¿Por qué se sueña? ¿Qué tan difícil es describir un sueño? ¿Cómo se encapsulan dentro de las retinas las imágenes? ¿Cómo se concilia el sueño? ¿Hay acaso que reconciliarse con él? Cuan extraño es dar vueltas en la cama, en el pasto o una roca y no tener siquiera la menor idea de qué se va a soñar, ni de cómo empezar a hacerlo ¡No hay ni la certeza de que ocurrirá!
Ambos teníamos los mismos latidos punzantes. Ocurrió una mañana de julio, en medio de La Nada. Ella no recordaba cómo había llegado hasta allí, estaba dormida cuando la llevé. Aunque tal vez sí lo hacía, sólo que me temo que ahora no quisiera rememorarlo porque La Nada se llena con insomnio. Contradictorio ese sol que nos desvelaba, el calor haciendo sudar nuestras manos frías y evaporando el poquito de chispa que nos quedaba.
Abrí los ojos sin querer abrirlos y recibí esa bocanada de oxígeno que no quería. Creo que a nadie puede gustarle ese soplo de realidad que entra por la nariz en la mañana, llena de moléculas explicables químicamente, lleno de eso tan tangible que entra por los órganos, vacío de sueños. A mi derecha una mujer mirando el techo, pero me dio la impresión que era el techo quien la que la miraba a ella. Siempre me daba esa impresión, siempre con esa mujer. Como que tanto aire le impide ver las cosas, así que los objetos la veían a ella.
Los ojos disparando vacío, la boca conteniendo su fétida saliva mañanera y esas manos. ¡Qué mediocre mujer de la que me enamoré! Tanto esfuerzo en trasladarla a La Nada para que la maldita llegue con las uñas pintadas de rojo. ¡Qué escasa creatividad! ¡Qué ausencia de pudor la de esas cejas despeinadas! ¡Qué metro y medio de desorientación! Y Luego dice: “No he soñado nada”
Y hasta entonces soñé yo. Se fueron juntos el sueño y ella, porque el ella era mi sueño. ¡Qué miel se derrama sobre la hoja al escribir estas palabras! Pero no podría decir que fue igual. Sería fácil, pero mentira decir que todo quedó en orden, que el agua corrió con la misma fuerza y que las noches pasaron sin novedad. Seré sincero y diré que los pájaros dejaron de cantar, las flores ocultaron el polen, las estrellas se negaron a salir, el pasto dejó de ser verde, el agua se puso rosada y lo que es peor, las esculturas dejaron de bailar. Los pintores no cantaron, los poetas no curaron y las presumidas tortugas no regaron el aroma de su pelo por los pasillos de los peces. La Nada se llenó.
Llegó El Todo y arrasó. Y se llevó mi bien más preciado: el olor a canela de la piel de mi amada. Huesuda y pálida quedó la pobre mujer, echada sobre el colchón mirando el techo, cumpliendo sus funciones biológicas, en posible proceso de digestión (y próxima a poner en marcha el excretor), transpirando como mortal. Si bien nunca gozó de gracia extraordinaria ahora los dientes parecían menos blancos, su pelo más áspero, su voz era apenas un ruido fastidioso, casi tanto como su aliento y aún peor que su nulo talento para la escogencia del esmalte.
De todas las palabras pronunciables, tenía que decir esas cuatro lentas e infames. Me atormentó el tímpano como si fuera un pájaro carpintero. No pude con nada más y nunca más concilié el bendito sueño. Bueno sí lo hice, pero tuve que construir una completa guía práctica para hacerlo.
Fueron días siguiendo sus piernas lánguidas. Sus nalgas me llamaron mucho la atención, antes de la mortal frase no lucían tan redondas, siempre me había parecido que eran más bien como pocillos, vasitos que podían llenarse con las manos. Ahora, carecían de atractivo. De día y de noche tomé notas del comportamiento de la mujer que se negaba a soñar. Pensé en donde había escondido mi sueño, porque era claro que se lo había llevado. Fue tal su irresponsabilidad gramatical que destruyó por completo mi elaborado sistema de somnolencia gratificante. Aunque podía dormir, ya no tenía películas en mis ocho horas de ojitos cerrados. ¡Tarada! ¡Lenta! ¡Torpe! ¡Insensata!
No la toqué. Me negué y me negaría mil veces a tocar a un ser tan despreciable como ese. Lo único que hice esa semana fue tomar apuntes. Cada vez que intentaba hacer otra cosa, la sola idea de imaginarla habitando en mi costado sin hacer otra cosa que existir me repugnaba. Evidentemente, como ya no contaba con mi viejo camarada que me acompañaba en el tránsito por chozas repletas de murciélagos violetas, me vi obligado a habitar la absurda realidad de cocinas con coladores. Este hecho me supuso, por supuesto una tremenda exasperación. Tuve que tomar medidas desesperadas debido a la impaciencia.
El plan era construir la guía, compartirla y después volver a lo mío. Digamos que fue un miércoles cuando lo decidí: si iba a soñar tendría que asegurarme de que ella durmiera. Gasté el sueldo de media semana en unas pastillas (cuyo nombre no es necesario mencionar), dos naranjas y una sonrisa (tuve que pagarle a un payaso para que me la pegara de la cara). Gasté dos horas de mi tiempo observándola hibernar sobre mi cama, una hoja de cuaderno y siete gramos de tinta de bolígrafo. Al fin lo tenía, el trabajo había terminado. En una página estaban las instrucciones exactas para asegurar una jornada completa de sueños, propiciados por incoherencias neuronales. Así quedó consignado:
Asegúrese de estar lo suficientemente dispuesto a iniciar la labor.
Prepare un infusión con jugo de naranja y somnífero para hipopótamos (no retire la cáscara)
Deposite la bebida dentro de un cuerpo humano ajeno (Para ello es imprescindible sonreír, de lo contrario, podría obtener resultados negativos)
Cuando este se encuentre en estado de total reposo, colóquelo de lado recostándolo en el brazo izquierdo y preferiblemente con la cabeza apoyada sobre una almohada. Acuéstese en frente de él (es aconsejable que recueste su cabeza sobre la misma almohada de forma que quede paralela a la del cuerpo en cuestión)
Asegúrese de recibir todo el aire que exhale la nariz que tiene justo enfrente (la teoría que desarrollé afirma que ese dióxido de carbono le devolverá lentamente la capacidad de soñar)
Notará como cada vez en menor la cantidad de aire que emana del otro cuerpo. Ahora tome la mano derecha del otro cuerpo –esta debería estar tibia- y póngala sobre su mejilla. Siéntala sobre su rostro y cierre los ojos. Piense en el contacto con esa mano. Concéntrese en la sensación, sienta como el otro organismo se enfría.
Al despertar notará como su capacidad de conciliar el sueño ha vuelto intacta.
NOTA: en caso que no logre dormirse o que al despertarse no perciba los resultados esperados, deberá desmembrar e incinerar el cuerpo que tiene en frente. Después esparza la ceniza en el lugar más lejano que se le ocurra y escriba un cuento.