[Sevilla, septiembre de 2016.]

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[Sevilla, septiembre de 2016.]
Escuchamos sueños
Desde el Laboratorio de experimentación onírica (LEO) estamos creando un archivo sonoro de fantasías y fantasmas alojados en el inconsciente. Si quieres participar en este proyecto, graba algún sueño que hayas tenido y envíanos el audio a leoniricas[@]gmail[.]com. Puedes mandar también dibujos, imágenes o vídeos que tengan que ver con tu(s) sueño(s). Iremos publicándolos total o parcialmente en esta web y quizá también en K7 o material impreso.
Este otro sueño es más tenebroso. Aún no había nacido mi última hija. Los niños estaban en el campo, en casa de la abuela Tita. Era una noche de verano. Lo curioso es que recuerdo que yo no estaba dormida.
Vi que, por la puerta de la alcoba, a mano izquierda, entraba un caballo con un jinete, luego otro y así hasta tres. Sé que, antes de que entraran, oí pisadas de caballos y relinchos, junto con voces humanas que gritaban y llantos de horror. Yo los miraba y quería gritar y no podía hablar (ni una sola palabra salía de mi garganta) y no me podía mover (el miedo me dejó paralizada). Sus caras eran atroces, sus ojos huecos del color del fuego y ese olor como de azufre… Envueltos en esa nube amarillenta, se reían al ver cómo yo luchaba contra el miedo.
Cuando pude mover un pié y llevarlo al suelo, el último que entró dio la vuelta y se fue. Y así uno tras otro. No dejaron de reír mientras se iban. Cuando yo me pude sentar en la cama, el primero que entró y que aún no había salido de la habitación se volvió y sin dejar de reír me dijo: “Volveremos y será peor”.
A veces cuando lo recuerdo, sigo pensando que de verdad estaba despierta. Ahí sí que tuve miedo.
[Las Palmas de Gran Canaria, agosto de 2016.]
Recuerdo un sueño. Tenía unos diez años. Para mí fue un sueño mágico. Yo creía en las hadas, los nomos, los duendes; en fin, en el mundo mágico. Y, en mi interior, sigo creyendo. Bueno, vamos al sueño.
Estaba sentada en el parque de mi pueblo. El parque estaba cubierto de las hojas de los castañeros de Indias. Tenía en una mano una botella de agua con jabón y en la otra un tubo de caña donde soplaba el jabón. De cada pompa que hacía salían figuras: mariposas, pájaros variados, flores de diversos colores, cometas, estrellas, unicornios, caballos, bailarinas, caballitos de mar, hadas, princesas… todas las cosas bonitas que puedas imaginar.
Las pompas volaban y volaban y, cuando se iban quedando sin aire, volvían a mí para que les diera de nuevo aire para seguir volando y reían y reían y eran felices y me daban las gracias… y después de mucho tiempo volando desaparecen. El cielo es de un intenso azul celeste y una suave brisa acaricia mi cara y me despierto llena de paz y felicidad.
Siempre lo recuerdo y alguna vez he querido volver a soñar el mismo sueño pero sin conseguirlo hasta hace unos años. Quizás unos diez. Sin pensar en ello, volví a tener el mismo sueño con los mismos detalles, la misma sensación… En lo único que cambió fue que, cuando volvían a que les diera aire, me decían: “¿Por qué tardaste tanto? ¡Te queremos! Te esperábamos”. Esta vez desperté con la misma felicidad y paz pero llorando. No de tristeza, ni de vacío; era de alegría: es como si yo les devolviera la vida.
[Las Palmas de Gran Canaria, agosto de 2016.]
Un cocodrilo me quería morder en los pies y estaba una silla ahí y me resbalé y quería saltar y un amigo mío estaba en el lago con su mamá (se llamaba Dani el niño) y el tractor estaba en el agua y en la piscina grande. ¡Ya está!
[Peleas de Abajo (Zamora), agosto de 2016.]
Un día había Rider que estaba en la Patrulla Canina que ayudó a encontrar un tesoro y estaba vestido con el abrigo de Skye y con la flor de Skye [risas] y luego [risas] Marshall se reía y Rubble estaba vestido de Zuma [risas] y Chase de… Rocky y entonces fueron a buscar los tesoros y encontraron a un saltarín [risas] y se fueron con él a buscar el tesoro y luego lo encontraron y se fueron a casa. ¡Adiós!
[Peleas de Abajo, Zamora, agosto de 2016.]
Yo estaba en un sitio indeterminado, desconocido. El ambiente era bastante oscuro: parecía de noche. Estaba buscando mis miedos para enfrentarme a ellos. Y yo era todo cabeza, era solo una cabeza, con una cara muy gesticulante (casi podría decir que grotesca) y piernas. Era como esos personajes que aparecen en los cuadros de El Bosco: solamente cabeza con piernas. Y yo iba gesticulando muchísimo. Intentaba poner una cara como para asustar y le decía al miedo: “¡Ven aquí! ¡Ven aquí! ¡Te estoy buscando! ¡No te tengo miedo! ¡Atrévete a aparecer!”. Y, entonces, me dirigí hacia una zona muy, muy oscura que había hacia la derecha y empecé a gesticular muchísimo como para enfrentarme, de una manera agresiva, para asustar… y me adentré por esa oscuridad poniendo yo cara de miedo para asustar a mi miedo… y, bueno, ya no recuerdo mucho más.
[Madrid, agosto de 2016.]
Caminaba por la calle, tranquilo, buscando una cabina telefónica. Me acerqué a una que, en realidad, era un cajero. Introduje mi tarjeta y tecleé algunos datos. El cajero era ahora una máquina expendedora de abonos de metro y, de sus múltiples rendijas, comenzaron a brotar, en formato acordeón, impresas sobre papel verjurado, copias de mis credenciales, de mi pasaporte y de mi DNI.
Intenté que ninguno de aquellos papeles cayera al suelo. Como me resultaba muy difícil, empecé a ponerme nervioso y sentí vergüenza. Para disimular, intercambié unas palabras con la chica que esperaba detrás de mí. Tenía una constitución atlética. Me contó que había disputado un campeonato y había perdido frente otra deportista que resultó ser mi amiga Justicia: “Echasteis un pulso y ganó ella. Me lo ha contado”, le dije. “Así es pero, ahora, vámonos”, añadió el chico que de repente guiaba nuestros pasos.
Llegamos a un cruce. Miramos a un lado, luego a otro. No había tráfico pero se iba acercando un zumbido metálico: era la presidenta del tribunal de habilitación que conducía a toda velocidad como huyendo de algo y fue a estrellarse contra uno de los coches que estaban aparcados en medio de la carretera.
Al ruido del choque se unió el saludo de Fernando, el marido de mi directora de tesis: “¿Te vienes a tomar algo?”, me preguntó. Me resultó extraño que, siendo médico, Fernando no intentara echar una mano pero no dije nada sobre el accidente. “Vente, te presento a estos amigos, nos despedimos y luego vamos”, le propuse. Y eso hicimos. Mientras decíamos adiós a la chica atlética y al otro desconocido, no podía dejar de mirar, de soslayo, el cuerpo de Alicia que parecía dormida, entre el amasijo de hierros, recostada sobre el volante. Me sentí culpable.
Fernando y yo nos dirigimos al bar que me había indicado anteriormente. A cada paso que dábamos cambiaba el decorado: ahora era la calle en la que estábamos, ahora un pasillo de hospital, de nuevo la calle, una sala de urgencias, la puerta del bar, una sala de espera, el interior del bar. Nos sentamos, se acercó el camarero. Fernando le hablaba en inglés y el chaval hacía esfuerzos por entender: “No está bien reírse de la gente”, le recriminó un señor mayor desde la mesa de al lado.
[Madrid, agosto de 2016.]
Caminaba con una amiga por una calle amplia por la que circulaban los coches. Una música melancólica y una voz amplificada por un micrófono venían de algún lado. Pasó un coche grande con tres filas de asientos a toda velocidad. En su interior, había seis mujeres. Acerté a ver que la última de ellas, de pelo gris, despeinado, y vestida con camisón, iba sola en la última fila de asientos. Supusimos que iban al hospital: se estaba muriendo. Al continuar la marcha, pudimos oír mejor la música y la voz. Venían de una azotea situada en un edificio no muy alto, entre otros más altos. Una mujer de pelo largo y negro se grababa mientras hablaba para poner un vídeo en Youtube: estaba relatando la muerte de la mujer del coche. Me puse a increparla, indignada por sentir que, hasta en la cotidianeidad, nos estaban robando la capacidad de interpretar la realidad. Llegué a la universidad indignada. Mi amiga trataba de calmarme y justificaba a la mujer. A ratos, la amiga era Marijose y, a ratos, Elena. Oímos el vozarrón de Miguel. Le dije a mi amiga, divertidamente, que siempre era así, quejándose de todo pero, al acercarnos por el pasillo, pasamos por delante del baño y él estaba allí cantando: It’s hard to be perfect.
[Madrid, 2013]
Estaba acostado en mi cama, era mediodía, había una luz esplendorosa. Me quedaba dormido, ya era de noche. Comenzaba a soñar. Un poema. Soñaba un poema titulado "Azores", sobre Cristiano Ronaldo. En el sueño pintaba muy bien. Despertaba y pensaba: nunca he escrito un poema, pero esto suena muy bien, "Azores". Era un poema que jugaba con la idea del azoro y con las islas, y hacía pedazos a Cristiano Ronaldo, su ridículo cuerpo, sus muecas; lo convertía en un muñeco destartalado. Lograba escribirlo y se lo enviaba a mi amigo Octavio. Él lo leía y lo aprobaba, le gustaba mucho en realidad. Eran puros versos ligeros y muy breves, como un romance cojo.
[Puebla, México, 2016.]
Visito a una pitonisa. Es una niña ciega. Me muestra una carta y me habla sobre la sexualidad cósmica de Johnny.
Estoy en la habitación de mi madre. Ella toma mis medidas para hacer un ataúd pues la pitonisa le ha dicho que moriré. No se ve afectada.
Iba por las calles de Tirana, en Albania, buscando una tienda que tuviera un anillo que me gustara para mi novia. Entré en el Block. El Block es la antigua zona donde vivía la burocracia del partido comunista albanés y que ahora es un sitio donde hay muchas tiendas y muy moderno. Entré en una [tienda] donde había una chica que me sonreía a través de una cristalera y, al entrar, me atendió un chico que se parecía mucho a la chica que me había sonreído. Le dije: “I want a ring for my girlfriend”. Y me dijo: “¿qué?”. Y le volví a preguntar: “I want a ring for my girlfriend”. Y me volvió a responder: “Perdón”. Y le dije yo: “¿Perdón? ¡Hablas en español!” Y me dijo: “¡Claro que hablo en español!”. Le digo: “¡Qué guay, tío! Verás, busco un anillo para mi novia, uno muy sencillo de plata con una esmeralda”. Y me dijo: “Claro que sí, hombre, tenemos un montón.” Y yo: “Jo, qué guay, qué guay encontrar a alguien que hable en español”. Él me miraba raro, me miraba con cara de loco como “claro que hablo en español…”. Me enseñó uno muy bonito, muy fino, con la esmeralda y lo compré.
La tienda tenía una escalera. Bajé por la escalera y de pronto me di cuenta de que estaba en la Isleta [un barrio de Las Palmas de Gran Canaria], ya no estaba en Albania. Y dije: “Anda, coño, ¿qué hago aquí?” y me asusté mucho así que lo primero que hice fue coger una guagua y volver a San Mateo [un pueblo del interior de la isla], a mi casa, no sé por qué.
Pero mi casa ya no estaba y de pronto alguien me dio una llave de un vídeo club para poder entrar y dormir esa noche. Pero para poder conseguir la llave tenía que ir a una fiesta y hacer un bolo en plano de cabaret donde al final me tenía que subir a cuatro patas, es decir, a lomos de una drag queen y triunfar o algo así, cantábamos una canción y triunfábamos.
Cuando salía de allí, del bolo, me encontraba con mis amigos, que me decían que no pasaba nada que todo iba bien pero que tenía que darme prisa porque el alcalde de San Mateo, Antonio Ortega, quería ocupar el vídeo club que en realidad era un picadero para él. Era todo muy raro el sueño.
Bueno, pues eso, fue una pesadilla en realidad, no fue un sueño porque yo estaba muy a gusto en Tirana buscando un anillo y de pronto me vi en Las Palmas. Yo imagino que pues cosas de los sueños y nada más.
[Tirana, 2016.]
Cuando era chico, los niños siempre estábamos malos y las “calenturas” eran frecuentes. Yo las vivía con mucho agobio y tenía pesadillas. Había una que se repetía siempre que tenía fiebre y, aunque ya la conocía, no podía dejar de vivirla como si fuese nueva.
En el sueño era invierno, hacía un rato que había escampado y olía a tierra mojada. Yo estaba en una cama de esas que tienen la cabecera de barrotes metálicos niquelados, acostado con un par de almohadas en la espalda. La cama avanzaba a gran velocidad cuesta abajo por un camino en pendiente. El camino estaba horadado en el suelo, hundido entre dos terraplenes, como en un túnel sin techo, y tenía los regueros de los torrentes que producen la lluvia.
Recuerdo el esfuerzo que hacía por agarrarme a las ropas de la cama, la sensación de angustia e impotencia. Toda mi energía se concentraba en no salir despedido: no podía parar la cama, luchaba por no caerme y lo peor era que no sabía qué iba a pasar ni dónde ni cuándo terminaba el camino o si me despeñaría por un barranco o chocaría contra un muro…
Aunque sabía que era un sueño y se repetía, nunca pude dejar de vivirlo con angustia.
[Sevilla, 2016.]