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we're not kids anymore.
Aqua Utopia|海の底で記憶を紡ぐ

JVL
Game of Thrones Daily

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shark vs the universe
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❣ Chile in a Photography ❣
Three Goblin Art

@theartofmadeline
Jules of Nature

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JBB: An Artblog!
PUT YOUR BEARD IN MY MOUTH
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Lint Roller? I Barely Know Her
Cosimo Galluzzi
RMH
noise dept.
Cosmic Funnies

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@nohayfalknerparafalkner
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Japanese Ukiyo-e inspired / “The Forest”, “The Palace” and “The Sea”.
01.06 - “Heart of a Titan” | 02.01 - “Sol Regem”
I like how Boltund looks when you make curry, he’s a funny boy!
now that’s what i call relationship development
Also nothing is cuter than the fact that Callum wants everyone to know that he and Rayla are dating. Like, lowkey, he wants everyone to know he’s in love with this beautiful, heroic elf.
He wanted to tell The Dragon Queen.
first date shenanigans
Después de tanto tiempo
En caso de que alguien siga aún esta cuenta, o haya llegado aquí por cualquier otra razón, debe saber que este grupo cerró oficialmente en mayo del 2018.
Aún así, el roleplay es algo que nos ha mantenido juntos durante mucho tiempo y la mayoría seguimos escribiendo, que al fin y al cabo es la razón por la que todos acabamos aquí juntos.
Esperamos poder seguir escribiendo, y actualmente hemos montado nuestro propio grupo de roleplay de fantasía @hotelrelictus, donde estamos varios miembros antiguos del grupo.
De todas formas, aquí dejamos una lista con todas nuestras nuevas direcciones. Siempre podemos volvernos a encontrar una vez más.
WHITNEY / Alan es ahora @yellowmagenoelia
CORELIA / Atenea / Yellow es ahora @neverendingwish
FALKNER / Eureka es ahora @99-colecciones
GLADION / Mei / Kayden es ahora @pinkloveletters
SAPPHIRE / Lillie / Lissete es ahora @pure–innxcence
KIRYU / Sol es ahora @yoshixa
SNAP / Jayden es ahora @soundproof-lyrics
KEYRA es ahora @ofpaperandquills
Intentaremos actualizar esta lista cuando podamos.
dicen por ahi que morty ya te ha visto sin ese kimono
-La verdad es que sí, vamos juntos a clases de natación todos los jueves-
Sé que no entran más a esto, pero estaba stalkeando a Sapphi y sentí la necesidad de recordar esto.
Navidad en todos lados
—Salgo, ma.
—¿Con esta lluvia? ¿A dónde vas?
—Con los chicos.
—Bueno, pero no vuelvas tarde.
Garima se acomodó el poncho para no sentarse sobre él una vez montada en Rapidash. Le dio dos palmadas en el cuello y la veloz criatura aceleró como solo ella sabía hacerlo. Tenía claro el destino porque lo habían pactado esa misma mañana y llevaban mucho tiempo sin poder darse el lujo de cambiar de decisión.
El equino flameante se detuvo a un costado de la salida principal de una importante fábrica de productos de vidrio, justo enfrente de la estación de trenes. Una vez allí, Garima se cubrió la cara con el pañuelo de tela y empezó a susurrar su canción.
Rosas, tela, mañanas felices. Abuela, hermana, crecen conmigo.
El sonido de un potente timbre inundó el vecindario.
¿Sabes si nieva o está oscuro? Abuela, hermana, canten conmigo.
El portón principal de la fábrica se abrió y poco a poco empezaron a emerger trabajadores y trabajadoras de todas las edades dispuestos a regresar a su casa luego de unas ocho horas desgastantes.
Volemos juntas, ya todo está dicho. Bajo el puente, pensamos, estamos a salvo.
El encargado de seguridad fue el último en salir. Rapidash recibió dos nuevas palmadas en el cuello y aceleró una vez más. “Derribo”, susurró la joven. Luego de cargar al guardia inconsciente sobre el lomo de su pokémon, Garima volvió a partir a toda velocidad.
A pesar de que Falkner no estaba ni cerca de considerarse un ignorante en lo que respecta al contacto humano, lo desconcertaba un poco el hecho de que Cynthia pudiera cambiarse en cualquier lugar. Sí, es cierto, se trataba de una persona con la que literalmente habían compartido ya sus cuerpos y parecía bastante improbable que quedara algún secreto por revelar, pero eso no quitaba de la conversación el hecho de que ella había rozado la indecencia dos veces en un par de horas. Otra de las desventajas menos difundidas de las crisis: no hay tiempo de pararse a repasar códigos de conducta.
—Hay un baño en el piso de arr… —intentó explicar, pero lo detuvo la aparición de Garchomp.
El peliazulado saludó al icónico tipo Dragón con una reverencia, procurando no interrumpir las demostraciones de afecto que compartía con su entrenadora. Aprovechó el tiempo para acercarse a uno de los casilleros metálicos que rodeaban los maniquíes. Extrajo de ahí una diminuta bolsa de tela y luego liberó a Pidgeot de la cápsula que tenía en el cinturón. Acto seguido, desajustó el cordón de la bolsa de tela y la colocó invertida sobre la palma de su mano. Dos pseudoesferas de variadísimos colores cayeron de inmediato. Falkner examinó por un momento una de ellas, de tonos violáceos, y luego la arrojó a su tercera rubia preferida.
—Son caras, pero se compran en otras regiones. Y… pensé que… con todo esto, podríamos no volver a tener pronto una oportunidad de conseguirlas. Dodrio y Tropius encontraron, además, la forma de convertir nuestras pulseras en megaaros, así que podemos transformarnos y megaevolucionar a Pidgeot y a Garchomp con el mismo accesorio, ¿no es genial? Quiero decir… dentro de todo.
Lo primero que el guardia vio al despertar fue la difusa silueta de la llama que parecía iluminar toda la habitación. Tardó unos segundos en dilucidar que se trataba de Rapidash y otros más en darse cuenta de que la silueta de Garima lo observaba junto al pokémon.
—En las películas, lo primero que hacen al despertar es intentar escapar y darse cuenta de que están atados, ¿por qué no hiciste lo mismo?
Algo mareado, el guardia dirigió la mirada hacia sus manos. Efectivamente, las tenía atadas a los caños de lo que parecía ser una suerte de estantería metálica.
—Oh, excelente, spoileé la sorpresa. Siempre me pasa lo mismo, no aprendo más. En fin. ¡Hola! Esto no va a durar mucho, siento la desprolijidad. Terminemos rápido así podemos volver a casa, mi mamá no quiere que vuelva tarde. Antes de trabajar en la fábrica eras guardaespaldas para Álamo Seguridad, ¿cierto?
El guardia echó la cabeza hacia atrás. Había empezado a sentir el dolor del golpe, pero sorprendentemente no era eso lo que más le molestaba en ese momento.
—Está bien, no debías responder, era por cortesía, para no parecer stalker. Anoche tuve la oportunidad de estar en una de sus sedes y de ahí saqué tus datos. La pregunta que sí debés responder es la siguiente —Se aclaró la voz—: ¿dónde está el terreno del juez Galicio?
Incómodo, sediento y dolorido, el hombre eligió no responder. Colaboraba con su decisión el hecho de que lo que tenía delante no parecía ser más amenazante que un gatito recién nacido.
—Ey, ¡dije que esa sí debías responderla!
Rapidash levantó una pata y la apoyó con todas sus fuerzas sobre uno de los tobillos del guardia. El grito fue lo bastante fuerte como para que Garima tuviera que taparse los oídos.
—¡En Johto! ¡Al oeste del lago de la furia hay tres terrenos, el último es el del juez Galicio! ¡Tiene un cerco de alambre!
—¡Eeeeso es! Muchísimas gracias. Tanto yo como mi mamá te lo agradecemos.
Garima sacó su teléfono celular y accedió a la pantalla de marcado. Allí pulsó tres números y se acercó el aparato a la oreja.
—¿Hola? ¿Emergencias? Me parece que escucho gritos en la casa de al lado, ¿podrían mandar a alguien?
—Todo depende de lo que queramos conseguir en concreto, pero creo que los dos coincidimos en que lo fundamental es el tratamiento de la información, ¿cierto? Así que, se me ocurrió que quizás podíamos acercarnos a un canal y dar una entrevista. Limpiar nuestra imagen y salir de ahí por si llamamos demasiado la atención.
Pidgeot torció la cabeza.
—¿Geot?
—Sí, bueno, habría que pulirlo.
—¡Tto, geot, peh!
—¡Si se te ocurre algo mejor, deberías decirlo!
La discusión sobre los planes ridículos del líder de gimnasio no se prolongó demasiado. Enseguida se oyeron golpes que interrumpieron la charla. Provenían del piso superior. El silencio consumió el lugar.
Los sonidos se oyeron una vez más cuando todos habían vuelto a la planta principal. Provenían de la puerta. Con la mirada, Tropius consultó si debía abrir a pesar de que no esperaban a nadie. Falkner asintió, pero miró a Cynthia para reconfirmar.
Cuando el espacio fue lo suficientemente grande, ingresó al lugar una señorita de baja estatura que vestía un poncho negro y llevaba un pañuelo alrededor del cuello. Detrás de ella, apareció también un Rapidash con expresión jocosa.
—¡Aaaaagh! ¡Qué frío hace! En serio, si van a salir, abríguense. Veo que llegué justo a tiempo, ¿verdad? Cynthia ya tiene el traje puesto. ¡Ay! ¡Perdón! Estoy nerviosa y no sé hablar. Es un honor conocerlos, los modales primero. Eeem… Buf… Tanto tiempo practicando y los discursos nunca salen como una los planea, ¿no? Bueno, ¡ah, sí! Mi nombre es Garima.
Anonadado, Falkner acercó su mano al bolsillo en el que guardaba el megaaro. Buscó con la mirada a todos sus pokémon y trató de indicarles con los ojos que rodearan a la figura misteriosa que acababa de llegar.
—Oh, no, por favor. ¡Estoy de su lado! Vine a sugerirles su próximo objetivo. Si me lo permiten, claro. Verán, eh… ¿el juez Galicio? ¿Uno de los encargados de que ustedes dos sean el centro de todos los ataques? Bueno, tiene un terreno en Johto en donde cría Mareep en condiciones deplorables. Reducir costos, maximizar ganancias, ya saben cómo es eso. No quiero presumir, pero estoy enterada de quiénes son ustedes, ¿no sería genial que todos esas criaturitas del señor encontraran un hogar ameno en Navidad? Como lo hicieron hace años, ¡qué inolvidable! Gracias por eso, por cierto. Gracias a ustedes conocí a Rapidash, mi primer pokémon.
Falkner seguía en silencio, paralizado. Miró a Cynthia, esperando que ella actuara o, al menos, comprendiera la situación.
—Sí, ya sé, mejor me voy, no quise molestar. Solo quería pasar a dejarles la ubicación del terreno y decirles que cuenten conmigo para lo que quieran. Por cierto, Cynthia, ese traje te queda adorablemente lindo.
Navidad en todos lados
lasmalasdecisionesdecynthia:
Los días se habían sucedido como… bueno, se habían sucedido al fin. La vida de un prófugo no es particularmente uniforme como para encasillarla en una comparación poética trillada, especialmente cuando la persona fugitiva era una figura del calibre de ella.
Durante toda su vida, Cynthia había sabido hacer bien más de una cosa, pero si había un área en la que realmente había triunfado era en no realizar tareas que no eran de su agrado; en pocas palabras, ella no iba a hacer nada que no quisiera. Manejaba con una destreza pocas veces vista el “arte”, como llamaba ella, de empujar los límites y torcer las situaciones de modo que terminaran resultando favorables para sus intereses. No había faltado quien considerara que dichos dotes podrían haberse aprovechado más satisfactoriamente en el área de legales de alguna empresa con pocos escrúpulos, pero tampoco quien entendiera inmediatamente que ella no habría hecho jamás algo así, además, odiaba a los abogados por esa necesidad de ser aburridos hasta el hartazgo e innecesariamente molestos con sus tecnicismos.
Sí, ella había hecho siempre lo que se le diera la gana y nunca había recibido más que algunos regaños llenos de desánimo de sus eventuales jefes, de algún ocasional empleado administrativo frustrado, o de sus amistades agotadas de sus manías a veces un tanto excéntricas. En ese aspecto, su vida había sido relativamente simple, especialmente desde que había alcanzado su título como la máxima figura en lo que refería a combates pokémon de Sinnoh y de todo el mundo.
Sin embargo, hubo un día en que escuchó un “no”.
Fue un “no” rotundo, que había hecho eco en toda la habitación por más que había sido comunicado por teléfono. Un “no” tan seco que habría preocupado a Milotic, un “no” tan helado que habría lastimado a Garchomp, un “no” tan real que terminó lastimándola a ella, que pocas veces había escuchado esa palabra.
“¿Cómo que ‘no’?”, se había aventurado a responder, como si se hubiera tratado de una negación como cualquier otra, una de esas débiles que podía aplastar solo con su mirada. “Lo lamento, esta vez es imposible. Esto viene de arriba, Cynthia, de mucho más arriba de lo que se rumoreaba. Parece que ahora las cosas van a cambiar, cambiar en serio”, le había respondido una voz que ya no congelaba, pero que tampoco solucionaba las cosas.
Sinnoh había sabido ser una región pacífica, famosa por su cultura y respeto por la naturaleza, por su historia y por las muchas atracciones turísticas que poseía. Desde que Cynthia tenía memoria, su hogar había sido un buen lugar para vivir. Tenía ciertos defectos, sí, como todo, pero no lo habría cambiado por nada. El problema había comenzado hacía unos tres años, allí todo había dado un giro brusco, molesto y hasta dañino. Resulta que vaya a saber Arceus por qué, el general de la población de la bella región se había cansado del Alcalde de Sinnoh, un hombre tranquilo, amable, que había trabajado intensamente por llevar aquel pedazo de tierra al lugar lleno de esplendor que Cynthia conocía y amaba. A mucha gente le había tomado por sorpresa aquel cambio, no le encontraban sentido que de un día para otro el máximo dirigente cambiara por otro que apenas si sabían que era el dueño de Jubileo TV.
Desde que aquel hombre se adueñó del poder político de Sinnoh, los cambios se hicieron presentes. Los más profundos y crueles habían sido inmediatos, para que la gente no supiera qué estaba ocurriendo y no quisiera quejarse por miedo a ser demasiado precoces planteándole sus inconvenientes al recién llegado. Otros no menos importantes habían sido sembrados meticulosamente, como si se tratara de un plan que había estado gestándose durante décadas o como si simplemente se siguiera una receta de cocina. Con ello, se había creado una situación de desconcierto, de desinformación. Había un clima denso, era fácil sentirse abrumado entre tanto ocurriendo todo el tiempo.
Los cambios en la Liga tardaron más en llegar por tratarse de una de las instituciones más fuertes de toda la región. Tanto Cynthia como el resto del Alto Mando se conocían hacía mucho tiempo, incluso más del que llevaban ocupando sus puestos. Además, al ser figuras respetadísimas en todo el mundo, debían manejarse con cuidado para con ellos. Ninguno se dejaría pisotear, especialmente Cynthia, que se sentía lista para atacar cada vez que venía un camión con oficiales armados a buscar las “evaluaciones de desempeño” tanto de ella como de sus compañeros y del sistema que conocían y habían defendido por añares, o que la obligaban a ir a pesadas reuniones gubernamentales donde le hablaban como si fuera otra propaganda política de esas que se escuchan a toda hora en la radio.
Poco a poco, aquel oasis que se había creado en el trabajo de la rubia campeona había comenzado a secarse. Un poco porque en las regiones cercanas estaba ocurriendo el mismo tipo de cambios políticos intensos, otro poco porque el gobierno se había afianzado de forma tal que había adquirido el poder para hacer básicamente lo que quisiera sin que las quejas de nadie alcanzaran para hacerle frente.
Cada día era peor que el anterior. No querían a Cynthia allí, pero ella lo sabía y no les daría el gusto por más que ello implicara que le tiraran encima toda la burocracia de Sinnoh, tener que cerrar la heladería que estaba en la salida de la Calle Victoria, utilizar un permiso de vuelo o registrar a Garchomp como “criatura potencialmente peligrosa de grado 11” siendo que dicha calificación, además de ser ridícula, solo llegaba hasta el número 10.
Porque si cambiaban las reglas del juego, igual ella seguiría jugando hasta que le volvieran a ser favorables tanto para ella como para las mayorías. No podía dejarse vencer como si nada, y si bien sus mejores combates eran con pokémon, podía soportar unos cuantos rounds entre humanos. Lo que no toleraba ni iba a tolerar era que metieran a otros en el medio solo por ella. Y por supuesto que fue el siguiente paso de sus enemigos, que si bien podían mostrarse como imbéciles de traje ante las cámaras y micrófonos, sus planes distaban mucho de esa ingenuidad estúpida.
Varios días después, cuando Cynthia se disponía a hacer un recorrido inocente por Ciudad Corazón, sentía que la miraban de forma distinta a la habitual. Los constantes “¿Qué tal, Cynthia, cariño?” se habían convertido en murmullos ácidos; los “¡¿Cynthia?! ¡¡¿¿Podemos tomarnos una selfie??!!” no se estaban manifestando, habían sido reemplazados por miradas esquivas. No entendía qué estaba pasando, y por ello decidió ir al gimnasio a preguntarle a sus fuentes confiables qué demonio estaba ocurriendo en esa ciudad.
Como Fantina se encontraba practicando para los concursos que tendrían lugar esa semana, dialogó con el encargado del lugar, un hombre amable que la conocía desde que ella había combatido allí por primera vez, cuando Garchomp no era Garchomp, y Roserade no era Roserade ni había soportado su primer otoño. El caballero le habló en susurros y con franqueza: “Cynthia, niña, la cosa se está poniendo muy fea. Parece que a las seis de la mañana le llegó un telegrama al jefe de la Liga diciendo que iban a prescindir de sus servicios. Y eso no es todo… no, no… ¡ojalá lo fuera! Su reemplazo es un íntimo conocido del Alcalde, y ya sabemos lo que significa eso, nada positivo te lo aseguro. He vivido toda mi vida en Sinnoh, he visto desfilar a varios alcaldes, pero nada como esto…Niña, tienes que ser fuerte, especialmente porque…”. Las palabras de aquel hombre habían logrado hacerla sentir demasiadas cosas en cuestión de segundos. Había pasado de un dolor profundísimo por la pérdida de su jefe, mentor y, en cierta forma, familiar, una persona que la había acompañado en todo su camino como campeona, alguien que la había aconsejado incluso cuando ella creía conocer todas las respuestas; también la había abordado la indignación de que hubieran utilizado un telegrama a esa hora, un ataque por la espalda sin la mínima cortesía de una reunión donde tuvieran la valentía de decirle las cosas en la cara; pero sin dudas la más fuerte había sido el odio, el odio mezclado con la impotencia de saber que no podía hacer mucho al respecto, al menos de momento, que debía seguir peleando desde su lugar hasta conseguir un terreno más fértil para poder triunfar.
Le agradeció amablemente al hombre y se fue lo más rápido que pudo hacia el edificio de la Liga para poder comprender mejor la situación y discutirla con sus colegas. Fue un vuelo pesado en el que las gracias de Togekiss no sirvieron para despejar la mente de su querida entrenadora. Ella solo quería llegar y tomar cartas en el asunto.
Cuando llegó, encontró en la puerta a sus cuatro imprescindibles colegas y a otra persona, quien supuso que sería el reemplazo de su querido y único verdadero jefe.
—¡Señorita Cynthia, la estábamos esperando! —anunció el extraño con ese exceso de cordialidad desagradable que poseían todos los de su clase —. Tenemos muchas cosas para informarle. Ha habido una serie de cambios y me gustaría ponerla al tanto para que podam…
—Sí, me he enterado que usted es el nuevo jefe de la Liga, el reemplazo de Carlos —interrumpió ella con cara de pocos amigos.
—Vaya, veo que está al tanto de las noticias. Sin embargo, eso es cierto y a la vez no —soltó alzando las cejas —. Verá, soy en efecto el nuevo “jefe”, si así gusta referirse al cargo, pero el verdadero reemplazo del señor será usted.
—¿Perdón? ¿Qué está queriendo decir con eso? No tiene ningún sentido y es muy temprano para bromas de mal gusto.
—Nada de bromas, estimada. Resulta que estamos en proceso de reestructuración y modernización con el fin de optimizar el funcionamiento de las instituciones de la región. Sinnoh es una región con muchos elementos para ser grande, pero estos por años se han desaprovechado y estamos aquí para cambiar eso.
Cynthia lo fulminó con la mirada, sabía que no debía abrir la boca al menos hasta que terminara de detallarle la situación. Apretó sus puños dentro de los bolsillos y puso su mejor cara de revista.
—Continúe por favor, sigo intrigada.
—Bien, como decía, en el marco de este proceso decidimos que lo mejor para dirigir la Liga es que la propia campeona oficie también de jefa, y, para su orientación y fiscalización, estaré yo. Despreocúpese, mi oficina no estará aquí, ni tendrá que verme todos los días. Considéreme una garantía de su gestión exitosa nada más.
—¿Y qué pasará con Carlos?
—Estaba pasado de la edad de jubilación, así que decidimos realizarle los trámites de forma inmediata para que empiece a disfrutar de su retiro. No se preocupe por él, estará mejor que nunca. Además, supongo que será mejor que empiece a familiarizarse con sus nuevas funciones lo antes posible, a no ser que quiera que se las explique en una nueva reunión.
—No hará falta, estaba corta de lectura ligera.
—Entonces, nos vemos luego. Me tomé la libertad de contratarle una secretaria que servirá de nexo entre nosotros, y ella está al tanto de su agenda y nuestras próximas reuniones.
Cynthia no lo podía creer. No solo habían echado a Carlos por un pelele cualquiera, sino que ella había adquirido muchas tareas burocráticas ridículas ¡y hasta le habían asignado una secretaria! Enojada, fue directo a su espacio dentro del edificio, quería sentarse y analizar la situación. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para ponerse con ello, puesto que en cuestión de segundos llegó una mujer de al menos diez años más que ella, con cara de pocos amigos pero que igualmente le dirigió la palabra de forma cortés y un tanto exagerada.
—Señorita Cynthia, le hago entrega del manual de tareas. Estoy terminando de armar su agenda. Cualquier cosa, siéntase libre de llamarme, mi oficina está temporalmente en la planta baja. Por cierto, mi nombre es Carolina —informó y se fue antes de que la rubia pudiera, aunque sea, saludarla con la mano.
Con el manual entre sus manos, decidió hojearlo. Parecía estar lleno de trivialidades como códigos de vestimenta que no seguiría ya que su incumplimiento no aparejaba ninguna sanción, o un calendario con los días festivos marcados. Sin embargo, una página estaba marcada con un clip de metal dorado. Fue directo a ella y allí encontró lo peor. El título de aquella sección rezaba “evaluaciones de personal”, y con palabras esforzadamente amables se ocultaba un significado cruel: la jefa de la Liga debería recibir evaluaciones personales de cada miembro del Alto Mando y de todo el personal que trabajara allí, sin embargo, estas serían realizadas por el resto de los individuos para luego ser procesadas por un algoritmo que haría un ranking de eficiencia y, el trabajador menos eficiente del bimestre, sería removido de sus funciones permanentemente. A Cynthia se le cayó el alma al suelo. No podía obligar a nadie a escribir la evaluación de otra persona, especialmente si ella tenía fines de despido. Se crearía una competencia feroz y un clima de desconfianza que la horrorizaba de solo imaginarlo. Las personas que trabajaban allí eran amables, pero eso podía cambiar cuando sus únicas fuentes de ingreso se vieran atacadas (y la verdad, ella no podría juzgarlos enteramente por eso).
La rubia no pensaba firmar nada de ese estilo pero, ¿qué escapatoria le quedaba? Especialmente cuando debía poner en marcha aquel macabro sistema de despidos desde ese mismo momento.
Desanimada, decidió recurrir a la única persona a la que no quería molestar en ese momento: a Carlos. Él no solo había sido el jefe de la Liga por muchísimos años, sino que su formación en leyes podría serle de mucha utilidad a la hora de entender la validez de esas órdenes que le habían arrojado de un momento para otro. Y fue en la llamada telefónica que efectuó que recibió el “no” más doloroso de su carrera. Pero aquello no había terminado allí: Carlos, dolido pero queriendo mostrar compostura, le explicó que en la televisión habían anunciado la noticia de forma que parecía que ella misma había sido la culpable de su despido, y a la gente no le había gustado aquella información. Se despidió como pudo y le prometió que haría algo al respecto, que la esperara un poco.
Tomó sus cosas, y se fue. Le anunció a su secretaría que tenía algo importante que hacer lejos, en otra región. Algo de un torneo, o quizás una entrevista y presentación en una universidad. No importaba cuál fuera la excusa, si algo sabía sobre ese maldito reglamento era que todos los campeones podían ausentarse un máximo de tres meses con la posibilidad de prorrogar ese plazo por otros tres meses más si mediaba causa suficiente (bendito Red y sus viajes largos). Entonces, ella iba a hacer uso de ese tiempo para recomponerse y planear su revancha. No iba a dejar que pisotearan su hogar, no más.
Hacía frío, mucho frío. Tanto frío que después de un tiempo la mente olvidaba aquello. Porque es la mente la que se encarga de las sensaciones, ¿verdad? Quizás las horas y los días se movían igual, pero si la mente estaba dedicada a otra cosa, la persona no se enteraría de ello, y la mente de Cynthia estaba en otra cosa ajena al clima y al paso del tiempo.
Lo único que pudo alterarla fue una voz porque, claro, donde estaba nadie hablaba. Ni ella lo hacía. A decir verdad, no podía hacerlo. La forma que alejaba el frío mortal de aquel lugar también alejaba las palabras de su boca y sus capacidades.
Fue liberada de ese estado y sintió que todo el frío acumulado la atacaba. La manta que la cubría no podía encargarse de todo. Sin embargo, decidió no quejarse inmediatamente ni responder a lo más urgente que se suscitaba en aquel momento.
—Te aseguro que Garchomp prefiere esto a usar correa o estar en una jaula en la oficina de mi secretaria —comentó con la boca algo adormecida. Realmente hacía frío.
Se estiró, había pasado bastante tiempo sentada. O quizás había sido el frío. Realmente no podía hacer la distinción, y tampoco le importaba.
—¿Oh? Así que también soy una fugitiva ahora. Mi semana para de mejorar. Y recién es miércoles —expresó moviendo su cuello para hacerlo tronar.
De un bolso cubierto de nieve sacó una cápsula donde estaba su ropa en un estado que a su abuela no le habría agradado para nada. Se vistió sin prisas, acomodó su cabello de la forma que le resultaba menos molesto.
—Ni un respiro, no me dan ni un respiro. La verdad que empiezo a considerar la jubilación anticipada. O quizás un retiro al campo, eso también podría servir, supongo. No es lo mismo, pero al menos no me molestarán.
Decidió no seguir con su monólogo para servirse una taza de café que extrajo prudentemente de otra cápsula. Esperó unos segundos a que su garganta recuperara su temperatura habitual y decidió hablar nuevamente:
—Cuando las papas queman siempre vienes a buscar a Cynthia, ¿no es cierto? Pues dime, ¿qué pasó esta vez?
—Un poco de esto, un poco de aquello. Deberías verlo tú misma.
Con el ejército mediático tan interesado en lo ocurrido cuatro años atrás, Falkner había tenido que buscar un nuevo lugar para relajarse. Si bien sabía que no le convenía huir por completo de los gritos callejeros ni de los periodistas que casi literalmente chupaban la sangre, también era cierto que su propia salud mental no podría resistir esa clase de acoso veinticuatro horas al día. Por fortuna, Dodrio estaba al tanto de que la base de una antigua fuerza parapolicial había dejado de funcionar décadas atrás, pero aún podía proveerles un rato de abstracción y tranquilidad lejos del gimnasio.
Acceder al lugar no era nada complicado: los escáneres biométricos llevaban descompuestos mucho tiempo y las puertas, aunque de metal reforzado, cedían ante el menor rodillazo. En el interior, nada vistoso. Sillas tiradas, un televisor colgado de una pared y varias goteras por habitación. Además, Tropius había sido capaz de reparar solo una de las luces, por lo que la iluminación no era demasiado cálida.
—No duermo, no como. No recuerdo cómo trabajar; a esta altura simplemente entrego medallas al azar y trato de poner cara de que tengo un método. No nos dejan en paz. Ni a ti, ni a mí, ni a nadie.
Falkner acomodó una de las sillas y se sentó en ella. Así se evidenció el buen estado de uno de los pocos sistemas que todavía funcionaban en el recinto: la televisión se encendía cada vez que alguien se sentaba.
La pantalla mostró de inmediato a media docena de hombres de alrededor de cuarenta años vestidos con camisas de colores pastel y sentados alrededor de una mesa de vidrio. Un zócalo gritaba en letras blancas: “¿DONDE ESTA LA CAMPEONA DE SINNOH?” y en la esquina superior derecha se exhibía una imagen de Cynthia retocada para que pareciera tener un arma de plástico naranja en una mano y un helado en la otra.
—Cobramos en cuotas, ¿te enteraste? La resolución 12/0415 dice que los sueldos de todos los empleados de la Liga de Johto pueden fraccionarse ante una eventual crisis. Lo mismo corre para encargados de centros pokémon. ¿Qué son esos números, Cynthia? ¿Qué es una resolución?
El líder de gimnasio se levantó de su asiento. Caminó con pesadez hasta que se topó con Sirk y una vez allí se arrodilló delante de él. Falkner intentó ponerle una mano en el hombro, pero un ligero ataque de tos del pokémon lo obligó a esperar unos segundos antes de hacerlo. Desde allí, sin mirar a su colega entrenadora, explicó:
—No entiendo. No entiendo nada de lo que está pasando. Parece a propósito, como si de verdad hubiéramos hecho algo mal. ¿Hicimos algo mal? —Falkner volteó con violencia—. Dime, ¿¡hicimos algo m…
Detuvo su discurso repentinamente, quizás por haber notado que el llanto empezaba a apoderarse del resto de sus emociones. Respiró y trató de concentrarse. No, definitivamente no habían hecho nada mal. Al menos hasta entonces.
Al ponerse de pie, su mirada parecía más rígida, casi robótica. Con un gesto invitó a que Cynthia lo siguiera. Caminó hasta la pared opuesta a la de la entrada, en donde una oxidada reja corrediza era lo que anunciaba el acceso al ascensor. Hubo que hacer algo de fuerza, pero, por fin cedió.
—Digamos que… Fletchinder adquirió ciertos dotes antes de empezar un viaje con Bel. Hace unas semanas decidimos hacer uso de ese… talento. Solo por las dudas, por si la situación llegaba a un punto difícil de remediar.
El ascensor llegó a destino y Falkner volvió a esforzarse para correr la reja. Delante de la abertura los esperaba un corredor de cuatro o cinco metros, sobre cuyo final colgaba un tubo fluorescente. Debajo de esa luz, dos maniquíes. Uno más alto que el otro, sí, pero los dos revestidos con gruesos abrigos de color negro con bordes de algodón blanco tanto en los extremos de la tela como en los límites de los bolsillos. Las extremidades inferiores iban cubiertas por calzas y botas también oscuras, y sobre la cabeza reposaba un gorro cónico (también negro) con más algodón alrededor de la base y en la punta, a modo de pompón.
—Si ni los medios ni nuestros jefes nos dejan en paz… ¿por qué deberíamos garantizarles una feliz navidad?
No pueden negar que le pongo onda eh ustedes no dicen ni mú ni acá ni en ningún grupo y yo sigo y sigo y dale y sigo eh, sinvergüenzas (?).
Navidad en todos lados
—¿Qué pasa con quienes creen que esto es una situación un poco… bueno, extrema?
—Todo terremoto tiene sus réplicas, no nos preocupa eso. Sabíamos de antemano que meternos con figuras tan poderosas iba a ponernos en el centro de todos los ataques, pero tanto yo como las personas que colaboran conmigo estamos realmente capacitados. No tenemos miedo.
—Hay quien dice, también, que la comunicación sobre la reforma fue deliberadamente escasa. La gente tiene muchas dudas.
—En realidad, no hay por qué tenerlas. Está todo explicado en la página web y, además, todo el tiempo se reparten instructivos a las instituciones pertinentes.
—¿Podría, aun así, repasar los principales puntos de los cambios que tendrán lugar a partir de… ¿A partir de cuándo, ministro?
—Sí, claro. La medida entra en vigencia el próximo 20 de diciembre. De ahí en adelante, cualquier persona menor de edad que quiera portar un pokémon deberá contar con un permiso validado por al menos dos tutores responsables y por algún organismo civil. Además, será obligatorio el abono mensual de un seguro cuyas tarifas variarán según la cantidad de criaturas en posesión del menor.
—Lo que se dice, ministro, es que la reglamentación perjudica a las familias más humildes, que perderían la posibilidad de acceder a la compañía de un pokémon, garantizada por el Tratado Internacional de los Pokémon.
—Agradezco que menciones eso. No buscamos perjudicar a nadie, al contrario. Buscamos revestir el entrenamiento y la crianza con la responsabilidad que se supone que merecen. No queremos que la Navidad favorezca la tenencia de pokémon en manos irresponsables, que es justamente lo que el Tratado quiere evitar a toda costa. De ninguna manera vamos a tolerar fiestas como las de hace cuatro años.
—Dejando a un lado las risas, ¿está al tanto de que los responsables de ese acontecimiento están a punto de ser procesados por invasión de la propiedad privada y por…
—… enjaulamiento masivo de especies autóctonas, sí. Estoy siguiendo la causa muy de cerca.
—¿Alguna teoría sobre la desaparición de la entrenadora de Sinnoh? En las últimas horas trascendió un video de alguien de contextura similar sobrevolando la costa de Johto.
—Eso le corresponderá a la justicia.
—Muchas gracias, ministro.
—A vos.
El rayo rojo envolvió a Pidgeot y lo acompañó hasta el interior de su cápsula. De ahí en más, Falkner debía seguir solo. Se subió la capucha y la ajustó tanto como pudo. Sus botas se confundían con el camino nevado. Cada paso hacía el mismo ruido que Dodrio cuando comía galletas con las bocas abiertas. El sendero ascendente rodeaba la montaña y desembocaba en una abertura que permitía introducirse en un largo pasillo interno. Al líder de gimnasio le costó casi media hora llegar ahí. A pesar de las estalactitas y de las ráfagas de viento que constantemente aparecían por la espalda, el clima en el interior era más cálido. Un Abomasnow, cubierto por una manta gruesa, parecía meditar al final de la cueva. Falkner se sacó la capucha y avanzó hacia el Planta/Hielo.
—En serio, ¿qué tan a favor de esto está Garchomp?
Abomasnow no se inmutó, pero una inspiración profunda provocó que la manta se corriera un poco, lo suficiente como para descubrir que el gigante de la nieve llevaba un brazalete en su muñeca derecha. El peliazulado continuó acercándose.
—Ahora te buscan a vos también. Por lo del 2014.
Con suavidad, Falkner rodeó el brazalete de Abomasnow con un dedo. Al pulsarle un botón oculto, la pieza se desprendió y cayó al suelo. El pokémon se transformó de inmediato.
—Vestite, Cynthia. Hay que salvar Navidad otra vez.
Caridad barata
Sostenido por el ángulo interior de los hombros, el chico colocó la muestra capilar sobre la platina. Con cierta timidez, echó hacia tras la cabeza hasta que sus ojos se toparon con los de Bel y le dio un aviso de poquísimas palabras. Ella asintió y alzó un poco más los brazos, de manera tal que el niño pudiera alcanzar a mirar por el ocular del artefacto. El resto contemplaba en silencio. A lo lejos, dos hombres comentaban la escena:
—Es maravillosa.
—¿Sí? No me digas.
—No seas cerrado, Falkner, ¿tenés idea de lo bien que hace esto?
—¿A quién le hace bien?
—¡A ellos! ¡Miralos! Les encanta escucharla.
—Sí, ¿y ella? Hoy a la noche tiene un seminario y esta semana rinde dos exámenes. ¿Te parece que le hace bien estar acá ahora?
—Yo no obligo a nadie a hacer nada.
—Pero sabés que no se va a negar, Morty. Lo sabés bien.
Mientras tanto, los niños hacían fila para ser levantados por Bel y poder observar el cabello rosa a través del microscopio. Una vez que todos lo habían hecho, la chica de anteojos sacó un sobre transparente de una cajita de madera. El sobre contenía una minúscula porción de polvo plateado.
—Esto son fragmentos de piedra lunar —se la oyó decir a lo lejos—. ¿Quieren ver qué pasa cuando los acercamos al pelo que vieron recién?
Los niños estallaron en afirmación. A lo lejos, Morty sonrió y Falkner agitó la nariz con resignación. Bel abrió el sobre y le dio unos suaves golpes para que cayeran algunas partículas sobre la muestra de pelo de Skitty. Esperaron unos segundos y volvieron a formar la fila para acercarse al microscopio.
—¿Y cuando se van de acá qué pasa?
—¿Eh?
—Muchos de estos chicos no deben tener donde vivir, ¿no?
—Claro, por eso es importante este espacio.
—¿Y cuando se van de acá? ¿Cuando vos te vayas a dormir con Haunter, y Bel y yo salgamos volando a otra región? ¿Qué pasa cuando no estamos?
—Tratamos de hacerles pasar un buen momento, que aprendan y se diviertan un rato.
—Tratás de darles caridad barata, Morty, eso hacés. Los ponés a jugar y los ves ser pobres y después te vas a tu casa.
—¿Y qué querés? Hacemos lo que podemos.
—Es un parche.
—Es un parche, sí, y es mejor que nada.
Alrededor de Bel, los chicos que ya habían mirado la muestra por segunda vez estaban audiblemente fascinados. “¡Ahora es violeta!”, gritaba una con remera gris y el pelo atado. “¡Morty, Morty, ahora es violeta!”, llamó otro.
El líder de tipo Fantasma abandonó a su amigo y se acercó a los niños con una sonrisa:
—¿Qué es lo que es violeta? A ver, cuéntenme qué están viendo.
Falkner bufó y se alejó cuanto pudo de aquel espectáculo decadente. Encontró un banco en el que sentarse a la sombra y ahí se quedó varios minutos observando el cielo despejado. Un grupo de Tranquill —tan lejanos que parecían puntitos oscuros sobre el celeste— volaban con coordinación armoniosa. La imagen distrajo tanto a Falkner que ni se percató de que uno de los chicos había ido a sentarse en el mismo banco que él a admirar los Pokémon que desafiaban el viento. El nativo de Ciudad Malva frunció los labios algunas veces y resopló unas cuantas más, pero finalmente habló:
—¿Sabías que los Pidgeot pueden duplicar la velocidad del sonido?
—No es cierto, no pueden —contestó el chico, sorprendido.
—El mío sí, ¿qué apostamos?
Buena causa
El doctor presionó el músculo del ala con tres dedos de su mano izquierda. Frunció la boca en expresión tranquilizante.
—No es nada, seguramente se cayó antes de que ustedes… ¿dónde dicen que lo encontraron?
—Al norte de Pueblo Caoba. Nos llamó la atención porque no suelen verse muchos de estos por ahí—respondió la mujer de suéter verde y gafas de gran aumento.
—¿Cómo dice que se llama, doctor? —consultó el hombre de boina azul y pañuelo en el cuello.
—Fletchinder. A juzgar por su plumaje, diría que tiene unos tres o cuatro años de vida. ¿Planean quedárselo?
—Nunca tuvimos un Pokémon —volvió a hablar el hombre—. Pero este nos cayó simpático de entrada. ¿Nocierto, Mari?
—Sí, por supuesto —confirmó la mujer, ajustándose las gafas.
—En general, son especies tranquilas; no van a tener problemas con él. Solo está dolorido por algún trauma leve que habrá padecido en el bosque. Puedo recetarles un frasco de fretizol, un excelente analgésico.
—¿Fretizol? ¿Eso servirá también para tranquilizarlo un poco? Parece estar muy nervioso desde que lo tenemos en casa. —El hombre terminó su parlamento y dirigió una mirada penetrante al Fletchinder que yacía sobre la mesa.
—¿Nervioso? A mí me parece bastante tranquilo, ¿por qué dicen que está nerv… —El doctor interrumpió sus palabras para soltar un alarido: Fletchinder había recordado que debía morderle un dedo. —Comprendo —reanudó el especialista—. En ese caso puedo recetarles metixilina, un analgésico que también facilita el descanso.
—Como usted diga, doctor.
Falkner sonrió debajo del maquillaje que le simulaba las arrugas. Con una mano apretó fuerte la de su compañera y con la otra cargó a Fletchinder para salir del consultorio. Bel, por su parte, recibió la receta firmada por el doctor.
Luego de haberse alejado unos cuantos metros, el líder de gimnasio se sacó la boina y se acomodó el cabello. Fletchinder abandonó su papel de enfermo y empezó a volar a la altura de las cabezas de los humanos.
—Esta vez nos pasamos un poco de la raya; parecemos narcotraficantes —opinó Bel refregándose los ojos.
—Calmate, es un frasquito nomás.
—Y es por una buena causa, ¡¿no?!
—Como todas las nuestras.
Un periódico pequeño publica un artículo sobre el cambio climático, sin darse cuenta de que está escrito en otro idioma.
Quedan siete días.
Como todos los domingos, un bibliotecario revisa los préstamos de la semana pasada. No encuentra los registros posteriores a 1992.
Quedan ocho días.