Exiliados #17: Eduardo Ferrer
De todos nuestros amigos tucumanos, el Chueco debe ser al que primero conocimos, o por ahí. Él fue el nexo a través del cual conocimos a todos los demás. Es también uno de nuestros personajes favoritos de todo el mundo, y la historia de cómo llegó a Buenos Aires, que relata a continuación de una manera muy graciosa, permite entender por qué. El Chueco es lo más transparente que hay, es como un monje. Lean por favor y aprendan de su simplicidad. Y también les recomendamos que escuchen a sus bandas: Posavasos, Klemm y El asesino del romance.
Hola Chueco. ¿De dónde sos?
Soy tucumano de cepa originaria, de San Miguel, una ciudad chiquitita y bien quilombera de día y de noche. Si sos amante de los sándwiches de milanesa y te gusta mucho “porronear”, es posible que ese sea tu lugar en el mundo, pero cuidado, seguramente encontraras también mucha gente re crazy que saca sus cuerpos por las ventanillas de los autos o los bondis para gritarte “¡putoooo!” si estás un poco por afuera del estándar tucumalo. Me vine a principios de 2002, post crisis de 2001, el peor momento para empezar algo nuevo. Yo andaba medio encualquierizado hacía un par de años, venía de una separación traumática en el 2000, y de una gira con un grupo de teatro en 2001, que tenia la ambiciosa idea de unir Tucumán con México. Finalmente llegamos hasta el sur de Brasil y nos quedamos sin plata para la nafta. Esto es bastante literal. Teníamos un subsidio, creo que del Fondo Nacional de las Artes, con el que fuimos viajando. Estuvimos primero un mes en Santa Fe, otro en Misiones, y luego llegamos a Porto Alegre donde compramos un auto increíble, un break gigante, Chevrolet Caravan se llamaba, bien de los ochenta. El problema es que gastaba mucho, al mes y medio nos fumamos la guita y no teníamos ni para cargar nafta, entre otros problemas de organización interna, así que desistimos de seguir por razones obvias. Uno de los pibes se volvió porque iba a ser papá, otros dos decidieron quedarse ahí, y yo antes de volver me alquilé una casa en la playa muy barata con la plata que tenia ahorrada, para pasar las vacaciones. El plan era excelente: volvía a pasar las fiestas en Tucu y después tenía dos meses para ir con amigos y olvidarme del fracaso de la gira teatral. La casa me había salido ochenta dólares por mes, que en la época en la que un peso valía un dólar era una ganga increíble. El 16 de diciembre del 2001 fui a sacar plata con mi tarjeta Banelco para el pasaje, pero extrañamente no tenía saldo. Volví a las pocas horas, y al otro día, y volvió a pasar lo mismo. Llamé a mi casa natal para pedir auxilio y me contaron lo del corralito (¡¿lo qué?!) y todo lo que estaba aconteciendo en Argentina. Conclusión: me prestaron plata para el pasaje unos brasileros que habíamos conocido del teatro y pude volver a Tucumán. El problema era que nadie tenía un mango para pensar en vacaciones, y como la casa de la playa ya estaba pagada, me fui con mi novia de ese momento, que estaba estudiando acá en Buenos Aires, y a la que yo previamente había dejado para emprender la travesía hasta México. Una vez que terminaron las vacaciones yo seguía sin saber qué hacer con mi vida, y mi novia me convenció de mudarme con ella a Buenos Aires. Laburé unos meses, junté algo de plata y saqué pasaje en bondi (¡sesenta pesitos costaba!).Volví a despedirme de mi familia y de mis amigos que pensaban en que este era otro chiste con el mismo final, y preparé mis cosas. Me traje una mochila con ropa, el discman (¡cómo lo quería!) y varias cartucheras llenas de CDs grabados, es decir: lo indispensable por si decidía volver. Así que de estar soltero y sin rumbo, de pronto pasé a estar casi casado en el monoambiente de mi pobre novia, a quien terminé de enloquecer, en el pintoresco barrio de San Telmo, Cochabamba al 800, a cuadritas de Constitución.
¿Te encontraste con algo muy diferente a lo que esperabas?
A la ciudad la conocía por partes, porque venía bastante seguido cuando estaba casado. Mi ex es, o era, de Flores, entonces me manejaba bien por Av. Rivadavia, Parque Centenario, Plaza Francia y otros lugares de turismo. Cuando veníamos a ver a su familia, tenía algunos amigos de Tucumán viviendo acá , como Ariel Fligman, Fermín de la banda Nenas, pero cada uno estaba en su mundo. Los tiempos eran muy diferentes a los de allá, las distancias largas, y mi novia estudiaba todos los días mañana y tarde, así que lo que más hacía era caminar y escuchar música. La onda era fumar y salir a patear con los auriculares puestos, eso me parecía lo más fascinante: recorrer lugares que no había visto nunca. Miraba mucho para arriba (Avenida de Mayo es la mejor, por lejos). También caminaba un montón porque no tenía casi nada de plata, y a la vez me relajaba mucho, pensaba, pensaba como loco y gastaba las zapatillas. Agarraba la revista Wipe, el suplemento Si! y el No! e iba a ver recitales a lo loco. El Teatro San Martín (¡costaba un peso!), el Podestá, bares que ya no existen… Muchas veces salía solo. Llegaba a los shows antes que las bandas, y no me sacaba los auriculares hasta que no estuvieran por empezar a tocar. Así vi, en diversos sucuchos, a Esteban Castell (¿por qué no tocará más ese genio?), a Ondas Martenot, a Pángaro con Baccarat, a Spleen. Otra cosa que hacía locamente era ir al cine a ver cualquier cosa. Mi novia estudiaba en la E.N.E.R.C y tenía una tarjeta de estudiante con la que podía entrar a muchos cines (al Hoyt's por ejemplo), así que me sacaba la entrada cuando ella no podía ir, y entraba yo. Al principio extrañaba mucho a los amigos y pensaba “mierda, ¿por qué no están acá?” o “¿qué pingo estoy haciendo yo acá?”, pero por suerte a los meses llegó Fede Carlorosi, con quien estaba tocando en Klemm en Tucumán antes de venir, y empezamos a ensayar y a tocar con él y Mr.T, que tocaba el bajo. De a poco todo se fue acomodando, rompí con el mito de que en Buenos Aires no hay espacios verdes y otros prejuicios boludos (como todos los prejuicios). Empecé a conocer a otra gente y la verdad es que la ciudad me flasheó mucho desde el principio, solo me faltaba dejar de ser turista y hacerme cargo, o sea, buscar laburo y, por desgracia, encontarlo, como diría mi amigo Fede.
¿Cambiaron mucho tus costumbres?
Lo que cambió fue una cuestión espacio-temporal: todo se estiró. Allá me tomaba un bondi para hacer quince cuadras, distancia que me parecía lejos. Acá quince cuadras no son nada. Antes no caminaba y de repente me convertí en un gran tracción a sangre. El tiempo es lo que más extraño, y no hablo del tan mentado clima que por suerte no extraño en lo más mínimo, sino del tiempo para juntarse a boludear, tomarte una cerveza a cualquier hora, o a producir cosas con gente afín. Es muy loco, pero las agendas que llevamos acá son una verdadera seca. Para ensayar o para verte con alguien tienen que alinearse los planetas. El ritmo de Tucumán es mucho más tranquilo y pajero: hablas por teléfono y a la media hora ya estás en casa de algún amigo, o recorriste la mitad de la ciudad.
¿Con qué frecuencia volvés de visita?
Voy cuando puedo o cuando quiero, dos o tres veces al año. Últimamente viajo en avión si consigo pasaje (porque cuesta lo mismo que el bondi si lo sacás quince días antes) o en bondi, que te da tiempo de sentir el viaje y cambiar el chip, cosa que en el avión no pasa: te subís y a las dos horas no entendés que hacés con tu vieja charlando y tomando mate. Una posta es el año nuevo, porque aprovecho para ver a toda la familia y seguir de vacaciones por el norte. También porque a pesar de los cuarenta grados a la sombra, los amigos están más relajados, es como que se respira la explosión del fin de año y todo es una fiesta larga de piletas y canciones. Si voy en otro momento, me quedo una semana más o menos. Cada vez que vuelvo me pega un poco ver que me pierdo de etapas en la gente que quiero, por ejemplo mis sobrinos, que ya son adolescentes y que los conozco desde que eran bebés. O mis viejos, que están cada vez más viejos. Pero bueno, es algo inevitable y parte de la decisión de vivir en otro lado.
¿Pensás en volver a vivir en Tucumán?
La verdad es que no pienso en volver, pero tampoco se cuanto tiempo viviré en Buenos Aires. Por lo pronto sigo acá feliz, disfrutando con la gente que quiero del día y de la noche. Si en algún momento me seca la ciudad, cosa que muchas veces me pasa, no sé si volvería a Tucumán, por lo menos no al lugar en el que vivía, que es como un mini barrio de once. Últimamente con varios amigos flasheamos en mudarnos todos juntos a algún lugar bien natural, en casas separadas pero cercanas. La única condición hasta ahora sería que hubiera internet, y una camioneta comunitaria con un chofer q no beba para poder ir y volver tranquilos.
¿A qué amigo tuyo pensás que le gustaría vivir allá?
La mayoría de mis amigos o son muy de esta ciudad o son de Tucumán y se vinieron para acá. Si me dijeran a otro lugar que no sea San Miguel, como por ejemplo los Valles Calchaquíes o algo así, cambiaría la cosa ,pero no se me ocurre ninguno en este momento. Lo que sí me gustaría sería llevar algún día a Esteban García durante una temporada al estudio de YoConVoz, a grabar un gran disco.