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XIV
El reloj ya marcaba la hora de la comida cuando Felipe y yo decidimos ir al mercado próximo para comer algo diferente a lo de siempre: pan, mermelada, un poco de carne seca y alguna fruta que encontrábamos en el camino. El jefe, como siempre, se quedó con su libreta de cuentas cuidando que nada se le fuera. A veces creíamos que su cuidado era en extremo demasiado, sin embargo, nadie podía decir que no habría que tener cuidado en una época donde muchos de los negocios que se habrían, ya sea por mala administración, robos o a la calidad de su trabajo frente a otros que ya tenían años, terminaban cerrando en menos de un año, pero no el del jefe, en pocas semanas cumpliría ya 10 años desde que lo abrió y 7 desde que yo llegué.
¿Cómo es que llegué ahí? Es justo de lo que trata esta historia.
XIII
Y esa fue la historia de Leticia y Rodrigo, aún muchos la recuerdan, principalmente aquellas mujeres que cuando sus esposos se comportan con poca educación, no dudan en soltarles la clásica cantaleta de “Rodrigo casi se muere por Leticia y tú ni siquiera me puedes abrir la puerta”.
Pues bien, el encargo de la señora Leticia consistía en una nueva silla mecedora para Rodrigo, quien pasaba la mayor parte del tiempo sentado, meciéndose y viendo el campo que había frente a su casa… o al menos eso es lo que la mayoría de las personas creía. Lo que no sabían era que en realidad no le gustaba ver el campo y el paisaje que había no más por no más. Lo que en verdad veía era a Leticia cuidar de sus flores y eso era todo.
XII
Cuando despertó Rodrigo, lo primero que vio fue un techo desconocido. En otro momento se hubiera sobresaltado al no reconocer el suyo, pero su estado le confería un estado de tranquilidad el cual, si le hubieran dicho que era el cielo o el infierno, lo hubiera creído. Se quedó viendo el techo un rato hasta que un ruido en la puerta le hizo voltear a ver y de inmediato, oyó un vaso quebrarse en el suelo. Ese vaso era el que traía Leticia, quien se había pasado 3 días cuidando de Rodrigo, esperando que pasara lo peor. Al entrar Leticia se sorprendió verlo despierto y no pudo evitar gritar sorprendida su nombre.
Leticia: ¡Rodrigo!
Y acto seguido, correr hacía la cama para abrazarlo procurando hacerlo con cuidado, aunque la excitación del momento llegara a incomodar un poco a Rodrigo cuando hundió su rostro en el costado de su salvador.
Leticia: ¡Rodrigo.. estás bien!
Dijo levantando la cara y mostrando un rostro lleno de lágrimas.
Leticia: ¡Creí que morirías! ¡Creí que te perdería para siempre!
Rodrigo seguía callado, pero la miraba con una ternura sin igual, y así sin decir nada; Leticia mirando todo lo que buscaba en esa mirada, lo besó.
XI
XI
Furibundo como estaba por el golpe que acababa de recibir, Carlos no tardó en lanzarse corriendo sobre Rodrigo, quien viendo que su rival venía a toda prisa y sin intenciones de detenerse, simuló recibirlo, pero tan presto estaba 3 pasos, con un sencillo movimiento se hizo a un lado e hizo que Carlos cayera con todo su peso y se llenara la boca de la tierra seca de aquel lugar. Lo sucedido no hizo más que enfurecerlo y de nuevo querer cargar contra él para esta vez sí derribarlo. Sabía que si lograba tener en el suelo a Rodrigo, no habría oportunidad de que se le escapara, era mucho más pesado que él por lo que su victoria estaría segura. Una vez más de pie, se acercó lentamente hacia Rodrigo, quien lo seguía con la mirada y los puños ahora bien apretados y a la altura de su pecho. Cada vez que Carlos estaba lo suficientemente cerca de Rodrigo, este no dudaba en descargarle un puño recto a su cara que lograba sacudir y lastimar más su nariz. Todo parecía dictado, Rodrigo tenía la fuerza suficiente y una habilidad innata para la pelea que dejaba en vergüenza por mucho a este o cualquier otro contrincante, sin embargo, todo cambió cuando en la última ves que Carlos cayó de cara en el suelo, no pudo soportarlo más y siendo desleal a un combate cuerpo a cuerpo, sacó la pistola que tenía guardada tras su cinturón y se incorporó para apuntarle a Rodrigo.
Rodrigo sabía que Carlos no era un hombre que amenazara, así que en cualquier momento descargaría las balas que tenía en la pistola. Sin dudarlo también, tan presto vio la pistola corrió directo a Carlos quien viendo la determinación de morir de Rodrigo, jaló del gatillo y falló, apenas rozando la bala un costado del hombro; volvió a jalar y esta vez la bala se incrustó directo en el brazo izquierdo de Rodrigo, pero él no se detuvo. Quedaban apenas si tres metros cuando volvió a jalar del gatillo y esta vez acertó darle en el pecho, pero no solo fue la bala la que acertó su camino sino el puño recto, seco y lleno de fuerza de Rodrigo sobre el rostro de Carlos quien de inmediato quedó fulminado boca abajo en la tierra mientras Rodrigo daba unos pasos más por la inercia que llevaba y segundos después se desplomaba. Ahora todo lo que veía Leticia no eran más que tierra y dos cuerpos que parecían muertos como moría también la tarde.
X
Todo pasó cuando una tarde Leticia regresaba del novenario de una de sus amigas, su esposo había muerto a causa de un altercado en el que se le acusaba de haber hecho trampa en el juego. Era cierto, pero durante la discusión no lo admitió sino hasta que su rival, ya bebido, se paró en seco, desenfundó la pistola que traía y sin pensarla dos veces, jaló del gatillo y una bala, cual barco cruzando el mar, atravesó su cráneo y terminó incrustada en la pared y al momento de caer, cayerón un par de haces de la manga del difunto. Pues bien, el día empezaba a pintarse de naranja, rojo y rosa cuando ella regresaba a casa por la senda de siempre, sin más compañía que la que pudieran hacerle sus pensamientos. De pronto empezó a escuchar a los lejos el paso de un caballo, tuvo un mal presentimiento, pero no había algo mejor que hacer que esperar. Siguió caminando y cuando el hombre le habló se dio cuenta que se trataba de Carlos, lo cual no la tranquilizaba tampoco.
Carlos: Hey, tu casa está aún lejos, ¿no quieres que te lleve?
Leticia: No, muchas gracias. Hace una buena tarde, buena para caminar.
Carlos hizo un gesto de desagrado y escupió al suelo.
Carlos: Tengo en mente una mejor manera de disfrutar la tarde, por qué no dejas que te lleve y lo descubres antes.
Y tan presto acabara de decirlo, bajó del caballo y tomó del brazo a Leticia para darle vuelta y besarla. La pobre de Leticia trató de evitarlo, pero Carlos era un hombre alto y grueso de cuerpo y no pudo hacer nada. Carlos la tenía ya en el suelo y sus manos parecían un enjambre de abejas, moviéndose por todos lados, pero sobre un mismo objetivo. De pronto y sin darse cuenta cómo, fue levantado de súpito y sin ver la cara de quien lograba esa increíble hazaña sí vio un puño caer sobre su cara y derribarlo. Duró apenas menos de un pestañeo en incorporarse y darse cuenta quién había sido, una vez que hubo pasado su mano por la nariz y verificar lo que había pensado: la sangre manando de su nariz. Se incorporó y todo lo que veía Leticia, aún en el suelo y sorprendida por lo que veía, era a Carlos, furibundo como un toro frente a Rodrigo, que aunque era delgado de cuerpo y menos robusto que Carlos, su mirada era como la de un cazador dispuesto a todo.
IX
De vuelta al presente, Felipe iba a la parte trasera de la carpintería para traer la madera y empezar a trabajar en el encargo de la señora Leticia Robles, una señora de unos 71 años, muy amable de cabello blanco cuyo esposo, unos 10 años mayor que ella, ya no daba muchas muestras de vida, pero aún así ella le trataba con un ferviente amor que dejaba en vergüenza a muchas jovencitas que se decían las más enamoradas, excepto la novia de Felipe, ella era tal vez la única que podría asemejarse a señora Leticia en cuanto a amor se trataba.
Alguna vez había escuchado, en una noche de bebidas con el hijo de Don Luis, el tabernero, que la señora Leticia había sido la mujer más pretendida de este lugar por su belleza y por lo mismo, de todos era objetivo. Sin embargo, aunque muchos dijeran que la querían bien, al final siempre terminaban buscando algo más de lo cual ella siempre rehuía. Ella no tenía padres, jamás se supo algo de ellos, solo se sabía que al igual que Felipe, simplemente apareció un buen día por las calles, corrió con suerte de encontrar alguien que la acogiera y empezó su historia en el pueblo como la mujer más hermosa.
En fin, aunque muchos creyeran que su belleza era una bendición, nunca poder confiar en un hombre era para ellaalgo terrible y aún peor, las mujeres la miraban con odio por pensar que ella los provocaba y se hacia la “mosca muerta”. Por suerte, todo cambió cuando conoció a su esposo, Rodrigo Robles, quien era la mano izquierda de los dueños de la hacienda La plata. No era muy bien parecido, pero era sincero y humilde, cosa que no tardó en conquistar a Leticia y demostrarle que él la quería bien, más aún cuando casi muere a causa de Carlos, el mano derecha de la misma hacienda.
VIII
A pesar de su queja, seguí así por el periodo de un minuto. A veces, parece más los hombres que las mujeres, disfrutamos de cosas infantiles, no importa la edad que se tenga, las disfrutamos igual o aún más que un chiquillo. En fin, una vez quieto, bajé de la cama, me paré frente a ella y hable:
Yo: ¿Y bien? Me estuviste observando todo el día en el trabajo; te compartí de mi comida, permití que me siguieras hasta mi casa y te dejé la puerta abierta para que fueras libre de entrar o de irte.
De reojo, miré el pan duro y la mermelada en la mesa, giré los ojos en blanco y rematé:
Yo: Y, por si fuera poco, estoy dispuesto a compartir contigo lo último que queda de comida en este lugar contigo. ¿No crees que merezco salgas de ahí y me digas algo? Decirme si estás perdido o alguien te está buscando sería un buen comienzo.
Tardó unos minutos, pero al final parece que cedió, ya sea por el hambre o por lo que dije, empezó a asomarse muy lentamente hasta que todo su cuerpo estuvo fuera y se incorporó y me miró con enojo, frunciendo el ceño dijo:
Felipe: ¡Está loco? Con lo que pesa me pudo haber aplastado, la madera de la cama crujía por su peso.
Su respuesta fue tan inesperada como su presencia fuera de la carpintería lo que me hizo poner una cara muy seria que de momento borró su ceño de enojo creyendo que se había sobrepasado con su comentario, pero no tardó mucho en reírse, sí, reírse, conmigo, porque su atrevimiento fue tal que no pude evitar carcajearme. Y así sería Felipe, respondón y sin miramientos para decir lo que piensa hasta el día de hoy. De hecho, aunque nuestro jefe no lo quisiera creer, su llegada a la carpintería atrajo a más clientes… y clientas que antes.
VII
Llegamos a casa, justo antes que se soltara la tormenta que vaticinaba el cielo gris. Felipe tardó un tiempo en decidirse a entrar, le insté un par de veces, pero viendo su terquedad, desistí sabiendo que tarde que temprano, se animaría a entrar, así que le dejé la puerta abierta. Entré al baño a lavarme la cara y por consecuencia, las manos. Mientras estaba ahí, me di cuenta que la lluvia ya caía a cubetadas y momentos después oí cómo la puerta que había dejado abierta para Felipe, se cerraba. Me sequé el rostro y salí del baño con algo de inquietud por saber si él se habría ido en medio de la tormenta. Vi la puerta, él no estaba, observé rápido la habitación, pero fue en vano, él no estaba.
Lamenté se fuera así, sin más que decir y con solo un emparedado en el estómago, pero pensé que así sería mejor, con el paso del tiempo quiera uno o no, te empiezas a encariñar con las personas tan sólo con verlas todos los días. Sabía que era algo pronto, pero los niños, como los cachorros, tenían ese don: bastaban solo unos segundos para encariñarte con ellos. Pues bien, caminé hacia la mesa, en ella no había nada más que un pan algo duro, mermelada y café, una buena cena para terminar un día cómo el de hoy. Cuando me senté, me di cuenta que había unas pisadas húmedas en el suelo que iban directo debajo de la cama, por un momento me detuve a pensar si no eran las mías, pero no era posible, había entrado antes que empezara a llover, así que me di cuenta: Felipe se había escabullido tratando de que no me diera cuenta. Seguí su juego por un rato y me dirigí a la cama haciendo como si no me hubiera dado cuenta. Cuando hube llegado a la cama, le di la espalda a esta y, cual si fuera un niño, brinqué para caer de lado sobre ésta y empezar a saltar y no escuchar más que a Felipe decir, o mejor dicho, quejarse:
Felipe: ¡Ay. Oiga, espere, basta, basta!
Y esa fue la primera vez que escuché a Felipe, dirigirse a mí o quejarse de mí.
VI
Felipe era un muchacho de unos 9 años, moreno, cabello corto, amistoso, leal y servicial. El tamaño de sus manos prometía que sería un hombre bastante robusto, claro, en el momento que la pubertad hiciera lo suyo, mientras tanto, solo era un niño bastante enclenque, pero movido y ágil. Felipe había llegado por casualidad a la carpintería hace un año: un día se plantó en la acera de enfrente y solo miraba hacia acá, pensamos que esperaba a alguien. Conforme avanzaba el día, nos dimos cuenta que nadie vendría. Cerramos la carpintería como era costumbre a las 7:30, mi jefe se fue sin darle mayor importancia, suponiendo que su madre vendría por él. Esperé una hora más y cuando salí, él seguía ahí. Pensé en irme, pero decidí acercarme a él.
Yo: ¿Aún no llega la persona a la que esperas?
Creo mi respuesta hubiera tenido que esperar aún más de lo que él esperó ese día para moverse de su sitio. Ese día no había comido, así que el pequeño, pero suficiente almuerzo que me preparé por la mañana se lo ofrecí. Sin poder evitarlo, fijaba sus ojos en el emparedado que le ofrecí, sus manos y su boca se movían con cierta incertidumbre, así que decidí partirlo a la mitad, sentarme a su lado y comer la mitad mientras le ofrecía la otra. Pareció funcionar, porque de inmediato lo tomó y lo empezó a devorar. Antes que lo acabara, le dije si no tenía dónde quedarse y se había cansado de esperar, podía seguirme a casa y descansar en lo que pensaba qué hacer al día siguiente.
V
Felipe ya estaba en la tienda, era el nuevo ayudante de la carpintería. Era muy puntual, como todo nuevo empleado en cualquier lugar, sin embargo, me daba cuenta que no lo hacía para agradarle más al jefe, solo era así. Cuando llegué estaba merodeando en las herramientas colgadas en la pared, sostenía con mucho cuidado una garlopa, o al menos eso hacía cuando me escuchó llegar y, como asustado por verse sorprendido, soltó por error la herramienta mostrando una cara de pavor para de inmediato levantarla y decirme:
Felipe: ¡Por favor, no se lo diga al jefe, fue sin querer, discúlpeme! Nunca volveré a tocarlas sin permiso.
El muchacho tenía la garlopa pegada a su pecho, como queriendo evitar mostrar algún daño cuando la herramienta cayó.
Yo: Felipe, calma. No le diré nada al jefe, sólo déjame verla.
El muchacho con algo de miedo me alcanzó la garlopa para que yo la revisará con cuidado.
Yo: ¡Dios, Felipe, está rota!
Felipe se aterró de súbito, abriendo bien los ojos y moviendo las manos sin saber qué hacer. Pero al ver que esa broma era demasiada, le dije de inmediato:
Yo: Tranquilo, Felipe, es solo una broma.
Por un par de segundo se quedó inmóvil, una mosca podría haber entrado y salido de su boca sin problemas, pero pronto se repuso y mostró una cara de tranquilidad y alegría incontenible. Así comenzábamos el día.
IV
Salí de casa y puse llave. En realidad, no había nada de gran valor monetario, pero tenía varias cosas que me habían obsequiado a lo largo del tiempo y que lamentaría alguien más las tomara y tirara por considerarlas basura. Empecé por caminar por las calles, más por los charcos que la lluvia de la noche anterior había hecho que por las mismas calles. A pesar de que a la demás gente le molestaba, yo disfrutaba caminar por esos charcos, pisarlos y escuchar ese particular ruido que hacía un pie al tocar el agua. La carpintería no quedaba a más de media hora caminando o a 15 minutos en transporte. Yo prefería caminar, dispersaba la mente y me gustaba disfrutar del aire sobre mi rostro que en la mayoría de las veces se acompañaba de rocío y enrojecía mis pómulos. Pasé 5 cuadras, di vuelta en la panadería de siempre y una cuadra más adelante, estaba la carpintería. Me gustaba el lugar, a un lado había un pequeño parque donde muchas personas iban a pasear todos los días, pero no me convencía la iglesia que estaba al cruzar. Ahí las personas fingían, fingían ser buenos, ser solidarios, caritativos, amables, fieles, pero sólo lo eran ahí; fuera de la iglesia, mostraban quién eran de verdad.
III
Afuera parecía haber el alboroto de siempre: personas y sus problemas con la misma prisa de todos los días. En lo que a mí respecta, me secaba la gota de lluvia que había caído en mi ojo y me incorporaba de una buena vez de la cama con el habitual ritual de siempre: me sentaba en el borde de la cama y miraba mis pies desnudos. Uno a uno trataba de moverlos intentando que los demás se quedaran quietos. La verdad, hasta ese momento creo no había tenido progresos, sin embargo, me divertía la idea de que todos los días mejoraba de algún modo. Creo eso nunca fue cierto. Me levanté finalmente y me dirigí a la puerta. Debajo de ella, Don Justino me dejaba su periódico después de leerlo. Ninguna nota trascendente se leía en ella, pero tener qué leer en el baño aminoraba ese momento en lugar de ver una pared blanca y agrietada. Acabada la tarea, escuché la inoportuna clase de canto que la vecina de enfrente le pagaba a su hija. Si bien su hija cantaba bien, ella no parecía disfrutarlo, al menos no más como aquellas veces que la descubría subirse al techo de su casa para pasarse horas y horas contemplando el cielo. Incluso hubo una vez que su madre armó todo un alboroto cuando no la encontró y luego de horas de búsqueda resultó que se había quedado dormida precisamente ahí, en el techo. Pues bien, como decía, la clase de canto empezaba en punto de las 9, hora a la que debía yo salir para llegar lo más puntual que podía a la carpintería, no ganaba mucho, pero lo disfrutaba tanto como aquella niña mirando las estrellas.
II
Cualquiera que me hubiera visto esa mañana pensaría que era un borracho empedernido sin más oficio que matar el tiempo llenando mi cuerpo de alcohol y de vez en cuando, de otra sustancia, pero realmente no era así. Luego de algunos minutos, aquella gota finalmente decidió soltarse del techo y aterrizar en mi rostro, pero no en alguna de mis mejillas, esas que cuando era pequeño hacía que mis tías y una que otra profesora de primaria las apretara y dejara rojas. No. Esa gota cayó justo en mi ojo lo que provocó que todo mi cuerpo tuviera un pequeño sobresalto, lo suficiente para sacarme del sueño y mi cerebro ordenara a mi mano aproximarse a mi ojo para rascarlo. Estaba acostumbrado a los ruidos de la calle, de las personas hablando del otro lado de la ventana, e incluso, a uno que otro mosquito, pero una gota, no era algo que mi cuerpo esperara y por lo mismo, al tocar la fría gota de lluvia con mi dedo, mi cuerpo no dudó ahora en ordenarle a mi ojo abrirse y así, comenzar otro día.