El problema empezó cuando Julián se despertó dos noches después, sin María, en medio de una tormenta de soledad. Se miró el pecho, desnudo, sin su cabeza apoyada en él y sin el escalofrío que lo recorría cada vez que miraba lo bella que era. Pensó en cómo le hacían falta los roces y cosquillas que le hacía su pelo en el torso y el brazo, sobre todo cuando recién se despertaba y empezaba a mover un poquito los ojos. Bah, eso cuando su brazo no estaba paralizado por horas y horas de sueño aplastado por aquella silueta que lo embelesaba. Extrañaba el hormigueo en su brazo al despertar.
Julián se quedó mirando aquella ausencia que estaba tan presente en sus manos, su brazo, su pecho y su cara, que parecía que había sido atropellada por el tren de la nostalgia. Tumbado en el colchón, notó lo espacioso que era sin ella, lo espacioso e interminable que se volvía sin ella. Sintió como la extensión lo ahogaba, como las sábanas se volvían ataduras a aquella prisión de algodón, a aquella almohada silenciosa y arrolladora. Le hacía tanta falta sentirse apretado por su calor, que la distancia y el dolor empezaron a formarse como una espada que lo atravesaba y lo achicaba cada vez más en aquel vasto colchón de soledad.
La historia no termina con un final feliz. Julián sigue en la cama, hace diez horas que no puede levantarse y no planea salir de allí a menos que sea por un llamado de María. Camilo, su mejor amigo, se prendió al timbre dos veces, pero no tuvo respuesta. El llanto de Julián es silencio y sin embargo hace estruendo: en el espacio en la cama, en la quietud del departamento, en el sonido imperturbable del timbre sonando, en las llamadas perdidas de Camilo, en el número de María, borrado en caliente de su celular, en el camino que recorre de la puerta a la cama, solitario y ausente como la ruta a un pueblo fantasma; y en Julián mirándose el pecho y preguntándose si su corazón sigue latiendo si María no está acostada para escucharlo.















