PRÓLOGO – Cimientos.
i.
Nace y crece en un barrio de Louisiana, en La parroquia de West Feliciana, en donde los niños -e incluso las niñas- aprenden a ser hombres antes de tiempo. Escuela pública, iglesia los domingos, sin padre pero con una profesora de historia como madre.
Nada nuevo, nada que la destacara en la multitud, nada que molestase.
ii.
Cuando Samantha tiene 6 años comienza a ir a la escuela y conoce a Art.
Era una niña solitaria, tranquila y desesperada por un amigo; Art es una temerario de 8 años, un veterano en lo que sobrevivir en el campo de batalla del recreo respecta.
Se vuelven muy unidos, aún más al darse cuenta que son vecinos. Pato y agua, uña y carne. Sam necesita a quien admirar y Mae quiere a alguien para cuidar.
Durante los siguientes años son inseparables. Art protege a Sam como a su hermana menor y cuando cumple la edad suficiente, le enseña a colarse en el cine y a robar chucherías y a saltearse clases sin que se note; Sam absorbe la educación como una esponja.
iii.
Cuando Samantha tiene 14 años, su madre adquiere una extraña enfermedad que es un misterio para los médicos pero que se resume fácilmente en decir que oye voces. Deja la escuela; se concentra en ella.
Lo que le molestaba de ella, de su actitud, ahora lo extraña – cree que si puede organizar su vida, tal vez pueda organizar su cabeza, curarla, pero las cosas no son simples y desde luego que no funciona así.
Viven al amparo del gobierno y reciben ayuda de algunos pocos vecinos de la zona.
iv.
Cuando Samantha tiene 15 su madre se derrumba en el suelo del departamento de desempleados minutos después de decir que le dolía la pierna. No puede respirar.
“Tu mamá sufrió una embolia pulmonar” le dicen en el hospital. “Un coagulo se alojó en sus pulmones y bloqueó el paso de oxígeno.”
—Pero le dolía la pierna.
—Allí apareció el coagulo. Se llama trombosis varicosa. Es básicamente un coagulo más grande. Un trozo se desprendió, subió por la vena hasta el corazón y bloqueó el flujo de sangre. Sin flujo, no hay oxígeno. Necesito decirle algo importante a tu padre. ¿Dónde está?
—Murió u algo así. Dígame a mí, yo la cuido.
—Tenía 12 de alcohol en la sangre a las 10:30 de la mañana.
—Lo sé. La tranquiliza. Ella… oye voces.
—Es esquizofrénica.
—¿Tiene eso algo que ver con lo que le sucede?
—No, no. La desviación de neurotransmisores en el cerebro no causa este tipo de cosas.
El Dr. Holland saca las manos de su bata y las une por delante, a la altura de su abdomen, luciendo una mueca de consternación.
—La falta de vitamina, por otro lado, sí. Estábamos a punto de quedarnos con ese diagnóstico luego de hacer los exámenes correspondientes, pero comenzó a vomitar sangre, como tú dijiste.
La muchacha asiente. Su rostro, no obstante, delata que entiende un pobre porcentaje de las palabras que el medico emplea.
—Tengo malas noticias del ultrasonido, Samantha. Tu madre… Ella tiene cáncer. La falta de vitamina K causó la trombosis y agravó la condición del hígado, pero el motivo real del sangrado es un tumor.
Miente si dice que se mantuvo firme, aunque se quiebra más tarde, en la sala de su hogar. De repente y sin avisar el llanto la sacude y le impide respirar, reduciéndola a una bola de angustia y pánico en donde dictan las lágrimas, el hipo y un corazón hecho pedazos como el viejo televisor defectuoso que vuelca al suelo en un arrebato.
Siempre lo supo, pues sería una tonta si no lo hiciera, pero es la primera vez que se da cuenta que su madre va a morir. Va a morir, de verdad.
No falta mucho para que los de Servicios Infantiles lleguen a por ella, a llevarla a un albergue, y por el momento lo que más sentido tiene es quedarse ahí, tumbada encima de la sucia alfombra mientras la cara se le hincha de llorar como una mocosa con una rabieta, insultando a Dios y maldiciendo al destino. Porque no, no tiene tiempo para estudiar las matemáticas del caos así que se conforma con creer en nada más ni nada menos que en el caprichoso y cruel destino. Después de todo, la ley de Murphy dice que si algo va a pasar, pasará, y eso es lo que sucede con su vida, básicamente. Tan solo una serie de situaciones que se dan de repente, al azar o no, quien sabe y a quien le importa. Lo que importa es que suceden y punto.
v.
Lo único que ha sabido de su padre son suposiciones. No sabe mucho de genética, pero sospecha que si su madre es negra, su padre debe ser blanco, por eso cuando ve a aquel hombre cruzar la puerta se le contrae el estómago y se le quita el hambre. Deja el muffin a medio comer sobre la cama y se incorpora sin quitarle la vista de encima.
Su nombre es Loan y, a juzgar por su acento, es escocés.
Se presenta como su nuevo tutor legal, con su esmoquin rentado, su cabello negro peinado hacia atrás, y esa cicatriz en la cara, algo que si bien a Sam no le importa, tampoco le importaría que no la tuviera.
—¿Eres mi padre? —es lo primero que la morena suelta cuando el tío se sienta frente a ella, en la cama vecina.
Loan siempre luce concentrado.
—Me dijeron que intentaste escapar. Dos veces.
—No podía morir sin intentarlo.
—Nadie va a matarte. No vas a morir.
—¿Cómo puedes saber eso?
—Son servicios infantiles, no la mafia rusa.
Samantha cruza los brazos adoptando una pose muy lejos de lo condescendiente. Alza el mentón y le dice “no me has contestado” y repite “¿eres mi padre?”.
—Creo que lo seré a partir de ahora —refuta él.
—Yo no tengo un padre.
—Bien, porque yo tampoco tengo una hija.
vi.
Cuando Samantha tiene 16 años se entera que existe una realidad completamente distinta y comienza a asistir de forma ocasional a clases para poder manejarlo, no obstante, conoce a Numair en un terreno completamente distinto.
El tío es una presencia anónima en el último retrete del baño de chicas del Centro Comunitario de Edimburgo. Tiene las tetas de Barbara Perry rebotándole en la cara y la lengua de Barbara Perry inspeccionándole las amígdalas, y no siente vergüenza cuando la ve. No, no. Nada de eso. El cretino se ríe de la forma más honesta y cuando Barbara Perry se baja, él se sube la cremallera y se acomoda los pantalones y se enciende un pitillo. Completamente tranquilo, natural.
Sam no tiene y nunca ha tenido nada en contra de las demostraciones de afecto en público, pero agradecería poder entrar al baño y encontrarse con algo normal: una muchacha retocándose el maquillaje, otra meando, alguna vomitando. Cosas normales, lo tipico.
—Llámame.
—Te llamaré.
No la llamará, pero le dedica una sonrisa de despedida y ambos la observan irse, subiéndose la cremallera del uniforme naranja que reza Community Payback en la parte trasera. Cuando desaparece del baño, Sam se acerca al espejo, abre el grifo, y Numair decide que es buen momento para comenzar a platicar. Porque hacer sociales en los baños es algo completamente normal en el Reino Unido, aparentemente, y porque Samantha parece tener una de esas caras que dicen “háblenme, soy muy mona” a pesar de que esté completamente segura de que en ese momento llevaba su expresión de “estoy hasta aquí de todos vosotros”.
—No es sencillo estar enamorado de algo que no puede ser —dice él en un tono vago.
Sam se voltea frunciendo el ceño.
Tiene que estar de coña.
—¿Qué? ¿He dicho algo malo?
—No lo sé, ¿lo has hecho?
—Oh, ¿crees que hablo de ella?
Suena y se ve presumido.
—Vale, sí. Me refiero a ella. Pero no digo que yo sea el que este enamorado —le da una calada al cigarrillo y se voltea a abrir una de las ventanas ubicadas a lo alto. —Tampoco digo que ella este enamorada de mí. Solo digo que… Tenemos una vida complicada y disfrutamos de estos momentos, ¿sabes? Es algo que no dura mucho, que no podrá ser, y resignarse a esa idea no es sencillo.
Con ojos celestes felinos y una sonrisa enigmática, observa a la morena a través de un rayo de sol color bronce que se cuela por la ventana, recordándoles que no están en prisión pero que tienen que pagar lo-que-sea que hubiesen hecho.
—Entonces la conoces.
—¿Es una pregunta capciosa?
Sam rueda los ojos. El ríe.
—Crees que Barbara está enamorada de un polvo en un baño mugriento y maloliente, contigo.
—Haces que suene como un patán. Uno muy presuntuoso.
—¿No lo eres?
—Tanto como tú una prejuiciosa, supongo.
No hay recriminación en su tono de voz. Hunde su mano en el bolsillo de su uniforme y le entrega uno de sus cigarrillos y le dice “soy Caladh” pero agrega “todos me llaman Numair” y entonces Sam entiende su actitud, su mirada, incluso aquella estúpida filosofía. Es un Lyon. Loan le ha hablado de ellos. Hostias, Loan le ha hablado de una tarda de cazadores legendarios, pero estos resultaron especialmente curiosos a ojos de la morena porque no eran hombres. No del todo. Y se queda plantada, con los músculos tensos y con esa expresión que dice haber visto un mutante, porque esperaba que fuesen mitad bestia. Aquel hombre, no obstante, se ve decepcionantemente normal.
Odia Aberdeen con todo lo que es, pero más odia su nueva realidad. Quiere volver a Louisiana, a Estados Unidos. Quiere volver a la locura de vivir y cuidar de una esquizofrénica, las visitas semanales a las oficinas de desempleo, a los pies de manzana de Peggy, su vecina, las tardes con Art. Por todos los cielos, quiere que su madre este bien, que todo sea un mal sueño.
Hay doscientos diecisiete kilómetros desde Aberdeen a Glasgow. Dos horas y media en tren, cuatro en bus, tres en auto y dos en motocicleta, dependiendo el tráfico, pero aun así lo hacen funcionar.
A Numair no le molesta que sea una “niña” porque no juega dentro de las reglas sociales que el resto lleva bajo el brazo. A Numair no puede importarle menos los delitos federales – razón principal por la que se conocieron. A Loan, por otro lado, que salga con un tío de veintitrés años, siete años mayor que ella, le pica como si fuera su padre.
Le gusta cuando recién se levanta, con el cabello hecho un desastre y las marcas de la almohada en la mejilla y la voz profunda como una mina. Le gusta cuando abandona la ducha, con el pelo mojado y oliendo a champú y desodorante. Le gustaba cuando se tira en el sofá a ver tele y lo ocupa casi todo con su enorme estatura, sus ropas anchas y su pelo largo, sonriendo de vez en cuando – una sonrisa perezosa y ladeada. Le gusta cuando juega al póker con sus hermanos en las noches familiares, recostado contra el respaldar de la silla y luciendo esa expresión de eterna concentración. Le gusta su capacidad para querer y su desfachatez al coquetear con cualquier fémina, su forma de ver la vida, su holgazanería, su poca delicadeza y sus malos modales. Le gusta la furia impulsiva que lo mueve cuando hace su trabajo y la lealtad sin grietas que sacudiría montañas y liquidaría al infierno entero.
Le gusta que la abrace, como si quisiera apartarla de todo lo malo del mundo, y le gusta estar enamorado de ello a pesar de que no pudiera ser.
No por siempre.
vii.
Cuando Samantha tiene 20 años Numair es un muerto más en su familia y su padre, o quien suponía era su padre, no lo es.
No sabe por qué está enojada con el tío – tal vez porque comenzaba a agradarle o porque la idea de que no la había abandonado completamente le reconfortaba, pero está enojada y eventualmente se va. Se va y comienza a estudiar sin saber ni querer saber sobre el destino de su madre ni el paradero de su padre.
















