La salvación del salvador
Por @Mandolina39 (alias Seller Best)
“I'm burning through the sky
200 degrees
That's why they call me Mister Fahrenheit
I'm traveling at the speed of light
I wanna make a supersonic man out of you”
(Don´t stop me now, Farrokh Bulsara alias “Freddie Mercury”)
“It's lonely out in space
On such a timeless flight
And I think it's gonna be a long long time
'Till touch down brings me round again to find
I'm not the man they think I am at home
Oh no no no I'm a rocket man
Rocket man burning out his fuse up here alone”
(Rocket man, Reginald Kenneth Dwight alias “Elton John”)
Ya sabía porque se lo había contado un compañero de trabajo. El técnico viene “entre las 8 y las 14”. Reprimió ante la amable telefonista de nombre Johanna todos los improperios que le pensaba gritar y argumentos racionales que le pensaba exponer. También evitó preguntarle por qué le había dicho que se llamaba Johanna. Ni se pudo responder a si mismo por qué le dijo “buen día Johanna”. Estaba seguro que todas esas telefonistas se llaman de cualquier otra manera y tiran un nombre al azar para cumplir con la formalidad de presentarse.
En la mitad del pucho sonó el portero eléctrico. Era el técnico. Justo estaba a la vuelta, le dijo. Me modularon y dije ah está acá nomás, voy. No preguntó qué significaba el verbo “modular”.
A los cinco minutos de la presencia del técnico ya estaba arrepentido de que ocurriera el milagro. Hubiese preferido que no llegara nunca. Primero porque tomó como una afrenta que el flaco rechazara el mate luego de recibir la negativa a la pregunta “¿tiene azúcar?”. Y segundo porque ese diálogo breve y hostil, que debería haber terminado ahí, siguió con una interminable lista de ejemplos de los caprichos gastronómicos del técnico. La primera parte versó sobre a las cosas que le pone azúcar y a las que no. La segunda derivó inesperadamente en el helado, en sus gustos preferidos y en los que no comería jamás. Recorrió exhaustivamente todos y cada uno de los gustos de helado que existen sobre la tierra.
Y la tercera fue una interminable y detallada hasta el extremo lista de gustos de comida en general. El punto de cocción del asado (para cada corte tenía uno distinto el degenerado), el rebosado de la milanesa, si aceto o vinagre en las ensaladas, si manzana roja o verde, un impostado fanatismo por la pasta que consideraba “al dente”, y así. Todo acompañado con la irritante invitación a que el dueño de casa le respondiera. “¿La pizza a la piedra o al molde?” preguntaba el técnico sin importarle la respuesta del interlocutor, a quien solo le permitía pronunciar “piedra” o “molde” mientras que se reservaba para él un derecho de desarrollo sumamente extenso del porqué de su elección impidiendo interrupciones con la técnica de elevar el tono de voz cuando quiere hablar el otro.
Todo terminó como suponía. “Pero este televisor no es smart”, dijo el técnico con cara de “¿usted es pelotudo?”. Ni idea. “Ah no, no se puede, porque…” y una serie de explicaciones igual de exasperantes que las de la comida pero con muchos términos técnicos y siglas desconocidas.
Bajó a abrirle al técnico con ganas de tirarlo por el hueco del ascensor. Pero a la mitad del descenso ya se le había pasado el malestar. Al fin y al cabo el técnico intentó hacer más ameno un momento de esos que son pura pérdida de vida para el que lo llama. Se preguntó también por qué las empresas no preguntaban al principio, en el llamado telefónico, si el televisor era o no smart. Se ahorrarían un viaje del técnico y le ahorrarían al cliente una pérdida de tiempo infefinida.
Pensaba todo eso cuando el colectivo frenó de golpe y casi se rompe la cara contra el respaldo del asiento de adelante. Se levantó y se bajó sin saber dónde estaba pero no quería ser partícipe del conato de linchamiento que había comenzado dentro del bondi por una vieja que salió volando en la frenada, arrastró y golpeó a otros pasajeros y, en busca de algo donde agarrarse, le rasguñó la cara a un nene.
El jefe estaba de buen humor esa mañana. En realidad siempre estaba de buen humor. Él lo definía como el clásico boludo alegre. Sólo que había días en que primaba la boludez en su totalidad. Ese día había un balance exacto entre boludez y alegría. Cuando prestó atención a lo que estaba hablando con el resto de los empleados advirtió que era otra vez su viaje a Kingston, Jamaica, que él ya había escuchado en no menos de nueve oportunidades, al igual que sus compañeros. Así y todo, sus compañeros se hacían los sorprendidos cada vez que lo contaba y se reían de los mismos chistes, celebraban las mismas anécdotas y mostraban su acuerdo ante los improperios que el jefe lanzaba sobre la gente de ese país, la marihuana, el reggae y todos los lugares comunes que se pueden decir de Jamaica, siempre con la excepción de un ensalzamiento de sus playas.
En la parte de la anécdota de Eddy Grant no soportó más y se levantó a buscar un café. La anécdota era tan estúpida como el jefe. Había entrado a una disquería en Kigston y pidió un CD de Eddy Grant, a lo que el que lo atendió (siempre recalcaba que era negro) le respondió “Who´s that nigga”. Iba soltando risitas a medida que avanzaba la anécdota hasta que explotaba la carcajada final. La del jefe y la de los empleados que ya la sabían de memoria.
- ¿Viste lo que le pasó a Esteban, de Contaduría?, la voz de Fernando, de Compras, sonó a su espalda mientras la máquina servía el café.
- ¿Qué le pasó? hace un montón que no lo veo
- Si, por eso, hace 15 días que no viene y no se sabe cuándo se va a reincorporar. Le agarró una enfermedad rara, nadie sabe qué mierda es. Se tuvo que ir a tratar a un hospital yanqui, en Oklahoma o Kentucky, un lugar de esos
- ¿Y no se sabe nada de nada?
- No, estuvimos mirando el Facebook pensando que había metido un verso para irse de joda pero no hay nada. Ezequiel, de Liquidaciones, llamó a la casa y lo atendió la abuela. Le dijo que Esteban se había ido a Arizona, o Milwakee un coso de esos con los padres y la hermana, y que no podía decir nada por estricto pedido de la familia.
- ¿Y cómo se enteraron lo de la enfermedad?
- Porque se lo dijo al boludo de Recursos Humanos, le explicó muy por arriba desde el preembarque en Ezeiza. Le dijo que le habían detectado un virus o una bacteria o un tumor o no sé qué cosa para la que en Argentina no hay tratamiento y que es mortal. Y que se estaba yendo con su familia a un hospital en Michigan o Minnesota, no me acuerdo. Le dijo también que si tenía que ser sin goce la licencia estaba todo bien, pero que le mantenga el puesto de trabajo al menos por seis meses.
- Si, una mierda-, Fernando, de Compras, le palmeó la espalda y se fue sin sacar nada de la máquina de café.
Otra vez, la concha de la lora, pensó. Ahora el arremolinamiento en el bondi lleno era al parecer por un punga que había sido sorprendido revisándole la cartera a una vieja. Miró bien y le pareció que era la misma vieja que había salido volando en el bondi de ida. Hay alguien que tuvo un día peor.
En su casa sólo había yerba y cuatro galletitas de salvado. Pero el frío y la lluvia no le dieron ganas de ir al chino. Así que calentó el agua de lo que iba a ser su cena. Se sentó frente a la televisión y recordó que no tenía cable y recordó al técnico del mate dulce y se puso un poco triste. Le llamó la atención que de los canales de aire el que mejor se veía fuera Canal 9. Apostaba que sería la TV Pública.
Sólo por una cuestión de nitidez se puso a ver el noticiero del 9, que rebosaba de casos policiales y noticias sin ningún interés. De repente la imagen empezó a distorsionarse y a perderse el sonido. Aparecían unas rayas extrañas y unos ruidos robóticos. Mientras pensaba qué país de mierda y se disponía a agarrar el control remoto, de repente volvió una imagen nítida, distinta a la del estudio del noticiero. Era una habitación gris, vacía. Se quedó mirando. Apareció la cara de Esteban, de Contaduría, muy cerca de la cámara, como enfocando. Después el resto del cuerpo. “Alejandro, qué hacés”. Se sobresaltó y tiró medio mate en el sillón. Se quedó mirando atónito el televisor y pensando en el chino y la posible adulteración de la fecha de vencimiento de la yerba o las galletitas.
“Boludo, soy yo, Esteban, de Contaduría, ¿me escuchás?”, volvió a decir Esteban de Contaduría desde la pantalla.
- Ehhh, si, te escucho y estoy muy asustado- respondió Alejandro, mientras apenas sentía que el agua caliente le quemaba la mano en la que tenía el mate.
- Ya sé, no te preocupes, escuchame, necesito que me hagas un favor.
- No tengo mucho tiempo, y te elegí a vos porque sé que sos un tipo discreto y que en la empresa no le das bola a nadie.
- Pará un minuto, como estás de salud
- Perfecto, es todo una boludez eso, escuchame lo que te voy a decir, es muy importante.
- Escuchame: yo soy un agente
- No importa. Estuve en Argentina infiltrado, viviendo como una persona normal y trabajando en esa empresa de mierda pero era todo una pantalla. En realidad estaba para recabar información.
- El tema es así, durante los 15 años que pasé allá medio me encariñé con el país y con su gente. Incluso con tipos como vos.
- Bueno, ahora me enteré de algo que quiero tratar de evitar, pero desde acá no puedo. Me tenés que ayudar.
- Ehhh….te aviso que no quiero meterme en nada raro. No me pidas que te mande un paquete por correo, ni plata ni nada
- No, tranqui. Es una boludez. Te cuento rápido el contexto, pero no hagas preguntas.
- Viste que está por empezar una guerra entre Estados Unidos y Corea del Norte
- Bueno, para demostrar su poderío Kim Jon Un eligió Argentina como el lugar en donde tirar su primera bomba atómica y mostrarle a Trump el daño que puede hacer.
- Si boludo, no me preguntes por qué, porque nadie lo sabe, pero eso así.
- Ok, te re agradezco boludo. Mañana a la mañana me saco un pasaje al primer lugar que sea….Madrid puede ser, o por ahí Roma…
- Escuchame – interrumpió firme Esteban de Contaduría- no podés. Tenés que hacer un sacrificio patriótico.
- ¡¡Escuchame!! Todavía podemos evitarlo.
- Mirá Esteban, todo bien con vos, me parecés un buen tipo, pero esto es un delirio total y no quiero estar metido. Llamá a la gente del Gobierno, o del Congreso, o alguien que pueda ayudar de verdad si todo esto es posta.
- ¡NO!- la voz de Esteban de Contaduría ahora sonó más firme y más imperativa que antes- No se puede enterar nadie. Cundiría el pánico y a mí me cocinan en cinco minutos. Haceme caso, estamos a tiempo de evitarlo.
- ¿Cómo boludo? ¿Cómo puedo hacer yo para evitar que el coreano tire una bomba acá?
- Es relativamente sencillo – Esteban de Contaduría se empezó a tranquilizar-. Te cuento rápido y no preguntes nada.
- Hay una raza de extraterrestres diseminada por el mundo, que quiere ayudar a la humanidad, que quiere evitar estas guerras porque sabe que vamos a una extinción masiva. Y además porque algunas de esas barbaridades les están empezando a hacer daño a ellos, la radiación, etc. Estos extraterrestres están en todos los países, se camuflan como humanos y están al tanto de todo lo que ocurre esperando el momento para intervenir.
- Esto es una joda, ¿no? ¿Me estás grabando para darle esto al boludo de Recursos Humanos, no? Siempre supe que eras un chupapijas
- Callate boludo y escuchá. Se me acaba el tiempo. Uno de estos seres es Leo, de Suministros.
- ¡Recontra ehhh boludo! ¡Recontra ehhh! Leo es un pelotudo atómico…valga la palabra en este contexto. O sea, es tan idiota que te creo que sea marciano, pero a la vez es imposible. Es muy ser humano promedio. Y encima patovica. La peor lacra humana.
- Te equivocás, Primero que no se dice “marciano”, no seas cabeza. Segundo, Leo tiene una inteligencia muy superior al humano más inteligente. Es de ellos. Y nos quieren ayudar. Y es patovica porque está encerrado en un cuerpo humano, tiene más fuerza que….Hulk ponele. Él ya sabe cómo viene la mano más o menos. Porque le pude hacer llegar algo de información. Pero ahora se me cortó el canal. Vos andá, hablá con él y sin decirle que hablaste conmigo decile la contraseña. Él va a saber qué hacer.
- Pisculichi. Decile Pisculichi y va a entender todo.
- Pero qué pasa si le digo la contraseña y me mira como si no entend
No terminó la frase. A la tele volvió la cara repulsiva del presentador de noticias de Canal 9. “Para mañana frío y chaparrones aislados, con vientos moderados del noroeste”.
Limpió el enchastre que hizo con el mate. Se fue a bañar con música conocida y a volumen muy alto para cantarla a coro y no pensar. Pero no pudo. Su cabeza siguió puesta en Esteban de Contaduría, en Leo de Suministros, en Pisculichi, en Trump, en Kim Jon Un. Se tiró en la cama, mareado y confuso, con silbido en los oídos y la garganta medio cerrada. Dio cincuenta vueltas para un lado y otras tantas para el otro, hasta que se quedó dormido.
El despertador sonó más fuerte que lo habitual. O al menos eso le pareció. ¿Habrá sido todo un sueño? No. No puede ser. Fue muy real. Se cambió en un diez segundos. Hizo mate y se comió la última galletita de salvado. Aún con la duda de todo lo que había ocurrido subió al colectivo. Esta vez una embarazada empezó a gritar. Se bajó ofuscado. Después se enteraría por un sitio de noticias que había parido ahí, en pleno recorrido y con la ayuda de un policía. Y en el mismo diario on line leyó el título “Kim Jon Un dice que golpeará a Trump donde menos se lo espera”. Tragó mucha saliva.
En la oficina estaba todo normal. El jefe, otra vez de buen humor, boludeaba con los empleados y se disponía a contar otra anécdota repetida: la del día que se agarró a piñas en un boliche con un tipo sin saber que era Látigo Coggi.
Fue a la máquina de café. Apareció otra vez Fernando de Compras. Esta vez no hubo diálogo. Los dos sacaron el mismo capuccino de vainilla y se fue cada uno a su sector, con un previo saludo amable.
Alejandro no sabía cómo encarar a Leo de Suministros, el extraterrestre amigable al que debería revelarle a través de una contraseña banal una conspiración internacional. Nunca había hablado mucho con él. Saludos de pasillo, conversaciones de ascensor y un par de veces le tocó en la misma mesa en la fiesta de fin de año. En esas oportunidades fue cuando más diálogo tuvo. Y fue cuando le pareció un pelotudo atómico (valga la redundancia, pensó como chiste malo). Leo sólo le habló de suplementos vitamínicos y secuencias de ejercicios para el gimnasio, tema casi monopólico en las conversaciones de los patovicas. Decidió nunca más sentarse con él en esas fiestas. De hecho, decidió no ir nunca más a esas fiestas.
El otro contacto que había tenido había sido en un par de picaditos de futbol 5 que se armaron durante un año. Recordaba que Leo de Suministros era chotísimo, que jugaba con la remera de la selección de Escocia y –un poco sobresaltado- que solía poner muy bien el cuerpo, quizá su única virtud. Más sobresaltado, recordó que una vez chocó contra él y sintió como si chocara contra una pared. Y su sobresalto se hizo más elocuente cuando recordó que Leo de Suministros era el único que no se bañaba en el vestuario de las canchitas, en donde todos se veían desnudos.
Fue hasta el pasillo que daba a la oficina de Suministros, pero no se animó a entrar. Se quedó recostado contra la pared, rogando que el jefe no se enterara que estaba ahí al pedo. Por las dudas había llevado unos papeles y si llegara a ser sorprendido diría que iba a sacar fotocopias. En eso apareció Leo de Suministros. Pasó a su lado. Alejandro le dijo: “Qué hacés, ¿te puedo hacer una consulta?”. Leo le dijo que claro y Alejandro le preguntó si podrían tomar un café después del laburo. Leo lo miró con cara un tanto asombrada. “¿Pasó algo?” dijo. No no, quería charlar un tema con vos, lo tranquilizó. “Ah, ok, dale, a las 18 en el feca de la esquina”. Listo
Mientras se daba vueltas para volver a su oficina Leo lo llamó.
- Disculpame, por las dudas te lo aclaro, viste como es
- ¿Qué?- quiso saber Alejandro atemorizado
- Ah, no, jaja, nada que ver.
El día transcurrió igual de aburrido que el resto. Alejandro no sabía qué estaba leyendo ni archivando. No podía concentrarse. Estaba seguro de que estaba haciendo todo mal. Y que al otro día sería reprendido por el boludo alegre del jefe. Una reprimenda menor, casi cariñosa, como siempre. Implicaba solamente admitir la falta y prestarse a escuchar un par de consejos de vida seguidos por la anécdota de cuando le preguntó a un brasileño por qué en Brasil la semana empezaba con “segunda fera” y no con “primeira fera” y que el brasileño no supo explicar.
A las 18 ya estaba sentado en la mesa del bar esperando ansioso y temeroso. Leo de Suministros entró cinco minutos más tarde. Llamaron al mozo y se pidieron los dos lo mismo: café chico, en pocillo, sin azúcar ni edulcorante.
- Che –empezó Alejandro- ¿cómo va todo?
- Bien…bah, medio un embole este laburo, pero en fin.
- ¿Escuchaste lo que le pasó a Esteban de Contaduría?
- Si, algo escuché, que le agarró algo raro y está en tratamiento en Alabama, o en Connecticut, pobre pibe
- ¿Qué pasó, qué me querías comentar?- dijo Leo de suministros y miró el reloj, lo que a Alejandro lo decidió a ir al grano.
- Nada, nada, siempre me pareciste un tipo muy piola y bueno, qué se yo, quería charlar un rato con alguien. Ahí en mi oficina son todos unos chupapijas de mierda.
- Ja, claro- respondió Leo un tanto más impaciente, mirando hacia la calle.
- Te hago una pregunta. ¿Viste el otro día el partido de River contra Argentinos?
- Seee, un empate pedorro.
- Si, igual para mí el técnico de Argentinos hizo medio mal los cambios
- ¿Ah si? ¿Por qué lo decís? – Leo dejó de estar distante y medio distraído y con discreción se acomodó un poco mejor en la silla, lo que fue rápidamente percibido por Alejandro
- Y, que se yo….teniendo un jugador de tan buen pie no concibo que lo tenga de suplente
Alejandro percibió como las cejas de Leo de Suministros hicieron un movimiento extraño y asimétrico, como se acercó bruscamente a la mesa como para escucharlo mejor y como le clavó la vista fija en sus ojos.
- ¿Por quién lo decís? – preguntó en un tono un tanto inquisitorio Leo
- Ay, como se llama, ese que era diez, que jugó un tiempo en River
- ¿Quién? –casi gritó Leo mientras algo raro se le movía debajo de la camisa
- Ese morochito de pelito largo, buen jugador…Leandro….No me acuerdo el apellido
- ¿Quién? –volvió a casi gritar y ahora una serie de arrugas en el cuello estaban empezando a moverse también de forma desacompasada.
- Ehhhh –dijo Alejandro aterrado- eehhh Leandro….Leandro…¡Pisculichi!
Leo de Suministros ya estaba casi pegado a la cara de Alejandro. Después de pronunciar Pisculichi, el alienígena hizo un parpadeo inverso. Es decir, en lugar de que el párpado superior baje y suba. Dos párpados internos se cerraron hacia el centro del ojo y se abrieron dos veces seguidas y muy rápido. Y se escuchó un sonido como a lata. Clac clac. Lo siguió mirando fijo y de nuevo el parpadeo vertical. Clac Clac.
Se recostó sobre el respaldo de la silla. Alejandro miraba aterrado. Leo de Suministros se sacó el dedo menique. Alejandro se estaba por cagar encima. La mano quedó igual, sólo que sin el menique. Quedó como una mano con cuatro dedos. Leo manipuló el menique y lo convirtió en una especie de corneta violeta y azul. Inhaló todo el aire que pudo y sopló con toda fuerza por la corneta. Sin embargo no se escuchó ningún ruido.
- ¿Qué fue eso? – preguntó temblando Alejandro
- ¿Qué pensás? ET phone home – dijo sonriendo Leo sin que cause nada de gracia a Alejandro-, nada, nos tenemos que reunir con la comisión.
Volvió a manipular el menique y lo convirtió en una aguja del largo de las de tejer pero finitas como las que vienen en las camisas nuevas.
- ¿Y eso? – preguntó transpirado Alejandro
- Mi forma de pedirte disculpas
No terminó de hacer la pregunta que sintió que la aguja le penetró como un flechazo por el ojo izquierdo y una vez adentro se dobló sola y escarbó en algún área de su cerebro. La sensación fue muy perturbadora pero sin embargo no fue dolorosa. Y durante los cinco segundos que duró la operación no pudo mover un músculo de su cuerpo.
Unos golpecitos en el hombro lo trajeron de vuelta en sí.
- Larga la noche eh- le dijo el mozo- ¿te sentís bien?
- Si si –dijo Alejandro y descubrió que no estaba Leo de suministros-. Disculpame, ¿sabés que pasó con el flaco que estaba conmigo?
- Si, fue larga la noche –se rió el mozo- Nunca hubo un flaco con vos. Viniste solo tomaste un café y te dormiste. Son las nueve de la noche y tenemos que cerrar.
Efectivamente había un solo pocillo en la mesa. Este usó la linternita de Men in Black para que nadie recuerde nada, pensó. Pero después se dio cuenta de que recordaba todo. Si la usó, fue sólo con el mozo.
Al otro día entró al trabajo y fue derecho a Suministros. Entró a la oficina y preguntó por Leo. Le dijeron que había pasado parte de enfermo, que tenía catarro. Qué hijo de puta, pensó Alejandro, es extraterrestre y dice que tiene catarro. Podría haber buscado una excusa menos mundana.
Fue a Legajos. Lo atendió Bárbara de Legajos (cada vez que la veía pensaba “qué linda piba”). Le pidió el legajo de Leo de Suministros con una excusa trivial. Bárbara se perdió por unas estanterías y a los pocos minutos volvió y le dijo “es raro, pero sabés que no lo encuentro”. Lógico.
Fue a Automotores. Le dijo a Pedro de Automotores que había visto que un par de veces lo vio llegar e irse con Leo de Suministros. “Si, vive a la vuelta de casa” le dijo Pedro de Automotores. Alejandro le inventó una excusa y obtuvo la dirección: Florencio Balcarce 58. Entre Rivadavia y Yerbal. Caballito. Sonrió, la anotó y se la guardó en el bolsillo.
Al otro día fue Alejandro el que pidió parte de enfermo. Se apostó frente al domicilio de Leo, detrás de un auto con vidrios polarizados dispuesto a esperar todo el tiempo necesario. Sin embargo fue rápido. A los veinte minutos Leo salió y comenzó a caminar por Florencio Balcarce hacia el lado de Yerbal. Alejandro lo siguió a prudente distancia.
Vio a Leo doblar por Yerbal hacia la izquierda y hacia allá fue. Pero cuando apenas giró se encontró con la mano de Leo en el cuello sosteniéndolo bruscamente contra la pared.
- ¿Qué hacés acá pelotudo?- dijo el extraterrestre
- Quiero saber qué mierda está pasando
- No podés boludo. Seguí con tu vida y olvídate de todo esto. Nosotros nos encargamos.
- ¿Quiénes somos nosotros?
- No importa- dijo e hizo otro doble parpadeo vertical, clac clac.
- Escuchame, ustedes me metieron en este quilombo, ahora quiero saber todo y participar.
- No podés boludo, entendeme. Si por mi fuera te llevo encantado.
- Que si venís y ves todo después te tengo que matar, mirá que joda
- No me importa. Matame. Prefiero morir habiendo visto todo lo que me imagino que va a pasar que tener que seguir escuchando las anécdotas de mi jefe, comer galletitas de salvado y ver TV de aire
El argumento le pareció sensato a Leo, el extraterrestre de Suministros, así que aflojó la mano.
- Ok, vení. Bajo tu responsabilidad y sabiendo que te espera la muerte.
- Dale, la muerte no puede ser peor que mi vida.
Se subieron a un Fiat Duna bordó. Qué ratas son estos extraterrestres la puta madre, pensó Alejandro. Leo puso en marcha el auto que hizo ruido a gasolero viejo y en lugar de arrancar hacia adelante, ascendió en forma vertical y en un segundo estaba por arriba de las terrazas de los edificios. Alejandro, aterrorizado, veía que sin embargo a nadie parecía llamarle la atención. “No nos ven” lo tranquilizó Leo.
- ¿Cómo hace para despegar sin carretear?
- Propulsión a base de fotones. Es increíble que ustedes sigan usando aviones. La tecnología la tienen ahí al alcance de la mano
Ya estaban por arriba de las nubes, cuando Leo de Suministros se volvió a sacar el menique. “Cagué” pensó Alejandro. Pero el extraterrestre se lo dio y le dijo: “Tomá, tenelo. Cualquier cosa rara que pase le hablás a la uña y yo te escucho”. Alejandro agarró el menique y se lo guardó en el bolsillo. Era pesado y frío. “Preparate para el aterrizaje” avisó Leo.
El auto se precipitó en caída libre. Alejandro, que en medio de su confusión había olvidado ponerse el cinturón de seguridad, iba pegado al techo, completamente despatarrado y en un alarido.
A unos cincuenta metros del suelo el auto se detuvo bruscamente. Alejandro cayó también bruscamente sobre la butaca del Duna. Con el corazón saltando miró por la ventana. Un campo de maíz.
- Sí, voy a preparar el terreno
Leo de Suministros empezó a girar en círculos y Alejandro vio cómo se iba formando un círculo perfecto en el maizal. “Ahora lo voy a tunear un poco” anunció Leo y dio otras vueltas dentro del perímetro del círculo. Alejandro ahora veía con asombro como se dibujaba un perfecto mandala que la mano del hombre jamás hubiera conseguido imitar.
Leo escondió el auto en la parte del maizal sin podar y lo cubrió con maíces y chalas que había arrancado del mandala perfecto. Le dijo a Alejandro: “Vos quedate quieto. No te muevas ni toques nada. Termina la reunión y vuelvo”.
Leo empezó a caminar hacia el círculo que albergaría a la comisión interplanetaria y Alejandro veía cómo iba cambiando su aspecto, dejando el cuerpo del humano patovica a un costado y transformándose en un auténtico alien como los de las películas. Alejandro activó el limpia parabrisas y sacó los maíces y chalas del vidrio y se alegró porque quedó un hueco perfecto para ver la reunión sin ser visto. Prendió el estéreo y vio que el auto emitió una luz violeta. Y vio como el que era Leo de Suministros se dio vuelta con cara de extraterrestre enojado. La apagó al instante.
En menos de un minuto comenzaron a llegar otras naves al círculo que había hecho “Leo de Suministros”. Se posaron a unos 50 metros y por un tubo de luz azul empezaron a bajar otros extraterrestres iguales a Leo, como si fueran clones. Se dispusieron en círculo y sólo uno que llevaba algo rojo parecido a un sombrero movía las manos como dando indicaciones. Desde el Duna bordó no se escuchaba nada.
Pasados unos cinco minutos se volvieron a prender los tubos de luz azul y así como habían bajado volvieron a subir los extraterrestres a sus respectivas naves. El de sombrero rojo se quedó gesticulando con otro, que a Alejandro le pareció que se trataba de “Leo de Suministros”, quien hacía gestos que parecían indicar “yo me quedo acá”. Otro tubo azul y se fue el de sombrero rojo. Y el que quedó en pie, Leo, caminó hacia el Duna.
Cuando entró vio que Alejandro estaba aterrado apoyado contra la ventana del acompañante.
- ¿Qué te pasa?- preguntó el ET
Alejandro lo señaló. “Ah, perdón”, dijo y se volvió a transfigurar en el cuerpo de Leo de Suministros.
Alejandro negó varias veces con la cabeza y le señaló los ojos. “Ah” dijo Leo, que había modificado todo su cuerpo menos los ojos que seguían siendo los del ET. Hizo el parpadeo vertical dos veces. Clac clac. Y ya estaba Leo completo.
El Duna volvió a arrancar como motor gasolero y en unos segundos ya estaba de nuevo sobre las nubes.
Después de un viaje de menos de 10 minutos en silencio, estacionó menos bruscamente en la puerta del edificio de Alejandro.
- ¿No me vas a contar lo que pasó en la reunión?
- Ya te vas a enterar, leé con atención las noticias- dijo Leo y le guiñó el ojo
- ¿Cuándo me tenés que matar?
- Ya te tendría que haber matado
- ¿Y por qué no lo hiciste?
- Porque no puedo- Leo bajó la cabeza, lo volvió a mirar e hizo el parpadeo vertical. Clac clac.
El Duna ascendió en línea recta hasta perderse de la vista de Alejandro, que entró al departamento con un cansancio como nunca había sentido.
Revisó las alacenas. Nada de comer. Tomó agua. Volvió a revisar. Encontró un sobre de una sopa de arroz. Sin mirar la fecha de vencimiento, calentó agua y se la tomó. Se tiró en el sillón. Prendió la tele. El cabezón de Canal 9. “Ráfagas de viento para mañana, frío y nublado, 4 de mínima, 10 de máxima”.
Se estaba por quedar dormido cuando palpó el menique en su pantalón. Lo agarró y lo miró fijo un rato. Se preguntó si funcionaría o si sería un chamuyo de Leo de Suministros. Se lo acercó a la boca y dijo “hola”.
- Hola, ¿qué pasó?- respondió Leo con una voz finita, como la de un nene de cinco años
- ¿Dónde estás?- dijo sobresaltado Alejandro
- Acá en la cocina – respondió Leo de Suministros con voz de nene
Alejandro miró la taza de café mal lavada, con un fondo pegoteado y seco. En el borde vio una hormiguita rojiza.
- Si, que pasó –respondió la hormiga Leo con voz de nene
- Nada, nada, quería saber si funcionaba tu dedo
- Si, boludo. Funciona. No lo usés para boludeces. Estamos a mil.
- Supongo que no debo preguntar nada…
- No. Haceme un favor. Poneme en la palma de tu mano, andá al balcón y soplame.
- ¿No te vas a lastimar en la caída?
Alejandro cumplió el pedido. Cuando lo sopló vio a la hormiga salir volando, pero la perdió de vista, camuflada en la oscuridad de la noche.
Se terminó durmiendo a las tres de la mañana. Decidió volver a pasar parte de enfermo en el trabajo. Sabía que dos faltas seguidas iban a molestar levemente al jefe. Que lo reprendería con el habitual cariño perdonavidas tan irritante y paternal. Y terminaría contando la anécdota de cuando un grupo de adolescentes lo confundieron con el Indio Solari, se sacaron fotos y él en lugar de advertirles los dejó hacer. Y que después las subieron al Facebook hasta que el propio cantante debió salir a decir que ese señor no era él.
Al día siguiente vio una nota en un diario online titulada “Extraño dibujo en una cosecha de maíz en la zona de Sunchales”. Amplió la foto y vio el mandala que el día anterior había dibujado Leo con la nave Duna bordó. Leyó la nota. Autoridades locales decían que se podría tratar de un nuevo tipo de arte rural, mientras que “fuentes policiales” lo atribuían a “un grupo de hippies de la zona que se juntan a pavear en los campos y en vez de artesanías hacen esos diseños”. Mientras que el dueño del campo se quejaba por las pérdidas ocasionadas y aseguraba que quien había hecho eso lo pagaría. Alejandro sonrió y cerró el navegador.
Pasó una semana sin noticias de nada ni de nadie. Leía los diarios on line tres o cuatro veces por día. Y nada. Todas las noches miraba el menique de Leo pero reprimía las ganas que tenía de llamarlo y pedirle llorando que le dijera qué carajo estaba pasando.
Era un viernes a las 10.45 aproximadamente. Sintió el teléfono vibrar. Pensó que era uno de los tantos mails irrelevantes que recibía a diario y siguió archivando las seis carpetas que le había dejado el jefe en su escritorio. Cuando terminó miró el teléfono. Era un mensaje de whatsapp. No le había llegado uno desde el último picado laboral. Miró y era de un teléfono desconocido. Decía “Mirá las noticias” con el emoji de la carita que guiña el ojo.
Abrió Infobae y la principal noticia decía así:
Un hecho confuso desata una purga en Corea del Norte y el enojo de Kim Jon Un
(Seúl. Reuters) Un confuso episodio se conoció hoy en Corea del Norte, cuando su presidente Kim Jon Un hizo fusilar a su ministro de Defensa y a azotar con 90 latigazos a cada miembro del gabinete. Al parecer, según la escasa información que trascendió, los 14 misiles nucleares que el país asiático pensaba arrojar en los próximos días -no se sabe aún hacia dónde- fueron inutilizados y su carga radioactiva desactivada.
Según las fuentes de Pyongyang el dictador asiático atribuyó la falla a su ministro de defensa, quien falleció luego de recibir 68 balazos –uno de ellos mortal- de un pelotón del Ejército. Aunque tampoco se descarta que haya habido un sabotaje perpetrado por espías extranjeros, lo que habría incrementado aún más la furia de Kim Jon Un, quien instó a los técnicos de su instituto atómico a recuperar el potencial nuclear perdido.
Lo que se pudo saber en Seúl es que con la inutilización de esos 14 misiles Corea del Norte habría perdido la totalidad de su arsenal atómico, lo que en diversas comunidades de inteligencia está siendo celebrado por estas horas. Por último, llamó la atención la ubicación de la plataforma de lanzamiento de los misiles, ya que –aseguran las fuentes en medio de un fuerte hermetismo- habrían estado apuntando en dirección a América del Sur, continente con el que Pyongyang no mantiene relación alguna.
Alejandro se levantó de su silla y fue caminando con absoluta normalidad al baño. Se encerró en un cubículo, se sentó en el inodoro y se largó a llorar. “Vamos carajo….Vamos carajo” repitió unas seis veces en voz muy baja mientras seguía llorando, con los puños cerrados y apretados con toda su fuerza.
Veinte minutos estuvo así. Después se secó las lágrimas, se sonó la nariz un par de veces y volvió a su escritorio. Agarró el teléfono y respondió el mensaje. “Bien, boludo, bien” tipeó aún emocionado. Se puso el visto azul al instante y le respondieron con el emoji de la manito con los dos dedos en ve. Y al instante desapareció toda la conversación.
“Che, ¿notaron cierta alegría hoy en Alejandro? Antes de irse me saludó con un beso por primera vez en mi vida” dijo Sandra, una de sus compañeras. “A mí me dijo que iba a la máquina de café, si quería que me trajera algo. También es la primera vez en la vida”, agregó Martín. El jefe, que pasó caminando apurado pero escuchó algo de la conversación, dijo con tono solemne “los muertos que vos matais gozan de buena salud” a lo que siguió una carcajada de los empleados.
Pasó por el chino y se compró dos botellas de cerveza de litro. Pidió una pizza grande de fugazzeta a la que le agregó más orégano y ají molido. Esto hay que festejarlo, pensó. Comió y tomó con un placer y una alegría como hacía años que no sentía. Se fumó un cigarrillo en el balcón mirando el cielo. Prendió la tele y ninguno de los casos policiales del noticiero de Canal 9 logró alterar su sensación de felicidad, triunfo, justicia.
Antes de quedarse dormido con el cabezón de Canal 9 de fondo que anunciaba lluvias torrenciales y posibilidad de granizo para el fin de semana, sintió un ruido como de teléfono, pero distinto del de su celular. Siguió el sonido hasta su pieza y vio que provenía del menique, que además emitía luces violetas y rosas. Lo agarró y por instinto dijo “Hola”. “¿Estás en tu casa?” escuchó que decía del otro lado del dedo la voz de Leo y ante la respuesta afirmativa, se materializó Leo de Suministros delante de él. No se asustó.
Se dieron un abrazo. Largo. Cariñoso. Leo de Suministros en un momento intentó soltarse pero Alejandro no lo permitió. Después de unos tres minutos y en los que el extraterrestre ya estaba forcejeando para salir y Alejandro apretando para que se quede, se desprendieron.
- Bueno, hasta, acá llegamos. Quiero decirte que fuiste muy valiente. Sin tu ayuda, quizá hoy tu país y quien sabe alguno que otro limítrofe ya no estarían.
- Fue un placer, fueron los días más divertidos de los que recuerdo.
- De verdad, muchas gracias- dijo el ET y extendió los brazos para un nuevo abrazo.
- Pará, ¿acá termina? –preguntó Alejandro un poco escandalizado
- Si, ¿por qué, qué pasa?
- No se….que se yo…pensé que ahora venía el momento en el que voz con voz grave y solemne me preguntabas “qué puedo hacer por vos” y yo te pedía plata o algo así…
- Boludo, soy un extraterrestre no el genio de la lámpara de Aladino.
- Ok, y yo ¿qué soy? ¿El boludo que ayudó a salvar a la humanidad pero que nadie lo reconoce?
- Nosotros te lo reconocemos. Fuiste de gran utilidad. Te damos muchísimas gracias.
- Dale, boludo, en serio. Otros salvadores o tipos que hicieron grandes cosas por la humanidad tienen legiones de seguidores, las masas los admiran, entran en los libros de historia….que se yo, Lennon, Ghandi, Luther King….¿Por qué tengo que ser el salvador anónimo?
- Cada uno tiene su destino Alejandro. A vos te tocó este.
- No se puede tener tanta mala leche….
- Vos tenés que estar contento con vos mismo, hiciste algo magnánimo, salvaste a una porción de la humanidad. Eso sólo es un reconocimiento. Qué te importa si lo saben o no los demás.
- Dejame de joder, el elegido con menos glamour de la historia. Malísimo.
- Dame un abrazo y el menique. Me tengo que ir.
- ¿Nos vamos a volver a ver?
- Ok, tomá – Alejandro le dio el menique y un abrazo mucho menos efusivo que el de la recepción.
Leo de Suministros manipuló el menique, se convirtió en mosca y salió por la ventana con rumbo desconocido.
Cuando llegó a la oficina al día siguiente había un cumpleaños. El jefe y sus compañeros lo cantaron en español, en inglés y en italiano. El jefe les contó que saber el cumpleaños feliz en italiano lo había salvado de que una mafia calabresa lo asesinara, anécdota festejada por los empleados por vigésima vez.
Alejandro miraba todo desde la máquina de café. Estaba esperando que termine el numerito para volver a su puesto, saludar al agasajado, ponerse los auriculares y empezar a archivar.
Antes decidió pasar por la oficina de Suministros. Leo no estaba. “¿Sabés que parece que le agarró lo mismo que a Esteban de Contaduría? Lo debe haber contagiado, eran muy amigos, se juntaban siempre a secretear en el estacionamiento”. Alejandro dijo “claro”, y entendió perfecto todo.
Cuando volvía pasó por Legajos. Estaba Bárbara (“qué linda piba”, pensó como siempre). Le preguntó si había encontrado el legajo de Leo. Pero no, se había esfumado. Lógico. Antes de cerrar la puerta, con una valentía y una audacia impropia le preguntó “¿Querés tomar un café a la salida?”. Y para su sorpresa Bárbara le dijo “dale”.
La esperó en la puerta unos cinco minutos. Cuando la vio salir volvió a pensar “qué linda piba”. Pese a ser las 18.05 en Buenos Aires ya era de noche y hacía frío. “La noche y el abrigo le quedan lindos” pensó Alejandro. Le dijo de ir al café de la esquina, pero Bárbara le dijo que no, que fueran hasta su auto que ella conocía uno mejor.
Llegaron al auto. Un Duna bordó. “La reconcha del pato”, pensó Alejandro. Entraron, se miraron. Bárbara hizo un parpadeo vertical. “No te puedo creer…¿vos también andás en esa?”
El auto salió, sin sorpresa para Alejandro que maldecía su suerte, en línea vertical hacia arriba, por sobre las terrazas de los edificios de Retiro. “Elegí –le dijo Bárbara- París, Nueva York, Sidney…”.
Alejandro miró el cielo despejado, lleno de estrellas. Señaló una. “Ahí quiero ir”. Bárbara puso el auto en modo ultra propulsión. “Próxima Centauri se llama, ¿ahí querés?”. Alejandro asintió con la cabeza.
“Agarrate” le dijo Bárbara y le avisó “va a hacer un poco de calor”. El Duna salió a toda velocidad hacia el cielo y parecía que se prendía fuego. Alejandro estaba expectante pero no tenía miedo. Cuando terminaron de atravesar la estratósfera el auto se fue transfigurando en una nave negra, triangular, ultrachata y supersónica, con instrumental cibernético y táctil, incomprensible para un humano. “Guau” dijo Alejandro.
- ¿Te puedo pedir un favor?- preguntó Alejandro.
- No te transfigures en el cuerpo de un ET, quedate así, como Bárbara.
Alejandro miró por el espejo retrovisor (única pieza del Duna que mantenía la nave) y vio cómo se alejaba el planeta Tierra. Pensó en sus compañeros de laburo “ojalá que sean felices”. Y pensó en el jefe “ojalá que le den el ascenso al forro”.
- ¿Ves por qué te elegimos?
- Tenemos telepatía nosotros, puedo leer tus pensamientos
- Tenés buen corazón. Incluso a la gente que despreciás le deseás el bien. No hay muchos así en la Tierra. Además Leo contó que resististe la aguja en el ojo y el borrado del cerebro. Ahí vimos que debías ser de los nuestros.
- Mirá vos. ¿Nos vamos a morir?
- Algún día. Pero no en los términos en que ustedes piensan la muerte, como algo trágico y dramático. Pasaremos a un universo paralelo en donde nos tocará desempeñar un nuevo rol. Una bacteria en un planeta frío y oscuro, un haz de luz en una supernova, o un empleado de una empresa en un planeta similar a la Tierra.
- Lo de la bacteria suena interesante…o sea ¿es como una reencarnación?
- No, eso es una pavada. Es un tránsito de las partículas y la energía que nos compone hacia vaya a saber dónde para desempeñar vaya a saber qué rol de máxima importancia para el universo que te toque de todos los multiversos conectados que nos rodean.
- Cuando bajemos de la nave, ¿voy a poder caminar, respirar, etc?
- En este contexto no, pero dame tu mano.
Bárbara le apretó fuerte el menique, que empezó a emitir luces violetas, rosas, azules y blancas durante 20 minutos. “Bienvenido compañero, ahora sos de los nuestros”.
Alejandro miró por el vidrio de la nave y vio que el universo dejó de ser negro y se volvió multicolor, con estrellas claramente visibles, planetas identificables y asteroides al alcance de la mano. Veía a lo lejos ciudades en lunas, y actividad intergaláctica de todo tipo. “Guau” dijo. Y vio pasar otras naves de distintos colores y tamaños.
- ¿No se cagan a tiros onda Star Wars?
- No –dijo Bárbara sonriendo- eso es lo que hacen los humanos en la Tierra y piensan que todos son como ustedes. Acá vivimos completamente en paz y comunión, tratando de ayudar en los lugres problemáticos. La Tierra es uno de ellos.
- Un terrícola interestelar al servicio de la armonía multiuniversal.
- Eso. Ahora que soy eso. ¿Qué voy a hacer?
- Seguro en estos días habrá una reunión de la Comisión. Ahí te van a dar una misión en la Tierra. Infiltrarte andá a saber dónde. Y tratar de hacer algo para evitar el caos y la extinción a la que parece que van de cabeza.
- ¿El capanga de la comisión es ese que usa un cosito rojo en la cabeza?
- No –se rió Bárbara-, acá no hay jefes. Todos dependemos de El Absoluto y cada uno de nosotros es El Absoluto, que es el plano total, que nos recubre y nos rellena, que nos da la vida acá y a dónde sea que vayamos, es lo omnipresente y omnipotente, que simplemente está y que permea en nuestra existencia en cada momento del tiempo y en cada dimensión del espacio.
Alejandro miró a Bárbara. Volvió a pensar “qué linda piba”. Y en su cabeza sonó la voz de Bárbara que decía “vos también sos lindo”. Se asustó.
- Muy bien, empezaste a desarrollar la telepatía- le dijo Bárbara riéndose.
- ¿Para qué sirve el menique además de como transmisor y para clavarle una aguja en el ojo a alguien?
- Para lo que quieras. Pensá en algo y tocalo.
Alejandro pensó en una corbata. Lo manipuló y apareció la corbata. Después en un cigarrillo. Después en un mate. Así hasta que se aburrió y lo puso de nuevo en su lugar.
- ¿Vas a venir conmigo a la misión que me asignen?
- No depende de mí, sino de lo que decida la comisión.
- ¿Y si yo lo propongo lo tomarán en cuenta?
- No, sos novato. Si yo lo propongo sí.
Bárbara le hizo un parpadeo vertical y en su cabeza oyó la voz de ella que decía “obvio”.
Alejandro sintió que le sonó el teléfono. “¿Cómo puede ser que en mi casa nunca hay señal y acá si? le preguntó. “Acá siempre hay señal”, contestó Bárbara.
Miró el teléfono. Era un mail del laburo. Estaba firmado por el boludo de Recursos Humanos. Decía esto.
“Estimados empleados del octavo piso - Gestión Administrativa: Debido al contagio de cuatro agentes de esa repartición de una enfermedad sumamente extraña y para la que en nuestro país no hay tratamiento, todo el octavo piso ha sido declarado en cuarentena y se procederá a una profunda desinfección. Los contagiados son Esteban de Contaduría, Leo de Suministros, Bárbara de Legajos y Alejandro de Archivo. Les deseamos a ellos una pronta recuperación y anunciamos que les cederemos una licencia sin goce de sueldo por seis meses para que realicen sus respectivos tratamientos con tranquilidad. Por otra parte rogamos que no los llamen ni a ellos ni a sus familias dado que desean transitar la internación en total aislamiento. Muchas gracias”.
Alejandro se rió y pensó “qué bueno, van a estar unos cuantos días al pedo haciendo lo que se les cante las pelotas”. Sintió en su cabeza la voz de Bárbara de nuevo: “¿Ves?, te alegrás porque va a tener algo bueno la gente que odiás”. Alejandro respondió telepáticamente “bueno che, tampoco los odio. Y de verdad me alegra que no tengan que ir a ese octavo piso deprimente y monótono”. La voz de Bárbara respondió en su cabeza: “lo sé”.
Alejandro miró la ventana lateral de la nave ultrachata y supersónica. El vidrio bajó sólo. Lanzó el teléfono. La falta de gravedad hizo que fuera tomando más y más velocidad. Alejandro lo siguió con la mirada. Se fue prendiendo fuego a medida que se alejaba de la nave. Hasta que hizo un pequeño estallido seco y una pequeña luz hizo un brillo más intenso para luego apagarse por completo.
“Estamos llegando a uno de los planetas que orbitan a Próxima Centauri” anunció Bárbara telepáticamente. Alejandro manipuló el menique y pensó en un cigarrillo convertible, de esos que si se les aprieta una bolita se siente mentolado. Y al instante lo tuvo en la mano.
Lo prendió y sintió como el humo entraba a su cuerpo. Le pareció el cigarrillo más rico que había probado en su vida. Le dio dos pitadas. Abrió de nuevo el vidrio y lo lanzó haciendo fuerza entre el dedo mayor y el pulgar. En menos tiempo que el teléfono se prendió fuego e hizo el mismo estallido seco y lumínico.
Vio a pocos kilómetros lo que sentía que era Próxima Centauri y al planeta en el que descenderían, vio desde lejos una especie de ciudad deforme pero atractiva. Vio a distintas criaturas caminar por la superficie y vehículos de formas extrañas. La miró a Bárbara. “¿Estás listo gladiador de la armonía?” sonó la voz de ella en su cabeza. Sin sacarle la mirada le respondió telepáticamente “obvio” e hizo su primer parpadeo vertical.