
❣ Chile in a Photography ❣

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@lucybella15
Babooshka
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Sucedió una vez, en Rusia, donde una dama vivía junto a su amado esposo. Se habían casado hacía apenas seis meses, pero la felicidad que una vez los envolvió comenzaba a desvanecerse. Su esposo se mostraba distante, taciturno, diferente. Ella notaba el cambio, lo sentía en cada mirada esquiva, en cada silencio que pesaba en la habitación como un fantasma. El pensamiento se convirtió en una obsesión: ¿había otra mujer? ¿Alguien más joven, más hermosa, más apasionada?
La incertidumbre la consumía, y así, una tarde en la que él trabajaba lejos de casa, ideó un plan.
Compró un perfume con un aroma embriagador, fuerte, inolvidable. Se sentó con calma y escribió una carta en una fina letra cursiva, asegurándose de que no se pareciera a su propia caligrafía. Palabras de amor y devoción fluían por el papel, envolviendo la mentira en un velo de seducción. Se presentó como una admiradora secreta, alguien que lo amaba desde hacía años, alguien que anhelaba compartir su vida con él. Selló la carta con un beso de labial rojo intenso y firmó con un nombre que surgió de sus labios casi como un susurro:
Babooshka.
Día tras día, carta tras carta, el juego continuó. Su esposo, ajeno a la verdad, respondía con un fervor que hacía que su corazón se rompiera un poco más. Con cada nueva respuesta, la sospecha se convertía en certeza: él la deseaba. No a ella, sino a Babooshka.
Y así, el destino llegó a su inevitable clímax. Después de meses de susurros en papel, de promesas escritas en tinta, acordaron un encuentro.
La noche de la cita, ella se vistió con esmero. Eligió un vestido color miel, adornado con delicadas flores, su cabello perfectamente despeinado, su maquillaje sutil pero encantador. Se miró en el espejo y vio a otra mujer. A Babooshka.
Esperó en la penumbra de la noche, con el corazón latiendo en su garganta. Y entonces, allí estaba él. Su esposo. Llegó con una expresión de ansiosa expectativa, buscando a la misteriosa amante que había poblado sus sueños y sus cartas. Se acercó, los ojos brillantes de deseo.
Hablaron. De las cartas. Del amor que Babooshka le había entregado.
Cada palabra era un cuchillo en su pecho. Cada segundo que pasaba, la decepción la invadía más profundamente. En algún rincón de su mente, había esperado que él dudara, que titubeara, que se negara. Pero no lo hizo.
Él le tomó la mano con ternura, sin reconocerla, y susurró con emoción:
"Te amo, Babooshka."
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Fin.
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The Heart That Wouldn’t Let Go
Once upon a time, there was a little girl who spent her days taking care of her tiny heart, which was very fragile. The girl always saw her heart crying and getting hurt, but she was always there to care for it, despite its delicate appearance, covered in loose bandages and surrounded by puddles of warm tears.
One day, the little girl stitched a small part of the heart to keep it from falling apart, but this only made the heart cry even more. Even though it wanted to hold onto that small piece, it simply couldn't.
"Why are you so delicate?" the girl asked as she watched the heart cry once again.
The heart kicked and slipped in the puddle of its own tears, clinging desperately to the broken pieces still attached to its body.
"Why?" the girl asked again, doing nothing but watching as the heart struggled.
"I just wanted a little love," the heart replied between sobs. Its damp bandages slowly began to peel away.
The girl sighed and let the heart release all the sadness it had been holding in. It wasn’t the first time this had happened, and it wouldn’t be the last. She knew her heart was like this—too kind, too hopeful, too stubborn. It loved without conditions, even those who hurt it.
It hurt, but it wouldn’t let go.
Over time, the girl learned that she couldn’t stop her heart from suffering, but she could be there to hold it when it fell. So she did. She stopped trying to stitch it back together or cover its wounds with bandages that wouldn’t last. Instead, she simply held it tightly, letting it cry until there were no more tears left.
The heart, surprised, stopped kicking.
"Aren't you going to mend me?" it asked, trembling.
"No," the girl answered. "I don’t want you to feel trapped."
The heart blinked. For the first time in a long while, it felt something different. Lighter. Free.
Maybe, just maybe, it didn’t need to hold onto those who hurt it. Maybe, just maybe, all it needed was the love of the one who never let go.
And so, the girl and her fragile yet brave heart carried on.
—The End—
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We must learn to let go of what we can no longer have.
Un pequeño cuento
Un pequeño niño jugaba en el suelo con sus bloques de colores, esparciéndolos a su alrededor mientras construía casas simples, torcidas pero llenas de imaginación. Sus manitas pegajosas apilaban torres tambaleantes, y de vez en cuando, uno de los bloques terminaba en su boca.
Desde la cocina, su padre salió con el ceño fruncido al verlo aún despierto. Se acercó con pasos cansados, alzó la mano y revolvió el cabello oscuro del niño antes de darle un breve sermón. Su hijo, sin comprender mucho, solo lo miró con ojos brillantes, sujetando un bloque babeado entre sus dedos. Su padre suspiró con resignación, le quitó el juguete y lo alzó en brazos.
Subió con él al segundo piso, cruzando la puerta de una habitación de paredes azul cielo, con juguetes desperdigados y una cama de sábanas gruesas de lana bien tendidas. Todo parecía perfecto, pero el niño todavía tenía energía después de haber comido chocolate.
El pequeño pataleó, aferrándose al cuello de su padre con terquedad. Este, acostumbrado a la escena, solo volvió a suspirar y lo dejó en la cama, arropándolo con cuidado. Se quedó un momento en silencio, acariciándole el cabello con suavidad, pensando en cómo lograr que su hijo cerrara los ojos. Finalmente, optó por contarle un cuento.
—"Había una vez" —comenzó con voz pausada, esperando que la historia trajera el sueño—, "un hombre robusto y muy guapetón que siempre vestía un smoking blanco. Su cabello rubio brillaba bajo las luces de la ciudad, y con sus lentes de sol negros, era todo un galán. Adoraba las pistas de baile, girar y moverse hasta que saliera el sol".
El niño escuchaba con atención, sus manitas jugueteando con las sábanas.
—"Pero una noche, conoció a una dama con un hermoso vestido blanco, adornado con florecitas de primavera. Al instante, quedó fascinado y no dudó en cortejarla. ‘Pondría todas las lunas de Saturno a tus pies solo para estar contigo’, le decía, enamorándola con sus palabras. Para ella, era un sueño hecho realidad".
Su padre hizo una pausa, mirando el techo por un segundo antes de continuar.
—"Pero las cosas no siempre salen como uno espera. La mujer quedó embarazada y dio a luz a un niño tan parecido a su padre que era imposible negar el parentesco. Al principio, él intentó soportar el peso de sus responsabilidades, aunque nunca quiso ser padre. Y un día, sin dudarlo, se marchó. Desapareció para no verlos nunca más".
El pequeño niño parpadeó, confuso.
—"¿Y el niño? ¿No volvió a ver a su papi?"
Su padre apretó los labios antes de responder.
—"Nunca. Pero lo esperaba todos los días, mirando por la ventana, preguntándose si su padre volvería. Pero él nunca regresó. Y su madre... ella sabía que nunca lo haría, pero no quería que su hijo se sintiera triste".
Un silencio pesado llenó la habitación. El niño miró fijamente a su padre con su inocencia intacta, pero con una pequeña chispa de entendimiento en sus ojos.
—"¿El abuelo se fue, papá?" —preguntó, con voz queda.
Los ojos de su padre reflejaron un brillo de tristeza. Su hijo había entendido más de lo que él esperaba.
Porque él era ese niño de la historia.
Porque su propio padre lo había dejado.
Porque su madre, la mujer fuerte que lo crió sola, se había ido demasiado pronto, llevada por la enfermedad.
Y porque, sin darse cuenta, él mismo estaba repitiendo ciertos patrones.
Acarició el cabello de su hijo con más ternura esta vez, inclinándose para besarle la frente.
—Duerme, pequeñín. Estoy aquí.
Y esta vez, lo decía en serio.
—Fin—