Navidad en todos lados
lasmalasdecisionesdecynthia:
Los días se habían sucedido como… bueno, se habían sucedido al fin. La vida de un prófugo no es particularmente uniforme como para encasillarla en una comparación poética trillada, especialmente cuando la persona fugitiva era una figura del calibre de ella.
Durante toda su vida, Cynthia había sabido hacer bien más de una cosa, pero si había un área en la que realmente había triunfado era en no realizar tareas que no eran de su agrado; en pocas palabras, ella no iba a hacer nada que no quisiera. Manejaba con una destreza pocas veces vista el “arte”, como llamaba ella, de empujar los límites y torcer las situaciones de modo que terminaran resultando favorables para sus intereses. No había faltado quien considerara que dichos dotes podrían haberse aprovechado más satisfactoriamente en el área de legales de alguna empresa con pocos escrúpulos, pero tampoco quien entendiera inmediatamente que ella no habría hecho jamás algo así, además, odiaba a los abogados por esa necesidad de ser aburridos hasta el hartazgo e innecesariamente molestos con sus tecnicismos.
Sí, ella había hecho siempre lo que se le diera la gana y nunca había recibido más que algunos regaños llenos de desánimo de sus eventuales jefes, de algún ocasional empleado administrativo frustrado, o de sus amistades agotadas de sus manías a veces un tanto excéntricas. En ese aspecto, su vida había sido relativamente simple, especialmente desde que había alcanzado su título como la máxima figura en lo que refería a combates pokémon de Sinnoh y de todo el mundo.
Sin embargo, hubo un día en que escuchó un “no”.
Fue un “no” rotundo, que había hecho eco en toda la habitación por más que había sido comunicado por teléfono. Un “no” tan seco que habría preocupado a Milotic, un “no” tan helado que habría lastimado a Garchomp, un “no” tan real que terminó lastimándola a ella, que pocas veces había escuchado esa palabra.
“¿Cómo que ‘no’?”, se había aventurado a responder, como si se hubiera tratado de una negación como cualquier otra, una de esas débiles que podía aplastar solo con su mirada. “Lo lamento, esta vez es imposible. Esto viene de arriba, Cynthia, de mucho más arriba de lo que se rumoreaba. Parece que ahora las cosas van a cambiar, cambiar en serio”, le había respondido una voz que ya no congelaba, pero que tampoco solucionaba las cosas.
Sinnoh había sabido ser una región pacífica, famosa por su cultura y respeto por la naturaleza, por su historia y por las muchas atracciones turísticas que poseía. Desde que Cynthia tenía memoria, su hogar había sido un buen lugar para vivir. Tenía ciertos defectos, sí, como todo, pero no lo habría cambiado por nada. El problema había comenzado hacía unos tres años, allí todo había dado un giro brusco, molesto y hasta dañino. Resulta que vaya a saber Arceus por qué, el general de la población de la bella región se había cansado del Alcalde de Sinnoh, un hombre tranquilo, amable, que había trabajado intensamente por llevar aquel pedazo de tierra al lugar lleno de esplendor que Cynthia conocía y amaba. A mucha gente le había tomado por sorpresa aquel cambio, no le encontraban sentido que de un día para otro el máximo dirigente cambiara por otro que apenas si sabían que era el dueño de Jubileo TV.
Desde que aquel hombre se adueñó del poder político de Sinnoh, los cambios se hicieron presentes. Los más profundos y crueles habían sido inmediatos, para que la gente no supiera qué estaba ocurriendo y no quisiera quejarse por miedo a ser demasiado precoces planteándole sus inconvenientes al recién llegado. Otros no menos importantes habían sido sembrados meticulosamente, como si se tratara de un plan que había estado gestándose durante décadas o como si simplemente se siguiera una receta de cocina. Con ello, se había creado una situación de desconcierto, de desinformación. Había un clima denso, era fácil sentirse abrumado entre tanto ocurriendo todo el tiempo.
Los cambios en la Liga tardaron más en llegar por tratarse de una de las instituciones más fuertes de toda la región. Tanto Cynthia como el resto del Alto Mando se conocían hacía mucho tiempo, incluso más del que llevaban ocupando sus puestos. Además, al ser figuras respetadísimas en todo el mundo, debían manejarse con cuidado para con ellos. Ninguno se dejaría pisotear, especialmente Cynthia, que se sentía lista para atacar cada vez que venía un camión con oficiales armados a buscar las “evaluaciones de desempeño” tanto de ella como de sus compañeros y del sistema que conocían y habían defendido por añares, o que la obligaban a ir a pesadas reuniones gubernamentales donde le hablaban como si fuera otra propaganda política de esas que se escuchan a toda hora en la radio.
Poco a poco, aquel oasis que se había creado en el trabajo de la rubia campeona había comenzado a secarse. Un poco porque en las regiones cercanas estaba ocurriendo el mismo tipo de cambios políticos intensos, otro poco porque el gobierno se había afianzado de forma tal que había adquirido el poder para hacer básicamente lo que quisiera sin que las quejas de nadie alcanzaran para hacerle frente.
Cada día era peor que el anterior. No querían a Cynthia allí, pero ella lo sabía y no les daría el gusto por más que ello implicara que le tiraran encima toda la burocracia de Sinnoh, tener que cerrar la heladería que estaba en la salida de la Calle Victoria, utilizar un permiso de vuelo o registrar a Garchomp como “criatura potencialmente peligrosa de grado 11” siendo que dicha calificación, además de ser ridícula, solo llegaba hasta el número 10.
Porque si cambiaban las reglas del juego, igual ella seguiría jugando hasta que le volvieran a ser favorables tanto para ella como para las mayorías. No podía dejarse vencer como si nada, y si bien sus mejores combates eran con pokémon, podía soportar unos cuantos rounds entre humanos. Lo que no toleraba ni iba a tolerar era que metieran a otros en el medio solo por ella. Y por supuesto que fue el siguiente paso de sus enemigos, que si bien podían mostrarse como imbéciles de traje ante las cámaras y micrófonos, sus planes distaban mucho de esa ingenuidad estúpida.
Varios días después, cuando Cynthia se disponía a hacer un recorrido inocente por Ciudad Corazón, sentía que la miraban de forma distinta a la habitual. Los constantes “¿Qué tal, Cynthia, cariño?” se habían convertido en murmullos ácidos; los “¡¿Cynthia?! ¡¡¿¿Podemos tomarnos una selfie??!!” no se estaban manifestando, habían sido reemplazados por miradas esquivas. No entendía qué estaba pasando, y por ello decidió ir al gimnasio a preguntarle a sus fuentes confiables qué demonio estaba ocurriendo en esa ciudad.
Como Fantina se encontraba practicando para los concursos que tendrían lugar esa semana, dialogó con el encargado del lugar, un hombre amable que la conocía desde que ella había combatido allí por primera vez, cuando Garchomp no era Garchomp, y Roserade no era Roserade ni había soportado su primer otoño. El caballero le habló en susurros y con franqueza: “Cynthia, niña, la cosa se está poniendo muy fea. Parece que a las seis de la mañana le llegó un telegrama al jefe de la Liga diciendo que iban a prescindir de sus servicios. Y eso no es todo… no, no… ¡ojalá lo fuera! Su reemplazo es un íntimo conocido del Alcalde, y ya sabemos lo que significa eso, nada positivo te lo aseguro. He vivido toda mi vida en Sinnoh, he visto desfilar a varios alcaldes, pero nada como esto…Niña, tienes que ser fuerte, especialmente porque…”. Las palabras de aquel hombre habían logrado hacerla sentir demasiadas cosas en cuestión de segundos. Había pasado de un dolor profundísimo por la pérdida de su jefe, mentor y, en cierta forma, familiar, una persona que la había acompañado en todo su camino como campeona, alguien que la había aconsejado incluso cuando ella creía conocer todas las respuestas; también la había abordado la indignación de que hubieran utilizado un telegrama a esa hora, un ataque por la espalda sin la mínima cortesía de una reunión donde tuvieran la valentía de decirle las cosas en la cara; pero sin dudas la más fuerte había sido el odio, el odio mezclado con la impotencia de saber que no podía hacer mucho al respecto, al menos de momento, que debía seguir peleando desde su lugar hasta conseguir un terreno más fértil para poder triunfar.
Le agradeció amablemente al hombre y se fue lo más rápido que pudo hacia el edificio de la Liga para poder comprender mejor la situación y discutirla con sus colegas. Fue un vuelo pesado en el que las gracias de Togekiss no sirvieron para despejar la mente de su querida entrenadora. Ella solo quería llegar y tomar cartas en el asunto.
Cuando llegó, encontró en la puerta a sus cuatro imprescindibles colegas y a otra persona, quien supuso que sería el reemplazo de su querido y único verdadero jefe.
—¡Señorita Cynthia, la estábamos esperando! —anunció el extraño con ese exceso de cordialidad desagradable que poseían todos los de su clase —. Tenemos muchas cosas para informarle. Ha habido una serie de cambios y me gustaría ponerla al tanto para que podam…
—Sí, me he enterado que usted es el nuevo jefe de la Liga, el reemplazo de Carlos —interrumpió ella con cara de pocos amigos.
—Vaya, veo que está al tanto de las noticias. Sin embargo, eso es cierto y a la vez no —soltó alzando las cejas —. Verá, soy en efecto el nuevo “jefe”, si así gusta referirse al cargo, pero el verdadero reemplazo del señor será usted.
—¿Perdón? ¿Qué está queriendo decir con eso? No tiene ningún sentido y es muy temprano para bromas de mal gusto.
—Nada de bromas, estimada. Resulta que estamos en proceso de reestructuración y modernización con el fin de optimizar el funcionamiento de las instituciones de la región. Sinnoh es una región con muchos elementos para ser grande, pero estos por años se han desaprovechado y estamos aquí para cambiar eso.
Cynthia lo fulminó con la mirada, sabía que no debía abrir la boca al menos hasta que terminara de detallarle la situación. Apretó sus puños dentro de los bolsillos y puso su mejor cara de revista.
—Continúe por favor, sigo intrigada.
—Bien, como decía, en el marco de este proceso decidimos que lo mejor para dirigir la Liga es que la propia campeona oficie también de jefa, y, para su orientación y fiscalización, estaré yo. Despreocúpese, mi oficina no estará aquí, ni tendrá que verme todos los días. Considéreme una garantía de su gestión exitosa nada más.
—¿Y qué pasará con Carlos?
—Estaba pasado de la edad de jubilación, así que decidimos realizarle los trámites de forma inmediata para que empiece a disfrutar de su retiro. No se preocupe por él, estará mejor que nunca. Además, supongo que será mejor que empiece a familiarizarse con sus nuevas funciones lo antes posible, a no ser que quiera que se las explique en una nueva reunión.
—No hará falta, estaba corta de lectura ligera.
—Entonces, nos vemos luego. Me tomé la libertad de contratarle una secretaria que servirá de nexo entre nosotros, y ella está al tanto de su agenda y nuestras próximas reuniones.
Cynthia no lo podía creer. No solo habían echado a Carlos por un pelele cualquiera, sino que ella había adquirido muchas tareas burocráticas ridículas ¡y hasta le habían asignado una secretaria! Enojada, fue directo a su espacio dentro del edificio, quería sentarse y analizar la situación. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para ponerse con ello, puesto que en cuestión de segundos llegó una mujer de al menos diez años más que ella, con cara de pocos amigos pero que igualmente le dirigió la palabra de forma cortés y un tanto exagerada.
—Señorita Cynthia, le hago entrega del manual de tareas. Estoy terminando de armar su agenda. Cualquier cosa, siéntase libre de llamarme, mi oficina está temporalmente en la planta baja. Por cierto, mi nombre es Carolina —informó y se fue antes de que la rubia pudiera, aunque sea, saludarla con la mano.
Con el manual entre sus manos, decidió hojearlo. Parecía estar lleno de trivialidades como códigos de vestimenta que no seguiría ya que su incumplimiento no aparejaba ninguna sanción, o un calendario con los días festivos marcados. Sin embargo, una página estaba marcada con un clip de metal dorado. Fue directo a ella y allí encontró lo peor. El título de aquella sección rezaba “evaluaciones de personal”, y con palabras esforzadamente amables se ocultaba un significado cruel: la jefa de la Liga debería recibir evaluaciones personales de cada miembro del Alto Mando y de todo el personal que trabajara allí, sin embargo, estas serían realizadas por el resto de los individuos para luego ser procesadas por un algoritmo que haría un ranking de eficiencia y, el trabajador menos eficiente del bimestre, sería removido de sus funciones permanentemente. A Cynthia se le cayó el alma al suelo. No podía obligar a nadie a escribir la evaluación de otra persona, especialmente si ella tenía fines de despido. Se crearía una competencia feroz y un clima de desconfianza que la horrorizaba de solo imaginarlo. Las personas que trabajaban allí eran amables, pero eso podía cambiar cuando sus únicas fuentes de ingreso se vieran atacadas (y la verdad, ella no podría juzgarlos enteramente por eso).
La rubia no pensaba firmar nada de ese estilo pero, ¿qué escapatoria le quedaba? Especialmente cuando debía poner en marcha aquel macabro sistema de despidos desde ese mismo momento.
Desanimada, decidió recurrir a la única persona a la que no quería molestar en ese momento: a Carlos. Él no solo había sido el jefe de la Liga por muchísimos años, sino que su formación en leyes podría serle de mucha utilidad a la hora de entender la validez de esas órdenes que le habían arrojado de un momento para otro. Y fue en la llamada telefónica que efectuó que recibió el “no” más doloroso de su carrera. Pero aquello no había terminado allí: Carlos, dolido pero queriendo mostrar compostura, le explicó que en la televisión habían anunciado la noticia de forma que parecía que ella misma había sido la culpable de su despido, y a la gente no le había gustado aquella información. Se despidió como pudo y le prometió que haría algo al respecto, que la esperara un poco.
Tomó sus cosas, y se fue. Le anunció a su secretaría que tenía algo importante que hacer lejos, en otra región. Algo de un torneo, o quizás una entrevista y presentación en una universidad. No importaba cuál fuera la excusa, si algo sabía sobre ese maldito reglamento era que todos los campeones podían ausentarse un máximo de tres meses con la posibilidad de prorrogar ese plazo por otros tres meses más si mediaba causa suficiente (bendito Red y sus viajes largos). Entonces, ella iba a hacer uso de ese tiempo para recomponerse y planear su revancha. No iba a dejar que pisotearan su hogar, no más.
Hacía frío, mucho frío. Tanto frío que después de un tiempo la mente olvidaba aquello. Porque es la mente la que se encarga de las sensaciones, ¿verdad? Quizás las horas y los días se movían igual, pero si la mente estaba dedicada a otra cosa, la persona no se enteraría de ello, y la mente de Cynthia estaba en otra cosa ajena al clima y al paso del tiempo.
Lo único que pudo alterarla fue una voz porque, claro, donde estaba nadie hablaba. Ni ella lo hacía. A decir verdad, no podía hacerlo. La forma que alejaba el frío mortal de aquel lugar también alejaba las palabras de su boca y sus capacidades.
Fue liberada de ese estado y sintió que todo el frío acumulado la atacaba. La manta que la cubría no podía encargarse de todo. Sin embargo, decidió no quejarse inmediatamente ni responder a lo más urgente que se suscitaba en aquel momento.
—Te aseguro que Garchomp prefiere esto a usar correa o estar en una jaula en la oficina de mi secretaria —comentó con la boca algo adormecida. Realmente hacía frío.
Se estiró, había pasado bastante tiempo sentada. O quizás había sido el frío. Realmente no podía hacer la distinción, y tampoco le importaba.
—¿Oh? Así que también soy una fugitiva ahora. Mi semana para de mejorar. Y recién es miércoles —expresó moviendo su cuello para hacerlo tronar.
De un bolso cubierto de nieve sacó una cápsula donde estaba su ropa en un estado que a su abuela no le habría agradado para nada. Se vistió sin prisas, acomodó su cabello de la forma que le resultaba menos molesto.
—Ni un respiro, no me dan ni un respiro. La verdad que empiezo a considerar la jubilación anticipada. O quizás un retiro al campo, eso también podría servir, supongo. No es lo mismo, pero al menos no me molestarán.
Decidió no seguir con su monólogo para servirse una taza de café que extrajo prudentemente de otra cápsula. Esperó unos segundos a que su garganta recuperara su temperatura habitual y decidió hablar nuevamente:
—Cuando las papas queman siempre vienes a buscar a Cynthia, ¿no es cierto? Pues dime, ¿qué pasó esta vez?
—Un poco de esto, un poco de aquello. Deberías verlo tú misma.
Con el ejército mediático tan interesado en lo ocurrido cuatro años atrás, Falkner había tenido que buscar un nuevo lugar para relajarse. Si bien sabía que no le convenía huir por completo de los gritos callejeros ni de los periodistas que casi literalmente chupaban la sangre, también era cierto que su propia salud mental no podría resistir esa clase de acoso veinticuatro horas al día. Por fortuna, Dodrio estaba al tanto de que la base de una antigua fuerza parapolicial había dejado de funcionar décadas atrás, pero aún podía proveerles un rato de abstracción y tranquilidad lejos del gimnasio.
Acceder al lugar no era nada complicado: los escáneres biométricos llevaban descompuestos mucho tiempo y las puertas, aunque de metal reforzado, cedían ante el menor rodillazo. En el interior, nada vistoso. Sillas tiradas, un televisor colgado de una pared y varias goteras por habitación. Además, Tropius había sido capaz de reparar solo una de las luces, por lo que la iluminación no era demasiado cálida.
—No duermo, no como. No recuerdo cómo trabajar; a esta altura simplemente entrego medallas al azar y trato de poner cara de que tengo un método. No nos dejan en paz. Ni a ti, ni a mí, ni a nadie.
Falkner acomodó una de las sillas y se sentó en ella. Así se evidenció el buen estado de uno de los pocos sistemas que todavía funcionaban en el recinto: la televisión se encendía cada vez que alguien se sentaba.
La pantalla mostró de inmediato a media docena de hombres de alrededor de cuarenta años vestidos con camisas de colores pastel y sentados alrededor de una mesa de vidrio. Un zócalo gritaba en letras blancas: “¿DONDE ESTA LA CAMPEONA DE SINNOH?” y en la esquina superior derecha se exhibía una imagen de Cynthia retocada para que pareciera tener un arma de plástico naranja en una mano y un helado en la otra.
—Cobramos en cuotas, ¿te enteraste? La resolución 12/0415 dice que los sueldos de todos los empleados de la Liga de Johto pueden fraccionarse ante una eventual crisis. Lo mismo corre para encargados de centros pokémon. ¿Qué son esos números, Cynthia? ¿Qué es una resolución?
El líder de gimnasio se levantó de su asiento. Caminó con pesadez hasta que se topó con Sirk y una vez allí se arrodilló delante de él. Falkner intentó ponerle una mano en el hombro, pero un ligero ataque de tos del pokémon lo obligó a esperar unos segundos antes de hacerlo. Desde allí, sin mirar a su colega entrenadora, explicó:
—No entiendo. No entiendo nada de lo que está pasando. Parece a propósito, como si de verdad hubiéramos hecho algo mal. ¿Hicimos algo mal? —Falkner volteó con violencia—. Dime, ¿¡hicimos algo m…
Detuvo su discurso repentinamente, quizás por haber notado que el llanto empezaba a apoderarse del resto de sus emociones. Respiró y trató de concentrarse. No, definitivamente no habían hecho nada mal. Al menos hasta entonces.
Al ponerse de pie, su mirada parecía más rígida, casi robótica. Con un gesto invitó a que Cynthia lo siguiera. Caminó hasta la pared opuesta a la de la entrada, en donde una oxidada reja corrediza era lo que anunciaba el acceso al ascensor. Hubo que hacer algo de fuerza, pero, por fin cedió.
—Digamos que… Fletchinder adquirió ciertos dotes antes de empezar un viaje con Bel. Hace unas semanas decidimos hacer uso de ese… talento. Solo por las dudas, por si la situación llegaba a un punto difícil de remediar.
El ascensor llegó a destino y Falkner volvió a esforzarse para correr la reja. Delante de la abertura los esperaba un corredor de cuatro o cinco metros, sobre cuyo final colgaba un tubo fluorescente. Debajo de esa luz, dos maniquíes. Uno más alto que el otro, sí, pero los dos revestidos con gruesos abrigos de color negro con bordes de algodón blanco tanto en los extremos de la tela como en los límites de los bolsillos. Las extremidades inferiores iban cubiertas por calzas y botas también oscuras, y sobre la cabeza reposaba un gorro cónico (también negro) con más algodón alrededor de la base y en la punta, a modo de pompón.
—Si ni los medios ni nuestros jefes nos dejan en paz… ¿por qué deberíamos garantizarles una feliz navidad?
Cynthia elegía no responder, un poco por desconocimiento (la pregunta sobre qué era una resolución bien podría haberla hecho ella), otro poco porque era evidente que Falkner necesitaba expulsar ciertas cosas de su sistema, y el poco restante porque no sabía qué decir. En Sinnoh estaban atravesando una solución absurdamente similar y no se sentía con autoridad para contestar algo que ella no se había sabido responder a sí misma, ni a su gente. En cambio, elegía prestarle atención a las diversas comodidades del lugar, amargarse en silencio por lo que la televisión le informaba (especialmente por aquella foto trucada sin el más mínimo criterio de sus verdaderas proporciones) o simplemente limitarse a asentir como quien no quiere la cosa.
Llevaba un buen tiempo tratando de decidir qué hacer ante su situación en la Liga, y no solo no había logrado hacerse con una solución, sino que ahora se le agregaba el título de fugitiva. ¡Simplemente por querer ofrecer una Navidad mejor para los niños! Aquello excedía cualquier límite de lo ridículo, especialmente porque aquello había ocurrido hacía cuatro años. ¡Cuatro años! Apenas ella misma podía recordar la Navidad de hacía cuatro años.
Estaba ofendida, dolida y enojada, especialmente enojada. Sin embargo, permanecía en silencio.
Pero ya estaba aburrida del silencio.
Había un límite para lo absurdo de las medidas que se estaban tomando en las regiones de Johto y Sinnoh, sí, pero también había un límite para su silencio e inacción.
Si bien estaba cansada, muy cansada, eso no extinguía su enojo e impotencia, y aparentemente eso no había pasado con Falkner tampoco. Debía admitir que verlo con tantas ganas de tomar cartas en el asunto le devolvía parte de su energía que creía congelada en aquel clima inhóspito. ¡Incluso se las había arreglado para preparar trajes para la ocasión!
—Supongo que, a pesar de todo esto, no podemos evitar darles una feliz Navidad a los niños… Y puede que eso implique molestar a algunas personas de traje. Y puede también que eso signifique el comienzo de nuestra venganza —comentó con sencillez, como si acabara de hacer un ejercicio lógico elemental.
Sin ganas de perder tiempo, que ya había desperdiciado bastante quedándose de brazos cruzados en forma de gigante de nieve, se dedicó a ponerse el complejo pero simpático traje que Fletchinder había realizado con sus propias… ¿patas? Eso era bastante interesante, especialmente porque solo había criado una manada de pokémon que apenas tejían bufandas por enseñanza de su abuela.
Le agradaba el traje, era increíblemente cómodo, práctico, y no podía negar que el sombrero le quedaba increíble. Soltó unas carcajadas al pensar que aquel conjunto iba en contra de todas las normas de vestimenta que le habían entregado en el inmundo manual que le habían entregado en el primer día de su nuevo puesto.
Sintiéndose del todo renovada, se tomó unos pocos segundos para buscar en su bolso por la cápsula de Garchomp, su fiel compañero dragón al que desde que había huido a la nieve no había visto por su propia seguridad. Tras presionar el botón blanco, la gran criatura violeta se materializó envuelta en diversas prendas de lana y su habitual cara de pocos amigos.
La rubia campeona saltó para abrazarlo y, aunque el gigantón en principio no entendía qué estaba ocurriendo, pronto entendió que si su entrenadora estaba vestida de esa forma extraña y estaba Falkner cerca suyo, definitivamente pasaría algo interesante, algo para lo que requerirían su ayuda.
—Puede que solo hayan pasado unos cuantos días, pero no pude evitar extrañarte mucho, mucho ~ Realmente parecieron años. Desafortunadamente, no tenemos tiempo para llorar. Resulta que debemos, nuevamente, salvar la Navidad y esperar que con ello se nos allane el terreno para que Sinnoh, o al menos la Liga, vuelva a ser como antes. ¿Qué dices?
La figura de amplio tamaño gruñó con fuerza: claro que estaba de acuerdo. Pocas cosas ansiaba más que vengarse de aquellos que lo habían intentado limitar a un collar y un papel que tratara de explicar lo peligroso que era. Cynthia festejó realizando un pequeño aplauso. Luego, caminó hasta volver al lado de Falkner y hacerle el comentario clave:
—Imagino que tendrás un plan. No creo que te hayas limitado al diseño de indumentaria, los trajes están lindos pero no es tu estilo.
















