Tardó tiempo en entender tantas y tantas cosas que aún le era difícil asimilar parte de ese caos acumulado de tiempo atrás. Sonreía reflejando que todo iba bien, pero quizás algún día las cosas iban peor de lo que la gente que le rodeaba podía imaginar. Se alejaba de quien le lastimaba, lejos, muy lejos, porque aprendió que quien te humilla no te quiere de verdad, que no se es de donde se está triste, sino de donde el alma sonríe y se siente en paz. Entendió que merecía lo mejor del mundo, que lo sano era soltar, cerrar puertas medio abiertas, curar heridas del pasado para así sanar cada vez más. Que la gente podía ser que la quisiera ver feliz, pero mejor que ellos no, eso nunca podía pasar. Comprendió que era diferente, que siempre lo había sido, que tenía que aceptarlo, que su esencia no estaba hecha para los demás, ni para que la entendiesen ni comprendiesen y que aún así podía reír a carcajadas sin parar. Era como la misma luna, fuerte y débil, alegre y triste, valiente y a veces frágil, era caos y desastre. Tan, tan suya porque era tan ella. No era ángel, pero tenía paciencia para dar y regalar, aunque también sabía cerrar puertas a cal y canto si la trataban mal. Tardó tanto en entender que ni estando despierta dejaba de soñar, que vivía sonriendo y hablaba sola al caminar. Que mientras los demás la llamaban loca, a ella eso le parecía de lo más normal. Adoraba mirar al cielo, preguntarle a las estrellas por aquello que respuestas no tenía al pensar cuando estaba mal. Era curiosa como ninguna, con la mente en su propio mundo, el de ella, el que hizo para escapar de la realidad. Podía ser calma y desastre, sensible sin parar de llorar. Pero se entregaba siempre del todo cuando se trataba de amar. Entendió que su corazón estaba incompleto por su esencia y libertad, por amar con el alma y con su ser, con acciones y sin palabras que el viento se podía llevar. Una chica de sonrisa rota de la que sólo ella misma se podía salvar.