Después de pensar por seis o siete años, llegué a la conclusión de que no puedo escribir porque callo demasiado. No son pocos quienes lo dicen, que todo escritor debe llevar un diario para mejorar su escritura. Claro que esas personas dan otras razones, como saber organizarse o recordar momentos o situaciones que más tarde serán de utilidad. Yo no tengo ese problema, así que eventualmente vi la tarea de llevar un diario como una pérdida de tiempo, una actividad de infantes o una tarea aburrida y forzada que no quiero llevar acabo. Qué ironía que hoy, después de pensar y probar cada método o consejo —porque incluso me atreví a escuchar alguno— llegué a la conclusión de que un diario es lo que necesito.
Pienso que he vivido demasiado. A menudo si veo al pasado lo encuentro abrumador. ¿No debería encontrar arrepentimientos? ¿No debería pensar en las cosas que dejé de hacer? Por el contrario, entre más pasa el tiempo no dejo de pensar en que he agotado todo lo que podría querer hacer en mi vida. He vivido demasiado, he hecho demasiado. Necesito desecharlo.
Veré este diario como un baúl de todo aquello que llena mi mente y mis recuerdos, un rincón oscuro y apartado para verter las cosas que ya no puedo cargar; solo así mi cabeza puede aclararse lo suficiente para escribir con tranquilidad; convertirse en un cuarto limpio y ordenado donde haya suficiente espacio para crear cosas nuevas, libres de emociones enfermas y de podredumbre.
No sé si funcionará. De no hacerlo, al menos podré añadir un nuevo punto a mi lista de intentos.