Yo y nosotros
En esta época del Yo, en que el Nosotros parece estar tan oculto, quizás perdido, el ascenso del odio, paradójicamente, huele a búsqueda de comunidad.
La idea no me termina de cerrar del todo, al mismo tiempo que me cuesta refutarla. En esta de hiperfragmentación, de exposición a todas las ideas, en donde nada nos impide encontrar lo que realmente nos gusta, lo que nos haría felices (por un momento), la infelicidad se extiende. Quizás sea por el carácter transitorio de la felicidad (y por la obligación de ser felices) que estamos tan frustrados. Frustrados en el sentido de que no le vemos una salida a esta era del Yo que intuimos como destructiva.
El Nosotros dentro de ese escenario funciona como un refugio. Añoramos un nosotros pasado y pareciera que las fuerzas del biopoder no nos permiten construirlo.
En este nuevo marco fragmentario, el único Nosotros con final feliz posible es el nosotros que acepta que somos distintos. El que deja de reprimirnos ahora que tenemos las herramientas para conocer lo que nos gustaría ser.
Ya no existe un Nosotros uniforme, y esto, que parecería ser una buena noticia, lo que engendra en lo empírico es una serie de Nosotros definidos por el rechazo al otro, a lo otro. Sucede en toda la paleta de lo humano: del ateo al religioso, del socialista al neoliberal, desde los del bien (Nosotros) a los del mal (Ellos), si algo huele a comunidad es porque es una comunidad que está al ataque.
El concepto de un Nosotros hoy nos da miedo porque todas las ideas detrás son terribles, de pesadilla. Nosotros los de la religión X: terror. Nosotros los de la nacionalidad X: terror. Nosotros los de la ideología política X: terror, a menos que sea la nuestra.
Los oasis de tolerancia, que existen, se cierran sobre si mismos para protegerse. Cortan los puentes con el afuera. El ejemplo que conozco es la comunidad queer: reina la tolerancia, pero se mira de reojo al afuera, porque en el afuera hay un peligro real. Son, como sucedió históricamente, acusados de heréticos, atacados en tono de guerra. Hay otros ejemplos pero no los conozco en primera persona.
Pareciera que lo que nos queda es centrarnos en nuestro Yo y en los pequeños Nosotros que podamos construir manteniendo la tolerancia. Esperar que resulten contagiosos (perdonen el pesimismo: sin mucha esperanza). Y, en estos tiempos en los que esperamos al nuevo Nosotros totalitario, ansiosos, intentar disfrutarlos.











