Encuentra en esa mirada su mayor debilidad porque cuando colisiona con su par de avellanas, le quita la confianza para prevalecer ahí; observándole sin culpas. Observándole sin poder evitar sentirse responsable de aquel estado, incluso cuando nada le indicaba que aquella embriaguez correspondía con su desaparición y charla anterior. “¿Mhmm?” Murmura, desprendiéndose de sus pensamientos cuando escucha su nombre y volviendo a él, buscándolo, buscando cada respuesta que parecía no podía escuchar. “Tu aliento y comportamiento no dicen lo mismo” y aunque sí estaba exagerando, porque el etílico en presencia de cuerpo ajeno no era tan desbordante como para causarle asco o quererlo lejos, pero sí lo suficiente como para nublar ciclos de pensamientos que no quería entorpecer. Sentía que aquellas cosas se debían realizar y decir con un estado completo de consciencia. “Diría unas horas” le corrigió, entrecerrando su mirada al observar la cantidad de alcohol que supuestamente había consumido “y parece te has vuelto un experto mintiendo” lo acusa, porque era imposible que aquello que decía fuese verdad aunque él se encontrara completamente convencido de que efectivamente así era. La curiosidad es noche le gana al silencio y la interrogante acaba siendo pronunciada por sus labios “¿por qué has bebido tanto?” Podría ser que estuviera celebrando su graduación, pero si ese fuese el caso porqué no había el brillo característico de su mirada. Se encontraba completamente apagado. Observó cada una de sus reacciones, desde aquella risita hasta el cambio de expresiones y no pudo evitar sentir que quizás su regalo no había sido una buena idea. “No soy tan bueno cantando, preferirías escuchar esas canciones” intento replicar con un poco de humor “pero he incluido algunas versiones con mi violín, no es mi voz, pero creo que puedes escuchar lo que digo a través de la música” confesó al final, recordando como las dos veces que había tocado para él Daeil le había comprendido mucho mejor que cuando sólo se comunicaba con palabras. Tenía mayor facilidad para expresarse a través de melodías y el hecho de que el menor pudiese entenderle sólo hacía que aquel sentido de querer tenerlo cerca fuese en incremento. No puede apartarse de él mientras lo observa de aquella forma, con el cabizbajo, sus dígitos danzan a través de sus hebras, dejando leves caricias sobre la misma y descendiendo hacia su tez, su mentón, busca que le mire y no le agrada aquella imagen con la que sus orbes se encuentren. ¿Estaba llorando? ¿Por qué lloraba? Podía sentir su interior apretarse, confundido, la elección de regalo y canción parecía haber sido una terrible idea cuando parecía que seguía dañándole. No lo pudo evitar, tomo su muñeca y lo arrastró hacia él, rodeándolo con sus brazos, resguardándolo de lo que sea que estuviera atormentándolo; era él, lo sabía, pero alejarse una vez más sólo provocaría más dolor del que ya le había infligido. “¿Por qué lloras?” Inquirió, convencido de que aquella canción resaltaba parte de sus emociones positivas, aquellas que solamente el menor había sido capaz de ver y provocar en él. “Lo siento” se disculpó, porque desde que lo había conocido había tomado decisiones que ahora los arrastraban a aquella nube gris de tristeza, a esa puñalada en el pecho que los atravesaba a ambos y no podían evitarla “creí que si me alejaba, si ambos nos distanciábamos esto sería más fácil” musitó “pero hoy quería verte como no tienes idea” y no había dejado de pensarle en aquellas semanas, él había logrado inmiscuirse en sus pensamientos, en cada melodía que hacía sonar con su violin y en aquellas que escuchaba a través de sus auriculares. Cada cosa que le rodeaba parecía tener algo del menor que no sabía existía, nunca pensó que lo tenía grabado tan en su interior “al final parece que mi profecía se ha hecho realidad” y las palabras escapan con una angustia que no puede ocultar, mirándole aunque él prevalezca escondido en su cuerpo “al final el acercarte a mí te ha hecho daño” y un lo siento fue pronunciado una vez más, un susurro apagado. “No me iré” le aseguró, decisión que había sido tomada en aquel instante, porque si irse significaba que dejaría al contrario hecho pedazos no podía permitírselo. Incluso cuando su mayor deseo siempre había sido ese, supuso que podría esperar, el menor en algún momento se cansaría de él o descubriría que quizá no era todo lo bueno que él creía. Le dolía de pensarlo, mas aquel parecía ser el ciclo de la vida que tanto depreciaba. Su palma lo acunó, manteniéndolo en aquella cercanía e intentándole brindarle el consuelo que deseaba “me quedaré contigo” admitió al final, se quedaría hasta que el otro le echase de su vida. Aquella confesión le sorprende pero no le da tiempo para responder, porque sus labios acaban siendo sellados por suavidad de rosáceos impropios, olvida por un instante el licor que se entremezcla en su aliento o la falta de consciencia que lo arrastran a ceder a aquellos impulsos. Porque él también lo adoraba de aquella manera tan única e indescriptible, también había pensado en perderse en la calidez de sus labios una vez más y ahí estaba, correspondiéndole cuando todo lo que había querido era únicamente verlo una vez más. Quizá aquello había sido una mentira pronunciada a sí mismo, la excusa para reencontrarse con él, porque nadie era más experto en autosabotearse que el mismo Daehyun. Fuera cuál fuera el caso presente, se permitió disfrutar de ese instante tan propio e íntimo, atrapando con suavidad cada bocanada de aire que el vaivén de sus movimientos le permitían. Se dejó llevar por ese instante en que lo único que había deseado era estar con él, atrayéndolo más cerca y profundizando la unión de ambos. No le molestaba las miradas curiosas, pero tampoco deseaba que ambos se volvieran centro de atención y sin apartarse de él los fue guiando contra una de las paredes, permitiendo que la espalda del menor se recargara sobre la misma y aprovechando el punto ciego de luz para que sólo sean ellos dos ahí.
“Maldita sea, debí haber tomado agua...” Se queja con voz bajita en lo que corrobora por última vez que no olía mal. Es decir, sí, notaba el deje de alcohol, pero estaba segurísimo que Daehyun sólo exageraba. A menos que... ¿Era que no le gustaba aquel tipo de bebidas? ¿Por eso no había querido besarlo? ¿Por el aliento? El mohín que mostró fue una mezcla de tristeza y maña. Pensándolo bien no recordaba una sola vez en que lo haya visto remotamente ebrio. “Bien, unas horas, ¡has ganado! Pero te quedarás ese tiempo conmigo. Ya sabes, para ver si tenías razón o no...” Excusas menos tontas se les ha ocurrido antes, pero ya había demostrado que hecho estaba para fabricar estupideces si con esas podía hacer que Daehyun se quedara a su lado un ratito más. Si bien todo aquello comenzó como simple curiosidad, se le hace imposible determinar en que todo se convirtió en una maraña cariños y anhelos. En quererlo de verdad, y no por el simple capricho de descubrir qué era lo que envolvía tanto misterio. “¡Ah! Que por qué he estado bebiendo. Esa es una muy buena pregunta,” ríe con suavidad, ahí tiene latente la excusa de la graduación, celebrar como todos. Pero eso sería mentir, y no quiere mentirle cuando no lo ha hecho hasta ahora así que desecha la idea y se alza de hombros. “Quería... Alegrarme un poco.” Al menos eso suena mejor que estaba triste. Aunque está seguro que el resultado es el mismo. “¡Es mi último día aquí! Eh, no aquí porque no estamos en Sabhwa, pero entre todos... Ya sabes, las cosas se empezarán a mover y habrá que soltar definitivamente este lugar,” se humedece el labio inferior mientras piensa que nada de lo que ha dicho es mentira... Pero tampoco completa verdad. Porque está reservándose que la razón más grande por la que le duele que todo cambie es él, Daehyun. “Me dolerá no verte en el campus. O en las fiestas. O verte y escucharte tocando música... Pensé que me iría sin sentirme aferrado a nada ni nadie. Y vienes tú a demostrarme lo contrario los últimos meses del semestre,” una sonrisa logra que los ojos se le hagan chiquititos. Entonces se aventura a rememorar un poco más allá: Todas las veces que lo vio de lejos y no se animó a acercarse. Todas las veces que pensó que ese chico cerrado y pesado nunca podría ser uno de sus amigos, ni siquiera conocidos. Porque claro que lo había conocido incluso desde antes de Busan, al fin y al cabo formaban parte del mismo grado. Si alguien le hubiera informado que sus mundo colisionarían de la manera en que lo hicieron, Daeil estaba seguro que nunca lo habría creído. “Mnh, qué tonto eres, las cosas que dices...” Por un momento trató de imaginárselo entonando alguna melodía... Y extrañamente pudo, por eso un calorcito se le expandió en el pecho y empujó hacia afuera en una sonrisa. Aunque nunca se lo pediría, escucharle diciendo esas cosas le hacía feliz. Increíblemente feliz. Ese era el verdadero efecto de su presencia en su vida. ¿Por qué las cosas no podían ser así de sencillas? ¿Qué podía hacer él para poner de su parte? ¿Ayudar? ¿Ayudarlo a él? “Lo siento...” Murmura tensando la mandíbula porque así podría contener un poco de aquel torrente de emociones que le habían dejado en un estado tan sensible. Pero no lo lograba. No cuando decía esas cosas. “Siempre has estado tan convencido en que lo mejor ha sido estar lejos... No entiendo. No cuando--” traga en seco, “--me muestras esto y sé que sientes por mí lo mismo que yo siento por ti,” si desvía la mirada es porque naturalmente odia que le vean en ese estado, con los ojos húmedos y la nariz hinchándose con un rosa que se la decoraba. Pero el comentario de la supuesta profecía es el que le obliga a buscarle de nuevo, abrir los ojos un poco más de la cuenta e inhalar entre los temblorcitos usuales del llanto. “Te equivocas. Te equivocas muchísimo,” niega de inmediato sin dejarle espacio a rechistar, “te estás fijando sólo en una parte. ¿Dónde estás dejando las noches que pasamos juntos? ¿Todas las cosas de las que hemos hablado? ¿Sabías que eres tú quien me ha hecho sentir aceptado aun sin tener que recurrir a tu calor? Te haces una idea...” Unas lágrimas más caen y él mismo se las arrebata con el dorso de la mano, rabioso de ni siquiera poder detenerlas allí. “¿Te haces una idea de lo válido que me has hecho sentir cuando hablamos? Escuchándome, preguntándome, interesándote en mí...” Y una vez encontró vergonzoso recordar lo muy normalizado que había aquella conducta donde pretendía sentirse querido sólo con abrazos superficiales de un par de extraños. “Tú-- Tú eres muy diferente a todos y has hecho por mí más de lo que alcanzas de ver,” entonces deja que los besos otorguen el resto de las razones que no encuentra cómo poner en palabras. Lento pero seguro, arrastrando sus palmas hacia atrás donde consigue introducirse entre sus hebras y afianzarse allí. Cree que es la primera vez que le besa sin pensar en las consecuencias de un público; sin el cuidado, sin esperar que el otro de el primer paso para así sentirse seguro que era correcto. Esa noche no quería que se percibiera ninguna vacilación en sus sentimientos porque más que nunca estaba seguro que lo que quería era eso, ¿y qué mejor manera de hacérselo entender además de esa? “Daehyun, Daehyun,” llama entre besos hasta que decide apartarse algunos centímetros. “Eso que has dicho... ¿Estás seguro...?” Se muestra preocupado. Preocupado por haber escuchado nada más que sus deseos materializados en la voz ajena. “¿Quieres...? ¿Quieres quedarte?” Por momentos no le da crédito a lo que cree haber escuchado. Porque sí, quería que cambiara de opinión, pero no tenía la esperanza que ocurriera. No ahora. ¿Quizá nunca¡ Esa es la razón por la que su mente se queda en completo blanco a medida que aquello va formando cierto peso en su interior. Para cuando reacciona se han apartado de los demás para buscar refugio en la tenue oscuridad que ofrecen los extremos del salón. “¿Ya no te molestarás porque me he aferrado demasiado a ti?” Tiene los ojos abiertos y brillantes. Curiosos. Una de las palmas que había bajado hasta el tobogán de su cuello vuelve a hasta su mejilla, lugar donde va repasando el pómulo con el pulgar. “¿Y si te quiero llamar por las noches? ¿Y salir contigo? ¿Y caminar por el río Han? ¿E invitarte a más citas?” Por primera vez se anima a decirlo aun si ya lo había sopesado; no tiene intenciones de decir las cosas de una manera diferentes a como las sentía, ni ocultar sentimientos ni esperar a un ‘después’ para vocalizarlos. Después de su conversación, dos semanas atrás, había aprendido que nunca existiría un mejor momento para decirlas que en el instante exacto que las sentía. Después de todo, nunca se sabía si existiría ese después. “¿Y si quiero besarte y volver a dormir contigo? ¿Te quedarás aún con todo eso?” Agrega con suavidad. “No--No te arrepentirás, te lo prometo,” deja un primer beso corto en su boca, uno que no tarda en ser seguido por otro par que van cayendo en lugares dispersos (barbilla, comisuras, mejillas). Los besos se vuelven risitas, y las risitas terminan transformándose en una sonrisa gigante. Todo el tiempo que llevaban conociéndose se había basado en esa prohibición en específica, y aún si sabía que en el fondo habían muchas cosas que todavía tocaban que trabajar, Daeil estaba feliz. Porque incluso si ese era un primer paso, estaba bien. Uno a la vez, donde no tuvieran que soltarse de las manos.