Mientras el jefe de la NCA, Phil Gormley, avanzaba por los pasillos, el bullicio de los empleados iba disminuyendo para convertirse en saludos, palmadas y sonrisas. Gormley, que nunca había sido un tipo necesariamente indiferente al cariño u el buen trato para con sus empleados, respondió los saludos de la misma manera que llegaban; energética y amablemente. No obstante, cuando abrió la puerta al final del pasillo, su rostro risueño dio un vuelco dramático convirtiéndose en uno de hastío. Un hombre y una mujer le recibieron en su oficina; el muchacho rio al entender lo que estaba sucediendo, pero Gormley no dio lugar a bromas.
—¿Qué tenemos? —pregunto, sentándose en su silla.
La mujer se estiro en su asiento y con suma paciencia acomodo las fotos sobre el escritorio. Era el agente Tate, hinchado y descompuesto en la mesa de un forense.
Gormley frunció el entrecejo en una mezcla que bien podría ser pena, pero que también podía leerse fácilmente como asco. Había visto muchos cadáveres a lo largo de su carrera, pero no dejaba de sentirse enfermo cuando le tocaba ver alguno de sus colegas. Especialmente si se veían tan grotescos como Alan Tate.
La agente carraspeo la garganta antes de comenzar a hablar.
—Fue encontrado en el agua, así que si quería encontrar al autor con huellas digitales, deshágase de esa esperanza —puntualizó en un tono frío, distante. —El agua acelera el proceso de descomposición, así que descartamos también la posibilidad de encontrar alguna marca de pelea.
—No obstante —un fuerte acento del centro de Londres hizo que Gormley desviara la mirada al segundo sujeto. De pie, con un bolígrafo en la mano, el agente Chapman paseaba por el cuarto. Tenía esos aires de superioridad que irritarían al mismísimo Ghandi. —El agua acelera aún más el proceso de descomposición en heridas abiertas. Mire aquí —su bolígrafo señalo dos fotos. —Herida en el muslo y en la pantorrilla, ¿nota alguna diferencia?
Gormley se colocó los lentes.
—Son muy disímiles.
—Eso es porque no han sido hechas con la misma arma —el bolígrafo repiqueteo sobre la foto de la entrepierna del cadáver. —Arma blanca. Tal vez una navaja, un cuchillo —esta vez, el bolígrafo se posiciono sobre la foto de la pantorrilla y una sonrisa se formó en el rostro del agente. —¿Puede adivinar qué es esto?
—¿Herida post-mortem? Estaba en el agua, seguro algo pudo…
—Es una mordida de un animal doméstico.
Gormley alzó la vista.
—¿Un perro?
—¿Conoce a algún perro marino, Sr. Gormley?
La agente Hoover tomó una de las fotografías y los ojos del viejo volvieron a viajar, centrando su atención en ella.
—Obviamente esa herida no fue la causa de la muerte —dijo. —Esta lo fue.
—¿En la entrepierna? —confuso, se quitó los lentes. —¿Desangramiento? ¿Le apuñalo en una vena?
Chapman chasqueó la lengua. Para ser el jefe, era muy imbécil.
—No en la pierna, en el muslo. En una arteria —indignado, volvió a acercarse al escritorio. —La arteria femoral, para ser más exactos —sus ojos se clavaron en los de su jefe. —Gormley, si le cortaran una arteria moriría en cuestión de minutos. 3, 4 minutos tal vez, considerando su tamaño —ignorando la mirada que el viejo le otorgaba, el agente continúo. —Un asaltante normal o una víctima que es atacada y tiene un cuchillo siempre apuntan al abdomen, estómago, costados… Tate fue herido de gravedad y con precisión.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que es muy probable que el autor de esto tenga conocimientos de la anatomía humana. ¿La esposa de Tate no era doctora en el Sanford?
Días atrás.
La primera vez que Sam se cruzó con la muerte fue a los diez años. Estaba en Louisiana, volviendo de un campamento con la familia de Art y un coyote se atravesó en la carretera. El abuelo de Art, Pete, en vez de virar y poner en riesgo a los niños, mantuvo su pie firme contra el acelerador y el animal pasó debajo de las ruedas como un bache más.
Sam observo con horror como la criatura se retorcía en el carril, chillando, rota, aun luchando para conseguir salir de ahí. Un minuto, un estruendo y todo había acabado. El viejo Pete se había encargado de pegarle un tiro justo entre los ojos. "He’s in a better place now, dear".
Recuerda aquella tarde. Recuerda el olor a humo en sus ropas, la comezón de las picaduras de mosquito y como le ardían las rodillas luego de intentar trepar el árbol más grande del bosque. Recuerda haber sentido miedo, luego angustia y finalmente tristeza.
El problema –si se podía llamar problema– era que en ese momento no estaba triste por Alan.
Cuando Ennis golpeó la puerta de la casa de su compañero, no esperaba encontrarse con la imagen que le estaba dando la bienvenida – una mujer ensangrentada, con los ojos llenos de lágrimas y a punto de entrar en algo así como una crisis nerviosa.
Había acudido lo más rápido que pudo luego de que, al llamarla como bien había prometido, la muchacha fracasara en explicar lo que había sucedido entre sollozos, tartamudeos y hipo.
—Oh my God, are you okay? —dando un gigantesco paso, entró a la casa cerrando la puerta detrás y tomó el rostro de Samantha entre sus manos.
Sus manos sobre su rostro eran reales, sólidas y suaves, cálidas. Una conexión directa al mundo. Ennis era cálido y real, reconfortante, pero no había nada reconfortante en saber que aquello no era un mal sueño.
Ennis le inspecciono el rostro durante unos segundos antes de virar los ojos, inspeccionando el lugar. Su mano derecha se posó sobre su arma y avanzó por la sala.
—Where’s Alan?
“I’m sorry” era lo único en lo que Sam podía pensar para decir, pero no era cierto. No lo sentía. Estaba llorando, pero no era tristeza.
—Alan! What are you doing, man? Come on, this is not you! —mientras caminaba más allá de la sala, dejando a Samantha atrás, se oía un tinte de esperanza en su voz. Como si de alguna manera intuyera lo que había sucedido. —Alan, buddy, come on. We can… we can fix this.
—Ennis… —un susurro. Sam avanzaba con cautela. —I’m sorry, Ennis. I’m so sorry.
El entrecejo del hombre se arrugo mientras volteaba a ver a la muchacha, quien le otorgaba aquella mirada de alimaña herida y desesperada, con el rostro con sangre y el cabello despeinado. Estaba claro lo que había sucedido – si daba dos pasos más y cruzaba la puerta de la cocina, se encontraría con algo que no estaba preparado para ver. Algo que no podía manejar. Algo de lo que sería responsable si posaba los ojos encima.
No obstante, se adentró y lo que vio le hizo flaquear. Era su compañero, aquel con el que había desayunado durante casi diez años y al que había indiferentemente traicionado, desplomado boca abajo en un charco de su propia sangre. A su lado, cuidándole como si su cadáver pudiera ponerse de pie y escapar, el perro de Samantha.
—What did you do? —Ennis se llevó la mano al mentón, tanteándose la incipiente barba. Luego se tapó la boca y se inclinó, desviando la mirada. Era el. Era Alan. —What the fuck did you do, Samantha? Are you out of your mind?
Aquel agente especial que siempre mantenía la calma y parecía nunca perder el sentido del humor había quedado en la puerta, muy lejos de ese momento.
Samantha se acercó y, más que excusarse, intento explicar.
—I was sick of it, Ennis. Sick of him treating me like dirt. I really didn't meant to, but I don't regret it —se colocó frente a él, dándole la espalda a la escena. El agente Gallagher la miró. —I'm sorry that you came. I am. I was going to call Loan, you didn't have to see this, but you called me first and I just... I freaked.
Era cierto. A pesar de todo lo que significaba para Loan, sabía que él iba a poder manejarlo mejor que Ennis y definitivamente mejor que ella. Era un cazador, después de todo, y uno no se ganaba la reputación de buen cazador sin saber hacer desaparecer cadáveres.
—Jesus Christ, Samantha.
—I know, I know…
—You need to tell me what… What happened. Ok? You need to tell me what happened.
—I don’t know, I…
—Please…
Los ojos de Ennis exigían desesperadamente, sin hostilidad ni recriminaciòn, así que Sam suspiro y se llevó una mano a la frente, intentando recordar. Las imágenes volvían desordenadas, como flashes, ráfagas sinsentido.
—He said he was gonna kill me, he was drunk and angry. He grabbed me by the neck and..
—No... No... He wouldn’t do that —negando con la cabeza, el hombre la interrumpió.
—You think I'm lying? You think I'm... He almost break my goddamn ribs last week when I told him I didn't want to have kids with him, for fucks sake —la voz de la morena se alzó. —That… —señaló el cuerpo— That could be me there.
Cuando Samantha decidió dejar de hablar, el silencio se volvió una entidad densa en la cocina de repente. Ennis dio un gran suspiro antes de colocar una de sus manos sobre su brazo y atraerla, presionándola contra su pecho en un abrazo reconstituyente a pesar de sus manotazos para apartarlo.
—I didn’t know.
—I need to call my dad.
—What?
Sam pudo apreciar la cara de confusión de Ennis al separarse de su torso.
—He’ll know how to help me…
—Your dad? What are you talking about?
No podía ir a prisión. No merecía ir a prisión.
Dio dos pasos hacia atrás, apartándose el cabello de la cara y ensuciándose aún más con sangre. Podía sentir la mirada de Ennis encima. Sus ojos marrones escudriñando, atemorizado y fascinado al mismo tiempo, jugando a ser el policía valiente, y lo único que Sam podía hacer era intentar ignorarlo – ignorar la manera en la que la miraba, como si estuviera estudiándola. Como si calmarla fuera un reto y estuviese dispuesto a ganarlo.
Apretó los ojos con fuerza y sintió como las lágrimas le quemaban las mejillas una vez más. Deseaba que todo desapareciera, que todo fuese una cruel mentira, que el bastardo se levantara y dejara de tomarle el pelo de aquella forma tan cruel.
Todo su cuerpo se estremeció, no podía evitarlo; había asesinado a su esposo. Había matado a su marido y ahora, en vez de correr a la policía, estaba pensando en, no solo esconder el cadáver, sino implicar a su padre también. Porque, aparentemente, que Ennis estuviera ahí convirtiéndose en su cómplice no era lo demasiado malo.
—Samantha… I will call you dad if that’s what you want—la muchacha asintió. — Go take a shower, clean yourself up. Take your time. I'll take care of this, okay?
Ennis se inclinó y la beso. Besaba como en los shows que veía cuando era una niña ignorante – lento, larga y profundamente. Incluso bajo aquellas circunstancias, lo hacía decidido a crear ese algo en su interior – algo que le robaba todo el aire y se lo devolvía en una descarga.
Cuando se apartó y la miró, los ojos de Sam estaban cerrados. Había una sonrisa fusionada en amargura y alivio jugueteando en las comisuras de sus labios, pero el pánico estaba latente justo en la zona de sus cejas.
—It’s gonna be fine —Dijo el en un susurro.
Actualidad.
Cuando las patrullas llegaron a la casa de Samantha, el agente Chapman sacó un billete de 100 y lo colocó bruscamente sobre el tablero, creando un leve estruendo y esbozando una sonrisa cuando los ojos celestes de su compañera se posaron sobre él.
—¿Quieres apostar?
La agente Hoover le inspeccionó, alzando una de sus finas cejas con un aire estrictamente profesional. Estaba ahí para hacer su trabajo, no para divertirse u apostar en la vida de colegas muertos.
—No.
—Vamos, Hoover. 100 a que fue ella.
—No lo sabes, Chapman.
Sin decir más, la mujer se bajó del automóvil dejando a su compañero con la palabra en la boca. Fuera lo que fuese, seguro no era importante. Se encamino a la puerta de entrada, sus tacones repicando en la acera. Tres peldaños y un bonito pórtico sacado de catálogo los recibieron.
Desde que se había mudado a Aberdeen con Loan, quien pronto se había convertido en lo más parecido a un padre, Samantha aprendió a estar preparada. Preparada para lo inesperado; preparada para las eventualidades. Aquellos dos agentes que veía en su puerta no eran más que un salto al futuro, una progresión, y debía estar calmada porque ella no había hecho nada. No había razón para entrar en pánico, todo estaba bien. Toc, toc, toc. Todo iba a estar bien. Eventualmente.
—¿Samantha Tate? —la voz de la agente retumbaba en el hall, como si estuviera hablando por la abertura por donde pasaban las cartas.
La morena se alejó de la ventana y le echo una mirada a Twister, quien reaccionó sentándose en sus patas traseras. Para verse como un perro, era demasiado humano.
—Quédate aquí. En cuanto salgas del cuarto, verás cómo te corto las orejas, ¿me has entendido? —Twister habría rodado los ojos si aquello fuera posible, pero se conformó con voltear y subirse a la cama de un salto, manchando las sabanas insolentemente. —Desgraciado.
Toc, toc, toc.
—Ya voy, ya voy.
Cerrando la puerta del cuarto detrás de ella, Samantha bajó las escaleras de dos en dos. Se acomodó el cabello húmedo antes de abrir la puerta y planto la sonrisa más convincente que pudo; la obra había comenzado.
—Hola.
Frunció el ceño cuando notó sus vestimentas.
—Sra. Tate —una ligera mueca sirvió como saludo antes de que ambos sacaran su placa. —Somos de la NCA. Soy la agente Evelyn Hoover y este es mi compañero, el agente Jonah Chapman. Nos gustaría hacerle unas preguntas si no le molesta.
Chapman parecía haber tomado el rostro de la muchacha como objeto de estudio puesto que en ningún momento, a pesar de recibir miradas confusas e incomodas de ella, aparto la mirada.
—Seguro, pasen.
Samantha se movió de la puerta y sin perder la mueca de preocupación camino con ellos hasta la sala.
—¿Ya tienen algo?
—Me temo que no —Hoover suspiró viendo a su compañero alejarse por el rabillo del ojo. —Estamos aquí justamente para eso. Nos gustaría hacerle unas preguntas. —¿Su esposo tenía enemigos?
Chapman volvió al cabo de unos segundos con un portarretrato en las manos y una sonrisa petulante. Vacaciones en Francia.
—Era un agente, claro que tenía enemigos —su dedo índice golpeó el vidrio que cubría la fotografía, cambiando de tema. —Se ven como un matrimonio feliz.
—Gracias.
—¿Lo eran?
—¿Disculpa?
Chapman carraspeó.
—Verá, normalmente las personas dicen “lo éramos”, pero tú no lo hiciste. Tú dijiste gracias. Como dice gracias un buen actor cuando su obra acaba.
—¿Intenta decir algo, agente Chapman?
Una sonrisa fugaz amplio los labios del agente, pero en vez de proseguir con lo que había comenzado, dejó la fotografía en su lugar y volteó chasqueando la lengua contra el paladar.
—¿Puedo pasar al baño? —preguntó.
—Arriba. La segunda puerta a la izquierda.
Cuando Chapman llegó a la segunda planta, lo último que hizo fue buscar el baño. Pasó la mano por los estantes, olfateo el ambiente. Casi le da un vuelco el corazón cuando abrió la puerta al final del pasillo y vio un perro recostado encima de la cama. Un perro.
Si Hoover hubiera aceptado aquella apuesta, tendría 100 dólares más para el regaño de cumpleaños de su niña.
Cerró la vuelta, volteó sobre los talones y bajó las escaleras. Aspirando el olor a lejía y aromatizante de ambiente que se hacía cada vez más fuerte cuando se acercaba a la cocina, el hombre pasó por el pasillo hasta llegar a la sala y una vez allí le hizo una simple seña a su colega, quien le miró un tanto confundida y sorprendida a la vez.
—Eh… —balbuceó, acomodando su cuaderno de notas bajo su brazo. —Muchas gracias por su cooperación, Sra. Tate —le regalo una sonrisa mientras le apretaba la mano en un saludo. —La mantendremos al tanto y... Mi pésame.
***
El aire de los pulmones de Samantha pareció haberse ido en una lenta y larga carrera junto con los agentes porque, en cuanto cerró la puerta detrás de ellos, sintió aquello removerse en su interior. Como una presencia lóbrega, repulsiva, exprimiendo sus órganos, quitándole el oxígeno, la estabilidad, el confort. Apoyó la espalda contra la pared y se llevó la mano al pecho. Estaba acabada. Perdería su licencia, iría a la cárcel. No importaba la defensa, no importaba lo que alegara, Alan era un agente federal y siempre se salía con la suya. Siempre. Incluso muerto.
Su fantasma le bailaba al rededor en reproches de venganza, susurrando sueños de sangre y futuro sin libertad. Olor metálico y olor a lejía y rojo en todas partes; sangre en sus manos, sangre en las paredes, en su conciencia, y no podía – no podía olvidarlo. A diario volvía a aquella noche y se veía a si misma arrodillada en el suelo de la cocina con Ennis en frente, toallas cerrando el círculo en donde la sangre se acumulaba. Limpiaban y hablaban y el cuerpo inerte de Alan les esperaba desnudo, envuelto en una sábana listo para descansar en el fondo del océano.
Recuerda haber sentido como algo cálido se le revolvía en el estómago, inclinarse, y vomitar la cena, ahogándose en el pánico y la culpa. ¿Criaturas sobrenaturales? No era Loan, no era cazadora, pero podía soportar aquella idea. La entendía. Podía con lo que significaba arrebatarle la vida a una de esas criaturas porque eran monstruos y no eran humanos y a veces eran peligrosos. Pero ella había asesinado a una persona.
—Twister —su amigo no tardo en bajar las escaleras y reconfortarla, empujándole la mano con el hocico. —I fucked it up, didn’t I? —la morena se puso en cuclillas. —I wish I could just... close my eyes and everything bad would just... vanish.
Twister ladró, como si intentara contestarle, y enseguida bajó las orejas. Era más que un perro, cualquiera que tuviera ojos y le mirase se daría cuenta de ello, pero nadie parecía tener ojos.
—Let’s go to Logan’s. When they come back, you’ll be in much more trouble than me —Sam se puso de pie y volteo, tomando la chaqueta del perchero y colocandosela. —There are no prisons for dogs yet.
Un ladrido la obligo a virar mientras abría la puerta.
—Sorry. Uh… I mean… There are no prisons for… skinchangers who got stuck in their totem because their human body died? There. Happy? Now let’s go. Please.
***
Loan se había tomado la noticia de una manera tan natural que resultaba incluso inquietante. Ambos trabajaban en ese limbo entre la vida en la muerte, siendo ellos quienes decidían como jueces quienes vivían y quienes morían. La diferencia era que, mientras Loan arrebataba vidas, lo que Samantha hacía era justamente lo opuesto. Ejerciendo como médico en un hospital y habiendo tenido que cumplir horas en emergencias, Sam había tenido contacto con la muerte desde aquel incidente con el coyote a los seis años; la muerte siempre estaba ahí, nunca se iba, pero Sam nunca la había invocado de aquella manera.
—It gets better.
—It does? Because it doesn’t feel like it.
Loan resopló, dejando su café irlandés a un lado.
—What’s bothering you exactly?
—Uh, I don’t know. The fact that I killed my husband and now I’m going to jail, maybe.
—You’re not going to jail, Sami —El cazador apoyó la espalda contra la silla e inspiró.— They will never find you unless you want to be found.
—That. Right there. That's exactly my point —llenando lentamente sus pulmones de aire, Sam intento contenerse. —I don't want to be found. I need to pay for what I did, right? But instead, I'm hiding, running like a filthy scared rat. I should... walk into the police station and tell them what happened. I should do the right thing.
—I agree.
—What?
La mirada de terror en los ojos de Samantha hizo que Loan se arrepintiera de haber dicho aquello, asì que sin perder el tiempo, acomodo su postura, sonriendo de su torpeza.
—Why are you smiling, you fucking idiot.
—I meant you are right. You have to do the right thing —estiro sus brazos por sobre la mesa y las colocò encima de las de la muchacha, quien no habìa parado de rasguñarse las cuticulas desde que habia llegado. —You're gonna get your cubbish arse out of Aberdeen, you're going to forget about this ever happened and you're going to... go on with your life.
—I can't do that.
—Yes you can.
Samantha inflo las mejillas de aire y desvió la mirada aguada a la figura de Twister, que desde el sofá más cercano oía con atención.
—You’re not a monster, if that’s what you think —La voz de Loan fue un susurro. —I know how monsters look like, Sami, and I can assure you they don't look like you —acarició su mejilla cuando se viró a verlo con ojos llorosos. —You did my job killing that bastard and I'm proud of you, you hear me?