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Debía estar desesperado, completamente desesperado como para aceptar una invitación de ese rubio insoportable, porque así lo describía él. Sin embargo, siempre había tenido una extraña amistad con el demonio, si es que así podría llamarse la relación que llevaban. Lo escuchó con atención, algo poco típico de él. Mordisqueando despreocupadamente su labio inferior— Bueno… —comenzó, entrecerrando sus ojos—, la verdad, Xerxes, es que no me llevo bien con nadie en el pueblo, pero tampoco me llevo mal con ellos, así que… Puedes tomarlo como una ventaja. O una oportunidad —sugirió, con una media sonrisa surcando sus masculinas facciones, siguiéndolo hasta el cuarto contiguo— ¿Con qué deberíamos comenzar? —preguntó, y sí, quizá era una interrogante en diversos sentidos.
Lucien era un poco más despreocupado. Realmente no tenía apego especial a nada ni a nadie (y no, sus padres no contaban. ¿Qué clase de hijo sería si no quisiera a sus padres que le habían dado todo? No. Ellos estaban fuera de esa ecuación) y tampoco se preocupaba por los demás. Sin embargo, su extraña relación (si es que podía llamarle de esa forma) con Bastien era algo que no terminaba de comprender y que trascendía todo tipo de acuerdo social. Especialmente desde que habían pasado por todos los hechos anteriores. --¿En serio? Yo no tendría inconveniente en prenderle fuego al pueblo entero,-- admitió con un suspiro que tenía algo de hastiado. --Sólo para ver quién corre más,-- alzó un hombro con despreocupación, antes de voltear a verlo. --¿Una oportunidad? ¿Por qué, Debbouse, qué tienes tú que ofrecerme a mí?-- preguntó con una bien pretendida curiosidad, soltando un resoplido antes de volver su atención a las botellas. Tomó una de whisky y otra de ginebra. --¿Qué prefieres?--
— No soy el Todopoderoso. Ese título le pertenece a El Altísimo, pero si es en cuestión demoníaca, sí. Yo soy el Todopoderoso. — Rodó sus ojos, y sonrió. Aquello más que gustarle, le había causado gracia. — No hay ningún asunto. Tus abuelos eran demonios, fueron maldecidos, tus padres fueron humanos y tú eres un demonio por nacer en la era en la que se levantó el castigo. No es tan difícil de entender.
--Claro. Al Altísimo,-- repitió más para asegurarse de que era algo real. Repetirlo, de alguna forma, lo ubicaba en su mente como algo que era posible, por muy extraño que siguiera siendo para él. Le dirigió una rápida ojeada al hombre mayor, naturalmente desconfiado y escuchando lo que tenía por respuesta. --¿Cómo diablos no va a haber ningún asunto? ¿No me vas a decir nada más?-- espetó con una rubia cejar enarcada de manera escéptica. --¿Qué se supone que debo hacer siendo... esto? Ya descubrí la fuerza, un poco lo de las sombras,-- enumeró con sus dedos, frunciendo el ceño. --¿Qué más? Vamos, que si me baso en las primeras impresiones, eres un pésimo maestro.--
— Si es lo que prefieres, te invito a que lo hagas. — Respondió con tranquilidad, y sacó su teléfono móvil de uno de los bolsillos de su traje. Lo miró unos segundos, moviendo algunas cosas por aquí y por allá, y entonces, volvió a mirarlo. — Bien. Puedes tomar asiento, si lo que buscas son respuestas. — Dijo, invitándole a sentarse frente a él.
Un suspiro dejó los labios del rubio, que se limitó a mirar a su alrededor, calando el ambiente, pensando si era el lugar indicado para entablar una charla sobre el tema en particular que le tenía con dudas. Aunque, si el supuesto experto era quien le invitaba a tomar asiento allí, debía ser por algo. --Había una carta. Decía que tú eres el Todopoderoso aquí,-- comentó con una clara incredulidad en sus palabras, fijando su vista en el hombre mayor. --Ni siquiera sé de qué va todo este asunto, la verdad.--
Esta vez, sí aflojó una carcajada. Y es que se lo merecía. Negó un par de veces con la cabeza, y cruzó los brazos sobre su bien trabajado pecho— Sólo digo la verdad, pero si te duele menos pensar que se trata de una broma, puedes hacerlo —encogió sus hombros. Y era cierto, porque en gustos no había nada escrito— ¿Bufón principal? ¿Y tú quién te crees, uh? Seguramente vales menos que mi cámara. Mala silueta la que elegí fotografiar. Ni cuerpo tienes —agregó, sólo para molestar. Porque no se había tomado el tiempo de analizar la captura en su aparato. Jamás lo hacía. Su confianza en la fotografía era intachable, y aquello no comenzaría a cambiar ahora— En fin —suspiró—, si tan afortunado soy, ¿podrías decirme dónde está la gasolinera? Me voy en dos días, gracias a Dios.
--Por supuesto que es una broma. O quizá tienes miopía y estos siendo grosero con tu enfermedad. En ese caso, te ayudaré a buscar tus anteojos,-- alzó los brazos un poco, mirando a los lados con exageración antes de volver su mirada al otro. --No, ¿quién te crees tú? Casi puedo adivinarlo ya: seguramente un nuevo rico. Sí, tienes la pinta. ¿Qué será? ¿Político? No, no... Hijo de algún político,-- frunció el ceño, como si de verdad estuviera concentrado en adivinarlo. --¿Hijo de un político con problemas paternales? No te proyectes. No es mi culpa que necesites perder un par de kilos. O dejar la cerveza,-- chasqueó la lengua, acomodándose sobre las plantas de sus pies como si estuviera preparándose para ver un espectáculo callejero. --Lo serías si quisiera ayudarte. Pero como no es así... Ve a buscarla tú, seguro esa enorme nariz que tienes te servirá de brújula.--
— No, no estoy esperando a nadie. — Le dijo a la camarera que le atendía en la cafetería. Alzó una de sus cejas. — Traeme un café irlandés. — Ordenó, haciendo un movimiento con su mano, sin prestarle atención. Se dedicó a leer el periódico, y encendió un cigarrillo, para llevárselo a los labios. Fue entonces que notó una presencia a su lado. Mirándole. — Espero que seas mi café, de lo contrario, sigue tu camino.
Lucien mantenía sus dudas y reservas respecto al delicado tema que corroía sus pensamientos. ¿En verdad era cierto todo lo que había leído en aquella misteriosa carta? Sus padres no tenían ningún tipo de respuestas, y tampoco era como si quisiera preguntarles todo o mostrarles las habilidades que (mayoritariamente) había desarrollado por sí solo. Tenía que buscar al tal Azrael, y cuando le vio allí en la cafetería decidió que era una oportunidad tan buena como cualquier otra. --Honestamente, seguir mi camino es lo que preferiría,-- respondió cuando le sorprendió mirándole. --Odio pedir ayuda, pero parece que eres el único que tiene las respuestas que estoy buscando, por muy ridículo que suene.--
—¿Vas en serio, Xerxes? Digo, —a medida que las palabras salían de sus labios, tiraba de la manga de su camiseta dejando ver el cardenal que permanecía en su brazo. —¿esto es ser amable para ti? ¿De verdad? —Interrogó mirándole con su brazo extendido. —No diré nada, y para estar a mano…, tú tampoco dirás nada de lo que dije, ¿vale? No sé qué tenía en la cabeza ayer. —Acomodó su ropa para cruzar sus brazos y en lo siguiente, imitó la voz ajena.—Oh, y es una orden, no dirás nada.
Los orbes claros del rubio descendieron hacia donde Enya señalaba, a aquella marca morada que sus dedos habían dejado en la nívea piel de la chica. La seriedad mantenida se quedó allí en sus facciones, como una máscara, sin ningún tipo de arrepentimiento de parte de él. No se iba a disculpar, mucho menos por algo que no había sido enteramente su culpa. Apenas y había sido consciente de lo que estaba diciendo. Cualquiera tendría que saber que él, Lucien Xerxes, haciendo una escena de celos de tal magnitud era algo sumamente improbable. Excepto que, por supuesto, sí que había ocurrido. --En realidad, te sorprenderías de saber hasta dónde puede llegar mi mal genio cuando lo provocas,-- había un tinte, apenas perceptible, de amenaza en las palabras que el demonio se encargó de arrastrar con cinismo. --¿Sobre qué? ¿Sobre tu estúpida obsesión por Bastien? Para empezar, existiría posibilidad de que lo diga si quisiera sobornarte, pero como no tienes absolutamente nada que yo no tenga o quiera...-- alzó un hombro despreocupadamente. --No es una orden, porque para eso, tú tendrías que estar a cargo. Y me temo que tu puesto en este lugar esta muy por debajo de mí.--
Divertido, sonrió. No esperaba encontrarse con alguien así, definitivamente. Y casi, casi soltó una carcajada, pero no. No fue necesario, su viva expresión lo decía todo— ¿Para la fotografía de quién? ¿De tus abuelos? Seguramente. Para la mía no. Soy profesional, y si quieres formar parte de esto —golpeó con el índice la parte superior de su cámara— Debes ser… —entrecerró sus ojos, observando al desconocido rubio de pies a cabeza— Un poco agraciado. Definitivamente sólo entras en la categoría de abuelos o padres que consideran bonitos a sus familiares cercanos —suspiró, humedeciendo sus labios— No, no siempre lo hago. Sólo cuando la luz está perfecta para capturarla, porque eso es lo que hago, a ti sólo te usé como un colchón para que rebotase —explicó, gesticulando con sus manos despreocupadamente, haciendo caso omiso al comentario sobre la demanda. Era ridículo.
--¿Profesional? ¿De qué, de la pretensión y la estupidez garrafal?-- preguntó con la mofa tiñendo cada una de sus palabras, mirando de pies a cabeza al sujeto. Ni siquiera lo conocía y, en experiencia de Lucien, si no lo conocía, no valía la pena. Alzó un hombro, dejando que una sonrisa curvara la comisura derecha de sus labios en una expresión sardónica. --¿En serio? No sé si estás ciego o sólo quieres hacerte el idiota, porque veo que no te cuesta,-- soltó una risa seca, negando con la cabeza con una ofensiva indulgencia. ¿Quién se creía ese idiota? Podría aplastarle el cráneo de un solo golpe y luego hacerse un nuevo tapete con su piel. --Pero está bien,-- metió las manos en sus bolsillos, mirándole como quien ve a un infante hacer una travesura. --Dejaré que tus delirios continúen. Si tienes suerte, hasta puedes ocupar el puesto de mi bufón principal,-- con ello, dio una palmada burlona en la espalda del otro. --Eres afortunado. Justo buscaba material nuevo.--
...
Mes perfecto, día perfecto. La luz era increíblemente adecuada, y el fotógrafo no perdería oportunidad de salir a explorar con su tan querida cámara. Había llegado al pueblo hace un par de días, y no había tenido el tiempo suficiente como para explorarlo. Salió entonces, dirigiéndose a una de las plazas más concurridas por los habitantes; ahí se sentó, y sin esperar demasiado tiempo, disparó una fotografía a una persona que por ahí pasaba, capturando no sólo la imagen ésta, sino que también su atención— No, no soy un paparazzi, es que la luz te quedaba perfecta. Y más cuando el sujeto está en movimiento, digo, la persona —se excusó, porque no iba a disculparse por esa diminuta (según él) invasión a la privacidad.
Justo terminaba de finalizar la llamada que había recibido de sus padres, indicándole que seguirían un poco más de tiempo de viaje, algo que le convenía, claramente. Además, no quería a ninguno de sus progenitores por ahí cuando fuera luna llena o algo parecido. La única con la que había hablado algo de sus habilidades, había sido con su abuela, pero había sido de poca ayuda. Un tanto frustrado ante la falta de respuestas, se dirigió a uno de los bares que estaban en el centro del pueblo, uno que ya frecuentaba, cuando la toma y la disculpa que siguió le hicieron voltear para ver al tipo de la cámara. --Estoy consciente de la perfección de mi fisionomía para la fotografía, pero no es para tanto... ¿Siempre haces eso? ¿Fotografiar gente sin saberlo? Fácilmente mis abogados podrían demandarte por acoso.--
Lo quedó observando un momento. Sin duda alguna, jamás lograría tener el atractivo de Lucien, mucho menos esa independencia. Porque por mucho que las personas le fueran indiferente, siempre había una que lograba dejar pasar más allá, y era un error. Humedeció sus labios con tranquilidad, porque no tenía ánimos para discutir (o tal vez sólo un poco). Un suspiro cayó por su nariz, y enseguida una ligera sonrisa se decoró su rostro— ¿Cerdeña? Vaya. Un viaje casual —bromeó de mala gana, porque él ni la capital conocía— No voy a llorar, sólo quiero beberme todo el alcohol que tengas, y ojalá perder la conciencia por un par de días. Y sí, soy el peor de los dramáticos, pero es que pocas cosas logran afectarme, y cuando lo hacen… Supongo que cobra más valor —explicó, encogiendo sus hombros para quitarle hierro al asunto— Gracias de todas formas, sé que no hemos tenido muy buenos encuentros últimamente, pero… En fin. Supongo que jamás los tendremos —exhaló el aire que sus pulmones habían retenido, cruzando los brazos sobre su pecho en la espera de instrucciones o una señal por parte de su rubio compañero.
Para Lucien lo era. Un viaje más, un "viaje casual", como lo había puesto el castaño. Tan casual que se daba el lujo de negarse a ir y a quedarse en Trois Lys. ¿Por qué? Porque sabía que después podría ir cuando se le pegara la gana. El rubio se dedicó a mirar con desgana a su acompañante, preguntándose qué era lo que le había llevado, con exactitud, a hacer una invitación a su casa. Nunca llevaba a nadie a su residencia, a nadie. Ni chicas, ni chicos, ni amigos... Aunque, en realidad, Lucien no era alguien de muchos amigos. ¿Conocidos? Claro, pero no más allá de eso. --Bien, porque la verdad hasta acá llega mi bondad,-- admitió con un suspiro pesado, mirando de soslayo al otro chico. Le hizo una señal con la cabeza para para que lo siguiera. --Honestamente, Bastien, ¿crees que considerando lo que tú eres y lo que yo soy haya oportunidad de que nos llevemos bien? Esta es una pequeña tregua, supongo,-- y no, tampoco iba a mencionar lo de aquel beso. Continuó su camino, abriendo la elegante puerta de caoba para darle paso a su visitante.
Ice Bucket Challenge [x]
Su risa se fue apagando a medida que reconocía la peculiar voz. Con la última persona con la que deseaba encontrarse era precisamente él, y para su mala suerte, era quien le hablaba. —No. —Su respuesta no pudo ser más tajante. —Si vienes a hablar por lo de anoche, no me importan tus excusas o disculpas.
Y no era que Lucien estuviera especialmente emocionado por hablar con la castaña. En absoluto. Pero sentía la necesidad de dejar claros un par de puntos respecto a su lamentable comportamiento de la noche anterior. --Bien, entonces lo haré una orden: Vamos a hablar,-- se corrigió, plantándose frente a la ojiazul. --No te pediré disculpas, pero vengo a asegurarme de que nadie sabrá de lo que salió de mis labios anoche. Eran ridiculeces, y si alguien se entera... Digamos que puedo dejar de ser tan amable como lo he sido hasta ahora contigo.--
Silence, please. || Lucien&Sabrina.
Agradeció enormemente poder verle allí después de tan larga espera, pero fingió todo lo contrario, una absoluta indiferencia que quedó marcada en su rostro sin ningún tipo de gesto.— Tú tienes suerte de toparte conmigo. —Añadió con altanería, mientras dejaba a un lado el vaso de cerveza con limón más que acabado, apoyando un codo en la mesa y el rostro en su mano.— Eso sería darte más de lo que te mereces, así que baja el ego, rubio. —Una sonrisilla adornó sus labios.
Entonces le hizo un gesto a la camarera, que por su cara se diría que poco más no le lanza la bandeja sobre la cabeza por ser tan pedante, hace unos pocos minutos le decía que no quería nada y ahora le llamaba… genial.— Quiero otra cerveza, ¿y tú qué? —Miró a su acompañante con curiosidad, mientras dejaba a un lado el montón de palillos con los que había estado jugueteando distraída en su aburrimiento.— Diría que te gustan las cosas suaves, por esas facciones tan delicadas que tienes.
Pero Lucien sabía mucho más de lo que aparentaba. No necesitaba ser un genio para poder descifrar los mensajes que, para empezar, la chica le mandó a él y no viceversa. --¿Toparme contigo? Sabrina, perdiste todo derecho a decir eso desde que tú me citaste aquí. Y mi ego está perfectamente en las alturas, alejado de los plebeyos,-- respondió con una sonrisa burlona y suficiente en sus labios, mientras veía sin demasiado interés el lugar y a las mesera que pronto se acercó.
--Un whisky doble,-- añadió a la joven que le atendió, regalándole una de sus mejores y más diplomáticas sonrisas, antes de volver su atención a su bella acompañante. --¿Delicadas? Vamos, si buscas un insulto, puedes hacerlo mucho mejor. Y nunca lo es el tener buenos genes,-- o eso era lo que todos decían: que había salido a su abuelo, a quien sólo reconocía por fotografías que su padre le habían enseñado en una especial ocasión. --Te sorprendería lo... brusco que puedo ser... Pero como me pareces de aquellas que sólo hablan, me temo que no podrás tener la oportunidad de comprobarlo,-- comentó sonriendo sutilmente, clavando sus azules orbes en los de la joven.
—No, no. Mira, es así… —Le decía entre risas a uno de sus amigos, mientras intentaba imitar el baile de las porristas y, en comparación con los movimientos profesionales, los de Enya eran divertidos y desordenados. Cualquiera que los viera, pensaría que estaban bajo la influencia del alcohol o cualquier otra sustancia. —¿Quieres unirte al Equipo Galleta? —Ofreció con una voz infantil al darse cuenta de que alguien los observaba desde una distancia prudente.
--Hmmm, no. No. Paso de pasar a ser del Equipo Ridículo,-- respondió con una seriedad característica y casi ofensiva, considerando la forma en que miraba a los chicos y, en especial, a la castaña. --¿Podríamos hablar, Straüss? Es importante,-- y sí, por importante se refería a que necesitaba amenazar un poco a la bonita chica.