Fanfic OUAT: La mujer rota que rompiĂł el mundo por LasruinasdeDido
CapĂtulo II: La cuna, el cuerpo y la tumba
AO3: La mujer rota que rompiĂł el mundo
El más pequeño de los Hombres alegres se escabulle por el salĂłn comedor, arrastrando sus pies por la losa de piedra. Sus cortas piernas lo llevan en un tambaleo vibrante. Algunos se detienen a mirarlo, rendidos ante su inocencia, y Ă©l les ofrece una sonrisa apretada, toda mejillas y luz contenida en las pupilas, como si su alegrĂa aĂşn no supiera abrir del todo la boca.
Roland Hood avanza hacia la mesa donde la familia real rompe el ayuno alrededor de una conversaciĂłn que conduce Nieves y que la reina ignora sin ningĂşn tipo de esfuerzo.
La indiferencia habitual de Regina se quiebra cuando, a su izquierda, aparece una mano pequeña, temblorosa de emoción, sosteniendo una manzana roja, demasiado grande para su palma, pero de apariencia brillante y apetitosa.
— Elegà la más bonita para usted, majestad— susurra, omitiendo la d y haciendo una pausa demasiado larga en medio de la palabra.
Murmura la misma frase de cada dĂa, con la misma cadencia, y le ofrece —segĂşn su escasa experiencia infantil— la que considera la mejor manzana del árbol. Lleva una semana haciĂ©ndolo. Desde que notĂł aquella grieta: la sonrisa mĂnima que a veces aparece en las comisuras de la boca de la reina cuando prueba el fruto.
Y asĂ, todos los dĂas, ese dulce e inocente niño le regala una manzana a la Reina Malvada, esperando, a cambio, una sonrisa tentativa. Es un ritual, una liturgia casi domĂ©stica.
—Gracias, Roland.
Le ofrece al niño su pago. Una sonrisa. Apenas una mueca reticente pero sincera. Y acepta la manzana.
Roland Hood es un consuelo; uno que nunca pidió, pero que su cuerpo acepta antes de que su mente pueda racionalizar el peligro. La mantiene lejos del caos silencioso de su memoria, la distrae de la amenaza latente que es Zelena. Él la mira y ve a Regina: la mujer que lo salvó del mono volador y que convirtió su miedo en felpa inofensiva. No ve a la Reina Malvada. No asocia al monstruo con la mujer.
Sin embargo, Roland toca un nervio herido demasiado expuesto. Es un consuelo que duele. Demasiado parecido a lo que perdió, y a la vez, absolutamente diferente. Es hermoso, de la forma más pura posible en un momento tan podrido. Y no alcanza. Jamás lo hace.
Piensa en Henry, como lo hace tan a menudo, y la sonrisa que comienza a nacer en las comisuras de su boca se esfuma al instante. Experimentar alegrĂa, por mĂnima que sea, se le antoja una traiciĂłn. Porque nada ni nadie, jamás, deberĂa osar a generar en ella lo mismo que su niño.
Pero no es solo culpa lo que la detiene. Es el miedo. Porque este niño —este tesoro que no le pertenece— es muy delicado. Demasiado frágil para sostenerlo sin entrar en pánico. Porque Regina sabe que sus manos matan todo lo que tocan; lo destruyen todo con crueldad. Asà que reprime ese instinto primordial que la hace querer apartar el cabello del niño de su rostro. Contrae sus manos. Las obliga a permanecer quietas, aferradas a la manzana.
Recuerda a Henry, recuerda esos primeros dĂas juntos. Recuerda que, a veces, al sostenerlo en sus brazos, teme matarlo. Porque su cuerpo, que ha sido siempre un cementerio cargado de muertos, tiene la costumbre de convertirse en tumba involuntaria para sus hijos.
A veces, cuando lo oye llorar por ella, no oye solo el llanto fresco. Oye tambiĂ©n el lamento muerto de los que no pudo mantener con vida. Oye las voces que jamás aprendieron a pronunciar su nombre, que no la eligieron como madre y que, aun asĂ, la habitan como espectros permanentes de su cuerpo y su memoria. Cada lágrima de Henry arrastra consigo esas ausencias, recordándole que lo que más ama es lo más frágil, siempre expuesto a la muerte y a la destrucciĂłn.
Porque Regina sabe —siempre ha sabido— que la maternidad para ella es un destino fúnebre inexorable.
Entonces teme. Teme haber condenado a Henry desde el momento en que decide hacerlo suyo, como si al llamarlo su hijo estuviera firmando su epitafio.
A veces, cuando Henry se duerme en sus brazos —o en su cuna, o en el moisĂ©s que arrastra de habitaciĂłn en habitaciĂłn—, debe resistirse a despertarlo. Porque teme. Teme que no despierte. Teme que ese espacio efĂmero entre la caĂda del sol y su levante se lo lleve lejos. Teme ese intervalo entre un latido y el siguiente, en el que su corazĂłn podrĂa agotarse. Y es un miedo tan primordial, tan antiguo, y tan animal, que la toma por la garganta y la asfixia.
El miedo a perderlo es tan absurdamente vĂvido y permanente. No disminuye. No aprende. No obedece a la razĂłn.
Está allĂ desde el dĂa de la adopciĂłn. En sus brazos cuando lo recoge por primera vez. Y junto a su cuna durante cada siesta o sueño nocturno.
En los años venideros, ese miedo no desaparece, solo cambia de forma. Se convierte en la mano que no suelta el primer dĂa de jardĂn. En el aliento que se detiene en la sala de espera del hospital Storybrooke por un simple resfrĂo. En los ojos que calculan cada movimiento cuando Ă©l cruza la calle solo por primera vez.
Siempre es el mismo miedo de antaño. Solo cambia la excusa.
Más tarde, cuando Henry la mira con odio y desconfianza, cuando afirma que ella no es su madre, ese miedo decide atacar con mayor crueldad. Se expresa de tal forma que solo gana más odio y más desconfianza. Se vuelve encierro. Prohibiciones. Puertas cerradas cada vez que Emma Swan se presenta en su casa. Lo obliga a permanecer a su lado, para impedir que se esfume en la nada absurda que ya le arrebató demasiados hijos. Lo hace porque el control es la única forma de amor que ha conocido.
Y luego, en la sala de terapia intensiva, ese miedo irracional se vuelve real. Henry yace muerto, por unos segundos eternos, a causa de un postre de manzana envenenado por sus propias manos. Y su cuerpo vuelve a ser lo que siempre ha sido: un sepulcro.
Henry vive, pero no vuelve. Henry vive e igual lo pierde. Y ese miedo, ahora real, no disminuye ni desaparece. Solo se queda allĂ, estancado en ese cuerpo tumba que mata, entierra y no olvida.
Se convierte en paisaje.
Lo pierde una y otra vez.
Emma.
Nunca Jamás.
La maldiciĂłn de Pan.
Su propia maldiciĂłn.
Lo pierde una y otra vez, y aun asà el miedo persiste. Y no puede evitar preguntarse cómo es posible temer tanto a algo que ya ha ocurrido. Cientos de reinos y memorias olvidadas la separan de su hijo… y aun asà teme perderlo. Como si la pérdida se hiciera permanente. Un estado constante más que una circunstancia. La atmósfera que atraviesa todos los tiempos de su vida y se vuelve condición para su existencia.
Regina pierde a Henry a diario, incluso después de que ya se ha ido.
Lo pierde ahora, mientras mira a Roland Hood con sus manos inocentes que se extienden con confianza ante el monstruo. Lo mira y recuerda que las cosas que ama son frágiles. Y Regina siempre ha sido un mal lugar para depositar cosas frágiles. Y esa memoria le arrebata a Henry otra vez.
— ¿Regina?— La voz de Nieves, clara y demasiado humana, irrumpe en sus pensamientos, obligándola a centrarse otra vez en el presente.
El pequeño Roland la mira con curiosidad, probablemente esperando alguna respuesta a una pregunta que Regina no ha escuchado. Inclina la cabeza hacia un lado, observándola como si fuera la cosa más fascinante del Bosque Encantado y, una vez más, le regala esa sonrisa que le marca profundamente los hoyuelos.
A Regina le recuerda a un bĂşho por esos ojos grandes y oscuros; por la forma en que tuerce el cuello para examinar el mundo; por la manera en que parece pertenecer, de forma natural, a la vida salvaje. Hay algo intrĂnsecamente indĂłmito en los Hood; algo que huele a hojas, a tierra hĂşmeda y a viento. Roland naciĂł en el bosque y el bosque creciĂł en Ă©l. Incluso ahora, atrapado entre paredes de piedra, el bosque respira a travĂ©s de sus labios.
— ¿Por qué no continúas rompiendo tu ayuno?— le pregunta. Porque Roland es el tesoro de alguien y Regina recuerda que ella es ese lugar en el que todo lo querido perece. Asà que lo mantiene lejos de ese lugar. No lo llama. No lo toca. No lo deja quedarse demasiado tiempo cerca.
Roland asiente, sin perder la sonrisa, y se marcha con el mismo paso inestable con el que llegĂł. Regina lo observa hasta que alcanza la mesa en la que los Hombres Alegres mantienen una charla ruidosa y, solo entonces, aparta la mirada bruscamente.
La manzana en sus manos permanece intacta, roja y brillante. No tiene nada de malo, excepto el peso de todo lo que simboliza para ella.
Siente la carga del silencio, de las miradas pesadas e intrusivas. No necesita alzar los ojos para saber que ha vuelto a perderse demasiado tiempo, pero cuando lo hace Nieves le devuelve la mirada.
Ignora la preocupaciĂłn en sus ojos. Esa preocupaciĂłn inĂştil, tibia, cargada de una humanidad que le resulta insoportable. La ignora, porque Nieves nunca ve el abismo, solo nota la distracciĂłn. Nieves ve algo roto y quiere repararlo, pero no le interesa saber cĂłmo se partiĂł. Y a Regina le repugna que las personas se cieguen ante la causa y solo pretendan solucionar la consecuencia. Como si el querer arreglar algo bastara para que sucediera.
Además, Regina no es una taza astillada.
Pero la niña siempre ha sido persistente. Incapaz de no meter las manos en heridas que no comprende, continúa mirándola con esos ojos abiertos, perseguidores, que siempre esperan algo de ella: una palabra, una respuesta, una mentira piadosa que le ofrezca consuelo.
Nieves quiere una madre que le diga que todo irá bien. Regina no piensa dársela.
El castillo a su alrededor se achica. Las miradas empujan. Y el peso de las expectativas absurdas de la chica sentada frente a ella la asfixian.
Baja la mirada hacia la manzana una vez más. Pesa. En su palma. En la habitación. En el castillo. En las miradas que, como siempre, esperan algo. Se siente desprotegida, vulnerable, y la tentación de repetir un gesto antiguo —un gesto cruel, un gesto fácil— le sube por el brazo como una costumbre. Llega a su mano con la familiaridad de una armadura. De una máscara.
— ¿Qué pasa, querida?— Cede al gesto. Estira la mano con la manzana aún en ella, con una indiferencia que se le pega como polvo viejo, y se la ofrece con la mejor sonrisa mordaz que es capaz de construir. — ¿Te apetece una manzana?
En la mesa de al lado los enanos gruñen. La abuela deja escapar un sonido que es mitad risa mitad aullido. El prĂncipe de Nieves la mira con esa frustraciĂłn cansada que le resulta demasiado conocida.
Nieves solo sonrĂe, percibiendo su amenaza como una pantomima. Y Regina siente que pierde algo más.
¿Cuándo dejará esta niña de quitarle cosas?
Está a punto de retirar la mano cuando Nieves se incorpora, se inclina por encima de la mesa y, con esa sonrisa obstinadamente amable de siempre, le arrebata la manzana de los dedos.
La misma sonrisa de siempre.
La del bosque. La de “Henry querrĂa que fueras feliz”. La de una celda hĂşmeda en un castillo ajeno hace una vida entera. La que pretendĂa darle una segunda oportunidad sin querer entender cĂłmo se habĂa arruinado la primera.
Esa sonrisa que cree saber qué necesita Regina… sin haber preguntado jamás.
Sin embargo, no es la sonrisa lo que hace que ese corazĂłn forzado a mantenerse en su interior se sienta pesado. Es la confianza. Es la forma en que la mira como si no hubiera peligro, como si el monstruo fuera una exageraciĂłn y los muertos un malentendido.
Nieves muerde y se sienta sin perder la sonrisa. David la mira por un momento, y Regina —y cualquiera— puede percibir la preocupaciĂłn. No hay motivo alguno para creer que la manzana dada por Roland a ojos de todos, pudiese, de alguna manera, sumir a la princesa en un nuevo sueño eterno. Aun asĂ, el absurdo temor de David le parece más razonable que el nulo instinto de supervivencia de Nieves.
— Es dulce— le dice, con otra de esas sonrisas que parten su rostro en dos y al corazón de Regina en centenares de cristales negros y sucios.
Vuelve a morder, mirándola directamente a los ojos.
Vuelve a morder, y el sonido que produce es el eco de un viejo crimen: el pitido del monitor cardiaco cuando el corazĂłn de Henry se detiene; el golpe seco del cuerpo de Nieves cayendo junto a la tumba de Daniel; el grito de Hansel y Gretel cuando los destierra al Bosque Infinito.
Muerde, y es el crujido del bosque en llamas en una aldea poblada. Muerde, y es llanto de los niños que envĂa a la casa de la Bruja Ciega. Muerde, y es el lamento de una viuda que nunca llegĂł a ser esposa.
Muerde otra vez. Y el mundo huele a humo y a sangre.
La observa tragar, y ya no puede soportarlo más. No puede sostener el personaje, no puede esconderse detrás del monstruo, porque esa estúpida niña con sus gestos amables le ha arrebatado el escenario. Esconde con fuerza el grito de rabia que se atora en su garganta y, en un último intento de mantener el acto, se levanta con una mirada de transparente desprecio.
Mientras se aleja con paso firme y majestuoso, puede oĂr a Nieves llamándola.
No se detiene.
***
Regina no se detiene hasta que el comedor queda atrás y el ruido se vuelve una cosa remota, un rumor amortiguado por los muros del castillo. Sus pasos golpean la piedra con demasiada precisión, al ritmo de quien necesita una orden para dar otro paso y no desmoronarse.
La manzana, ausente, pesa más ahora que cuando estaba en su mano. Como si hubiese absorbido el gesto de Nieves —la mordida, la sonrisa, la fe— y lo hubiera convertido en plomo invisible sobre su palma. También en su pecho.
Dobla por un corredor estrecho. La luz que se filtra por los arcos de los muros no logra que el castillo parezca menos hostil que en la noche, pero al menos le permite caminar sin tropiezos.
Respira.
Respira otra vez.
Pero el aire no entra. No disuelve la presiĂłn que se instala en su cuerpo. Solo existe, frĂa y dura, como una piedra afilada, en el fondo de su garganta y de sus pulmones.
Dobla una vez más, y se encuentra en otro pasillo estrecho lo suficientemente oscuro y alejado de las miradas indiscretas. Deja caer la espalda sobre la pared y respira con mucho esfuerzo. Sus manos temblorosas aprietan la falda de su vestido hasta que la piel empalidece bajo sus dedos y el movimiento incontrolable se adormece.
Siente el ardor en el cuerpo antes de sentir la rabia. No por Nieves. No exactamente.
Por la confianza.
Por lo que le quita cada vez que la mira o le habla.
Por esa forma obscena de tratarla como si no hubiera peligro alguno, como si no hubiera historia, como si los muertos fueran un capricho narrativo de su discurso heroico y no algo real. Como si todo lo que han vivido fuera solo una anécdota sin peso ni consecuencia.
Regina no la odia… no exactamente. Al menos no ya. El odio se ha ido apagando hasta dejarla sin nada. Quizás por eso su presencia le afecta tanto. Porque incluso con sus buenas intenciones sigue vaciándola.
No la odia, pero desprecia la facilidad que tiene para seguir adelante, mientras Regina se aferra al pasado porque es todo lo que le queda. Nieves avanza, Regina arrastra. Y si suelta aquello que carga detrás, desaparece.
—¿Majestad?— pregunta una voz profunda y suave con cautela.
Se aparta de la pared, sorprendida. Sus manos siguen aferradas a la falda de su vestido, porque es lo Ăşnico que impide que tiemblen. Levanta la barbilla y recompone sus facciones para enfrentarse al ladrĂłn.
Cuando levanta la vista no le sorprende encontrar preocupación. En ese sentido, el ladrón es bastante predecible. Pero no es esa mirada de condescendencia benévola que recibe con frecuencia de Nieves. No es aquella mirada paternalista que expresa un entender que no posee. Es simplemente preocupación sin ningún tipo de expectativa.
—Este rincón no parece ser el más cálido de su castillo.
Regina parpadea.
—¿Vigilas también los pasillos, ladrón?
—Vigilo respiraciones entrecortadas, en realidad. —Regina frunce el ceño ante su atrevimiento, pero no le da tiempo de reprenderlo. —Las paredes frĂas no ayudan en su situaciĂłn.
Se endereza. Las facciones de su rostro se endurecen inmediatamente.
—¿Mi situaciĂłn?— pregunta pausadamente, soltando un poco de desprecio en cada sĂlaba.
—Su devastación por el robo de su manzana, claro— dice con una sonrisa sagaz. Regina se encuentra cada vez más confundida, pero se aferra a la máscara. —Roland cree que la princesa Blancanieves le ha robado su manzana y que eso la ha dejado inmensamente apesadumbrada. Sus palabras exactas.
—¿Roland dijo "apesadumbrada"?—inquiere con sospecha.
—Se ha propuesto usar una nueva palabra a diario— asegura, y Regina no puede evitar intentar replicar la sonrisa que le ofrece. — Les ha dicho a todos en el salón que robar está mal.
Exhala una risa involuntaria.
—Eso debe haber sido difĂcil de escuchar— dice, alzando apenas el mentĂłn en su direcciĂłn. RobĂn la mira, aceptando su burla con otra sonrisa. —¿CĂłmo ha llegado a la conclusiĂłn de que Nieves me ha robado?
Se encoge de hombros. —Simplifica el mundo en versiones más comprensibles cuando no entiende lo que ve.
—Una forma peligrosamente inocente de ver el mundo— sentencia. Nunca ha sido demasiado cercana a la forma en que los niños analizan lo que ven. Ellos no entienden los conflictos que subyacen a la existencia humana, y eso es problemático. Igual que un cuento de hadas narrado para engrandecer al hĂ©roe. Regina lo sabe mejor que nadie. —Eso no explica quĂ© haces aquĂ, ladrĂłn.
Él sonrĂe, atreviĂ©ndose a dar otro paso. Regina se endereza un poco más y arregla sus rasgos, colocando la máscara en su lugar.
—Roland me pidió que viniera a asegurarme que se encuentra bien y… ah, que le dijera que puede darle otra manzana, si lo desea.
Regina sonrĂe, apenas. Es más una mueca, como si hubiera olvidado la forma correcta de hacerlo. Aun asĂ, la fisura aparece. Se gira antes de que Robin Hood pueda detectarla y comienza a caminar en bĂşsqueda de un lugar más cálido, como Ă©l ha sugerido.
Siente sus pasos detrás de ella.
Los corredores por los que avanzan conducen a los miradores traseros del castillo, desde donde se extiende la parte más septentrional de su reino. El Bosque real yace cubierto de ocre y hojas muertas. No tardará mucho en cubrirse de blanco, pero por ahora el otoño desnudo abre la vista más allá de lo habitual.
—Esto es lo más al norte que hemos estado los Hombres Alegres— murmura mientras se apoya de lado sobre uno de los muros del mirador. —Ninguno de mis hombres sabe qué hay más allá.
—¿Todos tus hombres provienen de Locksley?
—La mayorĂa proviene de distintas regiones de Nottingham— le cuenta, mirando el paisaje mientras le habla. — Pero hemos hecho de Sherwood nuestro hogar. El bosque tiene su encanto para quienes prefieren no ser vistos.
Oh, Regina lo sabe. Nieves la habĂa evadido durante años viviendo en el Bosque real. Pero Regina no querĂa pensar en Nieves ahora… o en cualquier otro momento de su vida.
—¿De qué parte de este reino proviene, milady?
—Majestad— lo corrige, pero sin mucho esfuerzo.
Duda un instante. No suele hablar de sà misma. Su historia no es material de conversación, sino de rumor. Cuando ya deciden quién eres, los datos sobran.
—NacĂ en un reino vecino—dice, y esa sola frase suena casi extraña en su boca. El ladrĂłn parece levemente sorprendido. Ella lo entiende: la gente no suele preguntarse de dĂłnde provienen los monstruos. Incluso en sus años como reina de Leopold, los sĂşbditos no sabĂan mucho sobre la procedencia de la nueva y joven esposa del rey. —Mi abuelo, Xavier, gobernaba un reino menor al oeste de aquĂ. VivĂ allĂ poco tiempo… hasta que dejĂł de existir.
Regina recuerda el castillo de su abuelo: las chimeneas de piedra labrada; los pasillos cálidos donde se escabullĂa con sus primos; el salĂłn de baile donde su madre pretendĂa que aprendiera los pasos de danza acordes a una dama de alta cuna. Recuerda los estandartes del águila, con sus alas extendidas y desplegadas en el aire. Un animal hecho para el cielo y la libertad. Como ella, antes de que le cortaran las alas.
—Cuando aĂşn era niña, nuestro reino entrĂł en disputa con el Reino Blanco. No hubo guerra, realmente. Solo rendiciĂłn. Mi tĂo, que gobernĂł tras la muerte de mi abuelo, entregĂł su corona. Y Leopold absorbiĂł nuestras tierras como si siempre le hubieran pertenecido.
Regina pensĂł en el mapa de piedra que ostentaba su esposo en la sala del consejo. PensĂł en la forma en que siempre se iba ampliando. Las Tierras frontales. El bosque infinito que ni la luz querĂa explorar. Los espacios circundantes a Nottingham. Las fronteras disputadas con Midas.
Leopold y sus posesiones. Regina sabĂa mucho de eso.
—Pero las coronas cambian de cabeza mucho más rápido que los nombres en los mapas— dice al final, encogiendo sus hombros como si no le importara. —Y Ăşltimamente ni siquiera estoy segura de saber quĂ© partes de este reino me pertenecen. Nieves insiste en… ÂżCĂłmo dijo? Ah, sĂ: trabajar juntas para elevar al reino y que vuelva a ser lo que fue.
Regina nunca querrĂa volver a eso.
Observa con atenciĂłn el paisaje que se extiende ante ella. CambiarĂa sin dudar cada bosque, cada frontera y cada palacio dentro de esos márgenes por… Storybrooke.
Storybrooke fue todo lo que el Bosque Encantado jamás pudo ser.
Las leyes arcaicas y las normas sociales de Misthaven son una jaula que no se mueve, no cede y no olvida. La Tierra sin magia, en cambio, es un mundo con puertas. Puertas que pueden abrirse y puertas que, también, pueden cerrarse. Pero al menos no todo es muros y barrotes.
Claro que ayudĂł llegar a un mundo donde las niñas no eran prometidas antes de aprender a nombrar el miedo. Donde una mujer podĂa opinar sin que eso fuera leĂdo como una irreverencia. Donde los padres no abandonaban a sus hijos en el bosque para salvarlos de una prolongada inaniciĂłn.
Regina sabe que el Mundo sin magia es imperfecto. Pero también sabe que el Bosque encantado es mucho más cruel.
Pero Storybrooke no naciĂł solo de ese mundo nuevo. NaciĂł tambiĂ©n de ella. De su experiencia. De sus lĂmites.
Cuando Regina diseñó Storybrooke pensĂł en un refugio. QuerĂa un castigo para sus enemigos, pero tambiĂ©n buscaba un lugar donde empezar de nuevo. AsĂ que hizo un mundo respirable. Sin corredores vigilados. Sin decisiones tomadas por otros que afectaran su vida. Sin un destino escrito en tinta ajena. Sin la carga del pasado, de sus actos y los de otros.
No era un paraĂso, pero era habitable. Y lo habĂa hecho ella.
Hospitales. Luz eléctrica. Agua caliente.
Cosas simples.
Cosas que funcionan.
Cosas que no exigen sangre a cambio.
Cosas pequeñas que, juntas, hacen que un cuerpo deje de estar siempre en alerta.
AsĂ que este no es su hogar. Es el mapa de su pĂ©rdida. Regina cambiarĂa este mundo entero por aquel pueblo perdido en medio de la Tierra sin magia. Ese pueblo que la dejĂł existir y que le dio a Henry.
—No parece agradarle mucho su reino, Majestad— dice el prĂncipe de los ladrones y la arrastra lejos de sus pensamientos.
—Cuando conoces las comodidades que proporciona el mundo del cual vengo, muy poco de este resulta agradable—confiesa, y omite decir que incluso antes de conocer el mundo sin magia Misthaven ya le resultaba una tierra hostil.
Mira más allá del Bosque real. El territorio se extiende inmenso e interminable. Hay zonas que fueron destruidas y ahora son totalmente inhóspitas, una consecuencia de su maldición. Espacios con cicatrices abiertas en la tierra que ni la mala hierba se atreve a reclamar. Pero la mayor parte del Bosque Encantado se mantiene en pie, o al menos cerca de ser recuperable. Pese a las pérdidas territoriales, sigue siendo un mundo vasto.
Una vasta jaula sin puertas.
—El pueblo que habitábamos en la Tierra sin magia era bastante pequeño en comparación, pero de alguna manera este reino se las arregla para hacerte sentir claustrofobia.
—A veces el peso de un lugar está en su historia y no en sus tierras—afirma el ladrón. No lo mira, pero puede sentir sus ojos sobre ella. —Hay algo… en algunos lugares… que atrapa.
—Este castillo tiene la mala costumbre de no dejar ir a nadie— dice, antes de poder contenerse.
—Los bosques tambiĂ©n, dirĂa yo. Pero uno aprende por dĂłnde no pasar. —Hace un leve gesto lateral con la cabeza, reforzando la afirmaciĂłn con un asentimiento brusco.
Regina piensa en el ala norte del castillo, cerrado por decreto suyo hace más de treinta años. Piensa en las habitaciones tapiadas. En los cantos de piedra que jamás ha vuelto a pisar, ni siquiera tras el regreso.
—Creo que tienes razón— admite en un susurro.
Por un momento, ninguno de los dos dice nada. Ella piensa. Piensa mucho en Henry, en Storybrooke y en la libertad. Piensa en todo lo que ha perdido y no verbaliza nada de esto. Él le permite el silencio sin exigirle nada.
—Y esa tierra en donde han vivido todos estos años, ÂżcĂłmo es?— pregunta, con una curiosidad sincera. La Tierra sin magia y Storybrooke siempre despierta interĂ©s en quienes no habĂan sido atrapados por la MaldiciĂłn oscura. — ÂżDijo que era un pequeño pueblo?
—Storybrooke— responde—. Asà se llamaba. Ya no existe.
Hace una pausa.
—Pero era… era bueno vivir allĂ.
Su voz baja apenas un tono.
—Aunque no muchos aquĂ admitirĂan que extrañan las comodidades modernas. A nadie le gusta reconocer que algo Ăştil vino de la Reina Malvada.
Robin rĂe, suave. Regina levanta la vista un instante. Sus ojos se cruzan y ella inclina apenas la barbilla hacia Ă©l.
—HabrĂas tenido problemas intentando entrar a casas ajenas allĂ, ladrĂłn.
—Me gustan los retos— afirma.
La mira con esa calma que, con Ă©l, nunca parece ironĂa.
—¿Y no hay forma de volver?
—No. Ese lugar se creĂł bajo condiciones muy… especĂficas. No se puede repetir sin pagar un precio que no pienso volver a pagar.
Una risa sin humor se le escapa.
—Asà que Storybrooke quedó atrás.
Y Henry también, piensa.
—Y aquà estamos. Como antes. Aprendiendo a convivir.
Él guarda silencio por un momento. Abre la boca, la cierra, como si evaluara el riesgo.
—Con el debido respeto, milady… Convivir no parece ser su especialidad.
Regina lo mira, antes de poner los ojos en blanco. Su atrevimiento es descarado. Se pregunta cĂłmo ha sobrevivido tanto tiempo con un instinto insolente tan arraigado.
—No lo es. Empiezo a sospechar que la insistencia de Nieves en "hacer las paces" es un castigo mucho más refinado que las mazmorras — Una sonrisa torcida aparece—. Me gusta pensar que puede ser cruel, a veces.
—Todos podemos… a veces. Incluso la princesa Nieves.
Regina alza la vista hacia él, genuinamente sorprendida.
— Esa… Esa es una opinión poco popular.
Robin se encoge de hombros.
—Su… relaciĂłn con la princesa Nieves es confusa para la mayorĂa. Todos hemos oĂdo las historias. Muchas versiones y ninguna coincide del todo. Pero aquĂ están, luchando del mismo lado. AsĂ que puedo admitir que sĂ© mucho menos sobre usted o ella o su historia compartida de lo que la mayorĂa cree saber. Y está bien. La verdad es una cosa escurridiza para casi todos.
Lo observa con atenciĂłn.
—La verdad—murmura —. ¿Y tú cuál crees qué es?
Robin duda, apenas.
—Creo que la historia de la princesa es real. Pero no es toda la historia. Y sin la historia completa, nadie entiende nada. Ni siquiera ella.
Regina traga. El gesto le raspa la garganta.
Nadie dice eso. Nadie nunca admite que su historia existe.
Está demasiado acostumbrada a que su voz sea borrada del relato. A ser el monstruo, no la historia que lo fabricó.
—Bueno, supongo que no voy a quemarte hoy— escupe de repente. Y el tono no es precisamente el suyo. Es el del monstruo que corre a ponerse de pie cuando huele su debilidad.
Robin sonrĂe, como si entendiera, pero no agrega nada más. Y Regina lo agradece. Su presencia —silenciosa y paciente— es la de alguien que conoce el bosque y ha tenido que aprender a sobrevivir en Ă©l.
Por eso Robin Hood sabe exactamente cuándo callar.
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