El recorrido por la política cultural
¿Qué es la política cultural?
La política cultural es el sector administrativo del gobierno que se encarga de proteger el patrimonio cultural, fomentar las prácticas sociales de una población, así como regular las industrias culturales e impulsar la práctica creativa.
El arte y la cultura son fundamentales para la formación y y convivencia del individuo; el patrimonio cultural que compartimos refuerza la unión de la sociedad y enorgullece a los ciudadanos, y se supone la creación y el consumo cultural contribuye al desarrollo económico.
Aun que la afirmación anterior, llega a complicarse en ciertos momentos: ya sean los desacuerdos que generan los distintos significados de cultura, ya sea la desconfianza desde distintos enfoques al presupuesto destinados a este rubro o las abundantes solicitudes a las que se ve sometida la política cultural. De esta manera, bajo el ideal que crea la palabra “cultura”, nace un debate intenso sobre la autenticidad y las orientaciones de la política cultural.
Un poco de historia
La política cultural gana mérito en el siglo XX, ya que hace diferentes trabajos, que va desde la identidad cultural de una región específica hasta el proselitismo y termina cumpliendo un rol importante en los regímenes autoritarios, o en los países en crecimiento, donde se recurre a los poderes persuasivos de la historia y del arte para estimular la lealtad hacía un proyecto político.
A partir de la Segunda Guerra Mundial, este sector gana importancia en el cuadro de gobierno interno, diplomacia y defensa de los países; se aprovecha como herramienta en la guerra ideológica dentro y entre naciones. Por ejemplo, en muchos países del llamado Tercer Mundo, como un mecanismo para tumbar el imperialismo e impulsar la unión de proyectos nacionalistas.
En México, cuando terminó la Revolución, el Estado se convirtió en el protagonista de la cultura y la explotó como un medio para unir a la sociedad. Con el ideal vasconcelista, que mezcla la provocación en el ámbito educativo, la propaganda con el fomento a las artes y la movilización de los ciudadanos, la política cultural posrevolucionaria consiguió resultados significativos.
Por muchos años existió la creencia vasconcelista en la política cultural:
“El Estado es el regenerador del alma nacional, el gran productor de cultura y el único empresario cultural que no aceptaba competencia”.
Lo que por obvias razones termino afectando a las industrias culturales privadas. Esto se puede ver en la duración del modelo nacionalista, en el amor por los pensamientos faraónicos y en los defectos que tienen los planes más modestos de promoción, difusión y creación de audiencia. Además como política pública, la cultura fue mucho menos justa y entorpecida por otras cosas y el resultado fue corrupción en el ámbito y ejercicio de los recursos.
Después de la matanza de Tlatelolco, la idea de cultura comenzó a dividirse, y frente al gran concepto de cultural que se dirigía a la unidad nacional, se empieza a preferir simbolizar la variedad de identidades, que nacen de la nueva realidad de la urbanización, la movilización étnica y los cambios en la población.
Cuando llegó la época de los ochenta, por una parte están las crisis económicas, pero se impone lentamente una expectativa a las facilidades del consumo y la financiación cultural en el desarrollo económico. Sumando a esto la transformación de las empresas culturales y el boom de las nuevas tecnologías que introducen nuevas formas y agentes en el medio cultural. En la actualidad, por las variantes culturales que tiene nuestro país, por la emergencia de nuevas expresiones y prácticas artísticas, la política cultural mexicana está sometida a distintas solicitudes, muchas veces contradictorias.
Nacimiento de Conaculta
Cuando Salinas de Gortari en 1988 crea el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) hace asimismo un pacto institucional, pero tiene la intención un gobierno cuestionado de promover una nueva perspectiva de la cultura y provocar un acercamiento al horizonte intelectual. Conaculta aparece para mandar en las políticas y las instituciones culturales y administra las ayudas que ofrece el gobierno federal en este ámbito. El actual Conaculta coordina las vertientes culturales y esta conformado por instituciones como el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el gran patrimonio arqueológico y artístico.
Por otra parte, regulariza la televisión y la radio culturales del Estado, estudios y escuelas de cine, bibliotecas, una dirección de publicaciones y una red de librerías, festivales, centros de educación artística y otros espacios culturales.
Conaculta funciona para el progreso de la cultura, siendo la voz del Estado en el ámbito de la coordinación de las secretarias culturales, busca mejorar la descentralización; fija una administración más transparente respecto a los apoyos y contribuye a la creación por medio del Fonca; quiere progresar la renovación administrativa y hacer nuevas formas de política cultural junto con otros actores que trabajan de manera individual y/o social.
Aunque aún existen los retrasos en el orden y competitividad de la formación artística; la carencia de esquemas mas innovadores para incitar e integrar la actividad cultural al mercado. Por esto, especialidades y tradiciones creativas (como la cinematografía o el trabajo editorial) comienzan a perder presencia y se quedan estancados, en cierta parte por la carencia en las reglas de competitividad e incentivos para que puedan mantenerse por sí mismos dentro del mercado; disminuye la dispersión de propuestas y materias, reduciendo así el público interesado por la cultura.
Claro que estos inconvenientes no son culpa solamente de una política cultural, son el rezago de las constantes crisis económicas y mal manejo de intereses, es también el desarrollo injusto de las grandes empresas culturales y la deficiencia en general de una cultura educativa.
Por otra parte mejorar el diseño de la política cultural podría aminorar el golpe de esta realidad sobre la cultura. Cabe mencionar, algunos de los que podrían ser los problemas más importantes o a simple vista de la política cultural.
Patrimonio: Según la perspectiva de las investigaciones culturales más revolucionarias, lo que se denomina patrimonio es una porción selectiva de un algunoss monumentos, creaciones, lenguas y tradiciones que el Estado decide que son los representativos de una idea nacionalista. El patrimonio cultural de México es un conjunto variado de herencias, casi siempre conflictivas, y el rescate de estas conlleva dilemas y discusiones provocando un tipo de compromiso a que sean reconocidas, libres y el pueblo se sienta conforme.. El patrimonio cultural, lo podamos tocar o no, fuera de su importancia histórica y política, es una técnica que ha trascendido de generación en generación y resulta ser muy beneficioso.
Los mexicanos contamos con un generosa herencia llamada patrimonio. Por ejemplo, México se encuentra en el sexto lugar en el ranking de patrimonio mundial de la UNESCO. Sumando a esto los 1, 121 museos (lista del 2010), los más de 100 mil monumentos históricos y artísticos y la lista aumenta con las lenguas, tradiciones, música, comida, artesanías, vestimenta y diversidad que tenemos de sobra. Así hasta Conaculta admite que es un reto del INAH solucionar problemáticas de protección legal, mantenimiento técnico y renovación de museos. Asimismo, al INBA se le ha dificultado fortalecer el registro y orden para el apoyo del patrimonio histórico y artístico, que se aferra al rendimiento de una evolución urbana acelerada.
Patrocinios: Para algunas personas, los subsidios son el lado paternal que te vuelve privilegiado ante el Estado y altera el proceso de “selección natural” del artista. La justificación de los patrocinios es que promueven las obras que no tienen incentivos privados, debido a la poca utilidad inmediata de algunas labores culturales formales o experimentales. El Fonca nace como una súplica para administrar más ordenadamente los patrocinios que entrega el Estado a las obras y su presupuesto es no menor que el de Conaculta para apoyar a millones de becarios, esto significa que muchos recursos deben comprobar su transparencia y resultados.
En sus inicios, el Fonca, tenía escasas reglas, funcionó de manera turbia y tuvo evidentes abusos y cuotas de poder. Esto se ha ido corrigiendo en parte por el descontento de la comunidad cultural. Cabe mencionar que, como ha ocurrido, la defensa del arte se determine por la propia comunidad artística, pero con una serie de trabas que eviten inconsistencias y garanticen su imparcialidad. Además que los patrocinios deben probarse ante la sociedad como un financiamiento estratégico en el estudio y el desarrollo creativo y esto ser acompañado de un beneficiario responsable genere resultados.
Infraestructura y oferta cultural. Para las mayoría de la población, la vida cultural se encuentra siendo espectador de los medios y particularmente de la televisión abierta, pues las propuestas culturales están concentradas en algunos espacios. Por esto, es importante tener espacios culturales que amplíen las oportunidades de aprendizaje y entretenimiento a un públicos más amplio. Aumentar los perfiles de la audiencia va a incrementar el interés. Además, el crecimiento de nuevos públicos, por ejemplo en las poblaciones de bajos recursos, abre un panorama distinto para las personas y es una forma concreta de inclusión.
Ahora hablando de la lectura, aún con la difusión masiva de la educación y los esfuerzos de promoción, el uso de libros sigue siendo mínimo y no se ha logrado una familiaridad con la lectura. Entonces, más que crear a lectores masivos, podrían esforzarse en mantener y crecer paulatinamente el grupo de lectores. Esto implica ría fortalecer el mercado de los libros y que sea máss fácil que existan editoriales independientes, bibliotecas y puntos de lectura.
Empresas culturales. La cultura tiene una capacidad económica significativa y su producto puede facilitar la producción y exportación de material, elevar el campo laboral en el sector cultural, atraer el turismo y hasta podría favorecer a la regeneración urbana y rural mediante barrios artísticos, culturales y otros puntos de reunión culturales.
Modernización administrativa. El abandono administrativo provocaa desconfianza respecto la eficiencia en el empleo de los recursos, resta certeza y la política cultural se vuelve vulnerable ante los no-intelectuales del entorno político. Es necesario que los administradores y productores de la cultura requieran de personal especializado. Desde hace tiempo, la administración cultural se encuentra frente a situaciones estrictas en los contratos laborales, siento estos poco flexibles y eficientes .
Como esto no funciona del todo implica que gran parte del dinero destinado a la cultura lo orienten al gasto corriente, particularmente a los salarios. Generar gestiones en favor de la eficiencia es enfrentarse no solamente a la obstrucción de intereses poderosos, sino a un mayor costo político, debido al ambiente tan sensible que rodea a la cultura. Entonces, la gestión de esta necesita de un talento político auténtico para convenir intereses, crear nuevos apoyos para los trabajadores e integrarlos, sin desprestigiar sus derechos, se necesita una administración que revele los resultados y que beneficie a todos.
Una política modesta. Los políticos buscan en la política cultural un beneficio inmediato en cuestión de imagen, prestigio y gobernabilidad, y por esto lo hacen más dirigido hacia las actividades de gran proyección o favorecen a grupos particularmente influyentes o como dicen coloquialmente “tienen palancas”. Aunque, la solidez institucional (que no es necesariamente la clase administrativa) puede establecer un límite a estas predisposiciones, mediante la transparencia legal en la ley y la ocupación de las instituciones culturales; las personas a las que se les concederán las facultades y responsabilidades concretas, la claridad en su operación y administración y rendir cuentas.
Por supuesto que, no nos debemos hacer ilusiones excesivas: la política cultural puede cuidar de manera más eficaz el patrimonio, utilizar mejor la infraestructura cultural, facilitar industrias culturales y mejorar la promoción social y económica de estas actividades.
Es imposible convertir a México en un país de lectores, ni se puede crear por arte de magia una audiencia masiva hambrienta de espectáculos culturales. Estas podemos llamarlas aspiraciones poéticas y no solamente dependen de una política cultural sino de cuotas mínimas de ingreso, mejor oferta educativa e integración social. Se puede decir que la mejor aportación de una política cultural sería garantizar el respeto a la diversidad y la libertad en este ámbito, mejorar la situación para representantes, artistas e industrias culturales, oportunidades en materia cultural sean más equitativas y, sobre todo, ampliar el segmento del público de lectores, la audiencia del teatro, los que disfrutan una exposición y los que constituyen una serie de centro capaces de establecer una indiferencia a la inmovilidad del mercado y la política.