Fuegos artificiales
Oyó decir por el barrio que con toda seguridad habría bombardeos en las próximas horas. Las autoridades aconsejaban que la gente se escondiera en los refugios, como siempre desde que comenzara la guerra.
Aysel arrastró su sillón rojo fuera de la casa y lo acomodó sobre el muro derruido del edificio de al lado. Después se quedó de pie mirándolo un buen rato, distraído con sus pensamientos.
-Tenemos que cambiar este sofá, cariño, se me clavan en la espalda los muelles y ya no es agradable. Y tu sillón gruñe mucho… parece que tuviera dentro un coro de ratas cantando desafinadas -había dicho su esposa soltando una carcajada.
Eso ocurrió hace más de treinta años. Ahora Aysel vive solo en aquella casa. Sus recuerdos están desordenados, pero es feliz.
- Yo no noto nada, mi amor, pero algún día lo cambiaremos -sentenció el hombre mientras seguía mirando absorto aquel sofá rojo.
Entró en la casa y le costó encontrar su manta preferida entre tantos escombros; rebuscó a ciegas bajo la cama las zapatillas que ella le había regalado por su cuarenta cumpleaños, se las calzó y salió de nuevo. Estaba anocheciendo y no quedaba mucho. Se sentó cómodamente en el viejo sofá, se protegió las piernas con la polvorienta manta y esperó. Sabía que algo grandioso estaba a punto de ocurrir y estaba dispuesto a no perdérselo, preparado para disfrutar del tiempo que le quedaba.
La amenaza de las autoridades por fin se hizo realidad. Los aviones comenzaron a escupir fuego sobre la ciudad callada. El hombre sonreía mientras se le iluminaba su arrugado rostro. Aplaudía emocionado al ver tanta belleza. El juego de luces y colores que cruzaba el cielo le hizo pensar en las fiestas del barrio, junto a su esposa, sentados ambos en primera fila, contemplando embobados los fuegos artificiales.
- Amor, sal rápida o te perderás el espectáculo -gritó Aysel mirando hacia la entrada de la casa.
Mientras la esperó en vano, entre sus dedos se consumió el último cigarro del día, su último cigarro.









