con un cortaplumas y estaba sangrando, había sido completamente accidental, pero algo en el ver la sangre de su hermano y a este llorando había encendido una llama en Oliphant, apenas un par de años más grande. Se lanzó sobre el otro mocoso y comenzó a golpearlo como una fiera salvaje, arañando su garganta tal cual estuviera poseído por un felino. El niño acabó en la enfermería con una contusión severa y serias heridas. La mirada en sus padres, de miedo, jamás la olvidaría. Poco después fue enviado por primera vez al asilo mental, lejos de su familia, lejos de sus hermanos y su vida entera. Pero recordaba, en el camino, mientras lloraba y pedía a su padre que no lo enviara lejos, pensar que no se arrepentía, y aquella era la señal de que algo estaba realmente mal con él. Nadie tocaba a sus hermanos pequeños.
La voz de Dana regresó a su mente ¿Qué le había susurrado cuando estaba a punto de cegarse? "Recuerda quién es el verdadero enemigo".
Su duda cedió y bajó el cuchillo. De un manotazo tomó el pañuelo, no sin antes darse el gusto de darle un último puñetazo a Viserys.
—Eso fue por hacerle sangrar —su mirada se volvió hacia Creasy. —Déjalos ir —se apartó de Viserys, hacia el borde de pentagrama. —Si está muerto, no habrá infierno en el que esconderse.
Intercambió una última mirada con Caladh antes de romper el pentagrama.
—Y recuerda que fui yo quien te dejó esa marca —habló al demonio con un gruñido cavernoso —Yo.
Los ojos de Numair tenían el brillo de un niño, un niño completamente perdido. Se había quedado absorbido en el pañuelo que su hermano sostenía. No tardó mucho en adivinar de quien se trataba la sangre; era la sangre del hombre del video, el sujeto que se veía ayudando a cargar a Thomas en la furgoneta, el que en un principio había creído que era parte de los cambiaformas.
El cañón de la pistola pronto dejo de presionar su cabeza y los labios de Creasy dibujaron una sonrisa socarrona dirigida más que nada a su colega, como si tomara honores de lo que acababa de suceder. Le había salvado el trasero, Viserys debía reconocerlo, pero no dijo nada. Cuando volteó, ni si quiera la miró. Cuando volteó sus ojos se clavaron como dagas en Caladh que, aun de rodillas, parecía estar analizando lo que acababa de suceder, lo que había sucedido, lo que, en efecto y sin lugar a dudas, estaba sucediendo. Porque aquello estaba pasando, no era otra pesadilla.
—El trato era dos por uno —le dijo Viserys, limpiándose la sangre con la mano inútilmente. Esta volvió a salir. Era un corte profundo, pero no tardaría en cicatrizar. Sus ojos miraron a Oliphant que, como una fiera, le observaba asechándolo. Aquella mirada era algo que todos los Lyon poseían, algo a lo que nunca iba a poder acostumbrarse. No podían convertirse en sus tótems, su sangre ya no era lo suficientemente pura para hacerlo, pero era sorprendente la forma en la que se asimilaban a ellos con tan solo verlos a los ojos. Había algo salvaje en ellos, algo animal. —Es el trato —continuó, estirando la mano y dejando la palma abierta frente al hombre, exigiendo el cuchillo. —Dámelo —insistió. Numair alzó la vista. —No compliques las cosas, Oliphant. Dame el cuchillo.
La mirada de Oliphant se volvió hacia su hermano. Dos. En aquel momento Numair tenía sólo dos hermanos en la mansión.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios y soltó una risa inestable.
—Dos grandes felinos, por un gatito —asintió. Era un precio justo. Thomas tenía su vida por delante, no tenían derecho a vivir mientras él moría, era un niño, era un niño de su sangre y aquel era un tesoro más que preciado.
Con aquellos ojos atentos vigiló el arma en las manos de Creasy, lista para regresar a la cabeza de Caladh si acaso él pensaba en hacer un movimiento en falso.
—Deberías de habérmelo dicho —habló esta vez a su hermano, ignorando momentáneamente a los demonios. —Habría muerto mil muertes por tí, hermano —su mandíbula se tensó ligeramente y apartó la mirada de Numair, no podía verle. —Habría muerto por él —señaló a Cuddy con la hoja del cuchillo, antes de hacerlo girar en el aire y tomarlo por el filo, dejando el mango en dirección a Viserys. —Deberías habérmelo dicho —clavó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza. —He sido yo el que te ha atacado —habló al demonio, tendiéndole el arma. —Sólo un Lyon más debe morir hoy.
Levantó ligeramente la cabeza y todo pareció detenerse cuando sus ojos se posaron en Dana a espaldas de Creasy, en la sorpresa y miedo en sus ojos tan pronto fuera consciente de lo que estaba sucediendo.
—Mo anam cara —dijo en dirección a ella, como una despedida, antes de que el cuchillo se clavara en su estómago.
—Go hifreann leat! —gritó abruptamente la mujer, cazando a Creasy de espaldas y metiendo un puñado de betónica seca dentro de su boca, seguido de algún embrujo en gaélico.
Ante el grito, Oliphant reaccionó y alzó su mirada, viendo a la mujer caer, comenzando a escupir el demonio de dentro de ella. Todo era una bruma, había gritos, caos. Aun así, tiró del arma, soltando un grito al sentir el filo abandonando su piel, y con la última fuerza que le quedaba tiró de Viserys, clavándola en su pecho, tantas veces como su energía se lo permitió, antes de dejarlo caer y dejarse caer a un costado, sentado con una mano cubriendo su herida.
El cuerpo de quien jugaba a ser Bartholomew Lyon cayó sin vida al suelo, soltando entonces un destello enceguecedor que obligo a todos los presentes a entornar los ojos. Un aire caliente les acarició el rostro mientras ajustaban la vista al escenario. Numair se llevó un brazo al rostro, cubriéndose en un acto reflejo, y acto seguido miró a su alrededor. Pudo ver como las marcas de unas alas en la madera del piso largaban humo, como si hubieran estado ahí todo el tiempo y nunca las hubieran visto. Y así era, en efecto. Mientras seguía su enorme recorrido, se chocó con la figura de su hermano. Había sangre en su abdomen, había dolor en su rostro.
Se arrastró como pudo hacia donde el, pasando por encima de Viserys, y se quitó la chupa. Le siguió su camisa, quedando en camiseta. La arrugó hasta formar una bola y quitó las manos de Oliphant de la herida para presionar con la tela de su prenda.
—Hey, hey, hey… It’s gonna be okay —murmuro, tomando su rostro, olvidándose por completo de la presencia de Dana y Creasy a tan solo unos metros de ellos. —Jesus, I’m sorry —volvió a hablar. Las palabras salían atropelladas, apenas se le entendía. Sus ojos habían comenzado a empañarse con tan solo hacerse la idea de que Oliphant acabaría como Cuddy si no hacía algo, pero no podía hacer nada. El único consuelo de aquel trato era que moriría al final, ¿pero y ahora? ¿Acaso debía ponerse una bala en la cabeza el mismo? —Why would you do this, you twat? It was supposed to be me.
—You are my brother Caladh, no matter what —dejó en el bolsillo de Numair el pañuelo con sangre, aquel que había mantenido en su mano como un tesoro, cuidando de no contaminarlo con su propia sangre. —And I always fancied the idea of a holiday —dibujó una media sonrisa, comenzando a oler el humo de las llamas que trepaba por las cortinas de la mansión. —Take Cuddy, don't leave him here.
—Estúpidos Lyon y sus estúpidos planes —era la voz de Dana, que ayudaba a Creasy a ponerse de pie y salir de allí. Toda aquella madera, las antigüedades, lo que volvía a aquella mansión acogedora e histórica era el combustible del fuego demoníaco. —¿Qué esperas? —gritó a Numair, siquiera pretendiendo escuchar las peticiones de Oliphant. —Cárgalo fuera, antes de que se desangre, mi bolso está en la camioneta, veré cómo puedo curarlo. ¡Mitch! —llamó, pero antes de que acabara su grito, esta estaba en la entrada. —Ayúdalo.
La rubia asintió y se colocó un brazo de Oliphant alrededor de su cuello, ayudando a Numair a ponerlo de pie.
—No... no... Cuddy ¡Cuddy! —gritó, empujando a Mitch. —¡CUDDY!
—¡Maldita sea Oliphant! —le gritó Dana. —¡Mitch, déjalo!
Pero era demasiado tarde Mitch dejó a Oliphant con Numair y tal como siempre, escuchó al hombre, regresando a por Cuddy, arrastrando su cuerpo como fue capaz, tirando de la frazada sobre la que descansaba. Era un hombre adulto y peso muerto para una mujer flacucha como ella. Pero esa era Mitch; como Oliphant haría cualquier cosa por sus hermanos; ella, aún como una niña, haría cualquier cosa por él.
—Stupid girl —murmuró Dana, avanzando de todos modos sin aguardarlos, cargando a Creasy consigo camino al vehículo estacionado fuera, donde Aayan observaba ya no llorando, pero aún espantado por el caos, su rostro empapado de lágrimas.
Numair se encargó de bloquearle el paso a Mitch, colocando sus manos sobre sus hombros huesudos. Bajo el mentón y la observó a los ojos. La conocía hacia muchísimo tiempo y a pesar de que había pasado años sin verla, seguía queriéndola. Había algo de Oliphant en ella, una inocencia difícil de comprender, una lealtad que iba más allá de cualquier cosa que jamás había conocido.
—Sal de aquí —le ordenó. —I got this, okay? —le dedicó una caricia y esperó a que accediera a su petición, asintiendo de forma dubitativa. Que después de lo que había hecho confiara en el de aquella manera le hizo encoger el estómago, pero le dedicó una leve sonrisa cuando dio un paso hacia atrás y comenzó a alejarse. Una sonrisa que bien podría ser de agradecimiento, seguridad, o despedida.
Cuando se volteó, se sorprendió al ver como las llamas habían crecido. Habían pasado de ser un simple humo en la madera del suelo, a consumir los estantes, los libros, el papel de la pared… Finalmente, sus ojos se posaron en sus hermanos y avanzó a pasos agigantados. Apartó a Oliphant como le fue posible y se encargó de cargar a Cuddy en brazos. Ya no era un niño, Numair se dio cuenta mientras luchaba para abrirse paso hacia el pasillo. Pesaba como una roca, y a pesar de ser más alto que el, podía notarlo; ya no era el adolescente larguirucho que había sido, tenía la complexión de un cazador. Era un hombre, un guerrero a su manera, y él lo había matado.
Bajar las escaleras fue un desafío, y mentiría si dijera que no se tropezó en más de una ocasión al mirar hacia atrás para corroborar que Oliphant le seguía.
—¡Loan! —rugió cuando llegaron a los últimos escalones. —You okay there? —preguntó por encima de su hombro, observando como el paso de su hermano cesaba.
Cuando Brizzi entró por la puerta, Numair no lo pensó dos veces. Le entregó el cuerpo de Cuddy, le ordenó que lo llevase afuera, y volvió para ayudar a su hermano, pasando una de sus manos por sus hombros.
—Wait... —intentó murmurar Oliphant, de alguna inconsciente manera pretendiendo regresar, pero ya las llamas les pisaban los talones, no había forma de regresar. Por primera vez sus ojos se empañaron, viendo como las llamas a sus espaldas devoraban lo único que quedaba del recuerdo de su madre.
—Wait... —insistió pero ya no intentó luchar, sólo dejó que su hermano le condujera fuera, a salvo del calor que ya abrasaba su piel.
Frente a la casa aguardaban todos, Mitch alejada del resto, Dana abrazando al niño y su bolso, Creasy, Loan, Cuddy, incluso Agnetha trepada en el hombro de su ex esposa como alguna clase de halcón, vigilándoles mientras abandonaban la mansión a salvo.
—En el piso —indicó la mujer, acercándose a ellos, revolviendo dentro del bolso. —Esto detendrá la hemorragia —volcó algo en la herida de Oliphant que le hizo gritar, y luego presionó con sus manos.
Desde aquel sitio, tumbado en el suelo junto al cuerpo de su hermano, Oliphant observó el hogar de su infancia devorado en llamas, las lenguas de fuego asomar por las ventanas. Todos aquellos años en prisión, por 10 años había soñado sólo con regresar a casa, volver a caminar aquellos pasillos impregnados de la memoria de su madre, de toda su historia. Ahora ese sueño moría, ya no habría regresar a casa, les habían arrebatado hasta aquello.