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Hoy tuve que asistir a la boda de mi prima Gabriela; y aquí en medio de luces, botellas de alcohol y mucho romance caí en cuenta de la pareja perfecta.
Déjenme les escribo sobre lo que descubrí a mis pequeños, pero muy pesados veintitrés años.
Gabriela nunca quiso casarse, lleva con su novio Víctor años, creo que desde el bachillerato. Y todos en la familia recordamos que la navidad que él se lo propuso ella lo dejó en vergüenza frente a varias familias reunidas, diciéndole un fuerte no. Con los años, decidió ponerse un anillo en el dedo, casarse por el civil y después jurar amor eterno en una iglesia pequeña. Y hoy, en su gran día y con una enorme sonrisa sigue repitiendo que nunca quiso casarse. Y yo ingenua por el momento me preguntó qué carajo tuvo que pasar para que Gabriela que nunca quiso llegar a esto luzca tan feliz de haber hecho una promesa.
Después en medio de los tragos mis otras primas comentaban que era tan claro que Gabriela haya aceptado a Víctor para la vida eterna, puesto que Gabriela ya no pesaba lo que en bachillerato, su cara se empezaba a arrugar y Víctor que siempre ha sido un hombre apuesto y con dinero además, no la iba a querer así por más tiempo, y ya saben lo que dicen las mujeres sobre que a los hombres se los pueden roban. Y yo fiel a lo que veo, cuando veo a los novios bailar, no me puedo imaginar a mi prima cambiar sus ideales y convicciones por un hombre. Tampoco puedo creer que la familia piense que se casa porque ningún otro hombre la iba a querer con sus kilos de más y su carita con imperfección, así que cuando oí a Gabriela decir de nuevo que nunca quiso hacer esto, decidí preguntarle el por qué lo había hecho y ella sólo dijo que el amor va más allá de lo que piense uno, se trata sobre lo que piensan dos, y si entre ellos dos hacen promesas que nunca cumplen, ¡qué importa tener que hacerle lo mismo a Dios!
¡Ay, el matrimonio! Un bello contrato, acatado con un dulce sí acepto, disuelto sólo por la muerte y maldito si concluye antes de eso.
Por otro lado están los padres de Gabriela; Patricia y Francisco, un matrimonio demasiado lastimado. Francisco era un chico de familia adinerada y Patricia de una familia muy humilde, crecieron juntos y cuando Patricia logro superar el estatus esconomico de toda la familia de Francisco, sola, los problemas surgieron, infidelidades, mentiras, traiciones y mi familia murmura que hasta golpes. Pero hoy los he visto bailar y reír como adolescentes. Dijeron unas palabras para su hija y brillaban de amor. Y hasta en navidad es lo mismo con ese par, hacen la mejor comida, cabe mencionar; y cuando todos nos sentamos frente a la chimenea a platicar, Patricia se recuesta sobre la piernas de Francisco, y él sólo la mira sin parpadear.
Yo no sé sí es amor, paciencia o un devoto acto hacía los hijos, que los matrimonios así permanezcan juntos por años, pero cuando oí a Gabriela y a Víctor decir sus votos, y jurar amor eterno en la enfermedad, en la pobreza y en las malas, se entiende todo.
Creo que ningún matrimonio de los aquí presentes subió al altar pensando en las grandes tormentas que este implica. Suben y recitan promesas con la fiel idea de mantenerlas, pero con los años vienen las enfermedades, surgen las pobrezas, y cientos y cientos de problemas. Matrimonios como el de mis padres o como el de mis tíos Berta y Ricardo hacen omisión de sus promesas..
Están también los matrimonios que admiro, como el de mis abuelos, nunca fracasaron porque nunca se rindieron, pero sí hubo de todo, mentiras y decenas de otros errores, ¿si me entienden? Eran otros tiempos, sí, seguro, donde la mujer tenía que aferrarse a su casa, sus hijos y su marido. Lo que trato de decir es que los matrimonios se han modernizado, pero las promesas siguen siendo las mismas. ¿Y nosotros? no, por supuesto no podemos cargar con tanto.
Por otro lado tengo unos tíos con un matrimonio difícilmente de creerse, Silvia y Jaime, juntos desde su mayoría de edad. Tres hijos varones. Una vez de pequeña vi que mi tía lo golpeo porque él salía con otra mujer o al menos eso creía ella, y desde aquel día, no supe yo ni mi familia sobre algún conflicto entre ellos dos, hoy lucen radiantes, intimidad una vez al día, cena caliente y servida, viajes de aniversario y mejillas rosas todavía; su hijo mayor les acaba de dar una nieta hermosísima. Y son la única pareja que no ha dejado de bailar esta noche. ¿Saben cuál es el secreto para eso? La privacidad.
Los matrimonios que construyen sus cimientos con suma comunicación y paciencia, lavan su ropa sucia en la intimidad de su hogar, sin afectar a sus generaciones siguientes. Porque todos los matrimonios sin excepción alguna sufren crisis, incluso hay quienes comienzan con ellas desde el noviazgo, y aún así deciden recitar votos de amor en nombre de un Dios. ¿Por qué? creo que en mi opinión se debe a la continua dedicación y al constante reconocimiento hacia el sentimiento de inicio. Porque nos emparejamos por decisión propia y debemos hacernos responsables de esas decisiones.
Claro que en esta fiesta no sólo hay matrimonios, hay muchas parejitas que están en la flor de su noviazgo.
Están igual los de admirarse por su discreción y los que la familia critica por su indiscreción.
Paulina y Daniel llevan juntos desde el bachillerato, hermana de Gabriela e hija de Patricia. Daniel un chico de familia, que no respetaba las reglas, porque hasta mis amigos y yo en la adolescencia le llegamos a comprar drogas al muchacho. Paulina lo veía a escondidas por años, hasta que por no sé qué motivos Patricia lo acepto y ahora bailan juntos frente a muchos ojos que al principio los juzgaron. Y frente a mí que me empalagan y me hacen decir que ni mi tía la loca pudo separarlos.
Otros tantos son jovenes, mi primo Dani trajo a quién sabe quién, ese chico cambia de novia como de calzones. Byron con su novia de siempre que está loquísima. Están los antaños, como Carlos que lleva con Reyna años, muchos años, aunque mis tíos le hacen burla porque lo dejó dos años para andar con su mejor amigo mientras Carlos estudiaba en los Cabos. Les podría escribir si es que veo amor en los ojos de ellos dos, pero ya estoy muy mareada. Raquel y Pablo con dos hijas y sus contadas infidelidades de él, tapadas todas por su madre Sara. Alberto y Tania que no tengo idea cuándo se van a casar porque ellos dos sí que me aturden con la amorosa familia que han formado a discreción a su corta edad. Mi hermana Alma y su novio Jesús, con cientos de errores que él le ha dado a cargar a ella. ¡Noviazgos! Bellos y fracturados todos ellos.
Y aún así cada invitado irradia felicidad en esta boda. Hasta yo, que soy la que juega con bebés e intenta no llorar cuando todos me hacen burla por atrapar el ramo de la novia. Por haber venido sola.
He visto de todo hoy, a Gabriela llorar porque nunca quiso casarse, a Jonatan gritarle a su novia por tener sucia a su bebé, a mi hermana enojarse, a mi padre feliz con su acompañante, Silvia y Jaime metiéndose mano debajo de la mesa. Patricia y Francisco enojados con Víctor, niños por todos lados y yo, yo pensando en cuál de todas estas parejas es la perfecta.
Ya todos están revueltos esperando para partir ese enorme pastel de crema blanca. Los novios posando con una sonrisa que por poco no parece falsa.
Y mientras me bebo de un sorbo mi trago caigo en cuenta de lo hermosa y esperanzadora que se ve esa pareja, tan unida que no te los imaginas de otra forma. Justo ahí, en la cima, sonriendo en su traje y su vestido de novia. La pareja perfecta. Siempre hay una en cada boda, en lo más alto del pastel.
Hay un pasado que se fue para siempre, pero hay un futuro que todavía es nuestro y al final unos pequeños números de la suerte. En su momento no entendía la fortuna, pero al final del día ver tu sonrisa hacia que valiera la pena todo. Trataba de imaginar que esa sonrisa era una señal del futuro feliz a tu lado, ahora veo que era solo otro de mis escapes de esta realidad nuestra; esta realidad en la que a veces parecemos vencidos por los destiempos, la distancia, y el silencio que lo dice todo.
Me recosté, y con la mirada perdida en el techo, como buscando un cortometraje del tiempo, comencé a pensar en nuestro pasado que se fue. Y así fue como me di cuenta que sí me enamoré de ti, de nuestro inicio, de la improbable casualidad de atraernos, de las miradas y las mejillas rosadas cuando nadie nos veía, del deseo constante, de la ansiedad por ver más allá en el otro, de la curiosidad de saber a dónde llegaríamos. Entre otras cosas de las que parece que ya has tenido suficiente.
En este punto ya no sé como será ese futuro nuestro. Tal vez nos convirtamos en una de esas reliquias que, aunque deterioradas, es imposible no mirarlas con admiración y darles una ofrenda de un elogio por lo que fueron alguna vez, quizá un futuro pasado que te avergüence, o tal vez seamos ese caso particular en el que como un fénix morimos y renacemos, que sin importar cuánto muramos volvemos más poderosos, más inteligentes y más fuertes, y así ser el ellos lo lograron de toda la gente.
Ya no sé si eres tú, si soy yo, o si somos ambos. No sé en dónde está el signo que desbalanceo nuestra ecuación perfecta. No sé si mi todo, te pareció demasiado de lo que te ha hastiado.
En fin, ya que últimamente me niegas tu ser, me preguntaba si te molestaría que tuviera sexo con otro.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo, aunque en este momento tengas la expresión enojada, probablemente por mi intensa manía de tocarte el cabello. Tengo miedo de que te despiertes y me preguntes qué hago. Tengo miedo de que me lo preguntes porque realmente no sé qué hago tocándote el cabello hace más de media hora. Creo que es una necesidad, ya sabes, la de tocarte, digo. Es como si el cuerpo me doliera si no lo hago.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo. Yo sé que no conozco todo el mundo, pero tampoco me hace falta. Una puede percibir bastante el mundo sin conocerlo. ¿Viste esos días en los que te levantas triste y no sabes decir la razón? Bueno, yo estoy segura de que es el dolor del mundo que cada tanto nos cuela en los huesos. El dolor es tan fácil de sentir. Con el amor la cosa es un poco diferente. Difícil, sí, tal vez. Porque los malos momentos vienen solos y de repente, pero el amor se construye y lleva tiempo. Debe ser el amor el que me hace verte como la persona más linda del mundo, aunque no lo conozca. Al mundo, digo. Del amor escuché algunas cosas, sabes.
Que duele. Que es mutuo. Que si no es mutuo, se parece al amor, pero es otra cosa. Que se termina, a veces. Que te da sensaciones raras en la panza. Que nunca te completa, pero sí te parte. No tiene buena fama el amor, pero todos lo buscan.
Te miro dormir y siento que eres la persona más linda del mundo. Y que si no lo fueras, igual te elegiria para dormir a mi lado, por hacerme sentir lo que siento. Queda cursi. Pero a veces hay que ser cursi, digo. Porque de todas las millones de personas que están existiendo, tú eres el que me moviliza. Y en este momento, ya sabes, ahora, digo, sigue habiendo enfermedades, guerras, muertes, balas, policías reprimiendo, políticos estafando, personas robando cosas que no querían robar, personas disparando a personas que no querían ser robadas, sigue habiendo personas secuestradas, y millones y millones de hombres y mujeres infelices, asfixiados en una vida que los va a matar de angustia, si no es que los y las matan antes las pastillas que consumen para tapar esa angustia. Sigue habiendo corrupción, xenofobia, pedofilia, homofobia. Sigue habiendo injusticias. Sigue habiendo todo, pero te miro dormir y yo me olvido. Por un rato, el mundo se vuelve un lugar habitable. Para ser honesta, hermoso. Hasta pienso que quizás tu ceño fruncido no sea producto de mi insistencia con tocarte el cabello sino la manera inconsciente que tienes de estar en desacuerdo con lo horrible del mundo. Y sonrío, triste. Me pregunto cómo haces tú para olvidarte un rato del mundo cuando no tienes la suerte, la increíble suerte, de verte durmiendo
Era ella siempre el párrafo inicial, la expectativa de lo que vendría tras cada línea escrita. Era él la armonía de las palabras, las gotas de romance que caían sobre el papel. Les encantaba dejar páginas en blanco para volver loco al lector, para ocasionar conflictos que al final nunca encontraban solución.
Ella.
Corrió. Corrió con toda la fuerza que le proporcionaban sus piernas, corrió entre mechones de cabello que le impedían la vista, corrió entre multitudes y estragos, lo hizo con una pesadez en el pecho que nadie puede soportar, sabía perfectamente a dónde iba, pero no quería llegar jamás.
Todos lo hemos hecho, hemos corrido cuando no podemos hacer otra cosa más que huir. Correr, caminar, ir a gatas, el fin es siempre el mismo: sacarlo todo desde adentro, dejar en el camino las raíces, la primera letra de la primera página, la absurda dedicatoria, el torpe inicio.
Pero ella era diferente, ella no paró cuando hubo al fin terminado con las hojas, no paró cuando sus piernas hirvieron en cansancio, no se detuvo aunque comenzara a deshacerse. Estaba segura que en el camino quería dejar hasta las entrañas, todo aquello que sirviera de pista para encontrar de nuevo a aquel personaje que de una forma u otra le brindó la calma en los primeros capítulos, antes de las páginas vacías y las frases a medio terminar.
Fue la única en llegar al final del camino, al vacío, a la nada...llegó en pedazos, desarmada, sangrando por cada poro de su piel, vociferando su nombre y maldiciendo deidades.
Entonces lo vio. Lo vio al principio de su recorrido, justo del lugar donde había partido, lo miró a los ojos y lo encontró tan encantador como siempre, con su sonrisa despreocupada y las manos llenas de tinta, de letras y pies de página.
No quería regresar, quería quedarse ahí y resbalar al precipicio que la aguardaba, quería tomar otro camino y que las personas se llevaran entre las piernas la historia que ya había hecho trizas a lo largo de su recorrido, pero no pudo, ella sabía perfectamente que en cada arranque de locura, entre cada día de histeria bajo el odioso rayo de sol menos encontraba el punto final de aquella historia sin compás.
Y regresó poco a poco, recogiendo a lo largo del sendero partes de ella misma, cubriéndose de nuevo con el velo del miedo, llenándose los ojos con aquellas ganas enfermizas de amar, levantando del suelo páginas llenas de tierra y sangre.
Lo hizo despacio, fijándose dónde colocaba sus pasos y poniendo atención a todas aquellas cosas que había ignorado antes, notó la cantidad de sombras que la seguían, fantasmas y excusas, gritos desesperados de advertencia.
Cuando al fin lo tuvo de frente volvió a perderse dulcemente en el camelo de su sonrisa que llenaba de matices cada verso, y supo desde ese instante que aquél amargo capítulo volvería a repetirse.
Tuvo la certeza de que aquella era una de las historias más perfectas jamás escrita, una de las más sombrías y mejor calculadas, una de esas historias que cambian, se transforman, se congelan y derriten con cada suceso, esas historias con un millar de comienzos pero que jamás, nunca jamás encuentran un final apropiado, aquellas historias que si alguna vez mueren lo hacen inconclusas, con heridas y suspiros, coplas de amor y cicatrices sangrantes.
Ustedes y yo nos convertimos en simples lectores, narradores en el mejor de los casos. Pasamos despreocupadamente las páginas mientras ignoramos detalles y mutilamos palabras que podrían resultar ser una salvación.
Somos distraídos y descuidamos nuestra propia historia por intentar colarnos en aquellas que nos parecen más coloridas, aunque eso implique perdernos en un poco amable mundo de relatos desconocidos.
Yo, en lo personal, no sirvo de ejemplo, mi historia es la viva imagen del caos, pero al menos está llena de amor incondicional hasta en los signos de puntuación.
Al final del camino, desangrados o enteros, con cicatrices o heridas, somos únicamente historias y morimos con los finales.
Ansío, desvarío por tener tu cuerpo.
En mi mente te invoco y cierro los ojos para verte de cerca. Emulo tus manos, que semejan los instrumentos del cartógrafo: Recorren cada línea de mi cuerpo que parece evaporarse en el ardor de tu ausencia, mis dedos se acercan al detalle de mis pliegues, examinan con escrutinio mis montes y marcan rutas hacia los valles. Hago ese movimiento -con los dedos índice y medio- que me enseñaste: justo en el epicentro de mi tibieza. Tiemblo placenteramente, fallezco rápido en un suspiro y luego, entre latidos que brotan, en medio burbujas de mi sangre que hierve, renazco y vuelvo a empezar.
¿Qué será de mí si sigo sufriendo de tu falta? ¿Cuánto más tendré que permanecer en el borde de la cama? Porque aquí sigo sentada, como señorita socialité, en espera de que el mundo se rinda a mis pies, oh la lá. ¡Acércate, ven a mí una vez más! hagamos fiesta en la habitación esta tarde. Lancemos susurros repletos de secretos. Flotemos en la magia que irradian nuestros cuerpos al chocar. Tus latidos serán los míos, tu respiración la mía. Tus ojos verán a través de mi piel, muy dentro hasta el corazón y ahí mirándote en el espejo de mis entrañas te reconocerás mío de nuevo.
Este anhelo ha encendido una mecha efervescente de deseo en la comisura de mis labios. En mi pecho ya no cabe el arrebato que me causas. Locamente transformo las horas en días, los días en semanas y luego así extrañándote vehementemente, vuelvo a cerrar despacio los ojos para imaginarte de nuevo; acurrucado en mi pecho envueltos en sábanas de silencio, hermoseando mi cuello, en donde tus besos se quedan prendidos al despertar. Solo así… imaginándote, logro sentirme menos sola en este círculo vicioso que es vivir sin ti.
Siempre te pregunto, siempre dices que no. Lance muchas señales y ninguna te llegó. Fuiste ese beso donde casi no abrí la boca, sabías a Ron y Coca.
A veces pienso en que estaría bien temerle un poco a tu esencia, temer un poco al amor que te tengo, no para dejarlo atrás, mas bien como dispositivo de seguridad, como chaleco antibalas en medio de este campo de tiro. Pero sólo lo pienso, porque pensar siempre es mucho más sencillo que actuar, porque en el fondo supongo que no importan las heridas que causes, tú o el mundo, siempre y cuando estés ahí para curarlas, siempre y cuando detrás de cada bala venga cargado también un beso o aunque sea un abrazo. Que, en realidad no creo necesite nada más que eso, uno de esos abrazos que parecen pegar todas las piezas que se esparcieron en el choque. Y verás, de donde yo vengo, si alguien tiene un corazón alguien más tiene un cuchillo, gracias a eso, o pese a esto, ahora tengo tejido duro, tejido cicatrizado, pero este tiempo (todo este tiempo) me ha hecho ver que es el resto del mundo el que habita en ese lugar, tú te mantienes entre el miedo y la paz.
Y es que cuando te veo no existe la tristeza, y con ello no quiero decir que sin ti sólo exista la tristeza, solo digo que a tu lado no importa. Y, ¿sabes? no todos los “te extraño” son un intento mío de estirar la mano y traerte de vuelta, no todos son un “regresa”, o un “¿en dónde estás?” algunos son sólo eso, palabras crudas y sin trasfondo. Así como no todos los “te amo" significan quédate a mi lado, ni se mío de por vida, no todos van cargados de responsabilidades a asumir, ni promesas de un futuro que a fin de cuentas ¿quién entiende?
No, algunos “te amo” son sólo eso, un explotar de querer decirlo, sin más, crudos y directos, sin deseos ni ilusiones.
Y otros “te amo” son solo miedo a decir “te extraño”, “regresa”, “¿en dónde estás?”. Y estos “te amo” no van a ningún lado, no se los lleva el viento, ni el tiempo, porque, de hecho, pesan más que todo esto. Algunos “te amo” se quedan, pero algunos amantes se van, y por está razón yo pienso en chalecos antibalas y dispositivos de seguridad, pero que ya, es fácil decirlo, pero querer hacerlo marca la pauta. Y yo, no gracias, prefiero guardar mi distancia.
Prueba y verás, nunca se sabe. Siéntate conmigo antes de que me marche.
Yo pude ser el mar para ti. Pero tú no querías un mar. Querías pequeñas olas inofensivas a tus pies.
Y yo, desbordada, no lo supe ver ni entender, no me contuve.
Es que quería dártelo todo.
Ser infinita para ti. Empaparte, cantarte la vida al oído de día y de noche. Hubiera vendido mi espíritu, mi voz, mis años, mi piel, mi vientre. Yo te lo hubiera dado todo a cambio de poseer tu alma como tú tenías la mía.
Pero tú no respondiste. O respondiste tarde. Y yo contaba cada respiración esperando tu respuesta, tu llamada, mi nombre, algo de ti. Y tú llamabas haciendo bromas, diciendo frases ordinarias, insoportablemente predecibles, frases desgastadas y repetidas, frases de segunda y tercera mano.
Tengo rabia con el mar madre. Porque sé que es su culpa, su maldición.
Tú nunca me pediste que dejara de dormir por ti. Tampoco me pediste que perdiera peso por ti. Tú no me pediste que te dedicara todos mis pensamientos, que cercenara mis piernas. Tú me pedías que te acompañara, que fuera una mujer y que te hiciera sentir, sin lugar a dudas, que tú eres el hombre. Y es que yo quería ser el mar para ti. Pero tú no querías el mar.
Quise ser tu Afrodita, tu Hera, tu amante; tu madre. Yo quería saber de tus horas, de tus comidas, de tu mal humor, de tus noches de insomnio. Quería saberte ordinario y maravilloso. Quería estar en tu vida como natural y no como visitante. Pero tú no quisiste.
Y yo te convertí en mi mundo, en mi padre y en mi hijo, en mi amante, en mi rey y en mi reino.
Y cuando vi que no te diste cuenta de mi desasosiego. Cuando vi que tú dormías mientras yo temblaba, cuando entendí que tú sabías que la vida era vida y no el ser amado, cuando vi tu mirada vacía e incomprensiva ante la furia de mis celos. Cuando te esperé con manjares inimaginables y sólo respondiste con bostezos, siempre desde tu cansancio. Cuando me desbordé, me excedí, te amé, te oré como a un dios, te busqué todos los días y tú respondiste como si no respondieras. Entonces guardé mi mar y me dediqué a contemplarme.
Y con la contemplación y la quietud llegó la cordura. Y con la cordura la conciencia y luego por fin, el frío y la razón.
Yo estoy enojada con el mar porque lo llevo dentro, estoy enojada con el mar de mi madre y de mi abuela. Yo creí en la historia que me contaron sobre los hombres que querían el mar y querían sirenas.
Me equivoqué: viví y sentí mares que quise entregar sin que nadie me los pidiera y me quedé vacía, llena de rabia, sin vientre y con penas.
Los hombres son hombres que quieren mujeres.
Y el mar: el mar no se entrega, no se deja ni se debe ofrendar. El mar sólo es deseo, deseo de amar.
Perdón, no sé qué hacer ante tu incesante pestañeo, tu voz entrecortada, tus lágrimas, esas mismas que, según tú, yo causé.
Miras de reojo mis maletas, miras mis labios, intentas (sin lograrlo) mirarme fijamente a los ojos, después de unos minutos te concentras en el ritmo que marco con la punta de mi zapatilla. Tic, tic, tac. Tic, tic, tac.
Lanzo un enfadado suspiro y te sueltas a llorar amargamente, como si el mundo estuviera a punto de derrumbarse gracias a mí. Bueno, al menos tu mundo sí se derrumba. Y sí, es mi culpa. Ya sé que no quieres que me vaya, ya sé que te he vuelto miserable y maldices la hora en que te embrujó el ritmo de mis caderas al caminar, el momento en el que encontraste a mi lado toda clase de sublimes sensaciones.
Te informo de una vez que no hay alternativa. Podrías sacarte el corazón para posteriormente entregármelo en una bandeja de plata fina y no dudaría un momento de mi decisión.
Claro que sé cómo te sientes, cuánto te duele, conozco todas y cada una de las ideas que atraviesan tu mente en este momento y no logro sentir nada parecido. Ni trato, ni trataré de liberarte de tu pena, es hora de que libres tus batallas, conozcas muy de cerca a tus demonios.
Jamás te mentí, siempre fui sincera. Al besarte, al entregarme a ti, siempre fui auténtica. También soy muy auténtica y sincera ahora que me largo y te dejo hecho un mar de lágrimas y lamentos. La culpa es algo que no se me da, la verdad.
Me has otorgado infinidad de títulos que porto en el pecho con orgullo... soy tu veneno, tu dolor, aquella que absorbió tu existencia, terminó con tu energía y apagó toda esperanza en tu interior.
Enciendo el último cigarro de mi cajetilla a la vez que cubres tu rostro con ambas manos, tus sollozos impiden que la atmósfera caiga bajo un ambiente incómodamente silencioso, qué considerado. Tengo muy en mente que rodaré directito al infierno el día que mi infame corazón deje de latir, suelto una risilla imaginando mi caída y lentamente levantas el rostro para mirarme. Me infunde una profunda lástima ver tu rostro de niño guapo hinchado y un tanto deforme de tanto llorar, pero ya qué, se te pasará.
-Mira, querido, así es esto, puedes seguir bebiendo y llorando hasta secarte o me haces el amor una, dos, tres, tantas veces como puedas antes de verme salir por esa puerta, subir al coche y terminar por resquebrajar tu alma. ¿Ajá?
Dos segundos después de terminar la frase encuentro un tanto crueles y falsas mis palabras pero opto por fingir que es con toda naturalidad y certeza lo que quise decir.
No quitas los ojos de mi nariz, esa que besabas con delicadeza los crudos días de invierno. A estas alturas le he perdido la pista a tus pensamientos, me concentro en encontrar el momento justo para dar la media vuelta y largarme dado que, al parecer, no cambiarás de actitud.
Otro suspiro enfadado... no soy una virgen, no intentes besarme los pies, no soy una santa, deja de rezarme y rogar que permanezca a tu lado, no lo haré. Un tercer suspiro enfadado, justo al sentir cercano el momento exacto de mi triunfal huida decides jugarme una mala broma...
Te levantas lentamente, como siguiendo una serie de pasos, te diriges con la mirada fija en la nada hacia el perchero y de repente el cuarto de hotel que nos sirvió de cálido refugio durante meses se sumerge bajo una tensión inexplicable. ¿Quién te has creído para cambiar el guión de esta nuestra historia?
Sacas de tu abrigo un revólver y me dedico a contener el aliento sin darme cuenta. De nuevo, lentamente, te colocas justo frente a mí y suelto la colilla del cigarro sin importar la alfombra. Dejo de mascar sonoramente el chicle que hace horas carece de sabor.
Siento un burbujeo en el pecho a medida que acercas el cañón a tu sien, mi voluntad tiembla de la misma manera que tu brazo, tu muñeca, tu mano, cada uno de tus dedos al sostener el arma e inevitablemente se empañan mis ojos... de repente el incómodo silencio que comenzaba a formarse se termina de un sólo golpe. Todo me da vueltas, las espesas y tibias gotas de sangre resbalan por mi cara.
Te inclinas ante mí y cierras mis párpados, juras amarme, prometes que todo estará bien. Tus lágrimas caen sobre mi rostro y poco a poco siento desvanecerme... al parecer has vencido al diablo. No sé si reír o llorar.
Escucho tus pasos a lo largo de la habitación, la puerta se abre y cierra en varias ocasiones, mi auto se enciende y se apaga unas cuantas veces... se aleja poniendo el punto final que, sin merecerlo, pude poner yo a esta historia unos momentos atrás.
Todos seríamos personas más estables y tranquilas (Probablemente también felices) si entendieramos que el amor sí es para siempre, pero no se vive con los mismos individuos toda la vida.
La temporada de lluvias inicia en mayo y aquel era un soleado y caluroso día de abril. En abril no llueve, los días lluviosos son muy particulares e inesperados.
-El que sigue… el que sigue. EL–QUE-SIGUE. ¡¡EL SIGUIENTEEE!!
Se despertó de un brinco y tardó unos segundos en darse cuenta que, en efecto, era ella la siguiente. Tomó su folder lleno de papeles, su bolso que estaba tirado junto a la incómoda silla de esponja azul rey y se aproximó a la ventanilla.
-Perdone, espero que no haya ten…
-Papeles en el orden ya especificado anteriormente, sin tachaduras ni enmendaduras, talón de pago sellado, hágame el favor de retirarle los clips a sus documentos…
¿Era un requisito para atender ventanillas en instituciones públicas tener un pésimo humor y un nulo aprecio por la vida? Porque parecía.
Suspiró hondo y se limitó a seguir al pie de la letra las indicaciones de aquella histérica mujer aparentemente cincuentona, de cabello rojo, lentes bifocales de pasta gruesísima, dientes amarillentos y voz chillona.
El sonido del sello estampándose contra los papeles y el “clac” de la engrapadora retumbaban en su cabeza de manera incómoda. Estaba muerta de sueño, llevaba meses durmiendo mal.
Se excusaba diciendo que era a causa de la tarea o algún pendiente, pero en realidad al entrar en el umbral de la soledad, que abría sus puertas a partir de las ocho de la noche, su cabeza se veía inundada de múltiples recuerdos e ideas desoladoras, la nostalgia le caía sobre los hombros pesadamente y la llenaba de ansiedad.
Los sueños violentos y desgarradores que la despertaban en la madrugada eran frecuentes, a veces eran varios en una sola noche.
-Listo, es todo.
-Gracias, que tenga bue…
-¡EL QUE SIGUEEEE!
Joder, maldita vieja loca, ni cómo ayudarla.
Dio media vuelta y en cuanto alzó la cara y miró hacia los ventanales comenzó a diluviar.
Llevaba puesto un vestido floreado, corto y de tirantes, con unos botines de gamuza. Pronunció su maldición favorita en voz alta, sin darse cuenta: “Vale verrrgaa” y unos ancianitos que estaban sentados esperando su turno la miraron con un gesto de reprobación.
Tomó el elevador, llegó a la planta baja y esperó debajo de la cornisa a que dejara de llover, pacientemente.
Pasaron quince minutos y nada, todo seguía igual. Se encendió un cigarrillo, le quedaban sólo dos más en la cajetilla, hizo una nota mental para comprar una nueva de camino a casa.
Esas eran la clase de cosas sencillas que solía olvidar de un momento a otro.
Su promesa de fumar menos se rompió cuando, dejándose llevar por sus pensamientos, consumió los tres cigarros uno tras otro sin ningún reparo, a pesar de haber fumado ya otros seis en el transcurso del día.
Su mirada fija en el suelo, el ceño fruncido y los suspiros ocasionales la delataban: pensaba en él.
Estaba en pleno Reforma, una de sus partes favoritas de la ciudad, miraba las jacarandas y las lagunas de color lila que se formaban debajo de ellas, adoraba las jacarandas.
De vez en cuando se sentaba debajo de alguna simplemente por el placer de sentir las florecillas caer sobre su cabeza y hombros.
“No quisiste ser la jacaranda de mi vida”, pensó.
Habían pasado algunas veces por allí, juntos, riendo y dando tumbos como dos niñitos sin preocupaciones.
Era lo que mejor les salía, después de discutir y romperse el alma el uno al otro.
Dejó de llover y comenzó a caminar sin dirección específica sólo para seguir pensando, para no volver a casa, para sentir que era libre al menos por un rato.
Caminaba con la cabeza gacha, mirando sus pies y tarareando canciones al azar cuando chocó con una silueta que tenía grabada en la memoria. Unos tenis azules. Un pantalón que conocía ya. Subió la mirada lentamente rogando a todo lo sagrado no toparse con aquellos ojos que inevitablemente ya se encontraban mirándola en ese preciso momento.
Y sí, era él. Se quedó muda, impávida ante aquellos enormes y hermosos ojos que contenían el universo entero.
Él le sonrió cínica y coquetamente, como siempre, como sólo él sabía. Esa sonrisa que la seguía encantando se le clavó en el pecho como una bala y la hizo sentir mareada.
-Hola bonita, ¿qué haces por acá?.-Reaccionó torpemente y tartamudeó.
-Vine a... a... aquí a hacer unos trámites, papeleo, ya sabes.-Levantó el sucio folder amarillo y sonrío de nervios.
-Ah, mal por ti.
-¿Tú qué haces aquí?
Ninguno de los dos estaba cerca de casa.
-Salí a caminar, me gusta caminar acá.
No, ella lo sabía, él no era así, él no salía a caminar luego de un día lluvioso.
Él miró la hora en su celular.
-Ven, vamos a sentarnos.- La tomó de la mano y se la llevó a unas calles más adelante donde se encontraron con una banquita que tuvieron que secar para poder sentarse.
Al principio permanecieron callados pero al cabo de un rato comenzaron a platicar sobre cosas comunes, sacaron a tema algunos recuerdos, mencionaron algunos detalles de sus vidas que obviamente habían cambiado desde el día en que dejaron de pertenecer el uno al otro.
Rieron. Rieron mucho, como en sus mejores tiempos, a ratos caían en la cuenta de lo que implicaban esos recuerdos y se callaban por un momento, a ambos les pasaba por la cabeza la pregunta de cómo habían terminado así, tan lejos uno del otro.
Él miraba su celular de vez en cuando.
No pasó mucho tiempo, media hora, quizás.
Se encontraban ahora más cerca el uno del otro y él se recargó sobre su hombro, ella se giró y cuando él levantó la cara intentó besarlo.
Era inevitable, desde el día que lo conoció ella hubiera empeñado su vida por un beso de esa boca que tanto le gustaba, sus labios tenían la forma más encantadora y la textura más perfecta que había probado hasta ese día.
La detuvo.
Miró hacia los altos edificios tras los que el sol comenzaba a ocultarse y se puso de pie.
-Me alegra que estés bien. Debo irme.
Ella no respondió. No respondió.
Se le hizo el corazón pequeñito y sus ojos se inundaron en lágrimas que contuvo hasta que él dio la media vuelta y se alejó.
-"Te amo".-dijo cuando ya no podía oírla.
Después de eso una idea estúpida aterrizó en su cabeza.
Comenzó a seguirlo de lejos.
Después de unas cuantas calles supo a dónde se dirigía, a una cafetería a la que habían ido unas cuantas veces, cuando no tenían idea qué hacer, justo en días lluviosos como ese.
Estuvo a punto de ser descubierta dos veces.
Su corazón estaba latiendo tan rápido que apenas podía distinguir un latido de otro, le sudaban las manos y la adrenalina le recorría todo el cuerpo.
Cuando él se detuvo frente al café sintió un hueco enorme en el estómago. Se quedó en la esquina anterior, asomando sólo la cabeza.
Sacó rápidamente sus lentes de la bolsa y se los puso para ver mejor.
Lo vio sonreír a través del cristal y el motivo la dejó sin aliento.
Dentro de la cafetería estaba sentada una chica ciertamente más bonita que ella, esperándolo con una hermosa sonrisa de oreja a oreja.
Él entró, ella se puso de pie y se saludaron con ese cálido beso que le había sido arrebatado tan sólo unos momentos antes, unas cuantas calles atrás.
Todos los besos que se dieron comenzaron a arder lastimosamente sobre su piel al darse cuenta que ya no le pertenecían.
Se derrumbó, cayó al suelo sobre sus rodillas y sintió cómo cada uno de sus huesos se desmoronaba, comenzó a llorar ríos en silencio, ni un solo sollozo.
Sintió un ahogo infernal, estaba dejando de respirar. Yacía sobre el suelo mojado, temblando de dolor.
A su alrededor se formó un tumulto de personas que movían la cabeza de un lado a otro a manera de desaprobación ante la obvia causa de tanta agonía.
Su pulso se regularizó hasta que su corazón poco a poco dejó de latir. Nadie llamó una ambulancia. Todos supieron que no había más que hacer. Cubrieron su cuerpo con una manta blanca en lo que se localizaban a sus familiares y se recogía el cuerpo.
Dentro de la cafetería él y la chica de la linda sonrisa hacían divertidas conjeturas sobre por qué había tanta gente reunida en la esquina.
Él sintió por un momento un ligero pinchazo en el pecho pero no le dio importancia. Siguió con la charla, siguió dando sorbos a su café mientras tomaba la mano de su acompañante.
El forense supo la causa de muerte en cuanto levantó la manta ahora cubierta de flores que la gente había dejado a su paso, la anotó rápidamente, lamentándose ver un caso así una vez más.
Pudo confundirse con un paro cardiaco pero no, estaba claro: murió de amor, aproximadamente 978mg de amor obstruyendo la aorta, arteria principal del corazón.
Sé que pronto te irás y no sabré dibujarte certeramente y a conciencia, pues los detalles de ti irán desapareciendo al igual que tú, y al igual que en ocasiones pasadas únicamente podré hallarte en el lugar de siempre, con tintes irreales, lejano a mi voluntad; y así como pronto dejaré de saberte, un día aparecerás de nuevo y será como si ese tiempo en el que estuvimos ausentes se suprimiera y fuéramos los mismos –pero mejores- que del principio, porque existe entre nosotros algo que va más allá de las certezas, precisamente lo contrario, porque no soy de ti no eres de mí, pero volvemos porque es nuestra voluntad estar aquí.
Que estés dentro de mí se me figura como el punto final de la belleza. No sé si es la humedad o la tibieza de toda tu textura.
Vendrá después la insólita tristeza de que tengas que salirte de mi hondura, calado de sudor y de bravura, temblando de los pies a la cabeza.
Ahora estamos en paz o no estamos, tus miradas son cálidas y altivas y nos decimos cosas que callamos.
Las desnudeces son notas vivas de la destreza con que nos amamos: dueño de mis muertes sucesivas.
Para mí el dolor se ha hecho hábito, y como tal; hay que cuidarle.
Al dolor aprendes a quererlo, aprendes a convivir con él. Es inútil resistirse, después de un tiempo dejas de pelear y lo abrazas.
La soledad se ha convertido en mi alma gemela.
El perdón en fiel verdugo de mis días.
El miedo en razón.
El cambio en el mejor postor.
El karma en cómplice del tiempo.
El amor; aquel humillado, mal gastado. Embaucado. Por ahora no somos buenos amigos.
Por curioso que parezca no hay nombramiento que merezcan llevar la decepción y la tristeza. No se han convertido en nada que no sea en ellas mismas.
Y la vida. La vida solo ha sido fiel amante del destino; crueles bromistas que se han ensañado conmigo.