Eran casi las tres de la madrugada. No lograba conciliar el sueño — como tantas veces atrás — no era nada nuevo. Era mi mente exigiendo respuestas a preguntas que ella misma me hace. Esta semana, a diferencia de las otras había tenido pensamientos recurrentes sobre sentimientos inexplicables. Analicé minuciosamente durante las madrugadas, todas esas situaciones que me inquietan y cuya solución no está en mis manos. Me duele amar y no sé porque. Me pesa un futuro que quizás y ni se digne a visitarme. Siento que te necesito. No sé para qué, pero te necesito. Y eso, me pone unos centímetros más a raíz del suelo. De la tierra.El viernes preguntaste sobre mis lecturas favoritas — Es algo repetitivo que sueles hacer con el paso del tiempo; preguntar sobre mis gustos y lo que me apasiona; cosa que me enamora terrible y despiadadamente. — Pediste que mientras preparabas el arroz, recitara para ti, algunas paginas de un librito de Fernando G. que tenías sobre el sofá. ¡El brujo! No leí más tres paginas que coincidencialmente también me hablaban de lo negativo del peso. Más que hablarte de mis favoritos, luego, te conté de lecturas que llevo postergando. Ese día, nos echamos una siesta antes del almuerzo. Hacía demasiado calor y justo antes de dormir; pusiste un audio de Kundera sin yo saberlo. Te pregunté al despertar que era lo que habías puesto; pues en medio de mi tácito sueño, aún en la superficie de el, logré guardar algo de lo que hablaba Milan. — “¡¡Es el libro que me has dicho que quieres leer!! “La insoportable” — Dijiste.Al día siguiente, mi mente divagaba nuevamente pensando en el peso, en la carga que conlleva tener expectativas muy altas que un día te van a caer sobre la espalda. No sé porqué pero acudí a “La insoportable” de nuevo. — Creo firmemente en que cuando no sabes explicar algo y darle respuestas a los que amas y a ti mismo, sobre lo que estás sintiendo, llega la vida en forma de canción, de película, de libro, de experiencia, de persona y te abofetea la cara una mil veces hasta que lo comprendes. — y pues bueno… Así sucedió. No sé ni como pasé de la primera parte, pues en menos de cuatro capítulos, mis ojos se encontraban en diluvio y mi corazón era una pared craquelada con años sin pintar. Teresa — La protagonista — También despierta en las madrugadas asesando de dolor por pensar en las traiciones futuras y pasadas de Tomás. Tuve mucho miedo con cada pagina, sentía las bofetadas de respuestas que busqué incansablemente. Temí sobre manera, ser tu Teresa. La que no le quita ni un ojo de encima a cada paso que da Tomás. La que está esperando día y noche, una tras otra, la decepción. Busco la livianez, la soltura, lo refrescante del viento entre mis cabellos, vivir en un estado liquido en el que mis sentimientos parezcan agua y mis pensamientos lleven alas. Pero anoche entendí lo imposible que sería hacer de esto tan grande que he comenzado a despertar por ti, algo que no pese. Pues como dice Beethoven; “El peso, la necesidad y el valor son tres conceptos internamente unidos: sólo aquello que es necesario, tiene peso; sólo aquello que tiene peso, vale.“ Entonces, acepto este peso de amor como algo positivo y no como kilos de angustia que debo llevar acuestas.