Múltiples son las celebraciones que a lo largo del año se registran en los pueblos guatemaltecos, todas ligadas a sus santos patronos, establecidos así desde la época colonial, en la que floreció la arquitectura y la imaginería católica que predomina hasta nuestros días en cada uno de los rincones por dónde un día lejano habitaran los ancestrales Mayas.
Bellas iglesias con altos campanarios, anuncian la fiesta patronal que tiene olor a pólvora con los cohetillos y bombas voladoras que irrumpen el silencio de la mañana, vestida de muchos colores estampados en los trajes típicos y emblemáticos de cada región y que tiene olor del pino que viste el atrio de los templos, de dónde más tarde ha de salir la procesión, entre nubes de incienso.
Casi cada pueblo lleva el nombre de su santo patrono que es festejado desde días antes con su novenario y eventos propios, todos con un ambiente de alegría y entusiasmo, capaz de hermanar a todos los vecinos que se congregan en la plaza central para disfrutar de un día único en el año, que terminará con la quema de toritos, fuegos artificiales y la música de nuestra marimba.
De los días del Santoral más celebrados encontramos en enero al Señor de Esquipulas, en febrero a la Virgen de Candelaria, en marzo a San José, en abril la Semana Santa, en mayo la Santa Cruz, en junio San Pedro y San Pablo en julio Santiago Apóstol, en agosto Nuestra Señora de la Asunción en septiembre la Virgen de Dolores, en octubre la Virgen del Rosario, en noviembre el día de Difuntos y Todos los Santos y en diciembre la Inmaculada Concepción. Sin dejar de mencionar a San Antonio, San Francisco de Asís, San Juan, Santa Rosa de Lima y Santo Domingo, en sus respectivas fiestas.
Cada pueblo con su convite, procesión, desfile y comidas típicas regionales, cada vecino en afluencia masiva y cada día con sus diferentes emociones.
En la ciudad capital cada 15 de agosto hacemos homenaje a Nuestra Patrona la Virgen del la Asunción, fecha en la que la compleja metrópoli de la Ciudad de Guatemala viste sus mejores galas y recuerda tiempos lejanos en los que los presidentes, autoridades y extranjeros visitaban la Feria de Jocotenango, descrita con maestría por Pepe Milla, en su Libro Cuadros de Costumbres, orgullo de la literatura nacional.
Estas son las tradiciones que nos heredaron nuestros antepasados, que en antaño se entremezclaban con calles empedradas y hoy conviven con la modernidad de los nuevos tiempos, pero todas tienen ese elemento de identidad que nos hace especiales al conocer nuestro pasado, para poder proyectarnos hacia el futuro.
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