La Patricia y sus bichos.
Mi tío abuelo "Turco" es el primer hijo de mi bisabuelo, le decimos así porque era el más parecido a él. Mi bisabuelo tenía sangre turca y aunque ahora que lo miro, no le veo muchos rasgos relativos a esa parte del mundo. En fin. El tío Turco fue padre de ocho hijos, cuando todos habían nacido mi tía no podía con su locura y sus delirios místicos, así que los abandonó. En la familia siempre se supo que mi tía tenía delirios, pero el motivo por el que se fue se lo dio Patricia, la última hija que tuvieron juntos. "Esta va a traer la desgracia en la familia, hay que matarla" decía y después de esas declaraciones todos coincidieron en que mi tía necesitaba una ayuda psiquiátrica constante: el día que hablaron con ella porque había tenido un ataque de pánico mientras intentaba dormir a Patricia fue más que suficiente. Dejó una carta y durante los veinte años siguientes no apareció más.
"Turquito, yo no puedo más. Esa pibita los va a llevar a la ruina" le había dejado escrito y se tomó el palo.
Los hechos que voy a contar hoy tuvieron su lugar en el año 2011, días antes del eclipse de luna roja, la que para ese momento a mí me resultaba un fenómeno astronómico que iba a ver por primera vez mientras que toda mi familia la esperaba con temor, alegando de que se trataba de una luna del diablo, de sangre.
"LILIANA, LILIANA NECESITO AYUDA. A LA PATRICIA LA TIENEN ENTRE 4, ME QUISO PEGAR Y ME ESCUPIÓ, SE ESTA MANIFESTANDO" fueron los gritos con los que el Tío Turco me despertó. Apenas escuché las palabras "patricia" y "manifestando" sentí un dolor en el estómago, como una advertencia.
Mi mamá estaba tan alborotada que se olvidó que lo mejor era que yo no fuera ahí. Así que no pude con mi curiosidad, y me mandé con ellos.
Patricia, la más chica, de 21 años en ese momento estaba en una especie de trance, no nos conocía: Sostenida por cuatro de sus hermanos, estaba con las manos torcidas y saltaba. Gritaba, tenía arcadas.
"SOLTAME, SOLTAME PORQUE CUANDO ESTÉS SOLOS VAMOS A VER QUIEN SE LA BANCA. TE VOY A CORTAR EN DOS PEDAZOS" les gritaba a sus hermanos, que, algunos se reían y otros con una mirada de preocupación constante se tapaban los ojos para no mirarla directamente. Estuvo luchando un rato y cuando se resignó a que no iban a soltarla se cansó pero no paró de reírse y de buscar complicidad con todos y todas los que estábamos ahí, que éramos como veinte en total. Hasta que vinieron los pastores, que apenas entraron a la casa y lo primero que soltaron fue un gran "Acá hay cosas, bichos, se sienten" porque se creían Ed y Lorraine Warren, o por lo menos en la vida de los feligreses de la iglesia donde predicaban los tenían así de consagrados.
La empezaron a buscar y no la encontraban. Todos buscando a La Patricia. La casa de mi tío en su tiempo había estado poblada por todos sus hijos e hijas, así que era grande. A medida que empezaban a buscarla se multiplicaba la pregunta ¿Y Patri? ¿Vieron a La Patri? Mientras sus hermanas, sus primos, todos ahí subiendo y bajando escaleras. Una de sus hermanas empezó a gritar "ACÁ, ACÁ" y se tapó la cara llorando. La piba estaba en el patio, se había metido en la cucha de cemento que era de un perro que había muerto años atrás. Entraba doblada pero se las arregló para quedar con la cabeza fuera de la cucha y desde ahí hablaba.
—No tch tch tch... -negaba con la cabeza y alzando un dedo- ...yo de acá no me voy a mover. Vengan a sacarme, vengan.
La pastora empezó su show con oraciones: "Padre todopoderoso, cubre con tu sangre nuestras vidas, danos sabiduría y poder para enfrentar al enemigo porque en tí confió, padre santo. Dame tu poder, dame tu luz. Queremos sacar al enemig...". Patricia salió gateando y en menos de tres pasos pude ver casi en cámara lenta como las rodillas que se pelaban contra el piso, como la piel se convertía en carne roja y con sangre aunque a elle parecía que no le importaba. Se puso delante de los ojos a los pastores, a desafiarlos. Me acuerdo que la casa estaba llena de chicos, todos los primos mirando ese momento. Nos echaron, nos hicieron irnos. Obviamente, yo no me fui. Me quedé agazapado en una habitación que había sido de alguno de los hijos de mi tío abuelo. Yo quería seguir mirando, el miedo estaba tan condensado y dividido entre tantas personas que por un momento me sentía a gusto de estar ahí. Uno de mis primos, con el que crecimos juntos y nos hicimos amigo justo había llegado así que lo llamé a la habitación y Miramos por la ventana, que daba al patio trasero. Empezó a llover. Los rezos aumentaban de la pastora y el pasto}aumentaba mientras toda mi familia, cristiana, se ubicaba cerca de ellos para orar y lograr una expulsión certera.
"Oh sí, padre santo, bendice, manda tu lluvia. Manda agua del cielo, que se purifique ésta hija tuya que ha sido presa del enemigo..."
La Patricia estaba loca, pegaba piñas al piso al ritmo en que la lluvia repiqueteaba en las chapas de la galería del patio. Mojada por la tormenta empezó a gritar "BASTA, SILENCIO SILENCIO SILENCIO" y como las oraciones no cesaban, agarró barro que se había empezado a formar cerca de la cucha y se lo tiré al pastor en la cara.
"A MI NO ME VAS A HUMILLAR, DEMONIO INMUNDO, CON LA AUTORIDAD QUE ME CONFIERE CRIST..." le gritaba él pero ella se reía y volvía a juntar barro con sus manos.
La agarraron entre ocho familiares. Todos mojados, orando. No había caso, ella luchaba y gritaba. La cosa se estaba poniendo fea porque aunque intentaban sostenerla de todas las extremidades y reducir sus movimientos, era imposible. Temblaba en toda su anatomía, si no podía hacerlo con sus piernas, lo hacía con la cara. Su rostro hacía caras distintas todo el tiempo, pasaba de la sonrisa maligna con las cejas arrugadas a poner cara de sufrimiento, después sonreía y por un momento, donde parecía ser ella misma gritaba "BASTA, BASTA POR FAVOR, AYUDA" y volvía a manifestar todas aquellas caras que nada, nada habían tenido que ver con ella. Hasta que pegó un grito gutural y se desmayó. "Genial, la liberaron" me dijo mi primo. Lo peor empezaba recién.
Diez horas seguidas durmió Patricia, no cambió de posición en ningún momento, parecía una roca con forma humana. Cuando se despertó, traía una angustia que le mermaba la capacidad de seguir ocultando algo y lo confesó: Se habían cumplido 4 meses de que visitaba -en secreto- un templo en donde se realizaban adoraciones y brujerías.
Entre llantos y pidiendo perdón contó que la usaron para hacer cuatro rituales. El que más tenía presente fue uno en donde le habían pedido que se saque la ropa, después de escupirle cerveza en la cabeza le pidieron que se sentara en un fuentón de lata y con total impunidad le degollaron un conejo negro. Ahí se puso a llorar arrepentida mientras relataba como la sangre tibia del animal sacrificado le recorría el cuerpo, soñaba con ese momento.
No sólo eso, a Patricia la habían obligado a usar una carta (un naipe) en la bombacha durante una semana entera, le habían dado el ancho de espadas y le dijeron que recién se lo podía sacar cuando la carta estuviese impregnada de su sangre.
Mientras mi tío le preguntaba por qué se había sometido a eso, ella no respondía nada coherente. Balbuceaba desesperada mientras todos se miraban sin poder entender una palabra. Desesperada, agarró de la mano a su hermana Ani y la llevó hasta el patio, en la parte de tierra que quedaba cerca de la cucha del perro en dónde se había metido. "Acá, acá está todo" dijo la pastora, que pululaba cerca de las hermanas como un satélite eclesiástico y la biblia en la mano.
Entre todos los hombres presentes que había, uno agarró una pala y empezaron a buscar en la tierra, nosotros con mi primo veíamos todo desde la habitación de arriba. Varias mujeres se taparon la boca y el pastor miró al cielo y declaró "Padre, bajo tu manto me cubro y le quito el poder a estos elementos cargados de oscuridad"
Sacaron de la tierra un cajón de bebé, era la primera vez que veía uno y me recorrió un frío por todo el cuerpo.
Mi mamá, esa noche no paraba de repetirle a sus amigas lo que había en el ataúd: tres estampitas de "La Pomba Gira", dos de "San La Muerte", el ancho de espadas impregnado de sangre seca. Y además, le hicieron meter un pedazo de madera con una cuchara. La madera tenía forma de pierna, La Patricia todas las noches de luna llena tenía que tallar esa madera. No lo hacía consciente. Más de una vez se había encontrado en la oscuridad del patio tallando esa madera con una cuchara y bajo una luna llena rebosante.
Los pastores intentaron hacerle una oración para que renunciara de la responsabilidad espiritual de aquellos rituales a los que se había sometido y de los que formaba parte. Pero fue en vano, apenas nombraban a Jesús, mi prima empezaba a cantar con una voz que no era de ella y nos perturbaba. Cantaba en portugués y eso lo pude detectar yo, que siempre escuchaba a mi niñera manifestar a sus santos cantando "Lua linda, noite bela". Era imposible orarle, mi prima se levantaba de la silla con todo su pelo negro sobre la cara y se reía mientras le sonreía al pastor y hacía todo lo posible por tocarle la cara. Aunque se lo impedían, a ella no le importaba, cualquiera se acercaba a tocarla y querer retenerla terminaba siendo tocado por ella. El matrimonio se dio por vencido cuando mi prima, en su silla, se abrió de piernas y se empezó a tocar la vagina mientras emitía gemidos.
"Nosotros no podemos hacer nada, necesita de Dios pero que muchas personas estén alabando su presencia y que se haga poderosa. Hay que llevarla a la iglesia. Acá no se puede."
Mi tío Abuelo, el papá de Patricia, había dejado la iglesia la noche siguiente a que su mujer lo abandonara. Había perdido la fe "con una prueba de fuego" como decían todos en mi familia. Todos menos yo y mi primo, que entendíamos su situación. Uno no necesita que le hablen de dios cuando tiene el corazón roto.
Decidieron no probar el método más común para "sacarle los demonios" porque mi prima les había advertido que si la hacían pisar una iglesia iban a empezar a morirse todos los que le pusieran un dedo encima. Metió tanto miedo, que esa misma noche llamaron a María, mi antigua niñera y amiga de mamá que nos había liberado de un trabajo de brujería bastante engorroso. "No la lleven a la iglesia, hay que llevarla al templo. Esta mujer no necesita que le saquen nada de lo que tiene adentro, se tiene que amigar con lo que incorporó a su vida. Ellos no van a ir con una oración, ni con un rezo. Están en un cuerpo joven, en un envase limpio y se van a quedar ahí hasta que sientan que su misión está completa... hasta que dejen algo."
Toda mi familia estaba reunida y debatiendo si era propicio y conveniente llevarla a ese lugar "Yo, lugares que visitó Satanás no piso" dijo una de las hermanas y otras tres pensaron lo mismo. "¿Pero vos estás loco, papá? Son lugares donde adoran al diablo. Patricia no va a ir ahí." Quiso decidir uno de los hermanos y mi abuela, que era hermana de mi tío abuelo Turco dijo que todos eran flor de mierda y que si nadie quería llevar a La Patricia ahí, ella lo iba a hacer aunque todo lo que viera pudiera ir en contra de sus creencias. Como yo era muy compañero de mi abuela, cuando la escuché decir eso me entusiasmé porque sentí que la curiosidad me iba a matar. Quería saber TODO lo que llevaba a mi prima a estar así, moría de ansias porque algo parecido me pasara. Entonces le dije "Yo te acompaño, abuela, yo quiero ir" . Me ofrecí a ir. Mi mamá no me dejaba, hasta que María le dijo "Dejalo, no hay nada que le pueda pasar a él, a lo sumo viene un poco más arreglado"
El jueves de esa misma semana en la estación de Ramos Mejía, a las 23:30 hs estaba con mi abuela y La Patricia. Rumbo al templo. Estábamos esperando en la estación de trenes. "Ustedes van a ver que aparece una combi toda destartalada. Nos acercamos los tres y las puertas se abrieron. Salió una señora de extrema delgadez, con el pelo gris muy corto y cara de lechuza. "Ustedes son los que mandó María" dijo y mi abuela le dijo "Sí, ¿en dónde queda el lugar?" la señora apenas sonrío y dijo "Suban".
La combi blanca llevaba unas cortinas negras, lo que me llamó la atención pero no me disparó ninguna alerta de peligro. Patricia estaba contenta decía que por fin iba a poder bailar descalza. Mi abuela nos miraba. Primero a mí, después a ella y nos decía "Que valientes ustedes que no me dejaron sola". Después de girar bruscamente y casi tirarnos a todos, la combi estacionó en una casa grande que tenía un portón de hierro. Cuando bajamos, se acerca mi abuela a hablar con la señora cara de lechuza.
—Mire señora, nosotros la traem...
—No me diga nada, ya lo sabemos todo.
La señora siguió: "—Lo que yo les voy a pedir es que se tranquilicen y que acepten que de ahora en más, todo lo que ven, es cierto y pasa. Si ustedes creen, van a disfrutar. Si no creen, van a sufrir." Y después de decirnos eso con una seriedad implacable, nos hizo cruzar un pasillo largo y silencioso. Al final había un santuario lleno de estatuas de muchos tamaños, todas eran de San La Muerte y mucha comida. Frutas, pochoclos y bebidas.
Nos invitaron a pasar a un cuarto de paredes rojas y varios cuadros colgados.
"Vos, acompañame por acá mientras tu familia te espera" le dijo la mujer a mi prima, y se llevó. Empezó a llegar gente al cuarto que -acostumbrada, creo yo- iba y se servía comida. Charlaban, se reían, se abrazaban, se querían, se conocían todos. Y como se percataron de que mi abuela y yo éramos caras nuevas, nos empezaron a invitar a que nos sirviéramos comida. Yo agarré una manzana muy roja y mi abuela no se animaba a comer nada. "Hay que creer, abu" me escuché diciéndole aunque no estaba seguro si eran palabras mías. Mi abuela mordió la manzana roja que yo estaba comiendo y se fijó la hora. Eran como las doce y media, yo estaba contento porque seguramente la ceremonia iba a terminar muy tarde y no me iban a mandar al colegio.
El silencio se hizo presente y las charlas cesaron cuando entraron cuatro chicos con tambores. Cuando se acomodaron los cuatro, empezaron a cantar en portugués mientras hacían sonar sus tambores. La gente comenzó a aplaudir excitada. Había empezado.
Una señora que tenía los ojos achinados y la cara llena de arrugas me mira y me dice "¿Qué pasa que no aplaudís? ¡Si el nene no aplaude no hay bendición! aplauda hijo, déjese llevar". Aplaudí con nerviosismo.
Cuando la canción terminó, todos ahí celebraron y del otro lado del cuarto aparecieron unas 15 personas, hombres y mujeres. No recuerdo el momento de haberlos visto entrar por la puerta que daba a mi espalda. Pero todos usaban polleras, pelos largos y miraban al piso, como anclados. Los gritos de felicidad aumentaron un hombre vestido de blanco entró al cuarto y se sumó al grupo.
Empezaron todos a girar como trompos, en sus lugares, o se desplazaban de a poco y sin perderse, ni chocarse entre ellas y ellos. Agradecían con los ojos cerrados. Agarraban comida que primero olfateaban y después, comían en menos de tres bocados. Entre toda esa demostración no encontrábamos a La Patricia, me desesperé.
"—¿Nona, donde está Patri? no está". Mi abuela miraba fijo a un lugar y cuando tuvo la certeza de que la había visualizado entre la gente que bailaba me dijo
"Mira Mati, allá está tu prima". Y si, entre la multitud que bailaba, mi prima. Estaba danzando: con los brazos abiertos, mirando al techo y con su pelo negro, largo, suelto sobre la cara y los hombros.
Después de esa introducción, que fue corta pero intensa, el hombre de blanco nos saludó en general. Nos dio las gracias por venir. Pidió aplausos para nosotros.
Se sentó, rodeado de comida y llamaba a las personas que estaban ahí. A nosotros nos llamó después de que pasaran unas diez personas. Yo quería hablar con él, porque sabía que no era él. En cambio, mi abuela, estaba un poco perturbada porque mi prima Patricia, gateaba por la sala como si se tratara de una bebé. Todo el mundo la trataba como tal. La señora con cara de lechuza le dio una mamadera con jugo. Ella la agarró y se tiró al piso. Se agarraba las piernas y rodaba mientras tomaba de la mamadera y mordía la tetina.
"—Ya no es ella, en este momento está siendo estimulada y administrada por un ibeyi, una crianza. Se comporta como un bebé, es lo que es y lo que desea ser ahora mismo. Está siendo la bebé que tuvo que dejar de ser en algún momento. La infancia a la que renunció por algún dolor. Por eso está así. A esta muchacha le hicieron mucho mal. Por lo que entiendo, ella buscaba la paz junto con su novio. Pero hay tantas cosas disfrazadas de umbanda, fue víctima de brujerías. A esta piba le infectaron el corazón. Hizo todo mal. Pero quédense tranquilos. La vamos a calmar".
La señora con cara de lechuza llamó a mi prima con una palabra que fue inentendible para mí, fue más como un ruido que hizo con la boca. En el acto, mi prima vino gateando, con la boca llena de comida y los pelos en la cara. Le llamaron la atención mis pies. Me agarró los cordones de las zapatillas, me los hizo un nudo mientras el hombre de blanco le tocaba la cabeza y le hablaba en portugués.
Mi prima decía "nao nao eu não quero deixar este corpo" lo que me daba risa porque mi íntriga era de dónde había aprendido portugués si había dejado el secundario de una manera abandónica a eso de los 16 años. El hombre vestido de blanco nos miró y agregó con dulzura "No quiere dejar el cuerpo ahora. Ya va a querer".
Se paró en un instante, frunció el ceño y le empezó a gritar a mi prima. Le ordenaba salir, como si un papá retara a su hijo. La piba lloraba sin consuelo y se revolcaba por todo el piso mientras rodaba y negaba con la cabeza, pataleó y se tiró de los pelos. El hombre con vestido blanco levantó la mano y decía AGORA, AGORA! Y después del tercer grito, La Patricia se quedó paralizada ahí en el piso, vomitó una flema blanca y se durmió hasta que terminó la sesión. Faltaban cuatro sesiones más.
Habían pasado dos días desde que a La Patricia le "extirparon" (por así decirlo) el primero de los espíritus. Teníamos que volver el lunes. Y así fue: lunes a las 23:30, parados en la estación de Ramos Mejía de nuevo a repetir lo que había pasado el jueves pasado. Ya no había tanto miedo.
Subimos a la combi destartalada. Vueltas y vueltas hasta que llegamos al templo. Bajamos y fuimos directo al salón rojo y de bombos. Había ambiente de fiesta esa noche, todos -menos mi abuela y yo- estaban con vestidos coloridos y alegría.
Nos acomodamos en unos asientos y nos servimos comida, hasta que a eso de las doce y media empezaron a sonar los bombos y todos juntos gritaban "Pomba gira, Pomba gira", entraron 10 ó 11 mujeres con vestidos y adornos de todos los colores, con polleras largas y con el pelo sobre la cara. Empezaron a girar, a cantar y a bailar. Todas estaban ebrias de alegría, miraban hacia el techo y sonreían mientras cerraban los ojos como si estuvieran solas y con la música.
En el centro de todas ellas, estaba mi prima Patricia, que era la que dirigía a las demás, con las manos como si se tratara de una titiritera invisible y todas las mujeres en trance respondieran al manejo de sus hilos invisibles .
Mi prima levantó la mano y los bombos se detuvieron. Cuando reinó el silencio, casi que se podía palpar, La Patricia empezó a reírse y decía "agora, agora" y todas sus bailarinas empezaron a sacarse la parte de arriba de los vestidos. Todas quedaron en tetas y sus cabelleras de colores que les tapaban los pezones. Parecía una pintura que terminó de completarse cuando ella misma se sacó la parte de arriba de su vestido de ceremonia y volvió a levantar las manos en señal de que la música siguiera. Yo no salía de mi asombro de ver a mi prima con el torso desnudo. Mi abuela no lo toleró todo eso.
"Nos vamos" me dijo, se levantó y apareció el hombre de blanco.
"—No señora... usted no se va a ningún lado. A la Pomba Gira la hicieron bajar." Le dijo a mi abuela y le puso la mano en el pecho, obligándola sutilmente a volver a sentarse.
En teoría nos tenían contra nuestra voluntad, en el medio de un ritual en donde mi prima estaba casi desnuda y giraba. Al principio me dio miedo, me daba miedo la desnudez de todas esas que bailaban y se divertían, me produjo un impacto al día siguiente si le tenía que contar a mis amigos del colegio que había visto doce pares de tetas en vivo no me iban a creer. Después de un largo rato, que fue interminable, dejaron de bailar y se subieron los vestidos. Aunque entre ellas no interactuaban, fueron comiendo, como un grupo entero de hormigas, todas las cosas que había disponibles.
El hombre de blanco se paró y haciendo señas nos llamó. La Patricia estaba sentada a su lado, sin remera y con el pelo en la cara.
"—Ella es Pomba Gira, no es Patricia en este momento. A ella le vamos a pedir que deje el cuerpo de esta muchacha. Necesito que colaboren."
charlamos un largo rato con eso que no era mi prima pero ocupaba su cuerpo y su conciencia. Nos hablaba en portugués mientras el señor de blanco, a quien ella le decía "Pai" nos hacía de traductor. Ella me miraba de una forma muy provocativa. Me tocaba el pelo y me hacía caricias en las mejillas, lo que me dejaba totalmente hechizado porque a esa edad yo cargaba con una confusión sexual catastrófica. Se acercó al hombre de blanco, le dijo algo al oído mientras me miraba. El tipo nos dijo "Dice que se va a ir sólo si hacen algo por ella. Vos, joven, ella quiere que la beses en los labios". "No, Matías ni se te ocurra" me dijo mi abuela, pero ya era tarde. Ahí estaba yo, caminando hacia mi prima que no era mi prima a darle un beso en la boca. La segunda sesión había terminado.
Después de haber ido a la segunda sesión con La Patricia, el jueves nos tocaba de nuevo. Pero pasó algo, algo que apuró los tramites.
A la cantidad de parientes que le hacíamos el aguante a mi tío Turco y a su hija, se había sumado un miembro muy particular: La tía Juana.
La Tía Juana era la hermana más grande del Tío Turco, odiaba todo lo que tenga que ver con el diablo pero no formaba parte de la iglesia evangélica / cristiana a la que toda mi familia, en su mayoría, concurría. De ella sabíamos abiertamente que era alcohólica, ludópata y metida, se metía en todo. Se enojó muchísimo con cada miembro de nuestra familia por no haberle avisado nada. Esa tarde se había apersonado con una biblia abajo del brazo, olor a vino que te desmayaba y prendía la tele buscando el canal Cronica TV porque estaba re pendiente de la quiniela.
Desde que a mi prima le sucedió eso, nos juntábamos todas las tardes en el patio, y esa noche era especial porque iba a ser la primera vez en que íbamos a ver como la luna se iba a poner roja por un eclipse. Mi familia entera lo vivía con miedo.
"Es la luna de Satán" les decían a mis primitos, "Esa luna está toda manchada con la sangre del Cristo" asustaban a los más pequeños mientras que mis primitas se tapaban los ojos.
Escuchamos un grito de mujer ahogado y lo siguiente: un golpe seco, un golpe parecido al que haría un huevo al caer de una altura importante. Todos nos paramos al unísono. Sin embargo, Tío Turco emergió de la puerta principal y empezó a llamar a mi abuela, a mi mamá "VENGAN LAS MUJERES, PERO QUE NO ENTREN LOS CHICOS, QUE VENGAN LOS GRANDES PERO QUE NO ENTREN LOS CHICOS"
Los más grandes se metieron a la casa, acto seguido, sacaron a la Tía Juana desmayada, con una cruz gigante en la mano que no soltaba. La dejaron en el piso del patio y la mujer no movía ni un músculo pero su mano apretaba fuerte la cruz.
Los gritos de la Patricia parecían haberse amplificado, como si hablara por un micrófono cuyos parlantes estaban ubicados en el interior de la casa. Se la podía escuchar claro y fuerte por todos lados. Incluso nosotros, que con mi primo estábamos escondidos en un pasillo la escuchamos reír histéricamente.
"LA HICE VOLAR, LA JUANA VOLÓ. SI LA HUBIESEN VISTO, VOLÓ".
Cuando la tía Juana recuperó el sentido, estábamos todos esperando que cuente que había pasado. Era imposible no hacerse esa pregunta a medida que íbamos viendo como el chichón de su frente crecía más y más.
"—Le fallé, le fallé al señor." Decía la Tia Juana sentada en el patio y tratando de recuperar la compostura.
"—Yo lo único que quería era ponerle la cruz en la cabeza pero cuando le acerqué la cruz a esa endiablada de mierda, abrió la boca tan grande que le llegaba la quijada hasta las tetas casi. Y me gritó, me empujó contra la pared. Me hizo volar, esa mujer tiene una bestia en el cuerpo y nos va a matar a todos. Hagan algo."
Nosotros, que sabíamos el historial de nuestra tía, nos dio mucha gracia lo que había pasado. En realidad varios y varias con el paso del tiempo coincidimos en que se lo merecía. Pero a mi pima Patricia no le hacía gracia, estaba enojada y lo hizo saber.
Parada en el living, con su cara transformada, en camisón y con una bolsa roja en la mano le pegaba a las paredes. No intentaron detenerla, lo que estaba haciendo parecía que tenía un fin. Golpeaba la bolsa como queriendo partir el contenido hasta que lo logró. Abrió la bolsa, de la que caían gotitas rojas y marcaban la cerámica blanca del living, sacó un pedazo de lo que parecía un pedazo de bife congelado y lo empezó a comer. Estábamos todos estupefactos.
"—Esto se fue a la mierda, Patricia dejá de hacer eso. Te vas a partir los dientes" dijo Tío Turco, hablaba con esa voz que aparece cuando se mezclan el miedo y la impotencia, se le cortaba la voz. Mi prima no contestaba, seguía masticando los pedazos de carne congelada.
Fijo la mirada en el techo un rato mientras estábamos todos ahí mirando, no podíamos movernos, nos daba miedo la imagen de mi prima en camisón, comiendo carne cruda y sonriendo. Empezó a reírse a carcajadas, con la boca bien abierta, tanto que yo alcancé a verle dos dientes destruidos, aunque mi primo dice que toda la dentadura estaba rota. "QUIEN ME PUSO LA CRUZ EN LA CABEZA QUIEN FUE?" preguntó con la voz totalmente transformada, grave y rasposa. "Yo, demonio inmundo FUI YO" saltó a decirle mi tía. La patricia la miró y mientras se metía otro pedazo de carne la apuntó con el dedo y le dijo "VOLASTE, VIEJA PUTA, VOLASTE" y después de decir eso se desmayó.
María, la que había sido mi niñera y seguía el caso muy de cerca, nos dijo que no íbamos a llegar para que la trataran en el templo. "Está por manifestar al Exu, a San La Muerte, y va a hacer todo lo posible para que no la saquen de este lugar."
Todo lo que decía María parecía cumplirse al pie de la letra. Ya había pasado la medianoche y estábamos todos ahí en el patio comiendo mientras veíamos la luna roja, que parecía tan mal augurio para toda mi familia y sin embargo, yo estuve un momento a solas con ella porque desde chico siempre me gustó alejarme de las multitudes que dicen estupideces. Me subí al techo de la casa de mi tío para ver la luna de cerca, desprovista de toda maldad que mis familiares le atribuían. Era tan linda, tan imponente, se me venían los bombos a la cabeza y a mi prima bailando en tetas con un vestido rojo y todo el pelo sobre la cara y los hombros, eso era la luna para mí.
Si los olores se movieran con la misma gracia con la que se mueven las serpientes, podría decir que aquel olor que interrumpió mi flasheada con la luna roja fue reptando en el aire hasta meterse por mis fosas y enroscarse ahí. Era asqueroso, como un cúmulo de varias cosas que están en proceso de putrefacción. Primero, parecía olor a huevos, después suavizó y se convirtió en un olor a flores con velorio, después se volvió a intensificar al punto que respirar me empezó a dar arcadas como cuando volvía del colegio caminando y veía a los perros atropellados descomponerse al costado de la ruta. Ese olor sentía, olor a perro muerto.
En el patio todos estaban igual, mi tío, convencido de que el pozo del baño estaba lleno entró a buscar agua en un balde para intentar neutralizar semejante vaho, pero no lo logró. Apenas entró, un grito desgarrador cortó el aire y ahí estaba toda mi familia de nuevo, siendo presa del pánico. Las hermanas gritaban "NO, NO PUEDE SER" y los hermanos "MI HERMANITA, DECIME QUE NO MURIO" "NO, NO, NO"
Mi primo me hizo una seña para que bajara del techo, parecía entusiasmado y nervioso a la vez. Aprovechamos que toda la familia se había acercado al sofá y ahí la vimos, a simple vista parecía que estaba muerta: Pálida, con la mirada perdida en algún rincón del techo, con las manos largas y huesudas, sus falanges habían adquirido un tamaño espantoso y exagerado. Se había vuelto esquelética o durante todo ese tiempo había perdido mucho peso. Sus pies, caían lejos del brazo del sofá y cada dedo que poseía parecía haberse estirado hasta emular los de un esqueleto de esos que te muetran en los manuales de primaria. Su cara, había sido succionada, dejando bien marcados los huesos filosos de su mejilla. El olor salía de su cuerpo, de la boca principalmente. La tenía un poco abierta y aunque estábamos todos muriendo de calor, ella largaba ese vapor de invierno cuando respiraba lentamente, acompañado de olor a carne podrida, a carne muerta. Si uno le acercaba la oreja a la boca podía escuchar un leve que no dejaba de hacer en ningún momento, como un susurro de voz gutural que se repetía sin cortarse.
Entró la Tía Juana, se llevó una mano a la boca y después de un par de tosidas dijo "Es San La Muerte... mirala, está transformada".
Catorce horas, con la Patricia casi muerta, casi transformada en un sofá y la luna roja. 14 horas con olor a muerto en toda la casa mientras en mi familia se turnaban para ir a verla, a ponerle paños en la cabeza, a ver como dejaba caer la mano esquelética en cámara lenta cuando se la levantaban para medirle el largo de los brazos. Mi prima, mide un metro sesenta y nueve, lo aprendí ese día porque cuando la midieron, había aumentado 40 centímetros de altura y nadie lo podía creer. Uno de los hermanos quiso sacar fotos con la cámara pero lo frenaron a tiempo, no era necesario aunque hubiese sido muy tétrico conservar fotos así. Era como verla muerta, como su velorio. Esa noche nadie durmió hasta que el sol salió.
Paso el día de la muerte (le pusimos así con mi primo) y mi mamá había ido varias veces a la casa de María y no la podía encontrar. A veces, María era de hacer eso, decía que tenía "trabajos importantes" y desaparecía una semana entera, y siempre que volvía nos contaba que se había ido a alguna celebración umbanda o que estaba ocupada con un trabajo grande.
Mi familia entera estaba demasiado dolida con los pastores de su iglesia y aquella ineficacia espiritual que los hacía mermar en sus funciones liberadoras de mal.
Tío Turco mandó a llamar a los pastores que ya habían fallado, y se les tiró a los pies gritando que si no eran ellos, que consigan a alguien que pudiera realmente con el caso de su hija. Una vez más, los pastores intentaron exorcizarla.
La sacaron al patio envuelta en una frazada, la dejaron tirada y empezaron sus oraciones
"Padre nuestro cubre con tu sangre el cuerpo de esta muchacha"
Inercia total, mi prima seguía sumida en otro mundo donde estaba mejor.
"Rompemos todo pacto de brujería y hechicería. Todo pacto con San La Muerte, Exu, Pomba Gira"
mi prima ahí reaccionó y empezó a gritar "NO NO NO NO NO".
"Porque en ti, señor esta la fuerza para poder derrotar a los espíritus inmundos que habitan en este cuerpo". La Patricia se sacudía.
"Porque tú eres el señor de la luz, que todo lo pued..." la pastora no pudo continuar. Nadie pudo continuar. La Patricia, se había parado y eso no era lo peor:
Sobre sus piernas y en el piso, había dejado un manchón negro que parecía aceite para autos. El olor a muerto volvió, era nauseabundo. Mi prima se había cagado encima y se reía con los dientes rotos. Se sacó las pantuflas que le habían puesto y empezó a chapotear en el charco de residuos que había despedido. Las oraciones trataron de seguir, pero frenaron cuando la Patricia usó sus manos para encastrarse con esa pasta asquerosa y se le fue al humo a la pastora. Además de arañarle la cara, se la dejó llena de mierda.
La pastora dijo "No puedo, perdonen pero no puedo". Se metió en la casa y pidió prestado el teléfono de línea. Trataron de neutralizarla con oraciones durante la hora siguiente, pero fue imposible: los gritos y olor a muerto inundaban todo.
Golpearon las manos en la casa de Tío Turco y era una pastora de refuerzo que administraba la iglesia del barrio aledaño al nuestro. Se llamaba Sara y como era robusta transmitía seguridad instantánea. A mí me recordaba a Madame Maxime, la gigante de la que se ¿enamora? Hagrid, así que la quise de entrada, le tenía fe.
La Patricia ya estaba débil y lo único que se me pasaba por la cabeza era la cantidad de gente que habrá muerto a causa de los exorcismos. Todo el desgaste que producen, aunque en este momento ya peligraba la vida de mi prima más que nunca, seguía con ganas de verla a ella y sus manifestaciones.
Al final, mientras esperábamos en el patio delantero. Apareció la pastora y aliviada dijo "Ya está. Le pudimos sacar a San La Muerte, lo echamos de su cuerpo. Pero no resiste, no aguanta más esta chica. Hay que dejarla descansar".
El pastor interrumpió a la pastora Sara y dijo "Lo que le queda, se cura con Dios. Con ir a la iglesia y que se haga creyente."
Creyente las pelotas. Al día siguiente mi prima había empezado a ser ella, como siempre pero sin embargo transportaba todo los recuerdos de cuando se le había llenado el cuerpo y la cabeza de entidades. El novio, que la había llevado a practicarse brujerías con él jamás apareció, tampoco en mi familia lo conocían, era un secreto de ella. Una tarde se presentó en mi casa a visitarnos, y mi mamá le preguntó cómo manejaba todo ese asunto, si se acordaba de algo. Ella le dijo que lo justo y necesario, que "los bichos no se le van a ir nunca" sólo que se calmaron por un tiempo. Y ahora, cada vez que Tío Turco hace sonar el teléfono, mi vieja a modo de chiste dice "Seguro es tu prima, volvieron los demonios" y después se arrepiente y dice "Ay no, por el amor de dios... nunca más". Los dos sabemos que eso es una duda para siempre.