El dolor de la tinta
El pescado no siempre huele mal. Comprendí esto cuando iba a la pequeña pescadería situada en la calle detrás de la que yo vivía. Un establecimiento de barrio al que daba el sol prácticamente todo el día. Desde la calle podías ver que había dentro a través de las paredes de cristal y la entrada delimitada con cortinas de hilos de plástico rojo y azul. Las paredes eran de baldosas similares a las que se encuentran en los baños o las cocinas. A partir de la mitad se convertían en fotografías en blanco y negro de escenas pesqueras o del mar. Al fondo se encontraba la zona donde se colocaba el pescado fresco. Una masa de hielo picado cubría toda esa barra, pero ya no quedaba nada. El pescadero siempre nos llamaba por la mañana a eso de las ocho para decirnos que había traído aquel día. Si no nos llevásemos bien con el y fuésemos a comprar a las nuevo o diez ya solo quedarían cuatro sardinas y algún calamar. Cada mañana Antonio iba a la lonja a comprar el pescado que se había cogido esa misma noche, por eso los lunes no abría, porque los domingos por la noche no se sale a la mar. Tenía nuestro pedido preparado en una de las neveras. Cuando llegué lo va en la puerta fumando un cigarrillo de liar. Como siempre hablaba conmigo de forma paternal, intentado aleccionarme sobre la vida y el futuro que me esperaba. Entramos a través de las cortinas y siguió fumando. ¿Qué podía decirle yo?, era su pescadería. Cuando fue a coger mi bolsa sacó una cajita metálica que había sido un paquete de puritos y metió el cigarrillo a medias dentro, y se la volvió a guardar en el bolsillo de su bata de pescadero. Miró lo que valía, escrito en un papel en el que envuelve el pescado con un plastidecor color azul. Veintidós y medio, me dijo, va dame veinte. Se lo di. Seguía hablándome a través de frases hechas y proverbios, sabiduría popular. Muchas veces no damos crédito a estas frases que oímos, pero el hecho de que lleven en circulación cientos de años dice algo sobre su veracidad. Ese día me hablaba sobre su mujer y las relaciones en general. Me dijo, no te cases nunca, no te juntes con nadie. Que cada cual tenga su vida. Quedáis echáis un kiki, y cada uno por su lado, pero no cometas el error de quedarte con alguien. Después tendrás hijos y ya sabes lo que dicen, “cría cuervos y te sacarán los ojos. Este era el tipo de enseñanzas que me ofrecía este hombre que llevaba toda su vida tratando con mujeres casadas y mayores y que a mi parecer tenía bastante experiencia en la vida.
Si alguien de esa edad te da ese consejo no lo seguirás, la juventud tiene otra dirección otro impulso, otro destino. Pero el simple hecho de que estas ideas me las transmitiese el pescadero, en forma de sabiduría ancestral, de mensaje al iniciado en la vida, me hicieron replantearme unos segundos mi vida. Rápidamente pensé, este hombre está amargado, tiene cincuenta años y su mujer también, los dos son viejos y feos, sus cuerpos están ya decrépitos y arrugados por el tiempo, el deseo a desaparecido de ellos, al igual que el amor, solo les queda la rutina diaria, el cariño por el tiempo juntos, nada ya de ese fuego que despierta una persona amada en nosotros cuando aún somos jóvenes.
Un día trabajando ella me dijo algo. No sé que era porque como siempre yo estaba absorto en mis pensamientos. No podía estar ahí, no podía coger esa sucia fregona y limpiar todo el suelo de la cocina del restaurante en el que trabajaba conscientemente. Mi única manera de sobrevivir era no estar ahí, no saber quien era, convertirme en un robot, en un esclavo, en mano de obra. Lo único que era libre era mi mente. Pese a esto sabía quien era, al fin y al cabo, trabajábamos juntos. Nunca habíamos hablado. Mejor dicho, nunca habíamos hablado de algo que no fuese estrictamente laboral, pásame estas patatas, que bebida lleva este pedido, etc. etc… Me dijo algo referente a los tatuajes que tengo (no podemos hablar en pasado, por lo general, cuando hablamos de nuestros tatuajes). Yo ya me había fijado en ella, o mejor dicho en sus tatuajes, que al fin y al cabo no dejan de ser su propio cuerpo. Normalmente una chica atractiva siempre me llama la atención, pero si esta, tiene el cuerpo lleno de tatuajes el interés se multiplica. No se porque razón sucede esto. Quizá porque hemos superado ya el neoclasicismo, porque unos cuerpos bellos sin más ya no nos llaman la atención. Cuantos miles de ellos veremos en Instagram, por no hablar ya de las webs porno. Seamos sinceros, el cuerpo ya no es algo secreto, que solo puede ver el espeso, y solo desde la noche de bodas en adelante. El cuerpo ha pasado a ser algo de propiedad compartida, lo queramos o no. Desde el momento en el que compartimos una foto de nosotros eso ya no nos pertenece. Es cierto que forma parte de nuestra identidad, pero si nos ponemos hippies todos tenemos culo, piernas y brazos. Pero no todos tienen tatuajes y quien los tiene por lo general no son iguales que los de nadie. Un cuerpo tatuado ya no es solo un cuerpo, un elemento biológico y animal, es un cuerpo llevado a expresión artística[1]. Ella no tenía el cuerpo recubierto con grandes mandalas ni grandes tatuajes que cubriesen toda su piel, sino que había decorado su cuerpo con diferentes dibujos y escenas que realzan la propia belleza de su forma física. De igual forma la ropa puede embellecer nuestra forma física y nuestra apariencia, los pendientes, la barba incluso. Pero los tatuajes son algo diferente, que cumplen la misma función, por lo general, pero de naturaleza metafísica.
Hablamos un rato sobre los tatuajes, sobre lo que nos gustaba, si nos había dolido o no y demás. En cierto momento me dijo que ella tatuaba. Claramente no se dedicaba a ello, sino no estaríamos trabajando en el mismo restaurante de mierda, pero decía que de vez en cuando hacia algunos a amigos suyos a gente. La desconfianza de este tipo de tatuadores es siempre fundada. Aun así, al decírmelo, no me lo pensé dos veces y le dije que cuando me hacia uno, me dijo cuando tú quieras. Después de esto yo estaba emocionado una chica en la que me había fijado me iba a tatuar, me iba a invitar a su casa e iba a clavarme agujas llenas de tinta en mi piel para formar un dibujo. Es el sueño de toda persona tatuada, que alguien en quien te hayas fijado por sus tatuajes te tatúe finalmente a ti.
Pasaron varios días y semanas, no nos hablábamos en el trabajo ni en ningún lugar. A veces la miraba en el trabajo, observaba sus tatuajes y su cuerpo, pero en el momento en el que ella me iba a mirar, anticipándolo yo miraba hacia otro lugar, escapando de un cruce de miradas que nada implicaría. Pensé que el tema del tatuaje se había olvidado. Ella me había invitado y yo no iba a ser quien se lo recordase. Esta actitud orgullosa nunca es la más adecuada pero así me comporté y no hay más remedio que aceptarlo. Por otro lado, el que no hablásemos, el que ella no me dijese nunca nada, acrecentó el tiempo que empezó a ocupar en mis pensamientos. Cuanto más alejados físicamente estábamos, más dentro de mí la tenía. Esto es lo más normal del mundo. Yo solo sabía su nombre, los tatuajes que tenía (y ni siquiera todos porque no la había visto más que con el uniforme del trabajo) y que a veces tatuaba. En estas situaciones nuestra mente en vez de envalentonarse y obligarnos a dirigirnos a la persona en cuestión, empieza a fabular diferentes detalles sobre su personalidad. Cuando más pensaba en ella era cuando no le hablaba, o cuando no la veía, lejos de ella. Porque en el momento de estar frente a ella, me congelaba, me convertía en una piedra, en un objeto inerte, o en un robot, que responde mecánicamente a todos los estímulos que recibe a través de acciones guardadas en su memoria, siguiendo protocolos inventados. Imaginé tantísimas cosas. Tantísimas historias diferentes. Tantísimas personalidades. Tantísimos gustos musicales. Empecé a sobre analizar todo lo que la rodeaba. A pensar en el significado de sus tatuajes, cosa que siempre he odiado. El arte siempre llega a través de los sentimientos y cualquier tipo de elucubración interpretativa siempre es válida, pero desacertada a la hora de explicar porqué nos afecta de esa forma, determinada expresión. A partir de su ropa deduje diferentes personalidades, e intenté crearme una idea de ella en la mente. Claro esta que esto siempre va a ser equivocado y el día en que alguien acierte puede dejar de comprar lotería porque nunca más le tocará un premio tan gordo. Esto no me importaba, para empezar porque no lo hacia conscientemente. Mi mente deambulaba por su imagen. Quería descifrar que hacía antes de dormir. Como eran sus amigas. Que música escuchaba. Que deporte practicaba. Que películas le gustaban. Sobre todo, le daba vueltas a cómo sería su cuerpo desnudo y tatuado. Porque, aunque se dice que los tatuajes cubren la piel eso no es así. Lo que hacen es convertirse en piel, como un pellejo nuevo, una nueva skin, que en inglés expresa mejor el sentido que quiero dar. Su cuerpo joven, más joven que el mío, estaba en el momento de máxima belleza. Los tatuajes que yo había visto siempre realzaban sus formas[2]. ¿Cómo sería su cuerpo desnudo, y cómo serían los dibujos que lo decoran?
Un día después del trabajo vi que estaba en la terraza y decidí fumarme un cigarro en vez de irme directamente para casa como solía hacer. Dije, qué a ver cuando quedamos para que me tatúes, ella me dijo cuando quieras. ¿Sabes lo que quieres? Me preguntó. Claro, le dije, quiero algo grande y negro en la costilla, con mucho relleno y sin muchos detalles. Ella dijo que tampoco era una experta pero que, si era algo sencillo, aunque grande me lo haría sin problema. Pues perfecto, le dije. Acabamos quedando la semana siguiente. No hablamos más de las cuatro imágenes que le pasé del tatuaje y de donde iría colocado, el tamaño…
Al cabo de poco me presenté en su casa quince minutos antes de la hora que habíamos quedado. Siempre llego antes de tiempo a los sitios. Me gusta fumar un cigarrillo para mentalizarme de lo que va a venir. Y ese día sabía que iba a sufrir, que lo iba a pasar mal. Siempre que me hago un tatuaje lo odio y me digo a mi mismo y a la persona que me esta tatuando que no me voy a hacer más tatuajes que duele mucho. Pero por suerte el dolor es un sentimiento que solo lo sufres en el momento, y que no puedes recordar después. Puede acordarte de lo mal que lo pasaste, pero nunca experimentas el dolor de la misma forma si no es en el momento de sufrirlo. Ella me dijo que estaba loco queriéndome hacer aquello, que me iba a doler mucho, que la iba a odiar. Pero yo la tranquilice le dije que ya sabía lo que era el dolor que, aunque en el momento tuviese ganas de matarla, a ella y a mi mismo, coger la maquina y clavársela en el ojo, ella no tenía la culpa de ese dolor, aunque es quien sostiene el arma del crimen que deja la huella imborrable en la piel. Pero eso no se lo dije. Estuvimos un rato charlando y tomando un café, o mejor dicho, me tomé un café mientras charlábamos y ella preparaba todos los materiales. Si hubiese llegado a la hora ya estaría todo listo para recibir la tortura, pero como siempre llego antes, pude robarle esos diez minutos de conversación, de verla con una ropa que no era la del trabajo, de estar con ella en su casa, de compartir un espacio íntimo, que después no sería tan intimo como en el momento en el que clavó las primeras agujas en mi piel.
¿Empezamos?, me dijo. Si, si, cuando tu quieras. Ahí estaba yo sin camiseta y recostado sobre mi lado derecho para que me tatuase las costillas izquierdas. Al primer contacto sentí dolor, y al segundo, y al tercero y durante las dos horas o tres o cuatro que duro ese suplicio. Por suerte algo que siempre me alivia cuando me tatúan es el calor de los brazos del verdugo. Notas que alguien te esta tocando y ese calor, esa calidez que irradia la piel y que notas cuando las dos están en contacto me hace volver a poner los pies en la tierra. Dejar de estar sumido en una nube oscura y repleta de lluvia, rayos y relámpagos que sientes mientras varias agujas perforan tu piel miles de veces por segundo, ese dolor, deja de prefigurarse como un sentimiento abstracto pero real, para convertirse en algo físico que esta ocurriendo en un espacio determinado y bajo unas manos determinadas. Durante toda la sesión estuvimos hablando y escuchando música. Es extraño como normalmente no nos decíamos nada, pero en ese momento no podíamos parar de hablar o yo no podía parar de hablar. En realidad, no hablamos tanto ya que mientras te tatúan las costillas tienes que mantener la respiración para no moverte. Escuchas un, brrrrr, la maquina pasa de un zumbido descubierto a enmudecerse en el momento en el que las agujas entran en tu piel. Escuchas un cambio de frecuencia continuo como cuando el vecino pone música y abres la ventana o la cierras y todo se enmudece pese a seguir escuchándolo, saber que sigue ahí, y tan ahí porque esta dentro de la piel. Unas cuantas veces paramos para descansar, salía a su balcón me fumaba un cigarrillo sin camiseta y con la herida descubierta y lleno de tinta y ella miraba Instagram durante esos minutos. A veces sacaba una coca cola y se la bebía conmigo mientras me miraba fumar y me decía, que bien está quedando, túmbate otra vez que esto hay que acabarlo. Y yo volvía resignado, pero voluntariamente a tumbarme, sabiendo que iba a sufrir, sabiendo que lo iba a pasar mal, pero también consciente de que tenía razón debíamos acabarlo. No puedes dejar un tatuaje a medias, puedes hacerlo por partes, pero no dejarlo a medias. Al cabo de un rato indeterminado, para mi fue una sesión de tortura de las peores de mi vida, pese a que fuese ella quien había actuado de verdugo, me levanté mareado, como si estuviese enfermo totalmente desubicado y con la tensión por los suelos. No se me ocurrió mejor idea que salir a fumar una vez más. Sin camiseta, pero ahora si envuelto en film como un chóped de carnicería ya abierto, viendo que empezaba a llover. Me preguntó si tenía que hacer algo esa tarde, aun era pronto, y le dije que no. Me dijo si quería quedarme un rato más con ella, hasta que estuviese mejor. Es peligroso que cojas la moto ahora me dijo. Acepté.
Después de comer guarrerías de chocolate varias me dijo si fumaba, le dije sí claro. Dijo que ahora volvía que iba a coger unas cosas de su habitación. Apareció en el balcón con un paquete de Camel industrial y un pequeño botecito donde guardaba el chocolate. También traía bajo sus brazos dos latas de Nestea, como sabrán los fumadores la mejor bebida para acompañar un buen porro. Yo seguía mirando por la ventana, temblando aún por el dolor que había sufrido media hora antes, pero durante mas de dos horas. Estaba como resacoso, enfermo, tenía el cuerpo débil, pero mi estado de ánimo era inmejorable, estaba contento rebosante de alegría, tenia un nuevo tatuaje hecho por ella, y valga la redundancia, estaba muy bien hecho y los dos estábamos muy contentos con el resultado. La tarde se podría decir que fue inmejorable. Si tenemos obviamos el pequeño hecho de que me desgarraron la piel del costillar izquierdo. Por suerte su balcón era amplio y tenía un pequeño sofá de exterior que nos vino de perlas para sentarnos a ver la lluvia mientras fumábamos. Yo ya estaba sentado y ella se puso a mi lado, muy cerca de mí, tanto, que le dije cuidado no te acuerdas que me acabas de torturar. Ella se rio, pero si has sido tu quien ha querido sufrir, me dijo. Es cierto, perdona, siéntate en el otro lado, dije. Ella me hizo caso, qué iba a hacer, en ese momento yo era un herido, me sentía como un soldado tirado en una trinchera temblando mientras los demás pasan corriendo delante de ti pero ni siquiera se giran a mirarte porque te dan ya por muerto, o porque prefieren salvar su vida antes que arriesgarla por la tuya. Encendió el porro.
Las gotas de lluvia se mezclaban con el frio, tocando mis manos a la vez que el humo del hachís envolvía mis dedos. Estuvimos reclinados tranquilamente, sin decirnos nada, fumando, primero uno después otro. Estábamos sentado muy cerca. Notaba como mis muslos tocaban con sus muslos. Por desgracia eché de menos el momento en el que me estaba tatuando, porque, aunque había sufrido muchísimo, al menos, el calor de sus antebrazos me hacía sentirme bien. Ahora estábamos sentados juntos, pero no había ese contacto tan íntimo. Yo estaba muy cómodo y ella también ya que se apoyó sobre mi y nos reclinamos aún más. Cuando acabamos de fumar me dijo, si quieres hacemos otro que este ha sido muy corto. Estaba claro que no había sido muy corto, que llevábamos ahí por lo menos media hora sentados y apoyados el uno contra el otro, pero lo tome como una indirecta para pasar más tiempo conmigo. ¿Qué podía ser sino? De nuevo repitió el ritual. Trajo dos nuevas latas de Nestea y yo aproveché para ir al baño. Me miré en el espejo, seguía sin camiseta, envuelto en papel film como un chóped, pero estaba allí con ella, bastante ciegos los dos, pero muy a gusto, apalancados que se dice. De nuevo se repitió el proceso. Esta vez ella directamente se apoyó en mí, como dando a entender que estaba muy cómoda conmigo, que ahora pertenecía a su propiedad igual que el sofá en el que estábamos medio tumbados medio sentados. Esta vez me preguntó como lo había pasado, si me había hecho mucho daño. Que va, se ha podido soportar. Obviamente que se ha podido soportar, sigo vivo, y no me desmayé, pero vamos daño me hico muchísimo, pero no podía confesárselo. Bien porque no quería que se sintiese mal por tatuar de esa forma, que no era culpa suya, ni por haberme causado ese dolor, bien porque tenía que mantener mi orgullo de nuevo bien alto, sobreponerme a las circunstancias y mantenerme siempre impasible ante la adversidad, una forma intelectualoide de hablar de mi frágil masculinidad. Seguimos otra media hora más fumando. Ya estábamos los dos bastante tocados, y después de acabar, permanecimos por lo menos otra media hora más apoyados el uno en el otro viendo llover.
Ambos sabíamos que eso no era casual, que no llevábamos otras dos horas más juntos por pasar la tarde, sino que realmente había algo allí. El estar sentado junto a alguien mucho rato, sin ni siquiera hablar, pero simplemente sintiendo el calor que se desprende del otro cuerpo es una sensación difícil de explicar, pero que cuando la vives lo comprendes perfectamente. Al cabo de un rato le dije que me tenía que ir. Al contrario de lo que se podía esperar a ella no le importó demasiado. Ni a mi tampoco separarme de ella. Habíamos pasado una tarde fantástica. No habíamos hablado demasiado, porque tampoco había demasiado que decir. Simplemente nos dedicamos a pasar un buen rato en compañía del otro, a parte de por mi parte sufrir una tortura totalmente descabellada, que a día de hoy aún no se si merece la pena.
Después de todo esto seguimos sin hablarnos demasiado en el trabajo. No quedamos más veces A parte de ir comentando el estado del tatuaje y de pasarle varias fotos de como iba curando no teníamos mucha comunicación más. Después de un tiempo yo seguía reflexionando sobre el tiempo que habíamos pasado aquel día. El balcón, el sofá, pero sobre todo el calor que yo sentía cuando sus antebrazos tocaban mi piel mientras por otro lado, y a la vez, las agujas de su máquina me perforaban la piel miles de veces por minuto. El tatuaje siempre lo tendré porque me lo hizo ella, y porque francamente quedo muy bien. Y a lo largo de los años, de seguir viéndome el tatuaje, de ya ni si quiera saber donde esta ella, lo que siempre he recordado y recordaré es que a través del dolor que sufrí bajo sus manos se creó un vínculo entre nosotros por el dolor de la tinta.
[1] Entiéndanme, con esto no me refiero al tipo de gente que se tatúa una palabra en el antebrazo, o su propia fecha de nacimiento. A esto lo podríamos denominar el hippismo del tatuaje.
[2] Por otro lado, siempre he desdeñado un cuerpo vacío. Igual que la mayoría de personas trabaja su cuerpo en el gimnasio y le da forma, los tatuajes también lo hacen. Me parecería totalmente absurdo criticar los tatuajes porque te modifican el cuerpo, y eso que solo lo hacen cromáticamente, mientras que el ejercicio físico lo deforma.

















