Sostener nuestros silencios fue abrazar la verdad. Esta postal de frases duras, y con la sangre a punto de ebullición, bebo de esta complicidad.
Isabella

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Sostener nuestros silencios fue abrazar la verdad. Esta postal de frases duras, y con la sangre a punto de ebullición, bebo de esta complicidad.
Isabella
Cazadora de cuchillos.
Vuelve a mis bolsillos vacíos el cansancio de soltar nudos, seguir siendo cazadora de trampas y cuchillos.
La mentira que me cuento mientras, aferrada a la piel del presente, recorto charcos que huelen a ese temor de ser vistos. Aún hay trampas con vida. Porque esta sombra herida sigue planeando la huida.
Isabella
Marcharse
Si no respiro es por no ahogarme entre historias manchadas de finales. Solo intento que el aire me traiga la otra parte, de ese mundo que se marchó en un viaje largo y yo, quedé, con un nudo entre las manos.
Isabella
Los dogmaticos
Con el paso de los años, temo ser un intelectual; respirar ese aire denso de los que imponen y obligan a doblegarse ante un escrutinio culpable.
Isabella
La última vida.
Depredador de manos cálidas, devoras el temblor que escondí bajo las almohadas.
Acompasas mis débiles latidos con el tambor que se esconde en tu cuerpo.
Te jactas, hasta llegar a la yugular de los monstruos que se acentuaron en mis cabellos. Llamas a la puerta para lamer los lamentos untados de decepción.
Y esos ojos, océanos picados, devoran hasta el vacío más feroz. El rastro de madrugadas protagoniza portadas de revistas para miradas inquisitoras que se empeñan en volver.
Pero me llevas lejos con tu paz. Y me salvas, una vez más, de mí misma. Cuando no queda gente a quien robarle el calor fingido, vuelves, compartes el remedio y la herida, y por fin, puedo soltar el cuchillo de entre los dientes.
Isabella
Quien empuña el arma y nunca ha sido herido. Quien busca el abrigo si nunca ha sentido el frío. Teme al fuego y busca ocultarse de lo desconocido.
Isabella
Un continente
Declararme culpable sobre las ruinas de tu ciudad, llenarme el alma con esta hambre mayúscula, devorar esta vez a la angustia sangrienta que se atreve a mirarnos, mientras nuestros corazones laten fuera de nuestros pechos.
Isabella
El gato, en su aseo, muda de piel.
Ojalá pudiera lamer mis heridas y arrancarme tus palabras del pecho. Pero a nadie engaño: espero —muy a mi pesar— que me habites, toda.
Isabella
Bajo tierra, como si hiciera falta, lo regué y lo oculté de cualquier promesa. Porque un corazón rozado por la ciega alambrada no tendría llama para encender este canto oscuro. La orquesta ya sangró.
Isabella
La pausa que muere en mis pasos
No dices nada, me dices. ¿Y qué debería decir? ¿Que dueles? ¿Que, aun con todo el ejército y toda la literatura, las letras se empeñan sobre silencios insospechados para volver y hacerte suyo? ¿Qué debería decir? Que no me alcanza hilo para suturar esta herida inamovible. No logro cambiarte de lugar. Aquí estás, absorto, tan fijo, con tus ojos de huracán mirándome de frente. Y quisiera ser una cobarde y salir corriendo, escapar de este baile salvaje. Pero aquí estoy.
Me tiembla el pulso con solo llamarte a la puerta de los recuerdos. Me tiemblan las piernas de solo cerrar los ojos y verte de golpe, con tu risa y tus ojos de huracán. Lamento sentir tanto, querer tanto, anhelar tanto un ojalá que ya no late en esta habitación… Solo late tu recuerdo, desgastado por mis labios llenos de urgencia por ti. No sé qué responder. La mayoría de las veces no sé qué responder. Mi garganta se achica y, en lugar de dejar mis modales y levantarme de la mesa de la penitencia, yo escribo. Escribo para encontrar así las respuestas que no se me ocurrieron a tiempo.
Me dices que escriba, que no deje que mis palabras mueran conmigo dentro de este cascarón. Me pides con urgencia que escriba. Entre la escritura y la relectura, solo en cuestión de segundos ha cambiado el poema y con él nosotros. Pero esta necesidad de detenernos, esta necesidad de interrumpirnos en algún punto seguido, para mirarnos una vez más, y otra vez, y otra vez. Este poema que está hecho de cielos despejados, de un sol que nos besa directo y de frente los labios, y tus manos tan capaces de borrar, tachar y reescribir este mundo nuevo.
¿Pero es nuestro este mundo? ¿Acaso yo pertenezco? ¿Me perteneces? Ni lo uno ni lo otro. Solo somos una canción de jazz que suena en algún bar situado en el puente que conecta esta ciudad con mis intentos de pertenecerte, aunque solo sea borrando y tachando y borrando otra vez. Este poema de seres mitológicos culpables, llevados a juicio por un crimen que cometieron: quererse sin reservas, quererse a destiempo.
Isabella
Perdí tu rastro, Me queda el vacío.
Sigo disimulando que esta danza salvaje Que se teje en los tejados No me quema la carne. Que no me quema en los labios
Tu corazón helado. Ahora tengo tu adiós Como nudo ciego en mi garganta, Aunque el olvido me sostenga
Mi minúscula fuerza Para soltar lo imborrable Que fue tu canto. Dueles en los silencios más ausentes.
Isabella
Tantos domingos en los que me envolvía en esa espera muda me dejaron en aire y huesos.
Isabella
Justo en este momento en que nada ocurre.
Y yo no quería permitir que ardieras en tus propias llamas. Me prometí no esconderme detrás de silencios irresolutos.
Ahora el viento nos convence de este dolor, de este rojo efusivo.
Tan callado, tan ligero… no llamas a la puerta. Solo… como si un nudo me terminara de estrangular. Un nudo ciego.
En él tomo asiento, en esta sala de espera, y siento tu presencia: tan callada.
Isabella
Un péndulo en la niebla
Ya siento aquí al norte tu puñalada, aunque no me la has clavado, me arde en los labios, estos mismos labios que llamaron y rozaron tu vacío. No volverás para encender este corazón enterrado en danzas salvajes. Este corazón ya no es carne de reemplazo.
No seré yo quien ensucie de culpa los andenes. No seré yo quien te arranque el milagro que encarnó bajo tu lengua cálida. Porque siempre hay alguien que deja la moral a media asta con sus deseos de papel hacia el mar.
Este crujir de venas, este soñar despiertos con el destierro de esta amarga despedida. Me ha alejado de cualquier promesa.
Isabella
Esta habitación y yo, al borde de noches blancas. Coqueteando con puentes rotos. Cursilería de segunda en los labios. Esta habitación y yo, tejiendo vacíos silencios, sobre los mapas que se esconden en tus huesos.
Isabella
Quisiera que fuera más fácil. Que me tomara un día, un alba y un ocaso.
Quisiera no extrañar los gemidos tan excitantes, los besos que emocionan al corazón.
Y el "Te amo" al final.
Quisiera que incluso me hubieras preguntado antes de decir adiós.
Pero lo que más quisiera es poder olvidar.
No quiero pensar en tí cada vez que pienso en tí.