No Somos Armas
[Arator x original character. World of warcraft: Legion]
Ocupando una de las bancas de piedra más alejadas de la capilla, Arator se encontraba sentado con su espada recostada en sus piernas, con la hoja recién pulida y purificada de la sangre de los demonios a los que se enfrentaba recurrentemente, la hoja relucía con una suave y sagrada luminiscencia que captaba la atención de su portador cuando veía su reflejo en el metal. El silencio de la sala era inusual: la mayoría de los paladines estaban en primera línea en las Islas Abruptas, principalmente en la Costa Quebrada limpiando los territorios de la inmundicia de la Legión o prestando su ayuda en la administración de la Torre de magos en el campamento del Ocaso de la Legión, el grupo más reducido que se encontraba actualmente en la Capilla estaban atendiendo a los heridos en las cámaras inferiores. Sus deberes como comandante de los Hijos de Lothar mantenían a Arator allí, coordinando refuerzos y gestionando las líneas de suministro, una tarea que se sentía a la vez vital y extrañamente distante del crudo choque de acero y carne demoníaca que tan bien conocía.
Su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás y sus ojos se alzaron para encontrarse con la mirada de su padre, su figura inmaculada e inmortalizada estaba tallada en la piedra de la estatua sobre él, juzgándolo con su mirada pétrea. Arator sintió el peso de ésa mirada como un fantasma, la imagen de su padre de alguna manera lo perseguía en forma de inseguridades, que se manifestaban cuando se sentía incapaz de ser lo que su padre seguramente esperaba de él. El sonido de unos pasos pesados y un calor anormalmente extraño que las puntas de sus orejas captaron antes que el resto de su cuerpo, rompieron su trance y lo devolvieron a la realidad; normalmente nunca presta real atención a todos los Paladines que entraban aquí, pero esta vez fué diferente, Arator sintió un estremecimiento, su piel se le puso de gallina debajo de la armadura cuando sus sentidos medio élficos captaron el poder arcano de un nuevo individuo que se adentraba al interior de la Capilla.
Arator se dió media vuelta, mirando por encima de su hombro con una vaga curiosidad cuando vió al portador de tan extraños olores, auras de poder y calor que adorno el espacio vacío con su enorme y voluminosa presencia. A simple vista era un Paladín blindado con una armadura plateada sin muchos adornos, pero tenía alas, cuatro alas emplumadas rojizas que permanecen plegadas en su espalda y una cola que Arator pudo suponer era similar a la de un león, que se balanceaba suavemente y en cuya punta tenía una serie de plumas más largas y con una forma parecida a la de una espátula.
La piel visible del Ángel que se había quitado el casco, era de un rosado melocotón, tenía algunas pecas en la cara, el cabello rojizo zanahoria y los ojos verde agua. Lo más interesante de su apariencia era que las plumas adornaban sus orejas también, tenía alguna que otra mancha de plumas rojizas salpicadas por la cara, el mentón y la frente.
Arator había presenciado a éste ángel en batalla desde la distancia, era una maldita máquina de matar absoluta que igualaba a los cazadores de demonios en el combate. Solo era capaz de borrar varios batallones de la faz de la tierra con golpes de su Lanza Plateada que imbuida en su Fuego Negro alcanzaba longitudes extremas, cual latigos de fuego atrapaba a los demonios en su arco devastador y los pulverizaba, reduciendolos a nada mas que particulas mientras que sus almas eran consumidas por el mismo fuego oscuro para purificar el mundo de sus profanas existencias.
Sin embargo, el contraste que vió aquí fue sorprendente, pues el Ángel caminaba ligeramente encorvado para evitar chocar con uno de los candelabros del techo, cada paso era medido y cuidadoso mientras que su mirada pasaba de una persona a otra a quienes saludaba cortésmente con asentimientos y uno que otro “saludos señor” dicho en un tono suave y respetuoso, casi devoto. Sus pasos lo llevaron a una esquina igual de apartada de la capilla en la que no estorbaba con su cuerpo, y alli se quedó para curar sus heridas y reparar su armadura con el poder de su propio Fuego Negro.
Apoyando suavemente la gran espada contra la piedra del hogar, Arator se acercó. Su propia armadura —las placas doradas y rojas de la Fortaleza del Honor— tintineaban suavemente con cada paso que daba hacia el Angel. Se detuvo a una distancia respetuosa, sus ojos dorados observaron las heridas de Gaedengel, la majestuosa forma de sus alas principales y dos mas pequelas que se encontraban debajo.
—Inquisidor —dijo Arator con voz baja y firme, con la cadencia formal de un comandante militar, pero sin la frialdad. —Los sanadores informaron que rechazaste el tratamiento después del enfrentamiento en la Entrada de la Llama Vil. Tus heridas podrían ser más que superficiales— sugirió mientras señalaba un banco cercano, lo suficientemente grande como para acomodar la figura del ángel. —Siéntate junto a mi, ¿Si? Me gustaría escuchar tu Informe. Y… asegurarme de que estás en condiciones de continuar.—
El Angel cuyas plumas de sus alas eran tan rojas como un cielo en pleno amanecer, se enderezó lentamente a la vez que levantaba la mirada para encarar al comandante de los Hijos de Lothar, aquel del que habia oido impresionantes leyendas y hacía mucho tiempo que habia querido conocerlo, pero a diferencia de lo que se suponia de él por su rendimiento en el combate, era un poco timido a la hora de interactuar con alguien como el medio elfo frente a él, que exudaba segun su propia percepcion un aura de nobleza pura y hermosa como la Luz que empuñaba. Sus orejas emplumadas se movieron de un lado a otro mientras escuchaba las palabras de Arator. Su mirada se posó entonces en la figura más pequeña que tenía delante, y una sonrisa asomó a sus labios.
—Por favor, llámame Edrik. Inquisidor suena muy... intimidante.— El Gaedengel se encogió de hombros y siguió al elfo hasta el banco que le había sugerido, deteniendose a unos centimetros de distancia observo dicho asiento con un atisbo de dua formandose en sus ojos cuando comprendio que era demasiado pequeño para él, por lo que se sentó en el suelo junto a Arator, sonriendole humildemente cuando se giró para mirarlo otra vez.
—No te preocupes por mis heridas, sanarán —le aseguró, meneando la cola con una alegría singular. A pesar de los tiempos de guerra y las victorias cada vez más lejanas, Edrik se sentía muy orgulloso de colaborar con los Paladines, de servir a la causa en lugar de vagar como un alma perdida por los confines del cosmos. —En cuanto a mi informe, el día de ayer estuve limpiando la Costa Quebrada de insurgencias demoníacas, luego me trasladé a Suramar y llevé a cabo otra purga. Garantizé la seguridad de los civiles que se oponían al pacto de Azshara, destruí algunas naves en varios puestos avanzados, ayudé a los druidas a luchar contra la Pesadilla Esmeralda, apoyé a los Tauren de Monte Alto en sus guerras, unifiqué las tribus y... Eso es todo, aunque aún me quedan otras tareas por hacer. Nunca es suficiente—.
Sentado sobre el banco de piedra, Arator escuchó el informe de Edrik y la esquiva respuesta con respecto a sus heridas que lo hizo entrecerrar ligeramente los ojos ante la falta de autopreservación del Angel, tan dispuesto a sacrificarlo todo, a proteger a los que le rodeaban y no aceptar curacion alguna.
—Edrik —exclamó Arator, probando el nombre por primera vez. Era un nombre demasiado simple para un angel de éste calibre pero, Arator no se permitió juzgar mas alla de lo que no conocia, el nombre sonaba menos formal y le daba una capa de confianza que Arator no esperaba, especialmente en un ámbito en donde antes de decir el nombre de los demas primero mencionaban el rango—. Tu humildad es... admirable. Pero falsa. Estás herido, y yo no soy menos sanador que cualquiera de los tuyos—.
Descruzó los brazos, revelando el tenue resplandor dorado de la Luz que vibraba bajo sus guanteletes. Con un movimiento fluido y experimentado, extendió la mano, con los dedos ligeramente separados del pecho de Edrik. La Luz se disparó hacia afuera, como una flama inofensiva cuyo calor sanador y purificador estaba destinado a contrarrestar cualquier corrupción o herida vil persistente, invisible a simple vista. Mientras canalizaba el poder de los Naaru, Arator notó que los ojos de Edrik se llenaban de unas lagrimas que no habia visto antes, sus orejas emplumadas yacian inclinadas hacia abajo e incluso sin conocerlo, Arator sintió en Edrik un aura pesada de melancolia perfectamente escondida tras esa alegria, que ahora comprendia era falsa.
—Mientras te concentras en las batallas que tienes por delante —continuó Arator en voz baja— no se me escapa que... lloras. ¿Una causa perdida, tal vez? ¿Un mundo donde la unidad parecía estar al alcance, solo para desvanecerse?—.
Ante la pregunta, el Gaedengel parpadeó con rapidez y cualquier lagrima que antes poblaba sus ojos se desvaneció rapidamente, a la ves que sus orejas emplumadas se arqueaban hacia arriba y su cola se agitaba con una felicidad tan hueca como inexistente, estaba enmascarando su tormento interno tras una sonrisa de genuino orgullo y alegría. En ese momento, para Edrik su dolor no era importante en absoluto, comparado con las criaturas que lo rodeaban, cuyas heridas y angustia emocional merecían toda su atención.
—No te preocupes por mi estado de ánimo Comandante Arator, te aseguro que estoy bien— mintió, prefiriendo evitar la pregunta una vez mas, antes que ahondar en inseguridades irrelevantes. Con un gesto despreocupado de la mano, se giró para agradecer a Arator, entregándole un regalo inusual, un puñado de plumas directamenet arrancado de sus alas que ofreció como un pago por su Imposicion de Manos.
—Cuando tu Luz esté débil o algo te impida usarla, usa mis plumas. Pueden revivir a los muertos, curar heridas físicas graves y disipar cualquier hechizo o poder que se atreva a dañar tu alma y tu espíritu—.
Los ojos dorados de Arator se abrieron imperceptiblemente ante el gesto inesperado, un destello de sorpresa cruzó su rostro, normalmente impasible. Contempló la ofrenda en las manos de Edrik: las plumas carmesí, aún tibias por el cuerpo del ángel, brillaban tenuemente con una luz interior. Se sentían a la vez frágiles e inquebrantables, como la superficie centelleante de una estrella a punto de convertirse en supernova. Por un instante, el peso del regalo lo oprimió, algo demasiado inmenso para tomarlo a la ligera. El poder contenido en esas plumas era una promesa, un salvavidas. Y sin embargo…
—No puedo aceptar esto libremente. Tus plumas no son meros símbolos. Son parte de ti, una parte que te debilitará, aunque sea temporalmente. Dime, ¿acaso el precio de tu sanación proviene de tu propia esencia?— Extendió la mano, con las yemas de los dedos suspendidas justo encima de las plumas ofrecidas, sin tocarlas aún. La Luz vibraba bajo sus guanteletes, una pregunta silenciosa en sí misma: ¿Era este el camino que debían seguir? Negó con la cabeza y usó sus manos para cerrar la mas grande del Angel, empujandola suavemente de regreso para dejar en claro que no se merecía un regalo así.
—Y, más importante aún —continuó Arator, con un tono que denotaba genuina preocupación—, ¿por qué me proteges tanto de tu dolor? Cuando dices que estás bien, ¿crees de verdad que la Luz puede sanar aquello que ocultas incluso de ti mismo?
Hizo un gesto, abarcando el gran salón que los rodeaba: las grietas en la piedra, vestigios de batallas recientes; el tenue olor a sangre y sudor que ni siquiera la llama eterna del santuario podía disimular por completo.
—No luchamos solo por sobrevivir —dijo Arator—, sino para mantener viva la Luz en cada uno de nosotros. Permíteme llevar tu carga como tú llevaste la mía en el campo de batalla. Háblame, Edrik. ¿Qué le aflige al gran Inquisidor Gaedengel para que ofrezca su esencia misma a un simple elfo?
Edrik permaneció en silencio, con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el efecto que las palabras de Arator habían tenido en él. El paladín Esek estaba acostumbrado a sacrificarse por los demás hasta un punto completamente autodestructivo, porque era lo único que conocía; no tenía límites. Y aunque reconocía que este era uno de sus mayores defectos, su terquedad no le permitía ceder, pues, según él, estaba haciendo lo correcto.
—Tranquilo —dijo Edrik, colocando suavemente una mano sobre el hombro de Arator mientras sostenía el puñado de plumas con la otra, ofreciéndoselas—. No hay nada que decir. No voy a agobiarte con mis dramas que ahora no importan. —Declaró con la misma sonrisa, ahora teñida de aceptación y resignación. El ángel era lo suficientemente obstinado como para insistir en que sus problemas personales no eran importantes, por mas iglesia que fuera éste lugar, no era un confesionario y Arator no era un padre.
—No eres un simple elfo, independientemente de que seas un híbrido. Tienes una luz en tu corazón que brilla con la misma intensidad que el sol y resiste las ventiscas heladas, ardiendo como una llama valiente—. Una de las alas de Edrik se abrió, sus plumas susurraron al moverse antes de enroscarse suavemente alrededor de Arator, envolviéndolo en un cálido abrazo sin tocarlo demasiado. —Por eso he decidido darte mis plumas—.
Arator permaneció inmóvil bajo el ala de Edrik, envuelto por el calor intenso como un horno. Podía sentir el pulso del Fuego Negro bajo las plumas, una tempestad de creación y destrucción entrelazadas. Por un instante, reflejó la agitación en su propia alma: la Luz que empuñaba y las sombras que cargaba, siempre en un precario equilibrio. No se inmutó ante el contacto, pero su postura cambió, enderezando sutilmente los hombros como si quisiera prepararse para las serias palabras del Ángel. Cuando finalmente habló, su voz era baja, resonante con el peso de verdades tácitas.
—Tu persistencia en negar tu dolor no es fortaleza. Es una jaula que construyes a tu alrededor, pluma a pluma— Extendió la mano, no para tomar las plumas que le ofrecía, sino para tomar con suavidad pero con firmeza la mano de Edrik que las sostenía. El guantelete dorado sujetaba las plumas carmesí, un gesto de aceptación, pero también de contención. —Aceptar no es debilidad —continuó Arator, clavando la mirada en la del Ángel—. Cargar a otro con tus penas no es una falta, siempre que sea una elección libre. Hablas de mi luz... pero ni siquiera el sol puede brillar sin reconocer la oscuridad que lo rodea.
Retrocediendo un poco, soltando la mano de Edrik, pero no se apartó. En cambio, se quitó el guantelete, dejándolo a un lado: un pequeño pero significativo acto de vulnerabilidad.
—Retira tu regalo... por ahora —dijo en voz baja—. Permíteme sanarte primero. Y mientras lo hago, háblame de esa «causa perdida» que mencionaste antes. No hay vergüenza en el dolor, pero sí una gran fortaleza en las cargas compartidas.
La Luz ya comenzaba a concentrarse en la mano desnuda de Arator, un cálido resplandor dorado que contrastaba con el tenue brillo negro de las plumas de Edrik. Era una ofrenda: un puente entre sus dos llamas, la Luz y el Fuego Negro, el ángel y el elfo.
Edrik se quedó sin palabras, se sintió acorralado e increiblemente nervioso ante la insistencia del Redentor. No queria desnudar su alma con alguien a quien admiraba y a la vez desconocia, no tenia la suficiente confianza todavia como para hablar de aquello que atormentaba su blando corazon, y a pesar de todo su poderío angelical, fué incapaz de poner un limite ante la necedidad infundadamente altruista de Arator de curar heridas que no podian ser curadas.
Se notó en sus movimientos que no estaba del todo en paz con ésta intromisión, que le daba pena alzar la voz y decir no pues encontraria mas resistencia indeseada. Fue entonces que a su ayuda y desgracia una voz ajena a la suya habló a traves de su piel para interrumpir a Arator en su cruzada.
—¡Uf! ¡Qué drama, maldita sea!—, exclamó una voz femenina aguda y discordante que le heló la sangre a Edrik. Una sensación de resignación lo invadió casi al instante; sus orejas emplumadas se pegaron al craneo como respuesta física a sus emociones y a la intervención de su simbionte Heishalita. Este se desprendió de su cuerpo como un líquido negro que rezumaba de los poros de su pecho y armadura, la cual, como gelatina que se filtra a través de los agujeros de una cerca enrejada, se rompió en mil pedazos pequeños y distintos para luego reformarse en una forma tan extraña como alienigena.
Ella se parecia a una estrella de mar mezclada horrendamente con un pulpo cuya superficie de la piel era gomosa, fria y viscosa pero increiblemente densa. Era pequeña, mucho mas que la mano de Edrik pero tenia un poder antiquisimo que emanaba en oleadas intensas de su cuerpo anomalo y horrendo. La criatura miró a Arator con un desprecio tal que hasta podia olerse de lo espeso que volvia el aire con su prescencia, como si modificara el plano de los mortales para encajar a la fuerza alli donde no era bienvenida.
Sus Siete tentaculos negros se estiraron y su cuerpo gelatinoso se movio a la velocidad de un rayo y acabó pegada al rostro de Arator, abrazandole la cara con sus extremidades invertebradas mientras pegaba su unico ojo en el puente de su nariz, invadiendo su espacio personal descaradamente y obligandolo a mirarla fijo.
—¿Qué se siente al tenerme cerca de ti así? Tan invasivo e insoportable que liberarte de mí es una tarea imposible—, la voz de la Heishalita resonó en la mente de Arator como una nota aguda, perforando la Luz que lo protegía y todos los pensamientos disciplinados y justos que lo moldeaban. Abrumado por la presencia de la criatura, su influencia los aplastó, de modo que solo podía oír su voz, prestando atención solo a sus palabras y ningún otro pensamiento que pudiera interferir en la conversación. —Es horrible, ¿verdad? Que pueda invadir tu mente, tu sagrado espacio personal y tu vida, usando mis artimañas para imponer mi voluntad sobre la tuya, tan frágil y estúpida—.
Sus palabras no eran más que una retorcida metáfora de la intromisión de Arator en los problemas de Edrik. Durante todo el encuentro, Edrik solo pudo observar, entristecido y algo avergonzado, pero en el fondo estaba de acuerdo con su simbionte, quien con extrema audacia y cruda honestidad ponía en palabras lo que Edrik sentía pero no podía expresar. Aunque consideró la posibilidad de que estuviera exagerando un poco, no la interrumpió, porque al fin y al cabo, ella siempre conseguía lo que quería.
—Deja de entrometerte donde no te llaman. O me veré obligada a darte una migraña que te acompañe el resto de tus dias, hasta que desees partirte el craneo por la mitad.—
Arator sintió una oleada de repulsión cuando la Heishalita lo envolvió, su presencia alienígena invadiendo sus sentidos con una intensidad nauseabunda. Su voz resonó no solo en sus oídos, sino también en su mente, una nota discordante que amenazaba con destrozar sus barreras mentales. Podía sentir la Luz en su interior resistiéndose a esta intrusión, pero ni siquiera la santidad del Santuario podía protegerlo por completo de semejante asalto íntimo.
Por un instante, el mundo pareció reducirse a la oscura extensión de su único ojo, el vacío que lo rodeaba parecía engullir todo lo demás. No podía apartar la mirada, ni siquiera parpadear; su cuerpo, su mente, cautivos de su voluntad. Sus palabras lo golpeaban como puñetazos físicos, cada una impactando con un golpe seco y repugnante contra los escudos de su disciplina y estoicismo.
Y sin embargo, incluso mientras luchaba contra su invasión, Arator sintió una extraña punzada de... comprensión. La Heishalita pronunció verdades, por duras que fueran; verdades que Edrik parecía reacio o incapaz de expresar. Era una claridad perversa, nacida de lo más profundo del ser de Edrik, filtrada a través de la perspectiva alienígena de su simbionte.
Lenta y deliberadamente, Arator extendió su mano libre, no para apartar a la criatura de su rostro, sino para posar suavemente sus dedos sobre ella. El contacto fue eléctrico, una descarga de Fuego Negro que se encontró con la Luz, y por un instante, el mundo pareció detenerse.
—Tienes razón —dijo con voz tranquila, aunque cargada con el peso de la confesión—. Me he extralimitado. Perdóname.
No apartó la mirada de la Heishalita, pero sus palabras iban dirigidas tanto a Edrik como al simbionte.
—La confianza se gana, no se exige. Y no he ofrecido ninguna de mis cargas a cambio. Eso fue… injusto de mi parte.
Dicho esto, bajó la mano, permitiendo que la Luz se desvaneciera. Dio un paso atrás con deliberación, creando distancia entre él y Gaedengel, con una postura relajada pero respetuosa: una clara señal de que no insistiría más.
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